El tambor de hojalata (Gunther Grass)

tambvorDurante la primavera y el verano de 1952 recorrí Francia de arriba abajo pidiendo viajes a los vehículos que pasaban. Vivía de casi nada, dibujaba sobre papel estraza y escribía sin parar: el lenguaje me había afectado como una diarrea. Además de ciertos cantos bastante epigonales (creo yo) sobre él difunto timonero Palinuro, produje un largo y tumoroso poema en el que Oskar Matzerath, antes de llamarse así, aparece como anacoreta estilista.

Era un hombre joven y existencialista, según los dictados de la moda del momento. De oficio, albañil. Vivía en nuestros tiempos. Sus conocimientos literarios eran desordenados y más bien fortuitos, y no escatimaba las citas. Desde antes de ocurrir el auge de la prosperidad material, estaba harto de ella y enamorado de su propio asco. Por eso, construyó una columna en el centro de su pequeña ciudad (sin nombre), posición que ocupó encadenado. Mediante un largo palo y un cesto, su madre, sin dejar de regañarlo, le pasaba la comida. Sus esfuerzos por incitarlo a regresar eran apoyados por un coro de muchachas peinadas al estilo de figuras mitológicas. El tránsito de la población daba vueltas a la columna, se reunían sus amigos y enemigos; finalmente, la comunidad entera levantaba la vista hacia él. El anacoreta estilista, por encima de todo ello, miraba hacia abajo y cambiaba serenamente el peso de una pierna a la otra; había hallado su perspectiva y reaccionaba con palabras cargadas de metáforas.

Este extenso poema no se logró y fue olvidado en alguna parte; sólo recuerdo unos cuantos fragmentos, que a lo sumo muestran la influencia ejercida simultáneamente sobre mí por Trakl y Apollinaire, Ringelnatz, Rilke y unas traducciones pésimas de Lorca. Lo único interesante era la idea de la búsqueda de una perspectiva apartada: la elevada posición del anacoreta estilita resultaba demasiado estática. El tamaño alcanzado por Oskar Matzerath a los tres años me brindó al mismo tiempo, finalmente, movilidad y distancia. Si se quiere, Oskar Matzerath es un anacoreta estilita de polaridad invertida.

Al finalizar el verano del mismo año, cuando estaba desplazándome, procedente del sur de Francia, vía Suiza hacia Dusseldorf, no sólo conocí a Anna sino que también, como producto de la mera contemplación, fue destituido el anacoreta estilita. En una ocasión banal, por la tarde, vi entre adultos que tomaban café a un niño de tres años, que traía colgado un tambor de hojalata. Llamaron mi atención y se fijaron en mi conciencia: la entrega ensimismada del niño a su instrumento; también, su forma de no hacer caso del mundo de los adultos (dedicados a acompañar su charla vespertina con café).

Durante tres años completos, este «hallazgo» permaneció enterrado. Me mudé de Dusseldorf a Berlín, cambié de maestro de escultura, volví a encontrar a Anna, me casé al año siguiente, saqué a mi hermana, que se había metido en un callejón sin salida, de un convento católico, dibujé y modelé figuras en filigrana, parecidas a aves, langostas y gallinas, fracasé con un primer intento más largo de prosa, que se llamaba La barrera y había tomado a Kafka como modelo y a los primeros expresionistas, como fuente de su aparato metafórico; sólo entonces escribí, un poco más tranquilo, mis primeros poemas eventuales, relajados y puestos a prueba con trazos de dibujo, los cuales se apartaron del autor y ganaron esa independencia que permite la publicación: Die Vorzüge der Windhühner [Las ventajas de las gallinas del viento], mi primer libro.

Con ese equipaje —el material acumulado, algunos proyectos imprecisos y una ambición precisa: yo quería escribir mi novela, Anna buscaba un ejercicio más estricto de ballet— abandonamos Berlín a principios de 1956, sin recursos y sin preocupaciones, y fuimos a vivir a París. Cerca de la Place Pigalle, Anna encontró a su estricta matrona rusa de ballet, en forma de Madame Nora; yo aún estaba puliendo la obra de teatro Los malos cocineros, cuando comencé el primer borrador de una novela que tendría diversos títulos de trabajo: Oskar, el tambor, El tambor, El tambor de hojalata. Y exactamente aquí es donde se bloquea mi memoria. Sé que gráficamente diseñé varios planes, los cuales resumían todo el material épico, llenos de palabras sucintas, pero estos planes fueron anulados y perdieron su valor mientras progresaba el trabajo.

No obstante, también los manuscritos de la primera y la segunda versiones, y finalmente de la tercera, sirvieron para alimentar el calentador en mi cuarto de trabajo, el cual volveré a mencionar más adelante.

Con la primera frase: «Pues sí: soy huésped de un sanatorio…», se disolvió el bloqueo, me apremió el lenguaje, fluyeron libremente la capacidad de recordar y la fantasía, el placer lúdicro y la obsesión con los detalles, un capítulo derivó de otro, supe dar brincos cuando inesperadas depresiones contenían la corriente del relato, me ayudó la historia con ofertas locales, las latas reventaron para soltar olores, fui adquiriendo una familia reproducida espontáneamente, me peleé con Oskar Matzerath y sus anexos sobre los tranvías y la disposición de las líneas, sobre los procesos simultáneos y la absurda coacción ejercida por la cronología, sobre el derecho de Oskar a hablar en primera o en tercera persona, sobre su pretensión de engendrar a un hijo, sobre sus faltas verdaderas y su culpa fingida.

De esta manera, mi intento de adjudicar al solitario Oskar una maliciosa hermanita fracasó debido a las protestas de aquél; es posible que la hermana haya insistido, posteriormente, en su derecho a la existencia literaria, en forma de Tulla Pokriefke.

Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: un agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. El cuarto servía también para calentar nuestro minúsculo departamento de dos habitaciones en la planta siguiente. Mi actividad de fogonero se engranó con la de escribir. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por coque, con dos cubetas, a un cobertizo del sótano en el edificio al frente. Mi habitación olía a moho y, acogedoramente, a gas. Las goteras de las paredes estimulaban mi imaginación. Es posible que la humedad del cuarto haya activado el ingenio de Oskar Matzerath. Una vez al año, durante los meses de verano, tenía la oportunidad de escribir al aire libre en Tesino durante un par de semanas, por ser Anna de Suiza. Me sentaba a la mesa de piedra debajo de una pérgola de vid, contemplaba el paisaje centelleante, propio de una decoración teatral, de la zona del sur, y describía, bañado en sudor, el helado mar Báltico.

 A veces, para cambiar de aire, garabateaba los borradores para los capítulos en los bistros de París, tal y como se les conserva en las películas: entre parejas de enamorados trágicamente abrazados, ancianas escondidas dentro de sus abrigos, paredes de espejos y ornamentos Art Nouveau, algo sobre afinidades electivas: Goethe y Rasputín.

A pesar de ello debo haber vivido intensamente, al mismo tiempo, cocinado con esmero y bailado de gusto, a la menor provocación, por las piernas bailadoras de Anna, pues en septiembre de 1957 —me encontraba en medio de la segunda versión— nacieron nuestros hijos gemelos, Franz y Raoul. Un problema no de naturaleza literaria, sino financiera. Al fin y al cabo, vivíamos de unos 300 marcos mensuales, repartidos minuciosamente, los cuales ganaba casi sin fijarme en ello. A veces creo que me protegió el simple hecho —si bien afligiera a mi padre y mi madre— de no haber terminado el bachillerato. Con un bachillerato, seguramente hubiese tenido ofertas, me hubiera convertido en guionista para programas nocturnos de radio, hubiera guardado el comienzo de un manuscrito en el cajón y un rencor creciente, de escritor impedido, contra todos los que escriben libremente, sin preocuparse, y aun así los alimenta nuestro Padre en los Cielos.

La última versión del capítulo sobre la defensa del Correo polaco en Danzig hizo necesario un viaje a Polonia en la primavera de 1958. Hôllerer sirvió de intermediario, Andrzej Wirth escribió la invitación y vía Varsovia me dirigí a Gdansk. Sospeché que aún debían existir algunos antiguos sobrevivientes de la defensa del Correo polaco y pedí informes en el Ministerio polaco del Interior, el cual contaba con una oficina en la que se apilaban los documentos sobre los crímenes de guerra cometidos por los alemanes en Polonia. Me proporcionaron los domicilios de tres antiguos empleados del Correo polaco (la referencia más reciente era de 1949), pero con el comentario restrictivo de que los supuestos supervivientes no eran reconocidos por el sindicato polaco de trabajadores del Correo (ni en los círculos oficiales en general) porque, según las versiones alemana y polaca, en el otoño de 1939 se dio a conocer públicamente que todos habían muerto fusilados. Por eso se habían cincelado sus nombres en la lápida conmemorativa; y el que haya sido cincelado en piedra ya no puede estar vivo.

Fui a Gdansk en busca de Danzig, pero encontré a dos de los antiguos empleados del Correo polaco; entretanto, habían conseguido trabajo en los astilleros, ahí ganaban más que en el Correo y en realidad estaban contentos con su estado de no reconocimiento. No obstante, sus hijos querían ver a los padres convertidos en héroes y estaban tramitando (sin éxito) su reconocimiento como luchadores de la resistencia. De ambos empleados del Correo (uno había distribuido giros postales) obtuve descripciones detalladas de los sucesos ocurridos en el Correo polaco durante su defensa. Me hubiera resultado imposible inventar esas rutas de evasión.

En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad y hojeé colecciones del Danziger Vorposten, olí el Mottlau y el Radaune. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos y aquel gran edificio de alquiler del Labesweg, entre la plaza Max Halbe y el mercado nuevo; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico.

Y un día me encontré en la cocina comedor de mi tía abuela cachuba, Anna. Sólo al mostrarle mi pasaporte terminó de creerme: «Vaya, Guntercito, cómo has crecido.» Ahí me quedé por un tiempo para escucharla. Su hijo Franz, un antiguo empleado del Correo polaco, efectivamente había sido fusilado después de capitular los defensores. Hallé su nombre cincelado en piedra sobre la lápida conmemorativa: reconocido.

En la primavera de 1959, después de concluir el trabajo del manuscrito y corregir las galeras y las pruebas, recibí una beca por cuatro meses. Otra vez había intervenido Hóllerer. Debía viajar a Estados Unidos y contestar, de vez en cuando, las preguntas de estudiantes. Sin embargo, no logré el permiso. En aquel entonces aún había que someterse a un meticuloso examen médico para obtener la visa, lo cual hice y averigüé que en algunos puntos de mi pulmón habían aparecido tubérculos, una especie de nodulos: cuando los tubérculos revientan, producen agujeros.

Por eso, y también porque en Francia, entretanto, había asumido el poder De Gaulle —después de ser detenido por la policía francesa durante una noche, me entró una verdadera nostalgia de la policía alemana—, dejamos París, al poco tiempo de aparecer El tambor de hojalata como libro (y de abandonarme), y volvimos a establecernos en Berlín. Ahí me obligaron a dormir a mediodía, a abstenerme del alcohol, a hacerme examinar con regularidad, a tomar crema y a tragar tres veces al día unas pastülitas blancas que, según creo, se llamaban Neoteben, con lo cual me volví sano y gordo.

No obstante, estando aún en París había comenzado los trabajos preliminares para la novela Años de perro, que al principio se intitulaba Cascaras de papa y estaba basada en una concepción falsa. Hizo falta la novela corta El gato y el ratón para destrozar ese concepto insustancial. Pero en este tiempo ya era famoso y no tenía necesidad de alimentar la estufa con coque mientras escribía. Desde entonces, escribir me resulta más difícil.

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Mala sombra (Juan Manzanillo)

damaCurioso libro cuyo autor, seguramente un seudónimos, nos habla de la actual manía de alabar a toda v´citima y a cualquier perdedor por el simple hecho de haber perdido, no se sabe el qué, y no se sabe tampoco cómo.

La civilización de la mala sombra se basa en una extraña modificación del cristianismo por la cual, no sólo es malo ser rico, sino que también es una vergüenza no haber sido nunca delincuente, ni haber estado en la cárcel, ni haber tenido un pasado turbulento y lleno de páginas que borrar. Al contrario de lo que sucede en la civilización norteamericana, donde lo ejemplificante es conseguir lo que se intenta y el hombre a imitar es el que se ha hecho a sí mismo, el autor va desgranando casos de la cultura europea en la que se alaba al que pierde, al que no consigue nada, y al que apoya su estética en las ojeras de bar, la resaca, y una constante derrota.

Para el europeo, y así se observa en muchas películas y obras literarias, la reflexión y el aprendizaje equivalen al mal, mientras el impulso, la estupidez rampante y el incumplimiento de cualquier deber son los que confieren un carácter atractivo.

Según el autor, este mal parece haberse extendido también a los Estados Unidos en las últimas décadas sin que, de todos modos, haya conseguido calar allí con la misma fuerza que en el viejo continetne.

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El león, la bruja y el armario (C. S. Lewis)

leonbrujaSegún el excelente libro de Humphrey Carpenter The Inklings, el profesor J. R. R. Tolkien terminó su gran novela fantástica El Señor de los Anillos [16] en 1949. Sin embargo, el primero de sus tres volúmenes no apareció hasta 1954. Durante los cinco años en que esta obra maestra anduvo su lento camino desde la minuciosa revisión del manuscrito hasta la meta de la página impresa, el buen amigo y compañero de «atisbos» (inkling) de Tolkien, Clive Staples Lewis (1898–1963), lanzó no una sino siete exitosas novelas fantásticas para niños. Se las llama colectiva­mente «Las crónicas de Narnia», pues Narnia es el nombre de la tierra mágica descubierta por los jóvenes protagonistas de Le­wis, una «subcreación» análoga a la Tierra Media de Tolkien. Carpenter nos dice que a Tolkien no le satisfacía, y le disgusta­ba intensamente el primero de esos libros, El león, la bruja y el armario (The Lion, the Witch and the Wardrobe): «La historia toma­ba tan indiscriminadamente elementos de otras mitologías y re­latos (faunos, ninfas, Papá Noel, animales que hablan, es decir, todo lo que parecía útil para la trama) que Tolkien consideraba la suspensión de la incredulidad, la entrada en un mundo se­cundario, sencilla-mente imposible. No servía, y sin más le volvió la espalda». No obstante, las historias apresuradamente escritas de Lewis han encantado a varias generaciones de niños y con frecuencia son releídas por los adultos. Se siguen vendiendo en abundancia, y el primer volumen ha sido adaptado como película de dibujos animados y como obra de teatro popular. Las otras novelas de la serie son El Príncipe Caspian (1951) , The Voyage of the «Dawn Treader» (1952) , El caballo y su jinete (1953) , The Silver Chair (1954) , El sobrino del mago (1955) y The Last Battle (1956) , todas ellas terminadas en marzo de 1953.

Los niños –Lucy, Susan, Peter y Edmund– entran en el mundo de Narnia por un viejo guardarropa en desuso en la casa de campo donde se han alojado durante la segunda guerra mundial. Encuentran un paisaje boscoso cubierto de nieve y poblado por faunos, enanos y diversos animales parlantes. En ese momento Narnia está gobernada por una malvada Bruja Blanca que ha echado un encantamiento sobre el país para que sea «siempre invierno, pero nunca se llegue a la Navidad». Ed­mund, un chico de voluntad débil, es ganado para la causa de la Bruja mediante un tipo de caramelo oriental inefablemente delicioso, pero los otros niños toman partido por la gente sen­cilla y sufriente de su país recientemente encontrado. Más tar­de tropiezan con el defensor del bien de Narnia, el gran león de melena color ámbar llamado Aslan. El león resulta ser un dios agonizante o la figura de Cristo, que se sacrifica para derrotar a la Bruja y restaurar el orden natural de las estaciones en Narnia. Aslan renace, el voluble Edmund es redimido y todo termina felizmente. Los cuatro niños vuelven a su mundo, con la pro­mesa de llevar a cabo muchas aventuras en el futuro.

La novela es en parte una alegoría cristiana, aunque Lewis no pone de relieve su mensaje con demasiada fuerza (muchos lectores han testimoniado luego que primero leyeron la his­toria y su continuación disfrutando simplemente de la fan-tasía expuesta, sin percatarse de ningún contenido «oculto»). El len­guaje es sencillo, y mucho de la invención, caprichoso. Cierta­mente, es un libro para niños, en la agradable tradición de Kenneth Grahame y A. A. Milne, pero la muerte y la resurrec­ción de Aslan son genuinamente conmovedoras, y la atmósfera, sobrenatural –como lo expresan, por ejemplo, los títulos de los capítulos: «Magia profunda desde el alba del tiempo» y «Magia más profunda desde antes del alba del tiempo»–, sufi­ciente para hacer correr agradables escalofríos por la espalda de cualquier lector juvenil.

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366 HISTORIAS DEL FUTBOL MUNDIAL QUE DEBERIAS SABER (Alfredo Relaño)

¿Sabías que Brasil no estrenó su clásica camiseta amarilla, la «verdeamarelha», hasta 1954?, ¿que el Manchester United y el Liverpool, rivales encarnizados, amañaron un partido para que el Manchester no descendiera?, ¿que la primera gran bronca entre Madrid y Barça se remonta a 1916, cuando empataron a 6 goles en un mítico partido?, ¿que la película Evasión o victoria se inspiró en un partido verdadero disputado entre prisioneros de guerra ucranianos y nazis?, ¿que fue un periodista gaditano el que inventó las tandas de penaltis? o ¿que un prisionero de guerra alemán defendió la portería del Manchester City?… Esto y mucho más encontrarás en las páginas de este fantástico y definitivo libro. 366 historias escritas por uno de los periodistas deportivos más importantes de nuestro país que nos hace recordar con nostalgia algunas de las historias olvidadas del juego más hermoso jamás inventado. La Biblia del fútbol.

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El complejo de dinero (Franziska Von Reventlow)

Estamos ante una novela que en ocasiones parece un divertimento de la autora para pasar el rato o para codearse con los escritores con los que gustaba tratar, y en otros momentos parece una verdadera obra maestra. Tiene partes de ambos tipos, y una doble lectura: la de la anécdota, y la del sentido que parece insinuarse tras algunas ideas aparentemente inocentes.

A principios del siglo XX una joven alemana de clase alta, de vida alocada y casada por conveniencia, ingresa en una peculiar clínica psiquiátrica para curarse de sus habituales problemas con el dinero. Allí compartirá sus días y sus escapadas con un extravagante conjunto de enfermos muy parecidos –tan divertidos como irritantes– a los personajes de algunas películas de los Hermanos Marx. O de Ernst Lubitsch (el director de Ninotchka, Lo que piensan las mujeres o El diablo dijo no), con quien también ha sido emparentada la obra de Franziska von Reventlow.

Irónica, seductora, divertidísima, heterodoxamente feminista, El complejo de dinero, publicada por primera vez en 1916, fue considerada como una de las novelas más inteligentes y atrevidas de su época.

«Una novela desconcertante y admirable que ningún hombre ha sabido escribir.» Bertolt Brecht.

«Una aparente ligereza llena de graves cargas de profundidad. Con un encanto tan de época como atemporal.» Ingeborg Bachmann.

«Un vodevil, una pieza de cabaret, una fiesta elegante y a la vez muy popular en las montañas… No puedes dejar de reírte, pero tampoco puedes dejar de pensar en lo que hay detrás de todas esas risas.» Rainer Maria Rilke.

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