EL DUELO NECESARIO

2.-portada-x-1r-llibre-micromecenatgeSalvador Riera
L’essència del nus (La esencia del nudo)
Quorum Libros, 2014, 79 pp.

por Anna Rossell

Obligado por la enfermedad de parkinson a retirarse del ejercicio de su profesión de ingeniero, Salvador Riera, nacido en Terrassa en 1959 y radicado en Mataró, dedica desde el año 2010 una buena parte de su energía a sus pasiones: la poesía y la fotografía. Y nos regala una amplia muestra de ambas en este primer poemario en catalán, publicado en noviembre de 2014. L’essència del nus (La esencia del nudo) nos muestra la trayectoria de un alma duramente golpeada y dolorida por la insólita noticia de un diagnóstico inesperado y lacerante, que poco a poco se reencuentra a sí misma en la vida, renacida con renovada sensibilidad para afrontar su nueva realidad y abrirse con más fuerza al sufrimiento de otros, a la ternura y al amor.

Así abren este poemario poemas sobrecogedores donde se manifiesta la herida abierta y sangrante de quien se rebela encarnizadamente contra el huésped insólito, que deviene inclemente secuestrador de vida, de sueños y esperanzas. El sujeto poético, ahora rehén, se resiste denodadamente contra el mal que ha tomado posesión de él y lo ha secuestrado: «Y tú, / en medio de nadie, / codicioso de un cuerpo desnudo, / henchido de impotencia. / / Y tú, sí Tú, ¿por qué me has secuestrado? «(Rehén). La idea del secuestro como metáfora del mal se extiende más allá de la enfermedad personal para denominar la malignidad en general y se hace patente en los títulos de la primera parte del poemario a través de diversas variantes del campo semántico del secuestro: Propietario, Hurto, Ladrón, Expolio, que se transmutan a continuación en las variaciones de sus consecuencias sobre aquél que lo sufre: Dolor, Culpa, Dependencia.
Y, casi de inmediato, la voz poética traspasa el umbral de la propia piel para hacer extensivo el daño y el dolor a todo el cuerpo social, manifestando sensible empatía hacia el sufrimiento de la gente sencilla, sometida al poderoso sin escrúpulos, capaz de chuparle al humilde hasta la última gota de sangre en beneficio propio. El poema Propietario presenta el cuadro sintomatológico de la economía neoliberal y de sus estragos en tiempos de crisis, que, sin mencionar su nombre, tiene en Grecia el ejemplo de su actualidad más flagrante: «Soy banquero y te chupo la sangre, / para mí eres poco más que un cuerpo extraño / que acabaré vomitando / cuando me importune.// Y no quiero sólo tu dinero.// Debes saber / que soy yo / quien te ha permitido ser quien eres, // y cada vez / te exigiré… // … aún más…». O bien cuando hace inventario de las manifestaciones diversas del poder corrupto, de sus sicarios y de su insaciable apetito: «La oligarquía / dibuja ríos de heces. / Buitres infectos.// Avaros afanes / encauzan la riqueza. / Chapucería.// Farsa inmunda / de omnipresente delirio. / Fausto boato» (Apoteosis). Una actuación perversa, que, en alianza con las nuevas tecnologías y el cebo seductor de una publicidad veneradora de lo material y vendedora de espejismos, el poeta califica de Cirrosis, por la capacidad destructiva que tiene del tejido social: «Tétricos dominios / de empresas mundiales. / Oligopolios.// Éxitos efímeros / donde pululan promesas. / Oscuro ciberespacio». Y encontramos la fusión del mal personal y el social en muchos de los poemas que siguen, que analizan sus plurales manifestaciones: «Cuando el mal es perverso aguijonea alevoso, / saquea los corazones, envenena las almas, / desalienta la cordura, desprecia las palabras, / desmenuza los sentidos, degüella la alegría.// Cuando el mal es cercano […] // Cuando el mal es sutil, […] // Cuando el mal es injusto […]». Pero la voz poética termina con un gesto de resistencia y deja entrever la chispa de esperanza que se irá fortaleciendo, para convertirse en lucha declarada en un combate que apunta a la victoria a medida que va avanzando el poemario, pues concluye: «Cuando el mal es infinito, sólo le gana la vida” (Hurto). O alienta al otro a superar el sufrimiento y a transformarlo positivamente: «No bebas la sangre.// Bebe lágrimas de cielo / de este pozo gélido, / […]» (Dolor).

Vislumbramos señales de transición desde la dolorida existencia del comienzo a la entrega a la confianza y a la ternura de una sensibilidad afilada y espoleada por el desorden en algunos poemas que siguen: «Enfrascados en un mundo de constantes olvidos, / como aquellos cangrejos perdidos en el infinito, / caminamos ora hacia atrás, ora hacia adelante, / sorteando escollos y arrecifes surgidos / de la nada.// Nada es más grande que el diminuto gesto / del instante donde no somos más que nada.// Nada es más sencillo que el beso de la nada» (Sencillez). O bien cuando la voz poética reconoce abiertamente que ha comenzado un proceso hacia un estado más sosegado y sereno, que ve luz más allá de la aflicción: «[…] // en afanosa busca del nexo de unión / entre el alma y el sentimiento / de luto.// Un lugar donde se cobija el verso, / el poema, el tiempo codiciado / del ser.// Donde la palabra siega el hilo / las penosas muletas del ayer, / [ …] «(Cordura). Los títulos de los poemas a continuación lo demuestran claramente: Claridad: «Camino de luz de alma herida. / Desnuda libertad de infiernos malditos», Lucha: «Fatigadas las manos de tanto temblor. / El corazón, Sol naciente de lóbregas serpientes», Esperanza: El destino está más allá / y debemos tener la esperanza / de conquistar el mañana, // donde todo ya no sea oscuro», Deseo: «Se vislumbra luz al fondo de la hondonada, [.. .]», donde se nos muestra el poder redentor de la palabra, de la poesía: «Arduo muro de mudas palabras, / alzado en silencio, / hoy por fin derribado / por un recio martillo / de palabras escritas «(Martillo de palabras).

En la última parte del poemario la voz poética parece haber logrado el equilibrio reencontrando la armonía perdida; se complace en la observación de la naturaleza en clave erótica: «Anhelante pino adolescente / alzado al alba, / fina corteza, tronco soberbio, / apuntan apenas sus brotes.// Húmedo césped, ardiente savia, […] // Manantial de luz de sol naciente, / […] «(bosque virgen). El léxico se ha transfigurado para vestirse de positividad: «Lágrima de luz, claridad tenue / plateado destello, frágil viruta / de vírgenes cuerpos. […]»(Lágrima de luz), y se aproxima al amor: «Y me acerco a ti, / no me atrevo a turbar tu sueño, / la cara delicada, / los ojos perlados, / las manos sedosas, / los húmedos labios / anhelando un beso, / el beso que vengo a besarte, / en silencio»(Besos de silencio), o bien este otro, en el que leemos el verso que da título a todo el poemario y establece su núcleo: «Nos queda lo más puro, / la esencia del nudo, / aquello que te arraiga a mí / y aquello que me arraiga a ti, // algo tan sencillo / como decirte que te amo» (Amor sencillo). Y se deja cautivar por la dulzura a la que lo impele el plácido recuerdo de un anciano, que, jugando con la homofonía de las palabras catalanas vell, vellesa (viejo, vejez) / bell, bellesa (bello, belleza), le sugiere belleza: «Sabia serenidad, rostro abatido, / cara surcada por los pliegues del adiós, / obstinación de un cuerpo que no se deja abatir, / manos de senectud marchitas.//[…]// Sufre heroico los quebrantos de la vejez, / era muy vital, ahora no puede./ El abuelo se ha hecho mayor. Tiene el corazón lleno de belleza» (Belleza).

Uno de los poemas de esta última parte impresiona especialmente por la fuerza del sentimiento que sabe transmitir con la genial sencillez de la mejor poesía: «Si me ves y ves que yo no veo, / mírame.// Si me ves y ves que yo no oigo, / háblame // Si me ves y ves que tartamudeo, / escúchame.//[…]// Y por encima de todo, / no dejes nunca de amarme (Si me ves).

Estilísticamente el poemario, de un léxico riquísimo, es un híbrido de varios registros, a caballo entre el poema rimado clásico y la modernidad del verso blanco y el verso libre. Escribe el prólogo el poeta Eduard Miró Saladrigas. La mayor parte de los poemas van precedidos por citas de poetas catalanes y acompañados, en buena comunión, de fotografías del propio Salvador Riera.

© Anna Rossell

CUANDO LA CRÓNICA SE HACE POEMA

Josep Piella Vila,

El caminante de hojalata

Playa de Ákaba, 2015, 78 págs.

por Anna Rossellel-caminante-de-hojalata

Un privilegio la lectura de este poemario de quien se autodenomina “escritor emergente”, pero que emerge con un sello personal de gran fuerza y calidad. Josep Piella Vila (Sant Quirze Safaja, 1970) ha ganado merecidamente con El caminante de hojalata el I Premio de poesía de la editorial Playa de Ákaba.

La metáfora del caminante conduce a la voz poética por momentos, lugares y situaciones vitales que la confrontan con el dolor, el sufrimiento, la pérdida. A través de los sesenta y siete caminos de que se compone el poemario se nos invita a participar de un periplo que nos permite la vivencia directa de experiencias duras, pero necesarias.

Con mirada fotográfica, aparentemente ecuánime, Piella observa el malestar del mundo. Sus temas: la soledad, la incomunicación y el anonimato en la gran ciudad: Está anocheciendo y estoy perdido/entre una multitud de calles sin nombre (Camino XI), el lado oscuro de la naturaleza humana: […] me asusta esa/corta distancia que hay entre mi ética y el infierno (VIII), o bien: El hombre siempre ha creído que el universo empieza/y acaba en su ombligo (VI), la guerra, la destrucción, el hambre: Los camiones llegan a la ciudad/para repartir comida al ejército//Llevan muchos días sin comer//Una niña con un osito de peluche ahumado/entre sus brazos espera a cierta distancia//Su familia ha desaparecido con los últimos bombardeos (LVIII), la desigualdad social y la falta de empatía: Hay una cola de vientres tristes en los containers/[…]//En la esquina una mujer con un vestido rojo […]/hace cola/para comprar una entrada para la ópera (XLIX), la ecología: Voy medio dormido por un laberinto/de canales venecianos //[…]//A lo lejos solo se oye la voz al dente/de mi gondolero y el golpeteo de su remo/mientras aparta los peces muertos a/nuestro paso (XVI), la cotidianidad del mal y de lo terrible: En el piso de arriba el cuerpo de su hija enferma cuelga/ […] //Supongo que esa es una de las horas más tranquilas/del día para morir y uno de los mejores momentos/para dejar de fumar (LIV), la crueldad hacia la condición femenina: La casualidad me lleva hasta una plaza/donde un grupo de hombres con las/manos cargadas de ira rodean a una/mujer desnuda//[…] nadie se atreve a tirar la primera piedra,/es la más difícil, luego la culpa se reparte […]//Jamás una piedra ajena me había/golpeado con tanta crueldad (XXXIX).

Cada poema se lee como una crónica periodística –textual y gráfica- de una voz itinerante, siempre en solitario, por paisajes desolados y situaciones inclementes, que al cabo también protagoniza la soledad –recuerda la mirada de Edward Hopper-: Esta noche duermo solo/[…]/Solo queda silencio//Busco los personajes de todos los cuentos/infantiles para prenderlos en la hoguera y/dar calor a tanta ausencia (Camino III), a veces la soledad llega a la desolación: Estoy a tantos kilómetros de nada/[…]//Tengo miedo a tanto espacio/inmóvil (IV).

 

El estilo es descriptivo, el primer verso de cada poema nos sitúa con magistral concisión in medias res y da fe de la andadura del sujeto poético: Está anocheciendo y estoy perdido (XI), Espero en las sillas de la terminal (XXXVII), Viajo toda la noche en el autobús (XLI), Llego hasta la única calle del pueblo (LIV). Su registro es realista -la excepción confirma la regla-, sobrio, lacónico, y sin embargo Piella usa y hace buen manejo de las figuras retóricas. El sujeto poético es un observador riguroso, implacable y juega con el contraste para poner de manifiesto la escandalosa desigualdad, sus conclusiones son lapidarias: Así es nuestra existencia, […] hay en la muerte un poco de vida y en la vida un/poco de muerte (XII), La soledad es esto,//tiempo sin esperanza (XIII). Piella echa mano de la estética de lo feo, tan en consonancia con su temática: Camino por los suburbios de la ciudad […]//Una mujer da a luz en una fábrica abandonada. //[…]//Desde la esquina más oscura una rata/se acerca hasta sus piernas […]//Hay momentos en los que uno cree haber llegado al final de todo (XLIII).

Parece que la voz es imparcial, que se limita a la descripción de lo que ve. Pero es lo que ve lo que delata la profunda afectividad y empatía de la voz poética, a lo que remite la segunda parte del título de hojalata: metal especialmente sensible a la agresión exterior. Nunca la ecuanimidad formal ha estado más lejos de la indiferencia.

© Anna Rossell 

CAMINANTE, NO HAY CAMINO…

Portada del poemario "A recer de les ventades" ("Al abrigo de los vientos")

Portada del poemario «A recer de les ventades» («Al abrigo de los vientos»)

Mercè Amat Ballester
Al recer de les ventades (Al abrigo de los vientos)
Ediciones Xandri, 2015, 63 pp.

por Anna Rossell

Dividido en tres partes: «Deriva», «En medio de las pequeñas cosas» y «Al abrigo de los vientos», este poemario, en catalán, de Mercè Amat Ballester da fe de una vocación que ya se trasluce del recorrido intelectual de la autora. Licenciada en filosofía, ciencias religiosas y poeta, Mercedes Abad compone un poemario intimista, reflexivo e introspectivo, que rezuma espiritualidad en el sentido más amplio de la palabra. «Al abrigo de los vientos» es un recorrido por las estaciones anímicamente bien diferenciadas de una trayectoria vital, en sus inicios confusa y sin norte, que encuentra gradualmente abrigo En medio de las pequeñas cosas, para llegar a la calma que da una madurez que ha sabido sacar fruto de la maestría de la vida. Amat nos lo anuncia desde el principio: «Se han abierto las ventanas y las puertas de los años./Y, ahora, sé muy bien que ya no me ronda el infortunio», nos dice la presentación del poemario, e inmediatamente, a continuación, como prosiguiendo una frase inacabada, abre la primera parte del libro poniéndonos en antecedentes: «Pero hubo un primer tiempo de Deriva», remarcando en negrita el nombre con el que inicia su travesía poética.

El sujeto poético inicia el ciclo con una mirada retrospectiva desde el momento actual hacia el pasado, haciendo balance de una fase existencial dolorosa de desencanto, que, si bien lacerante aún, parece haberse cerrado. Ya en este primer momento la palabra, el nombre de las cosas -un campo semántico que recorre como un leitmotiv todo el poemario- se nos presenta como el crisol de la (in)consciencia, como espejo del espíritu y esencia de la vida. El logos estructura el pensamiento, pero juega también un papel crucial en la cristalización de la emoción y del sentimiento. Así, este primer poema gira en torno a la palabra y de su poder emocional, sea pronunciada o sólo pensada -no dicha-: «Hubo palabras no pronunciadas. / Se deslizan por el fango de un subsuelo inefable. / Aquellas otras, erráticas, que fueron dichas, / violentan el silencio haciendo un estropicio: / […]». O bien cuando escribe, dirigiéndose a una segunda persona: «No nos ha hecho falta decir muchas palabras. / Bastó con lo que los rostros expresaban / para saber qué prevalece entre los dos: / lo irreductible de un vínculo imperceptible / que nunca nos deja ser proscritos»(«Raíz»). Incluso el gesto no verbal, la caricia, deviene logos: «Son tantos los nombres de ayer que fueron dichos / las caricias, […]» («Cielo caído»). Y configura la materia prima del amor o el desamor: «Debería dejarte atrás /[…]/ Dejarte atrás y a distancia, / donde las palabras no te busquen, no te añoren y ni siquiera / sepan llamarte nuevamente»(«Grito adentro»), o bien: «Tus palabras me deshabitan, / al desfavorecer los celos de unos afectos / que permanecen enredados / a la quimera de un amor que, hoy mismo, / hemos creído recomenzado. / Vapor recluido de unas palabras, / que suben de la tierra bajo olvidos, / […]» («Devuélveme»). Cierra este ciclo de desencanto un poema extremo que alcanza el clímax de la deriva, del que sólo se puede salir reafirmado o dejando de existir: «Nada detiene, cuando todo parece desierto, / lo que la piel inscribe espíritu adentro» (Nihilismo), pero la voz poética sabe que sólo el duelo profundo de la pérdida puede redimir de la fatalidad cuando concluye: «Pero resurgimos de entre la debilidad / y las cenizas, donde parece que el desasosiego / se ha aferrado en un continuo estado de alerta /[…]/ cuando se incendian / las ganancias irrevocables de las vidas./ (Nos harán falta ahondadas inmersiones / en la laguna de la ausencia y del dolor / para poder ahuyentar tanta impostura)».

Este proceso de duelo se revela como necesario en el camino hacia la madurez, otorga al yo poético una extrema sensibilidad que le permite regocijarse en el gesto sencillo, en el matiz, en «la cata que hacemos de un mundo que desconocemos. / Cosas sencillas que conviven /[…]// La voz, el tacto y la caricia en un paisaje. / Un gesto amable. / El beso preciso. / El despertar de los ojos, la mente inquieta / y una sonrisa asentada en la mirada / […]”, como dice el primer poema del segundo ciclo. Y a partir del detalle minúsculo el sujeto poético crece, construye a partir de las cenizas, que aún guardan una brizna de positividad, y aprende hasta renacer: «Ponle aún más nombres a las viejas imágenes / y repite para ti tantas palabras / que casi desaprendido, casi» («Aprender»).
Otro de los leitmotivs que transporta el poemario es el campo semántico en torno a la danza, al juego, a veces envuelto en la metáfora del vaivén de las olas, como sugiriendo el movimiento de avance y retroceso que nos lleva por la vida «como el mar que recomienza siempre / y se inclina sobre la arena»(La danza), una lección que nos da la naturaleza, la observación del mar, ya a la tierna edad de la infancia: «[…] / el agua del mar te espera con olas abatidas /[…]/ El chasquido continuo de una espuma fresca / y juguetona que se mezcla / con saltos y risas de una vida confiada «(Niño). O bien cuando ese movimiento es “en nuestro interior, un balanceo que nos vela / y se afana por abrirnos puertas / […]» («Encuentro»).
La palabra, el nombre, que en el primer ciclo de poemas estremecían el alma angustiada, ahora devienen amables y provechosos: «[…] / Y en las manos, palabras empeñadas en nombrar / otros mundos posibles. /[…]/Miradas despiertas y encendidas, / tras puertas que pueden abrirse./ […]» («Rambla abajo»). O bien: «A punto para la revuelta / que haces contra un mundo que rechazas hace tiempo. / A punto e insatisfecho / para una lucha que nombra con otras palabras / lo que todavía nos interpela / y puede ser vivido sin trastornos / […]» («Sin extrañarte»).

El leitmotiv del vaivén está presente aún en el tercer ciclo, que, con el título que la autora escoge para todo el poemario, da a entender que la voz poética ha llegado a buen puerto en su lucha contra los embates de la travesía. El sujeto poético se presenta ahora como un espíritu inquieto, pero ya no afligido ni angustiado, sino ansioso de saber y de aprender siempre más hasta encontrar el reposo, un reposo que metafóricamente queda recogido en el hogar: «Es agradable la cadencia / de las olas cuando rugen / y espumean al atardecer, / bajo la mirada atenta de una luna / que quiere saber quién es / aquél que, en medio de tinieblas y ruidos, / busca constantemente .//[…]/ Y contra las rocas, gritos / de unas olas que luchan / para encontrar su hogar / […]», leemos en el primer poema del último ciclo. Y la lenta y persistente caída de la lluvia sugiere a la voz poética la creación de mundos nuevos a partir de la palabra, que ya se ha convertido definitivamente en una herramienta de demiurgo: «[…] / Cae plácidamente; / y, poco a poco, una danza la empuja al movimiento / una danza que del aire con sonidos reverberados /[…]/ el rumor de creación y el continuo nacimiento / de los primeros nombres en una mente / que no descansa y descubre / [ …] / dando a conocer cuáles son los caracteres / expresados en las palabras, tan expectantes / de una sabiduría que, en nosotros, despunta irrenunciable, / […]»(Expectación). Ya no hay grietas en este último tramo de la vía, que sigue con decisión hacia su objetivo porque «vamos presintiendo cuál es el último camino / que otorga nombre a todo y, al fin, nos libera» («El caminar de la conciencia»). Hasta puede llegar a reencontrar la luz y el calor amoroso «Si tus manos se deslizan con deseo todavía / y buscan profundamente los faros; / si inquieto atraviesas las aguas del olvido, / ante quien, en la distancia, / te habla de muy cerca, / verás como el amor nos ha crecido / al abrigo de los vientos» («Canto primaveral»). Y el poema, como la propia voz que habla en primera persona, evoluciona y hace camino, sin estancarse nunca, en un recorrido edificante y restaurador. Y, en el poema, las palabras: «El poema nunca se cierra ni se abandona / en el suelo, mudo, inerte y solitario! // […] // Y así, son también las voces de la palabra: / líneas alargadas reversibles / que pueblan el fondo del alma / y la relatan, irrepetible!» («Voces de poema»).
El poemario se cierra haciendo inventario positivo de lo vivido: «ahora que la mirada no cierra ninguna puerta / a un pasado que volteo las voces con quien razona; / ahora, sobre todo, que el gesto es de medida breve / porque ya nada no es de más, sepas amigo, / que hay propósitos esperándonos en mosaicos nuevos, / hechos de palabras nobles»(«Ahora»).

«Al abrigo de los vientos», el primer poemario de Mercè Amat Ballester, publicado por ediciones Xandri, un nuevo sello editorial nacido en octubre de 2014, se incorpora a las letras catalanas con la fuerza de la buena poesía. Sería recomendable su traducción al español.

© Anna Rossell

La Diana, Jorge de Montemayor

Novela pastoril en lengua castellana. Su título completo es Los siete libros de la Diana y fue publicada por vez primera en Valencia hacia 1559. El tema fundamental que en ella se desarrolla me­diante representaciones de vida agreste es el amor como tendencia o inclinación de naturaleza metafísica: vida de un alma que desde el interior se ordena espontáneamen­te hacia la belleza individual y concreta que la deleita, mientras se esfuerza en expresarse y salir a la luz por medio del arte o virtud intelectual de que es capaz. Diana, la bella pastora de quien toma su nombre la novela, corresponde al amor del pastor Sireno, despreciando a Silvano, que inútil y apasionadamente la requiere; pero, durante una ausencia de Sireno, Diana se casa con pastor Delio. Cuando Sireno regresa no le queda otro consuelo que unirse a Silvano y cantar con él la radiante belleza de Diana, la mujer amada y perdida.

La pastora Selvática puede comprender y, en parte aplacar el dolor de ellos, explicándoles cuántos  y cuáles son los dolorosos «embrollos» que nacen del amor: nunca nos ama la mujer que amamos y nunca amamos a la mujer que nos ama. Selvática ama al pastor Alanio, que está prendado de la belleza de Ismenia; pero ésta ama perdidamente al pastor Montano, y en vano le sigue de colina en colina mientras él lleva su rebaño a pacer.

Tenemos así una teoría móvil de amantes que afanosamente se buscan y que, discordando sus tendencias, sarmientan y abandonan a su dolor desesperado. A estos infelices, se añade la pastora Felismena, que expone su desgraciado caso. Ella siguió, vestida de muchacho a su querido Félix, a quien sirvió de paje, llevándole sus más dulces mensajes de amor a la pastora Delia. Pero ésta, creyéndola un hombre — el motivo está tomado de un cuento de Bandello, II, 36—, se enamoró de ella y le ofreció su amor. Al rechazarla, Delia se ha matado y Felismena se ha visto obligada a huir por los bosques.

Todos los amantes se van entonces a la morada de la sabia Felicia para buscar consejo y ayuda; y, mientras están en camino, se les reúne la pastora Belisa que enamorada de Arsenio, se rebeló contra el padre de éste, que la quería para él, y le había dado muerte. La sabia Felicia les acoge en su palacio suntuoso, donde con músicas, canciones y danzas se celebra a Orfeo el enamorado cantor que por demasiado amor perdió a su amada. Y del mismo modo que Orfeo cantó a la perdida Euridice, cantan ahora a la perdida Diana, llamando para formar su corona a las más bellas y nobles damas «de las que hoy dan valor ilustre a España».

Presididos por Felicia, todos los amantes, sentados por parejas en un prado limitado por verdes sauces discuten de amor en tres debates tomados literalmente del primero de los Diálogos (v.) de León Hebreo. De estos conceptos se deduce la dualidad entre amor espiritual y amor sensual, los dos opuestos cuya unidad situaba León Hebreo en la realidad actual y concreta del hombre. Montemayor vuelve, por tanto, al amor platónico, como sueño de pureza diamantina en oposición al apetito o amor natural. «Tal amar — declara la sabia Felicia — no es ilícito y deshonesto, porque sólo trata de querer bien a la persona en sí, sin esperar premio ni interés alguno».

Así se afirman los espíritus informadores de la Diana, en la que el amor es pura pasión separada de la acción y contemplada en su estado senti­mental, mórbido y soñador, jamás como principio de energía y determinación de la voluntad que se conquista el propio porvenir. El amor vale sólo en cuanto deseo de la belleza inaccesible a la que tiende por impulso de su naturaleza, un deseo de dolor inenarrable, a través del cual, el alma da a medida de sí misma, porque, alejada de todos los excesos de la pasión, ignorante del odio y de los celos, es aristocráticamente superior a todos los placeres vulgares.

Por último, la sabia Felicia proporciona a todos los enamorados un agua encantada que puede cambiar a todos las inclinaciones naturales. Regresan entonces a sus casas. Selvática se enamora de Silvano y Félix de Felismena, mientras Sireno puede seguir con indiferencia la suerte de Diana, atormentada por los celos de su marido. La novela de Montemayor se resuelve en una serie de narraciones que se yuxtaponen y entrecruzan, variando con lento análisis, en una mezcla de prosa y poesía al estilo de la Arcadia (v.) de Sannazzaro, el motivo del amor como actividad que perfecciona y finaliza el sujeto de acción, en la línea mis­ma de su constitución específica; por eso el motivo fabuloso del agua encantada desen­tona con esa concepción, según advertía ya Cervantes en el examen de la biblioteca de Don Quijote (I, 6).

Montemayor carece de las preocupaciones artísticas de Garcilaso, que en sus églogas pastoriles se aferraba a comparaciones y metáforas que se inspira­ban en la naturaleza, traduciendo la fres­cura del alma y la ingenuidad primitiva propia del hombre unido a la tierra y abier­to a las voces de las cosas. Con él, penetra en la novela pastoril, bajo un aspecto vago, pero con significado más amplio y univer­sal, porque está filtrado a través de la lí­rica amorosa de inspiración trovadoresca, el neoplatonismo del Renacimiento, como manera particular de sentir y obrar, como una visión general de la vida iluminada y embellecida por los esplendores nostálgicos de la belleza. Los elementos filosóficos, to­mados superficialmente, pierden su frescura especulativa, reduciéndose a un artificio retórico que renueva, con vocabulario más sugestivo, las antiguas disquisiciones sobre casos de amor.

Y el amor es la voz de una pasión, a la que más que sufriría inmedia­tamente, se la contempla en el recuerdo, escrutándola en sus más oscuros movimien­tos y expresándola con el temblor de un abandono querido por el destino.

«Y pues que jamás puede amor torearse, / No tiene el desamado que quejarse».

Esto es lamentarse a la manera de una conversación que traduce el sentimiento en la estructura de la frase y en la elegancia de la dicción: el dominio seguro de la pasión, dentro de las formas de civil conveniencia dictadas por la razón; así es como se comportaba aquella sociedad galante y culta, que, bajo la lige­ra apariencia pastoril, se presentaba en fi­guras netas y destacadas sobre el fondo pintoresco y de costumbrista de las escenas de palacio. El éxito de la Diana fue consi­derable no sólo en España, donde fue con­tinuada por Alonso Pérez, Segunda -parte de la Diana, y Gaspar Gil Polo, Diana ena­morada, sino también en todas las litera­turas europeas, especialmente en Francia. Traducida por N. Collin (Reims, 1569), in­fluyó en la Astrea (v.) de Honoré d’Urfé, que fue el modelo de todas las novelas sen­timentales del siglo XVII y la expresión del gusto cortés desde la época de Enri­que IV a la de Luis XIV, y sobre todo en la Arcadia del inglés Sydney.

M. Casella

 

La prosa de Montemayor es algo lenta, algo muelle, tiene más agrado que nervio, pero es tersa, suave, melódica, expresiva, más musical que pintoresca, sencilla y no­ble a un tiempo, culta sin afectación, no muy rica de matices y colores, pero libre de vanos oropeles… El defecto capital de Diana, es el abuso del sentimentalismo y de las lágrimas, la falta de virilidad poética, el tono afeminado y enervante de la na­rración.(Menéndez Pelayo)

 

*La Segunda parte de la Diana, del médico Alonso Pére, publicada en Salamanca, en 1564, es casi una obra de compilación sin unidad de fantasía ni coherencia poética. Los episodios, derivados de la literatura idílica y bucólica antigua y coetánea (Oviciok Sannazaro, etc.), son tantos y tan complicados que convierten el hilo de la acción en una repetición mecánica de casos sentimentales e inverosímiles, referidos en estilo amorfo e incoloro. Pero, a pesar de la diversidad de tono de ambas obras, la Diana de Alonso Pérez acompañó en casi todas las reediciones y traducciones a la Diana de Montemayor

* Fama más merecida alcanzó La Diana enamorada, novela pastoril de Gaspar Gil Polo (m. 1591), publicada en Valencia, en 1564. Se inicia con el lamento de Diana que, visitando la fuente de los Alisos, recuerda que antes estuvo allí en compañía de Sirenio. El recuerdo de este su primer amor, voluntariamente truncado, es para ella una angustia continua. La pastora Alcida, que la escucha, trata de consolarla, diciéndole que el amor no es omnipotente.

Si nuestra voluntad no sabe resistir y luchar, le proclamamos invencible. Los triunfos del amor son triunfos sobre nuestra debilidad. Pero llega Delio, marido de Diana, y queda maravillado por la radiante belleza de Alcida, y la sigue al huir ésta, que reconoce la voz de Marcelo, que se aproxima. Éste en presencia de Diana no sage reprimir su dolor, y se desahoga narrando su triste suerte. Debía casarse con Alcida, per la nave que la conducía a Lisboa y que llevaba también a su familia, fue sorprendida por la borrasca. Alcida y su hermana Clenarda se salvaron en una barca junto con Marce­lo.

Eugenio y Polidoro, padre y hermano de Alcida, fueron juguete de las olas en otra barca, y al fin desaparecieron entre los tor­bellinos de la tempestad. El marinero de la primera barca, al tratar de recoger a Clenarda, había separado a Marcelo y Al­cida, de suerte que él llegó a tierra después de numerosas vicisitudes sin tener noticia de los que amaba. En seguida empezó la de­sesperada búsqueda de su bien perdido. Diana y Marcelo resolvieron visitar, al día siguiente, el templo de Diana, donde ella le narra todas sus desdichas: cómo Sireno la amó espiritualmente y cómo, por obedece» a su padre, se vió obligada a casarse con Delio, el celoso. Con este motivo, se discu­te del amor y de los celos.

Los celos son falta de fe en el que se ama y amor exa­gerado de sí mismo; no son amor. El amor lleva consigo el temor; el temor de perder lo que se ama; un temor que se nutre del bien que descubrimos en la persona amada y que por tanto no está separado de la esperanza. Entre tanto, veamos lo que les ocurre a los otros pastores: Ismenia y Montano, que al hallarse en compañía de gente que sufre de amor, no dudan en confiarse, contándose sus desgracias. Isme­nia amaba y era amada por Montano, pero también la deseaba Fileno, el padre de éste. A su vez, Montano había rechazado a su madrastra Felisarda, que le amaba apa­sionadamente.

Las bodas de Ismenia y Mon­tano hicieron de Fileno y de Felisarda dos acérrimos enemigos que atentan contra su felicidad, tanto que Montano, para no co­meter un parricidio, incitado por las ma­las artes do su madrastra, decide huir con su mujer y no volver más a su tierra. Los diversos hilos de la novela están unidos entre sí, formando un nudo que el destino resuelve felizmente. En efecto, en el mis­mo lugar, junto a la sabia Felicia, llegado ya Eugerio, padre de Alcida, y también después de mil aventuras, aparecen sus dos hijos Polidoro y Clenarda y finalmente la propia Alcida, que anuncia que Delio ha muerto de una caída mientras la seguía frenético, enloquecido por la pasión. Alci­da y Marcelo, Diana y Sireno pueden ahora celebrar sus bodas, festejadas por todos los pastores con músicas, himnos y danzas. Los deseos de su vida más honda han sido por fin favorablemente escuchados.

Se encuen­tran felices consigo mismos y con la natu­raleza exterior, que les parece una sonrisa del universo. Después un largo periplo de amargas experiencias, han podido llegar al reino de la felicidad, al reino del amor rec­to que, dándose cuenta de su belleza, se reconoce a sí mismo como pureza y bondad generosa que se da, expresándose con pa­labras adecuadas, artísticamente nobles y transparentes. La Diana enamorada es la síntesis musical y poética de la novela pas­toril española, en su tentativa de hacernos presente en imágenes el mundo de la pura poesía, bondad y pureza interior, que cada cual halla en sí mismo cuando se da, sin sombra de egoísmo, a la belleza individual y concreta que deleita a la inteligencia en su actividad de conocer.

La fusión de los elementos líricos y fantásticos es más co­herente que en la Diana de Montemayor y alcanza cierta constancia y unidad de tono. El verso, más que contraponerse a la prosa, se destaca de ella con ritmo leve, casi sus­pendido del ala lírica, que ya en sus perío­dos sueltos parece preludiar el vuelo. La palabra, a la que el análisis parece como que ha enrarecido en la atmósfera lúcida del sueño, pierde todo valor de acción pre­sente y en su concreción lógica se disuelve en la blanda musicalidad de los sonidos. Es un arte finísimo y un seguro dominio de la materia aun allá donde la unidad estética de la novela queda un poco desvanecida por las largas divagaciones sobre las desventuras de Marcelo y Alcida, de Alano de Ismenia. En estos pasajes, Gil Polo se atiene a módulos fantásticos de la novela. bizantina, pero los transforma, porque el orden emanado del amor como sed inextinguible de belleza se revela finalmente como lo providencial que impregna en lo profundo la vida de toda la novela.

M. Casella

 

*Entre las restantes continuaciones de La Diana de Montemayor, deben recordarse La Diana de Jerónimo de Taxeda, publicada en 1587, una Tercera parte de la Diana de Gabriel Hernández, escrita en 1582, pero que no llegó a imprimirse, y la Clara Diana lo divino, que hizo en 1582 el monje cisterciense Bartolomé Ponge para oponerse a la extraordinaria popularidad y difusión de la novela. 

LOS YOS QUE SOMOS

Carles DuarteAlba del vespre (Carles Duarte) 2Alba del vespre (Carles Duarte) 2Alba del vespre (Carles Duarte) 2Carles Duarte
«Alba del vespre» («Alba al anochecer»),
Poesía 3i4, Barcelona, 2013, 48 pp.
por Anna Rossell

El último poemario de Carlos Duarte, «Alba del vespre» («Alba al anochecer»), viene enmarcado por dos citas, una a modo de introducción, de Empédocles («Sobre la naturaleza», citado en Sexto Empírico, Contra los matemáticos, VII, 124): «Rápidos en morir, en la vida / no vislumbran más que una pequeña parte de la vida, y como humo / alzando el vuelo se desvanecen, confiando sólo / en lo que cada uno encuentra por azar / vagando por todas partes, y todos se jactan / de haberlo descubierto todo «, y la otra, que cierra el pequeño volumen, de Aristóteles (Poética, 21, 1457b22): «Lo que la vejez es en relación a la vida, lo es también la tarde con respecto al día. Se puede decir, pues, que la tarde es la vejez del día, o, como Empédocles, que la vejez es ‘el atardecer de la vida’ o ‘el crepúsculo de la vida «. La primera nos prepara el espíritu para la lectura, la última, a modo de conclusión, nos ratifica lo que hemos ido asimilando en el transcurso de la lectura. Ellas son los puntales que dibujan el trasfondo filosófico en que se nos despliega el universo espiritual de la voz poética: la pequeñez del ser humano y la fugacidad de la vida, una realidad que recoge Aristóteles en el paralelismo que formula entre la luz y la oscuridad, entre el día y la noche, y que el poeta muy significativamente emplea en el título en forma de oxímoron: «Alba al anochecer». Porque, la viva luz que acompaña la caída del día, también ilumina el crepúsculo de la vida y ejerce con su brillo rojizo un poder de atracción en el que la contempla que le devuelve al seno natural de donde procede: «Hechos de la Tierra / somos un retorno, / ya sin tiempo, / al mar, […]» («Mares entre los astros»). Animado por la «nostalgia de universo», el sujeto poético se complace en la visión de escenarios naturales que cautivan y alimentan la introspección, un diálogo consigo mismo que da a la voz poética la conciencia del nexo que la une con el paisaje hasta llegar a fundirse en él y formar parte de él, «la conciencia de un yo menor integrado en un yo mayor», como decía el poeta en la entrevista que le hacía Jordi Nopca con motivo de la publicación del poemario (ARA, Sábado, 22 de junio de 2013). Como cuando dice: «El universo no está fuera de nosotros; / Nos construye, / lo construimos, / nuestro cuerpo, como el fuego, lo transforma» («Tensho»).
Heredero de la tradición impresionista: «[…] celebramos en silencio este instante / tan puro, tan frágil, tan fugaz […]» («Oro y magenta») y simbolista, la voz poética se entrega a la evocación sensorial, se recrea con la vista: «Desciende la mirada hacia los campos de olivos […]» («Olivos»), con el tacto: «Pisamos la tierra venerada, / de donde resurgimos después de cada muerte, / arena entre los dedos del aire «(«Los árboles») o el oído: «Un canto antiguo / como un cristal de luz / atraviesa el aire» («El canto»), para leer los signos ancestrales del paisaje, en plena comunión y sintonía con él, el enigma existencial de sus orígenes, el lenguaje que lo acerca al absoluto, casi a la trascendencia: «[…] / esa voz ya estaba antes del cuerpo, / como si aquel llanto o aquel deseo / nos conmoviera por existir de nuevo / […] // El canto antiguo donde estamos, / donde estábamos» («El canto»). O bien: «Hijos de Dios, padres de los dioses / ser y morir no nos basta: / necesitamos el sueño, […]» («Los dioses y los nombres»).
La contemplación del paisaje y de los astros proporciona a la voz poética la verdadera medida de la existencia humana en su calidad de fugaz y eterna, pequeña e inmensa vez: «Somos navegantes de un océano de sueños / hacia un destino de hielo o fuego. // Miramos la noche, miramos el paso de los astros; / Lo nuestro es vivir y lo nuestro es la muerte / para que otras vidas sean; / El ciclo nace y se consume; […]» («Océano de sueños») y contemplando los colores de un crepúsculo reflexiona: «La felicidad y el abismo que nos unen / los sueños que éramos, / la nostalgia de infinito que somos, [… ]» («Oro y magenta»). Se hace patente la intuición de que el recorrido vital del ser humano no se agota con la muerte ni comienza con el nacimiento, como si nuestra existencia -parte de un común proyecto cósmico de algún demiurgo- tuviera sus orígenes antes de la conciencia y sobrepasara el tiempo que la muerte trunca: «Ávidos de vida, / sedientos de horizonte / somos un gesto del paisaje. // No hay sino una ruta / y en el paisaje reencontramos. nuestra antigua existencia // Mirando los astros, / sentimos nostalgia de universo. // […]» («Navegando a través de las estrellas»).
Mención especial merece la percepción del tiempo, que se manifiesta en una pérdida continuada. La vida de un ser humano se compone de una cadena de yos, siempre diferentes y en evolución: «Somos multitudes en la mirada. // ¿Qué queda en este yo de hoy / de todos los que fueron, / de nuestros debajo de antes, / los otros bajo que eran? […]» («El yo que duerme»). Pero no hay lamento en la pérdida, la pérdida es a la vez un renacimiento, una renovación constante: «[…] perdemos sólo aquello que poseemos» («Océano de sueños»). O bien: «Vencido por la onda poderosa / que toma nuevo impulso / contra mi cuerpo ya exhausto / hasta rendirme, / hasta extinguir el aliento / de donde resurgía el sueño» («Alba de la tarde I») .
La maestría de Empédocles no se limita a la cita inicial del poemario, sino que parece conducirlo de principio a fin: el ser humano, un microcosmos, concebido como un resumen del macrocosmos universal – «un yo menor integrado en un yo mayor «-, con el que comparte los mismos elementos, se acerca a este macrocosmos y lo comprende (lo integra) por simpatía, en el sentido etimológico de la palabra: «Lo parecido conoce lo semejante» («Empédocles»). El poemario rezuma palabras que nos remiten a los cuatro elementos, la materia prima que nos ha hecho y a la que retornamos: el fuego (con sus variantes: el crepúsculo, el sol, el rojo), la tierra (la arena, el barro, el campo, la arcilla), el aire (el viento) y el agua (el mar, la ola, el océano, la lluvia), que un estudio más profundo nos permitiría asociar simbólicamente con otras palabras no relacionadas aparentemente, muy recurrentes en Duarte, que hace un ejercicio de altísima depuración lingüística para construir un mundo poético de una inmensa riqueza metafórica y alegórica con las palabras más esenciales: luz, amanecer / amanecer, abismo, sueño(s), anhelo(s), horizonte, nostalgia, piedra, roca, hielo, noche, muerte, cuerpo, piel, ojos, astros / estrellas. Pero es el mar el que adquiere un protagonismo axial, el lugar de donde provenimos, ante la inmensidad del cual tomamos conciencia de nuestra pequeñez, a veces alegoría de la vida, otras -como en «La muerte en Venecia» de Thomas Mann, de la muerte.
El tono melancólico que atraviesa el poemario no es, sin embargo, sinónimo de tristeza, la melancolía es el estado de ánimo necesario a la voz poética para sumirse en su introspección -en un monólogo íntimo o haciendo uso del plural inclusivo-, para abordar la búsqueda de sí mismo, que lo hace más sabio y lo devuelve al universo sideral al que pertenece: «Ya no existe lo que fue, sino en nosotros / y en la fruta que cosechas y saboreas, / las formas que la arcilla esculpió / para que la vida convocara la vida» («Tensho»).
Carles Duarte ha recibido por este poemario el Premio Nacional de la Crítica Literaria, y la Universidad de Jaén lo ha editado en español.

© Anna Rossell
(Traducción al español de Anna Rossell)
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