Berlin Noir I. Philip Kerr. «Violetas de marzo»

La novelas sobre nazis escritas por anglosajones ya me ponen en guardia, pero aún así, como esta me la regaló un amigo, decidí leerla. No es pesada. Se acaba pronto. Por ahñí, punto a favor
Esta novela, primera en lo que se pensó como una trilogía y va ya por tetralogía, trata de reflejar lo que era la vida en el Berlín dominado por los nazis, pero antes del comienzo de la Guerra. Es el momento de los juegos olímpicos, en 1936 y sñí, habéis acertado: no se salta ni un tópico, ni un Jesse Owens ni una puñetera obviedad de camino trillado: las contiene todas. Sin falta.

La idea en sí me pareció atractiva y me acerqué al libro con mente abierta y ganas de imbuirme en aquel ambiente difícil. La primera desilusión fue comprobar que el autor no estaba demasiado interesado en nada que no tuviese que ver con los tópicos conocidos por todo el mundo. Mi impresión después de unos cuantos patinazos graves (como llamar Marga a la mujer de Goebbels, en vez de Magda) fue que el autor se había documentado para escribir el libro viendo tres películas malas y cuatro documentales de la propaganda americana, y eso me molestó bastante.

Por lo demás, la trama avanza bastante lentamente, sin rumbo fijo ni dirección, y a simple golpe de comparación. Porque en cuanto a estilo, no se me ocurre otra manera de describirlo que decir que esta sería la obra que escribiera Chiquito de la Calzada si en vez de dedicarse al humor se hubiera dedicado a la novela negra. Comparación tras comparación, venga a cuento, o no, con medida y sin ella, y desgranando uno a uno, sin piedad, los tópico de lo malos que son los nazis, lo asquerosa que es la vida en un sitio donde ellos gobiernan y lo repugnante que es la gente que se afilia al partido.

 La novela es fría, maniquea, con personajes burdos, mal trazados y escenarios impensables. Las chicas quieren proque sí al detectuive, al que unasveces lepegan proque sí y otras veces le obedecen o le quieren porque les da la gana. Este, en resumen, es el rigos lógico del libro.

 Al final parece que se endereza un poco en algunas escenas con cierto gancho, pero la conclusión es que cualquier porquería de novela puede ser mejor novela que esta. Tengo las otras dos de Berlín Noir y estoy por regalarlas.

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Las brujas de Eastwick, de JOHN UPDIKE

eastwVacilé en la inclusión de este título, con la idea de que John Updike (nacido en 1932) no necesita mis elogios. Agudo deli­neante del carácter suburbano y maestro de un poético estilo en prosa, ha sido durante mucho tiempo el más elogiado de los escritores norteamericanos. Pero su primera aventura extensa en la literatura fantástica es un libro demasiado bueno para omitirlo; como El Hombre Verde de Amis [42], con el que tiene una pálida semejanza, es al mismo tiempo una hermosa novela y una excelente obra de género. Su realismo social minuciosa­mente observado sólo sirve para reforzar la fuerza de su conte­nido sobrenatural.

Es la época de Nixon y el Vietnam. El lugar es Eastwick, Rhode Island, una ciudad marítima de la vieja Nueva Inglate­rra, donde en aquellos días «pequeñas instalaciones sin venta­nas, con nombres como Dataprobe y Computech, fabricaban misteriosos componentes, tan delicados que los obreros usaban gorros de plástico para evitar que cayese caspa en los diminutos trabajos electromecánicos». Pero tal tecnología sin rostro per­tenece al desacreditado mundo de los hombres. Los personajes centrales de la novela, Alexandra, Jane y Sukie, son atractivas divorciadas que están en sus treinta y tantos años. Cada una de ellas siente que haberse separado de su marido ha sido una in­mensa liberación. Han descubierto nuevos poderes en sí mis­mas, se han sentido atraídas mutuamente y han formado un «aquelarre». Son brujas, de un género muy práctico, capaces de desencadenar tormentas, romper a distancia el collar de perlas de imitación de una anciana dama, y poner polvo y plumas en la boca de un chismoso regañón. Su magia es propia de un gru­po no profesional, a menudo malicioso pero no abiertamente malo. Disfrutan con las guerras intestinas de la política local, y son capaces de aprovecharse de cualquiera. Mujeres enérgicas y agradables, usan su cuerpo, su inteligencia, su ingenio y sus facultades creadoras; y en sus manos hasta la comida parece un arma mágica: «A Jane Smart le encantaban los huevos sazonados, espolvoreados e impregnados de paprika y una pizca de mostaza, aderezados con cebolleta cortada o una anchoa ex­tendida en cada relleno, blanca como la lengua de un sapo».

De Nueva York llega un hombre presuntuoso y huraño lla­mado Darryl Van Horne. En apariencia rico inventor y colec­cionista de arte, restaura una vieja casa grande cercana a Eastwick, y pronto se convierte en objeto de fascinación local, aun para el trío de brujas, acostumbradas a llevar la voz cantan­te. Van Horne es bullicioso, testarudo, tosco y detestable, y sin embargo las tres se sienten inexorablemente atraídas hacia él. Él las hace hablar, y pronto las tres brujas comparten las deli-cias de su cuarto de baño de madera de teca. Se convierte en un aquelarre «liberado» totalmente moderno: «Sobre el colchón de terciopelo negro que Van Horne ha instalado, las tres muje­res jugaban juntas con él, usando las partes del cuerpo de él como vocabulario para hablar entre ellas; Van Horne demostró tener un control sobrenatural, y cuando eyaculaba, convinie­ron todas más tarde, era maravillosamente frío». (Antes el au­tor había citado el testamento de una bruja del siglo xvI que describió al Diablo como «tan frío como el hielo».)

Las brujas de Eastwick (The Witches of Eastwick) es un relato realista, divertido y finalmente trágico de culto al Diablo. Los detalles sexuales son copiosos y explícitos, y algunos lecto-res han acusado al libro de ser misógino, pero la alta calidad de su creación y el modo en que el autor se mete en la piel de cada uno de sus personajes (sobre todo las mujeres) lo convierten en algo más que una fantasía sexual o sexista. El libro ha sido fil­mado con éxito por el director australiano George Miller; no he visto aún la película, pero es difícil imaginarse un equivalen­te cinematográfico de «los transportes de prosa espectacular» de Updike (según palabras del Time Magazine). La prosa del autor es espectacular, en verdad, hasta el punto de que renueva mi fe en la novela como una forma de narrar historias que nun­ca podrá ser desplazada por medios más nuevos, por impresio­nantes que sean sus efectos especiales.

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La pasión de la nueva Eva, ANGELA CARTER

pasion Esta intensa fantasía sobre las posibilidades de la liberación de las mujeres es una novela malvada, «malvada» en su honestidad sobre los impulsos eróticos y sádicos, y los modos en que esos impulsos subvierten todos nuestros sueños utópicos. Puesta contra el marco de fondo de unos Estados Unidos de América en de­rrumbe, es una obra de puro terrorismo horripilante. Su tema tiene una ligera semejanza con Myra Breckinridge (1968) de Gore Vidal: el personaje principal, Evelyn, empieza siendo un hom­bre pero lo convierte en una mujer (y una mujer bella, además) una mujer cirujana que está loca, pero en mi opinión ésta es una novela mucho más impresionante.

El relato está narrado en primera persona y parece un sueño febril. Evelyn es un joven inglés al que le encantan las pelícu­las de Hollywood, sobre todo las viejas películas en blanco y ne­gro de Tristessa de Saint Ange, «»La mujer más bella del mun­do», la que interpreta una autobiografía simbólica en arabescos de kitsch e hipérbole … Hacía tiempo ya que Tristessa reinaba junto a Billie Holliday y Judy Garland en el panteón de las mu­jeres que desnudan con orgullo sus cicatrices, que exhiben una desesperación emblemática como un santo del medievo exhibe las llagas del martirio». La noche antes de partir para América, Evelyn observa a Tristessa en uno de sus papeles clásicos, y le rinde su «pequeño tributo de espermato-zoos». A su llegada a Nueva York, se encuentra sumergido en un mundo que es muy diferente de sus expectativas anacrónicas sobre la ciudad (basa­das en películas de los años cuarenta). No hay ninguna suge­rencia de que la novela se sitúe en el futuro; en cambio, expresa una obscura fantasía europea sobre América. Pues es la quinta­esencia de la Nueva York de los años setenta: una ciudad de ra­tas y atracadores, drogadictos y el refunfuñar de locos. Tiene más de Taxi Driver que de Un día en Nueva York.

Guerrillas negras están amurallando Harlem; rudas mu-jeres vestidas con cazadoras de cuero patrullan las calles, hostigando a los hombres. «A finales de julio hubo una avería en el sistema de desagües y los lavabos dejaron de funcionar … Las ratas eran gordas como lechones, malignas como hienas.» En esta atmós­fera corrupta pero embriagadora, se encapricha con una «sexy» joven de diecisiete años. Las fantasmagóricas escenas en las que la conoce, la sigue y la lleva a la cama están muy cargadas de erotismo. Como desagradable resultado de esto, cuando su amiguita queda embarazada, Evelyn decide insensiblemente abandonarla y escapar de Nueva York. Se marcha al centro alo­cado de América, en busca de la vaciedad… y de sí mismo: «El mundo se adelanta en el tiempo creando la ilusión del movi­miento, aunque nos movemos toda la vida por las galerías curvilíneas del cerebro hacia el corazón del laberinto interior».

 Su coche sufre una avería en el desierto, y él es capturado por una tribu de mujeres rebeldes que lo llevan a presencia de la jefa, en unas cámaras subterráneas. Esta monstruosa diosa de muchos pechos es llamada Madre por sus «hijas», y le gusta titularse a sí misma la Gran Parricida o la Gran Castradora. Va a trabajar sobre Evelyn con su bisturí de cirujana transformándo­lo en la magnífica Eva («Me despojó así de cuanto yo había sido y me dejó, en cambio, con una herida que en el futuro habría de sangrar una vez por mes, al mandato de la luna»). Amena­zada de fecundación con su propio semen, Eva escapa nueva­mente, pero es capturada otra vez por Zero el Poeta, creado mediante drogas (el último cerdo chauvinista macho), y su harén de esposas complacientes. Violada y maltra-tada por este personaje que parece Charles Manson, lo acompa-ña en su mi­sión de atacar el hogar de la actriz cinematográfica retirada Tristessa de Saint Ange. Así, finalmente Eva tiene el privilegio de conocer a la divina Tristessa y su terrible secreto.

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El tapiz del vampiro, SUZY McKEE CHARNAS

tapiz2Peter S. Beagle describe este inteligente libro como la mejor novela de vampiros que ha leído, y yo estaría de acuerdo con este juicio. Consiste en cinco relatos vinculados entre sí sobre un vampiro actual que se llama doctor Edward L. Weyland, mé­dico. Bebe sangre y es enormemente longevo, pero en todo otro aspecto parece un miembro normal y doliente del género humano. Depredador que raramente mata, es también un con­sumado intelectual, un antropólogo que escribe libros y da fas­cinantes conferencias. Por lo general, lo vemos a través de los ojos de otros, y el mérito peculiar de Suzy McKee Chamas es haber escrito una «novela de vampiros» que se ocupa más de la variedad de las respuestas humanas al monstruo que del mons­truo mismo. Compuesta en un estilo sobrio pero vívido (con to­ques de humor), es un libro mucho más complejo que otras na­rraciones recientes sobre vampiros (como El misterio de Salem’s Lot de Stephen King o Confesiones de un vampiro de Anne Rice), y sin embargo es también una fascinante lectura. Merece que se lo conozca mejor.

En un momento dado el doctor Weyland es capturado por unos insignificantes matones que pretenden explotarlo como una extraña atracción en un espectáculo ilícito. Pero tienen que alimentar a su cautivo, y entre los «voluntarios» que dan su sangre hay una joven llamada Bobbie:

 

–Oh –dice ella. Y luego, mirando todavía con fijeza–: Oh, caray. Oh, Wesley, está bebiendo mi sangre.

Ella alarga la mano, como para alejar la cabeza del vam­piro, pero en cambio empieza a acariciarle el cabello, y mur­mura: –Esta mañana leí mi tarot y pude ver nuevas cosas fan­tásticas, y yo debía estar detrás de ellas y sentirme realmente segura, ¿sabes? –Hasta el final estuvo sentada absorta y mur­murando «Oh, caray», a intervalos soñadores.

Cuando el vampiro levantó un rostro anegado y pacífico, ella le dijo seriamente: –Yo soy Escorpión. ¿Cuál es tu signo?

 

Aunque está más interesado en la supervivencia que en el sexo, Weyland ejerce este género de efecto sobre muchas de las mu­jeres que conoce. El episodio principal de la novela concierne  su relación con una psicoterapeuta que llega gradualmente a enamorarse de él. Al principio, está convencida de que él pade­ce de alucinaciones psicóticas y se propone «curarlo». Pero con el tiempo comprende que es un verdadero vampiro, el último miembro de una raza extraña, un solitario arquetípico, ocupa­do siempre en eludir a los «campesinos con antorchas» que amenazan su existencia. Weyland no pide nada de los seres hu­manos, aparte de su sangre, pero su respeto por esa mujer poco común aumenta y llega a poder corresponder al amor de ella. El encuentro es breve, pues para funcionar en este mundo él tiene que dejarla y asumir una nueva identidad.

Weyland conoce a toda clase de gente, desde la dama psi­coterapeuta, pasando por la necia Bobbie y un inseguro mu­chacho de catorce años, hasta varios universitarios poco capa­ces y un autotitulado «satanista», un villano vano y bombástico que actúa como un cínico Van Helsing para el Drácula extra­ñamente noble que es Weyland. Establecida la premisa de un protagonis-ta inmortal que bebe sangre, la historia se desarrolla en términos totalmente realistas. Aquí no hay murciélagos, ajo o estacas de madera. En cambio, hay una increíble gama de de­bilidades humanas hábilmente descritas. Suzy McKee Chamas (nacida en 1939) ha insuflado nueva vida a la leyenda del vampi­ro, rescatando a su héroe de los estereotipos de las películas de horror y dándole un nuevo rango como forastero obscuramente romántico.

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Fata Morgana, de WILLIAM KOTZWINKLE

fata-morgana-_4En esta atractiva novela todo se hace mediante espejos. O más bien dicho, por el mesmerismo, las cartas de tarot, las bolas de cristal y los aparatos de relojería. Fata Morgana es un entrete­nimiento burlesco del siglo xIx, en parte un pastiche de las primeras historias de detectives francesas del tipo de Emile Gaboriau. Como el eminente monsieur Lecoq de Gaboriau, el rudo personaje de edad mediana de Kotzwinkle, el inspector Paul Picard, es un miembro de la Sûreté de París. El año es 1861, y Picard se halla tras la pista de un tal Ric Lazare, un mago que adivina el futuro y aparentemente vive de timar a los ricos y a gente de la alta sociedad. Haciéndose pasar por un comercian­te en perlas, Picard visita el salón de Lazare, donde le impre­siona la voluptuosa belleza de la misteriosa madame Renée Lazare: «Ella llevó la mano a la cadena de flores aterciope­ladas que tenía en el pelo y Picard sintió que los pétalos de ter­ciopelo se le abrían en el estómago cuando ella le echó una mi­rada. La sensación fue insoportablemente deliciosa». El mismo Lazare afirma tener más de cinco mil años y ser un maestro de antiguos misterios. Sea cual fuere la verdad, pone en ridículo al detective al ver rápidamente más allá del disfraz de Picard. Pre­sa de desesperación, el policía abandona París en busca de al­guna prueba que condene a Lazare.

Sigue una cacería extraña como un sueño, a través de Euro­pa central. Picard busca rastros de Ric y Renée Lazare en Viena y parece encontrar una clave en la exposición de juguetes de relojería de un parque de atracciones. Esto lo conduce a una pequeña ciudad alemana, donde busca al artesano que hizo esos ingeniosos autómatas y de quien Ric Lazare antaño fue apren-diz. De allí Picard viaja al bien llamado Valle de la Pena Profunda, en una remota parte de Hungría, y de allí a Tran–silvania, aún en busca de la verdad del elusivo Lazare y su bella e inalcanzable esposa. Uno de sus informantes lo previene: «Un espejismo, inspector. La fabulosa Fata Morgana. Sólo los cam­pesinos permiten que el espejismo los gobierne, y sueñan despiertos con él». Picard vuelve a París, y le ronda por la cabeza la idea de que Lazare, en verdad, es el conde Cagliostro de larga vida (un mago y aventurero real del siglo xvIII). Allí aborda a su tortuosa presa una vez más, y es casi seducido por la magnífica Renée.

Es una engañosa historia de ilusión y realidad, llena de de­talles de época, brillantemente escrita y sumamente erótica; un agradable ejercicio literario que quizá carezca de impor-tancia, pero que es ciertamente un tour de force. William Kotzwinkle (nacido en 1938) es el norteamericano autor de Swimmer in the Secret Sea (1975), Doctor Rat (1976; ganadora del Premio Mundial de Literatura Fantástica) y otras obras de ficción. También ha escrito numerosos libros para chicos, y hoy es conocido sobre todo por su novela basada en la película de Steven Spielberg ET, el extraterrestre (1982) y su continuación ET: The Book of the Green Planet (1985). Kotzwinkle es un escritor de muchas facetas.

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