Algunas partes de esta novela me recuerdan After London (1885), una pequeña obra maestra del escritor victoriano Richard Jefferies. En el libro de este último –que podría considerarse como una de las primeras novelas inglesas de desastre–, Londres ha sido barrido por algún obscuro cataclismo, y desde entonces la naturaleza ha recobrado el terreno que había perdido. La primera parte de la narración es una prolija descripción de las plantas y de los animales salvajes que pululan en los abandonados condados provinciales. En Barbagrís (Greybeard), de Brian Aldiss, la especie humana ha sido golpeada por una terrible epidemia de infertilidad: durante décadas no ha nacido ningún niño, la población disminuye debido a su propio proceso natural de desgaste, y el paisaje termina pareciéndose al imaginado por Jefferies:
La vida salvaje invadió la Tierra con más fuerza que nunca…
La Tierra era realmente pródiga … Había cobijado diferentes tipos de vida a través de diferentes épocas. Sin embargo, la fauna y la flora de aquel inútil pedazo de tierra europea conocido como Islas Británicas, nunca pudieron recuperar totalmente la riqueza que habían disfrutado antes del Plioceno. Durante aquel período, los glaciares descendieron … Pero el hielo se retiró nuevamente y la vida lo persiguió hasta las fortalezas del norte … como una gran mano que se abre, un torrente de vida inundó las tierras hacía poco arrasadas. La explotación del hombre sólo había afectado en parte la fertilidad de ese torrente.
Ahora el torrente era una marea de pétalos, hojas, pieles, escamas y plumas. Nada podía detenerlo … El caudal aumentaba todos los veranos mientras seguía los senderos y hábitos ya establecidos, en muchos casos, en las lejanas épocas anteriores a la fugaz aparición del Homo sapiens…
El anciano del título es Algy Timberlane, uno de los hombres más jóvenes del mundo, a pesar de tener más de cincuenta años. Ha nacido precisamente antes del «Accidente» de 1981, cuando las armas nucleares estallaron en la órbita terrestre y produjeron la esterilidad universal. Ahora estamos en el año 2029, y Algy y su mujer, Martha, viven en la pequeña aldea de Sparcot, junto a las orillas del Támesis. Allí han pasado toda una década, durante la cual el mundo se ha vuelto salvaje y boscoso. El resto de la población tiene sesenta años o más –la mayoría de los contempo-ráneos de Algy murieron en la infancia a causa de enfermedades producidas por la radiación– y el entorno es para todos objeto de superstición y miedo. Hay rumores sobre duendes y hadas, saqueadores escoceses, voraces hordas de armiños y crías de tejones salvajes. Algy y un pequeño grupo deciden abandonar Sparcot, desesperanzados, y dirigirse río abajo en una embarca-ción, hacia el mar. Viajar parece seguro otra vez, ahora que el país se ha vuelto tranquilo y más viejo. Será el último viaje de descubrimiento.
La novela está muy bien estructurada. Mientras Algy sigue su camino, Támesis abajo, se cuenta su vida anterior en capítulos alternos y en orden inverso al de los acontecimientos. Así, cuando llega al final de su viaje, nosotros llegamos a su infancia. Por el camino, el grupo se encuentra con extraños personajes locales, como Norsgrey, a quien confunden con un gnomo, o el curandero Bunny Jingadangelow, quien vende sueros de rejuvenecimiento y tiene una barraca en Swifford Fair, donde exhibe a un «joven» que, en realidad, es un anciano castrado y hábilmente maquillado. Llegan a Oxford, donde unos cuantos ancianos eruditos llevan todavía una vida de «estudio», y luego atraviesan el Mar de los Ladridos. El libro termina con una señal de esperanza. Las leyendas de las hadas del bosque son confirmadas: unos pocos niños sobreviven en la soledad. Algy comprende, con tristeza, que debe permitírseles vivir a su manera, alejados de una civilización en rápida decadencia que sólo los someterá y explotará como objetos de exhibición.
Brian Aldiss ha escrito muchas novelas de cf después de Barbagrís. A raíz de la publicación de Informe sobre probabilidad A (1968) se lo identificó con la «nueva ola» británica. Una de sus últimas obras es quizá su magnum opus, una trilogía de ciencia ficción que comienza con Helliconia Primavera (1982).
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Las monstruosidades han sido siempre tema favorito de los autores de ciencia ficción, tal vez debido a que muchos de ellos han tenido una infancia solitaria y alienada. Theodore Sturgeon (nacido en 1918) se hizo famoso en 1940, con un cuento corto titulado simplemente «It», acerca de un monstruo horrible y contrahecho, con algunos rasgos humanos, que despierta en medio de un
El «anillo» al que se hace referencia en el título es un anillo metafórico de Tierras planetarias; cada una ocupa un distinto continuo paralelo de espacio y tiempo. Todos esos mundos, excepto el nuestro, son territorios vírgenes, no habitados por el hombre. Si suponemos, como hace Simak en la novela, que es posible viajar entre los mundos paralelos, se hace realidad el sueño perfecto del lebensraum: suficiente tierra para una expansión indefinida de la raza humana, sin tener que abandonar la superficie del planeta que conocemos y amamos. Es una fantasía inalcanzable, pero seductora.
Esta novela se publicó por primera vez en 1952, por entregas, en la revista Galaxy, bajo el título «Gravy Planet». Es una novela corta y alegre, su permanente ingenio y su incisivo humor son deliciosos. En muchos sentidos representa la quintaesencia de la «ciencia ficción de carácter social» de los años cincuenta, un estilo que, bajo la dirección editorial de H. L. Gold, distinguió a Galaxy. En 1960, el novelista Kingsley Amis declaró que Mercaderes del espacio (The Space Merchants) «tiene pleno derecho a ser considerada la mejor novela de cf hasta ahora». Aunque se refería a la cf norteamericana de revistas, y no a la reconocida tradición británica de Wells, Huxley y Orwell, se trataba, sin embargo, de un gran elogio. ¿Merece el libro semejante elogio? Yo creo que sí.
«Aunque escribo esto en el año 1877, he nacido en 1921. Ni las fechas ni los tiempos verbales están equivocados. Permitidme explicarlo.» Así comienza la deliciosa novela de Ward Moore. Naturalmente, se trata de otro relato de un viaje por el tiempo, pero es algo más que eso. Es también uno de los primeros mejores y más desarrollados ejemplos de esa subcategoría de ciencia ficción que se conoce como historias de «mundos alternativos», historias construidas a partir de una premisa común: la posibilidad de que en cada determinado momento muchos universos diferentes se desprendan del nuestro y, por lo tanto, existan infinidad de otros mundos, otras Tierras, surgidas como variantes en momentos cruciales de la historia. Al ambientar los relatos en alguna de estas líneas de tiempo alternativas, los autores de cf pueden introducir infinidad de cambios en la historia conocida. Por ejemplo, pueden imaginar un mundo en el que los chinos fueran los primeros en colonizar América del Norte, como ha hecho Murray Leinster en «Sideways in Time» (1935), o en el cual la sociedad nortea-mericana contemporánea surja del feliz asentamiento masivo de los vikingos nueve siglos antes, que fue lo que hizo L. Sprague de Camp en «The Wheels of If» (1940). En Lo que el tiempo se llevó (Bring the Jubilee), Ward Moore construye su ficción precisamente alrededor de una idea de este tipo: la suposición de que el Sur ganó la guerra civil norteamericana.