Las sirenas de Titán (KURT VONNEGUT)

Irónico, sentimental, absurdo e hilarante, Kurt Vonnegut (nacido en 1922) es hoy uno de los novelistas norteamericanos más leídos. Sin embargo, cuando este libro apareció por primera vez, en edi­ción de bolsillo, pasó casi inadvertido. El autor había publicado una novela, la satírica La Pianola (1952, a mi juicio menos intere­sante que Limbo, de Bernard Wolfe, que apareció el mismo año). Vonnegut encontró su verdadera voz en Las sirenas de Titán (The Si­rens of Titan), el mejor de todos sus trabajos de ciencia ficción. Esta «voz» es de gran valor. Vonnegut escribe en un estilo de hombre asombrado pero lúcido, pretendidamente inocente, de frases bre­ves y párrafos de una sola frase, rimas triviales y a veces garabatos y balbuceos infantiles. No es una voz que les guste a todos –se la ha juzgado demasiado fácil y afectada– pero millones de lectores, so­bre todo jóvenes, han respondido a ella calurosamente.

Las sirenas de Titán es la historia de un astronauta millonario, Winston Niles Rumfoord, que mete su nave espacial en un infundíbulo cronosinclástico (o, en la jerga de la cf, una corriente espacio–tem­poral). Él y su perrito existen ahora como «fenómenos ondulatorios pulsando en apariencia en una espiral distorsionada que empieza en el Sol y termina en Betelgeuse». También pulsan a través del tiempo, y son capaces de ver lo que ha sido alguna vez y lo que será. Es la historia del reverendo Bobby Dentón, evangelista cruzado y contrario a los viajes por el espacio: «¿Queréis volar a través del es­pacio? ¡Dios os ha dado ya la nave espacial más maravillosa de toda la creación! ¡Sí! ¿Velocidad? ¿Queréis velocidad? La nave espacial que Dios os ha dado va a sesenta y seis mil millas por hora … ¡Os ha dado una nave espacial que transportará a miles de millones de hombres, mujeres y niños! ¡Sí! Y no es necesario estar atados a los asientos ni ponerse peceras en la cabeza. ¡No!». Esto recuerda la nave espacial terrestre promovida por el movimiento ecologista en los años setenta.

Es la historia de Malachi Constant,hijo de un multimillonario ignorante que debe el éxito de sus negocios a la Biblia Gideon. Ma­lachi siente que ha de haber algo más en la vida que las intermina-bles fiestas que Hollywood puede ofrecer, y que hay alguna verdad importante acerca del universo que él está destinado a descubrir. Llegado el momento, es incorporado al ejército privado de Winston Rumfoord, en el planeta Marte. Sin ningún recuerdo, y respon­diendo al nombre de «Unk», tiene diversas aventuras en las grutas de Mercurio antes de regresar a la Tierra y convertirse en chivo ex­piatorio e involuntario de la nueva religión de Rumfoord, la Iglesia de Dios el por completo indiferente.

Es también la historia de Salo, un extraterrestre del planeta Tralfamadore, de la Nube Magallánica Menor, a quien Rumfoord encuentra en Titán, una de las lunas de Saturno. Salo ha estado allí durante 200.000 años, aguardando una pieza de repuesto para su platillo volador, le han encomendado una misión: llevar un impor­tante mensaje a través del universo. El texto del mensaje está sellado con plomo y le cuelga del cuello. Cuando se lo lee a Malachi y a Rumfoord, descubren que sólo tiene una palabra: «Saludos».

En resumen, Las sirenas de Titán es una novela muy divertida acerca del Sinsentido de Todo. La totalidad de la historia humana ha sido conducida por los tralfamadorianos con la expresa finalidad de conseguir un repuesto para la nave espacial de Salo. La misión galáctica de Salo consiste simplemente en decir a todo aquel que lo escuche: «Aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy». ¿Qué más se puede decir? Dios, si existe, es completamente indiferente a los sufrimien­tos de los seres humanos y de las entidades extraterrestres y la única respuesta posible a un universo tan absurdo es una carcajada.

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Los herederos (WILLIAM GOLDING)

heredWilliam Golding (nacido en 1911) es considerado hoy como uno de los más sobresalientes escritores ingleses. Durante mucho tiem­po he pensado que Los herederos (The Inheritors) es su mejor libro, y me satisface decir que es también su libro más genuino de ciencia ficción. Como he dicho en la introducción, defino la cf como una narrativa que explota las perspectivas imaginativas de la ciencia moderna. The Inheritors es un buen ejemplo de lo que entiendo por «perspectivas imaginativas». La novela no se publicó como cf, y en general no se la considera como tal, aunque para mí es un precioso ejemplo de una clase fácilmente reconocible de ciencia ficción. Es probable que no hubiera podido ser escrita sin los descubrimientos de la paleoantropología, el estudio de los fósiles y los utensilios de la Edad de Piedra. La perspectiva que explota Los herederos es la del obscuro abismo del tiempo pasado tal como nos ha sido revelado por la ciencia moderna.

Comienza con una cita de H. G. Wells de Outline of History: «Sa­bemos muy poco sobre la fisonomía del hombre de Neanderthal, pero lo que conocemos … parece sugerir una vellosidad extrema, una fealdad, o un aspecto de repulsiva rareza, sobre todo por la frente angosta, las cejas hirsutas, el cuello simiesco y la estatura baja…». Golding hace más vivida la descripción de Wells invirtiendo todos los valores implícitos en las palabras «fealdad», «repul­siva» y «baja». Estos Neanderthal son gente; simpatizamos con ellos. Constituyen un gran grupo familiar: la anciana cuida el fuego, el anciano decide cuándo trasladarse de las zonas frías a las cálidas, los hombres y las mujeres cazan y recolectan, y todos cui­dan de los niños. Entre los hombres jóvenes se encuentra Lok. Es grande, ágil y des-preocupado, dulce por naturaleza, pero no muy inteligente. Se ríe mucho y es bueno con la pequeña Liku. Segui­mos a la familia cuando ésta regresa a su cueva de verano, cerca de una cascada. Sentimos la enorme tristeza del pueblo cuando el an­ciano enferma, muere y es enterrado bajo el suelo de la cueva. Aun­que utilizan pocas palabras, y todo es narrado en términos muy ele­mentales, Golding nos obliga a reconocer que la cultura de los Neanderthal es humana. Adoran a una diosa–madre (Liku lleva una raíz torcida, de forma femenina, a la que le llama Pequeña Oa o Pequeña Diosa), son fundamentalmente vegetarianos y se sienten culpables cuando, ocasionalmente, comen carne de carroña.

Algo nuevo sucede en sus vidas inocentes. Uno de sus miem­bros desaparece, y lentamente se van percatando de que ha sido asesinado por extraños. A la zona han llegado hombres –hombres extremadamente delgados y lampiños–, equipados con canoas, lanzas, arcos y flechas. Son los Herederos, los primeros seres huma­nos de nuestro tipo (aunque hasta el último capítulo sólo los cono­cemos a través de los Neanderthal). Uno a uno, todos los Neander­thal son asesinados. Sólo quedan con vida Lok y una mujer, Fa. No obstante su terror, tratan de rescatar a un bebé de manos de los re­cién llegados. Fa es asesinada y arrojada por la cascada. Se produce entonces una escena extraordinaria, en la que por primera vez ve­mos desde fuera al pobre y solitario Lok: «La criatura roja estaba de pie al borde de la terraza sin hacer nada … la barra de la ceja le bri­llaba a la luz de la Luna, sobre las grandes cavernas donde se escon­dían los ojos…». Lok llora, por él mismo y por su especie, y el lector también tiene ganas de llorar por esa criatura desolada y por la Caída del Hombre. Ese pasaje puede leerse de muchas maneras, pero, al igual que el resto del libro, es intensamente conmovedor.

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Invernáculo, de BRIAN W. ALDISS

«Obedeciendo a una ley inalienable, las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas.» Siempre he recordado esta frase ini¬cial, que, para mí, resume el tema de toda la ficción de Aldiss: la fecundidad. Sus novelas y cuentos están llenos de imágenes de vida floreciente, desarrollo individual y colectivo, plenitud y multiplici¬dad. Lo vemos en sus últimas obras, por ejemplo, en Barbagrís, en la que Inglaterra es reconquistada por una exuberante naturaleza, y en A cabeza descalza (1969), cuya verborragia de lenguaje agrega fuerza al tema, un lenguaje tan fantástico y enmarañado como los bosques y las junglas de sus primeras novelas (la tendencia de Al¬diss a los juegos de palabras es una clara señal de su capacidad ima¬ginativa: se deleita con la aparente casualidad de las yuxtaposicio¬nes incoherentes). Sin embargo, en ninguna otra parte su alabanza de la fecundidad se presenta con tanta fuerza como en Invernáculo (Hothouse), la historia de un futuro inconcebiblemente remoto, en el que la Tierra ha dejado de girar y un inmenso banano cubre gran parte de la faz soleada del planeta. Sobre las ramas de ese árbol mundial viven los últimos seres humanos, pequeñas criaturas de piel verde y mentalidad limitada, quienes, para sobrevivir, han de competir con un billón de especies de plantas e insectos voraces.
Aldiss acuña decenas de nuevos nombres para estas especies fa-bulosas: bayescobo, torpón, moscatigre, bricatrepa, rondana, babosero, ajabazo, peluseta, termitón, avegege, papelala. Pero los más fabulosos de todos son los traverseros, inmensas bolsas vegetales de gas capaces de volar por el espacio, elevándose por las bandas de materia que cuelgan a modo de ondas entre la Tierra y la Luna inmóvil, cosa imposible desde el punto de vista de la astronomía, pero que, no obstante, crea una imagen encantadora. Los seres hu¬manos pueden viajar a bordo de estos traverseros hasta la Luna, que es para ellos un lugar un poco más hospitalario que la Tierra misma.
Invernáculo describe las aventuras de Gren, el último héroe inda-gador de la humanidad. Llevado por un pájaro ventosa, él y unos cuantos miembros de la pequeña tribu desembarcan en Tie-rra de Nadie, la línea divisoria entre un bosque de higueras y un mar voraz asfixiado por las algas. Allí tienen que defenderse del peli¬groso pulpo de arena y del sauce asesino. Separado de los demás, Gen es infestado por un hongo sensible, el morel, que se le adhiere a la cabeza. Esa criatura es capaz de entrar en el cerebro de Gren, multiplicarle la inteligencia y aprovechar los recuerdos de la espe¬cie. En una feliz simbiosis, Gren y el morel se embarcan en una pin¬toresca serie de aventuras que, finalmente, los lleva a las profundi¬dades de la faz congelada y obscura del planeta inmóvil. Allí se encuentran un intelecto superior y aprenden algo acerca del des¬tino futuro de la Tierra, la Luna y el Universo.
Invernáculo es una novela de una prodigiosa imaginación y está escrita con gran destreza lingüística, empañada a veces por algunas extravagancias y por cierta falta de rigor en la estructura narrativa, que delata el origen del libro: una serie de cuentos breves indepen¬dientes, publicados en Magazine of Fantasy and Science Fiction. No es la obra más seria de Aldiss, pero es sin duda la más alegre.

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El fin de la eternidad (ISAAC ASIMOV)

eterniEs uno de los autores más conocidos del mundo, de modo que me ha parecido que debía incluir algo de Isaac Asimov (nacido en 1920), aunque confieso que no siento precisamente mucho entu­siasmo por su obra. Tenía que elegir entre esta novela sobre viajes espaciales o su famosa Fundación (1951–1953), que siempre me pa­reció sobrevalorada. Es una larga serie de cuentos y novelas cortas publicados en Astounding en la década del cuarenta, reunidos en tres volúmenes, que retoma el tema de Declinación y caída del Imperio Romano, de Gibbon, pero proyectado en un escenario galáctico fu­turo. Tampoco me atraen las novelas de Asimov sobre robots detec­tives: Bóvedas de acero (1954) y El sol desnudo (1957). Quizás éstas lo confirmen como la Agatha Christie de la cf, pero, francamente, pre­feriría leer a Christie. Queda, pues, El fin de la eternidad (The End of Eternity), que tiene el mérito de ser pura cf y, además, una novela. El héroe, Andrew Harlan, es un habitante del siglo noventa y cinco. A los quince años ha sido reclutado como guardia de la Eter­nidad, y ahora deambula por la corriente del tiempo, ayudando a que la historia humana se mantenga equilibrada y serena. A pesar de ese gran tema, la novela es sorprendentemente descolorida y po­bre en detalles. La propia Eternidad es una especie de pabellón de corredores grises que están fuera del Tiempo (en este libro todo está en mayúscula). Comienza en el siglo veintisiete, cuando los hom­bres logran alcanzarla por primera vez, y se extiende hasta el re­moto futuro en que el sol se convierte en una nova (esa gigantesca explosión es la fuente de energía que mantiene a la Eternidad). An­drew Harlan es primero un Aprendiz, luego un Observador, más tarde un Técnico, responsable ante el Consejo de Allwhen. Otros de los Eternos son Sociólogos, Informáticos y Planificadores de Vida. Su tarea colectiva consiste en introducir Cambios en la reali­dad que produzcan la Máxima Respuesta Deseada con el Mínimo Cambio Necesario. Así eliminan todas las arrugas de infelicidad de la sociedad humana. Si un siglo padece crímenes, adictos a drogas o cualquier otro mal, un pequeño pero hábil Cambio de la Realidad se ocupará del problema.

 

Es una burocracia monástica, dedicada a los más elevados idea­les de castidad y servicio. «Si en la Eternidad hubiera alguna imper­fección, ésta envolvería a las mujeres.» Pero no hay mujeres, hasta que un día Harlan descubre a Noÿs Lambent, una muchacha del siglo cuatrocientos ochenta y dos. La narración empieza enseguida a tartamudear en un embarazoso lenguaje rimado: «Harlan había visto muchas mujeres en sus incursiones a través del Tiempo, pero en el Tiempo para él sólo eran objetos, como cajones y bolones, ca­rretillas y rastrillos, manoplas y garlopas. Eran casos para ser obser­vados. En la Eternidad, una muchacha era otra cosa. ¡Sobre todo una como ésta!». El autor parece tan confundido como su héroe; otro de los personajes compara la figura de Noÿs con «una letrina de cuartel», analogía realmente desconcertante. Enseguida Harlan Se Enamora, y he aquí el detonador del drama. A partir de ese mo­mento tendrá cada vez más conflictos con la Eternidad, hasta que, después de muchos ingeniosos giros argumentales, signos de excla­mación y mayúsculas, consigue destruir toda la estructura. Aun­que ella ama sinceramente a Harlan, resulta que Noÿs ha estado actuando como Agente Secreto en nombre del Cambio. Las opera­ciones de la Eternidad han conducido a la raza humana a una tran­quila decadencia: «Seguridad. Moderación. Nada en exceso. Au­sencia de riesgos…». Ahora, con la Eternidad eliminada de la existencia, la humanidad estará en libertad de ir hacia adelante, ha­cia arriba y hacia afuera, para construir nada menos que un Impe­rio Galáctico. En las líneas finales de la novela, Noÿs le asegura a Harlan: «Nosotros tendremos hijos y nietos, y la humanidad alcan­zará las estrellas». Es «el término final de la Eternidad. Y el princi­pio de la Infinitud».

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Expreso Nova (WILLIAM S. BURROUGHS)

La contratapa de mi edición de bolsillo describe este libro como «un alucinante juego interplanetario de policías y ladrones, con la Policía Nova de un lado y, del otro, la Banda de Nova (entre cuyos miembros se encuentran Izzy el Matón, Mary Hamburguesa y el Chico Subliminal)». Evidentemente, toda la cultura pop norteame­ricana –y gran parte de su cultura elitista– es triturada en el mo­lino de palabras de William Burroughs. Allí tiene su sitio la ciencia ficción, junto con la novela de detectives, el comic de horror, el wes­tern y la amorfa «confesión» beat. En realidad, la cf se destaca entre los otros muchos géneros de la desproporcionada pero elocuente mi­tología de Burroughs. En El almuerzo desnudo (1959) utiliza muchas imágenes de ciencia ficción, y admira a autores como Theodore Sturgeon o J. G. Ballard. Expreso Nova (Nova Express) es un auténtico libro de cf.

La idea básica es ésta: un grupo de individuos, a quienes Bu­rroughs llama Banda de Nova, se propone apoderarse del planeta mediante la manipulación de las redes de la adicción, no sólo de la droga, sino de la dependencia humana del sexo, la violencia y el lenguaje mismo. Están confabulados con «los todopoderosos di-rec­torios y sindicatos de la Tierra», y nos ofrecen el Jardín de las Deli­cias, la Inmortalidad, La Conciencia Cósmica y Siempre lo Me-jor en el Placer de la Droga. Como dice un portavoz de Burroughs: « Oigan: el Jardín de las Delicias que les prometen es una cloaca … La Inmortalidad la Conciencia Cósmica el Amor que les prome-ten es mierda de tercer orden … Sus drogas son venenos destina-dos a provocar el auge de la Muerte Orgasmo y los Hornos de Nova».

Enfrentados a la conspiración de Nova se encuentran los bue­nos, el inspector J. Lee (el propio Burroughs) y la Policía Nova. Sólo ofrecen «austeridad y resistencia total». El objetivo es desen-masca­rar a los criminales de Nova, quienes, por extensión, son todas las fuerzas del capitalismo y del control burocrático, y «ocu-par el Estu­dio de la Realidad y capturar su universo de Miedo Muerte y Mo­nopolio. ..». Se trata de una visión simplista y mani-quea de las co­sas, pero Burroughs cree absolutamente en ella. La mayor parte del libro consiste en una avalancha de metáforas que, de diferentes ma­neras –divertidas, terroríficas, esclarecedoras, desagradables– , transmiten fuerza al mensaje. No hay un argu-mento lineal. Por el contrarío, nos encontramos con un conjunto de imágenes brillantes y perturbadoras, y una permanente retórica de insultos subversivos intercalada con divertidas «costumbres» que caracterizan a los per­sonajes más grotescos (por ejemplo, Irano, El Chico de Metal Pe­sado, visita un café donde «dos Agentes Lesbianas con carne de pene injertada en los rostros esmaltados estaban sentadas sorbien­do líquido medular con pajitas de alabastro»).

Aparecen también los Cerebros de Insecto de Minraud y la Gente de Pez Venusino: «El muchacho–chica verde trepó por un re­borde … Ella se retorció hacia el supervisor con gorjeos y risitas … El supervisor extendió una mano transparente y palpó distraído la jalea sin huesos acariciando glándulas y centros nerviosos … El muchacho–chica se retorció en espasmos tentadores». Luego nos encontramos en una excursión por los Jardines de la Diversión y por los Tribunales Biológicos: «En ellos pululan formas de vida ter­minales que solicitan desesperadamente prórrogas para permisos expirados y certificados de residencia … Levantando garras de in­sectos, partes animales y avícolas, toda clase de enfermedades y de­formidades recibidas … Aullando para exigir compensaciones e in­tentando corromper a los jueces o influir sobre ellos en mil lenguas vivas o muertas …».

Estas vividas y caóticas divagaciones son algo más que alucina­ciones absurdas. Equivalen a una mitología alternativa de nuestro tiempo, que se exhibe por razones morales. William Seward Bu­rroughs (nacido en 1914), tan querido e imitado por poetas y músi­cos punks, así como por algunos escritores jóvenes de cf, es el mayor demonólogo de la era de la ciencia ficción.

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