SEXPLOSIÓN (Simón Merril)

 

Si hemos de creer en lo que dice el autor —y cada vez con mayor frecuencia nos vemos obligados a creer en los autores de ciencia ficción— la actual riada de sexo se va a convertir en un diluvio en los años ochenta. Pero la acción de la novela Sexplosión empieza veinte años más tarde, en una Nueva York cubierta de masas de nieve, durante un crudo invierno. Un anciano de nombre desconocido camina con dificultad, hundiéndose en la nieve y chocando con loscoches sepultados, llega a un rascacielos oscuro y silencioso, saca del bolsillo una llave ligeramente entibiada por el contacto con su cuerpo, abre un portal de hierro y baja al sótano. El camino recorrido por el hombre y unos recuerdos intercalados constituyen el contenido de la novela.

Aquel subterráneo sumido en una oscuridad rasgada solamente de trecho en trecho por el débil haz de luz de una linterna, sostenida por la mano temblorosa del anciano, era una especie de museo o, tal vez, una sección de expedición (o más bien sex-pedición) de un consorcio poderoso de la época en que América invadió una vez más Europa. La manufactura semiartesanal de los europeos se vio enfrentada con la marcha implacable de la producción automatizada, obteniendo una victoria instantánea el coloso postindustrial de la ciencia y la técnica. En el campo de batalla quedaron en pie tres consorcios: GENERAL EXOTICS, CIBERBORDELICS y LOVE INCORPORATED. Cuando la producción de estos gigantes estaba en su apogeo, el sexo —hasta entonces una diversión privada, una gimnasia colectiva, un hobby, o un coleccionismo artesanal— se convirtió en la filosofía de la civilización. McLuhan, un viejo robusto que vivió hasta aquellos tiempos, demostró en su GENITOCRACY que ése, precisamente, ha sido el destino de la humanidad desde que ésta escogió el desarrollo técnico, y que ya los remeros de la antigüedad encadenados a las galeras, los leñadores del Norte con sus sierras, la máquina a vapor con su cilindro y émbolo, habían marcado el ritmo, la forma y el sentido de los movimientos que componen la actividad sexual, o sea, el sentido del hombre. La despersonalizada industria USA absorbió las sabias posiciones del Oriente y del Occidente, transformó las trabas medievales en cinturones de incastidad, indujo a los artistas a proyectar copuladores, sexarios, magnopenes, megaclitos, vaginetas, pornotas, puso en marcha convoyes esterilizados de los cuales empezaron a bajar sadomóviles, cohabiteros, sodómnicos caseros y gomorcados públicos y fundó, al mismo tiempo, unos institutos científicos de investigación, dedicados a luchar por la liberación del sexo de la servidumbre de perpetuar el género humano.

El sexo dejó de ser una moda, ya que se había convertido en una fe. El orgasmo pasó a ser un deber ineludible y constante; sus contadores con saetas rojas ocuparon el sitio de los teléfonos en las oficinas y en la calle. Entonces, ¿quién era el anciano errante por los corredores de las salas subterráneas? ¿Un consejero jurídico de GENERAL EXOTICS? En sus recuerdos aparecen unas causas famosas, que habían llegado hasta el Tribunal Supremo, sobre el derecho a reproducir mediante maniquíes el aspecto físico de personas famosas, empezando por la First Lady de Estados Unidos. GENERAL EXOTICS ganó el juicio al precio de doce millones de dólares y ahora la luz trémula de una linterna se refleja en las polvorientas campanas de plástico, bajo las cuales permanecen las primeras estrellas de cine y las primeras damas de la alta sociedad mundial, princesas y reinas con magníficos atuendos, impuestos, como una condición inexcusable, por el fallo del tribunal.

En el transcurso de un decenio, el sexo sintético progresó de un modo espectacular, desde los primeros modelos, hinchables o de cuerda, hasta unos prototipos con regulación térmica y acoplamiento retroactivo. Los originales habían muerto mucho tiempo atrás, algunos de ellos vivían aún, convertidos en asistencia, viejas momias; pero el teflón, el nilón, el dralón y el Sexofix habían resistido a la acción del tiempo y, como en un museo de figuras de cera, las bellas damas, arrancadas a las tinieblas por la luz de la linterna, miraban al anciano con una sonrisa fija en los labios. Todas ellas tenían en la mano una cassette con un programa de seducción grabado (la sentencia del Tribunal Supremo prohibía al vendedor colocar la cinta en el maniquí, pero cada comprador podía hacerlo en privado en su casa).

Los lentos y vacilantes pasos del viejo solitario levantaban torbellinos de polvo, a través de los cuales se transparentaban en rosa pálido, en el fondo de la sala, unas escenas de amor colectivo (las había incluso de treinta personas), parecidas a enormes rosquillas o cocas apretadamente trenzadas. ¿Era, tal vez, el mismo presidente de GENERAL EXOTICS quien andaba por los estrechos pasadizos entre los gomorcados y los acogedores sodómnicos? ¿O, quizá, el proyectista principal del consorcio, aquel que había dado forma genital primero a América y luego al mundo entero? El aposento contiguo estaba lleno de paneles con sus mandos y programas, con aquel precinto de plomo de la censura por el cual se había entablado una causa jurídica a seis niveles, así como de montones de contenedores, listos para el envío a los países de allende los mares, repletos de bolas japonesas, olfatorios, cremas preamatorias y miles de otros artículos de esa clase, previstos de instrucciones para el uso y folletos explicativos.

Era la épica de una democracia por fin conseguida, donde todos podían hacerlo todo con todos. Atentos a los consejos de sus propios futurólogos, los consorcios contravinieron el decreto antitrust, se repartieron clandestinamente el mercado mundial, desarrollando, cada uno de los tres, una especialización diferente. El GENERAL EXOTICS promocionaba la igualdad de derechos entre la norma y la desviación, y los dos consorcios restantes invertían grandes capitales en la automatización. Para convencer al público de que la saturación del mercado era imposible, ya que la gran industria, si es de veras grande, no se limita a cubrir, simplemente, las necesidades sino que las crea, se comercializaron prototipos de mayales para la flagelación, de trilladoras y de azotadoras especiales. Los medios antiguos de lascivia doméstica fueron a parar junto a los sílex y los palos de los hombres de Neardenthal. Los hombres de ciencia organizaron unos cursillos preparatorios de seis u ocho años de duración, que daban acceso a la carrera superior de ambas eróticas, e inventaron el neurosexátor y toda clase de silenciadores, filtros antirruidos, masas aislantes y aspiradores especiales de sonidos, para que los vecinos no perturbaran mutuamente su reposo y su goce con gritos inmoderados.

Sin embargo, era preciso seguir adelante, siempre y con valor, ya que el estancamiento es la muerte de la producción. Ya estaba en vías de planificación y modelado un Olimpo para uso individual, ya se formaban en las rutilantes factorías de CYBER-BORDELICS los primeros androides de plástico parecidos a las diosas y dioses griegos. Incluso se estaba pensando en los ángeles, para cuya fabricación había sido prevista una reserva financiera para los costos de eventuales juicios intentados por las Iglesias. Por otra parte, había que dar una solución a ciertos problemas técnicos: ¿Que material usar para las alas? La pluma natural podía hacer cosquillas en la nariz. ¿Debían ser movibles? ¿No sería una molestia? ¿Y la aureola? ¿Qué clase de interruptor de su luz y dónde colocarlo? Etc., etc. Entonces se abatió como un rayo la catástrofe.

La substancia química necesaria para la producción, llamada —en clave— NOSEX, había sido sintetizada ya mucho tiempo atrás, tal vez en los años setenta. Conocía su existencia sólo un pequeño grupo de profesionales iniciados. El producto, obtenido por los laboratorios de una modesta empresa relacionada con el Pentágono, fue considerado al principio como un arma secreta. En efecto, el NOSEX, aplicado en aerosol, podía diezmar la población de cualquier país, ya que la ingestión de una fracción de miligramo de la preparación eliminaba todas las sensaciones que acompañan al acto sexual. El mismo seguía siendo posible, pero sólo como una especie de trabajo físico bastante agotador, como, por ejemplo, el lavado y planchado de la ropa. Después se tomó en consideración el proyecto de utilizar el NOSEX para frenar la explosión demográfica en el Tercer Mundo, pero la idea fue archivada, a causa del peligro que implicaba.

¿Cómo ocurrió la catástrofe mundial? Nadie lo sabe. ¿Es cierto que los almacenes de NOSEX volaron a consecuencia de un cortocircuito que inflamó un depósito de éter? ¿Fue, acaso, un acto de sabotaje cometido por unos enemigos industriales de las tres compañías, dueñas del mercado? ¿O bien tuvo algo que ver con ello una organización revolucionaria, ultraconservadora o religiosa? Nunca conoceremos la respuesta.

Fatigado por su vagabundeo en la inmensidad de los sótanos, el anciano se sienta en las suaves rodillas de una Cleopatra de plástico (después de haber apretado bien los frenos), y dirije sus pensamientos —como a un abismo— hacia el gran colapso de 1998. En un día, corno por reflejo de repulsa, el público se volvió de espaldas a todos los productos que colmaban el mercado. Lo que ayer tentaba, hoy tenía el mismo atractivo para la gente que la vista del hacha puede tener para un leñador cansado, o la de un barreño para una lavandera. El eterno (al parecer) encanto, aquel embrujo impuesto por la biología al género humano, se esfumó sin dejar rastro. Desde entonces, los pechos sólo evocaban el recuerdo de que los hombres eran mamíferos, las piernas, de que podían andar, y las posaderas, de que tenían sobre qué sentarse. ¡Nada más! ¡Absolutamente nada! Dichoso McLuhan por no haber llegado en vida a esta catástrofe, él, quien en sus obras había interpretado la catedral y el cohete cósmico, el motor de reacción, la turbina, el molino de viento, el salero, el sombrero, la teoría de la relatividad, los paréntesis de las ecuaciones matemáticas, los ceros y los signos de admiración como otros tantos sucedáneos y sustitutivos de esa única actividad que equivale a la percepción de la existencia en estado puro.

Toda esta argumentación perdió su fuerza en pocas horas. La humanidad se vio amenazada por el trance de morir sin dejar descendencia. Todo empezó por una crisis económica, comparada con la cual, la del año 1929 era una bagatela. Su primera víctima fue el comité de redacción del Playboy, que se prendió fuego y pereció entre las llamas. Pasaban hambre y saltaban por la ventana los empleados de los locales de strip-tease, hicieron bancarrota las revistas ilustradas, grandes consorcios de publicidad, institutos de belleza, grandes productoras de películas, se tambaleó toda la industria calitécnica y de perfumería, luego la de ropa interior; en el año 1999, en América había 32 millones de parados.

Entonces, ¿qué podía interesar todavía al público? Fajas para los herniados, jorobas sintéticas, pelucas de pelo gris, individuos afectados de parálisis y temblores, en sus sillas de ruedas, ya que era lo único que no se asociaba con el esfuerzo sexual, esa pesadilla, esos trabajos forzados; interesaba lo único que parecía garantizar la falta de una circunstancia erótica, o sea, el descanso y la tranquilidad. Por aquel entonces, los gobiernos, conscientes del peligro, emprendieron la movilización de todas las fuerzas, para salvar la especie. Los artículos de la prensa apelaban a la razón y al sentido de responsabilidad, los sacerdotes de todas las confesiones aparecían en la televisión, desplegando las más convincentes persuasiones y evocando los altos ideales del hombre; pero aquel coro de voces autorizadas no era capaz de vencer la indiferencia de los oyentes. No surtían efecto ni los manifiestos ni las arengas, que imploraban que los humanos vencieran su repugnancia. Los resultados eran insignificantes: una nación tan sólo, la japonesa, extremadamente disciplinada, obedeció, apretando las mandíbulas, a las consignas oficiales. En vista del fracaso, las autoridades instituyeron unos incentivos materiales especiales, diplomas de honor, distinciones, primas, premios, condecoraciones, medallas y concursos de fornicación. Cuando esta política falló a su vez, vinieron las inevitables represiones. En respuesta, las poblaciones de regiones enteras se negaron en rotundo al deber procreativo, la juventud buscó refugio en los bosques, la gente mayor producía unos certificados de impotencia falsificados, el soborno corrompía las comisiones sociales de control y vigilancia; cada persona se prestaba a controlar eventualmente al vecino, pero ella misma, en cuanto podía, evitaba aquella tarea agotadora.

La época de la catástrofe ya es solamente un recuerdo surgido en la mente del anciano solitario, sentado en los sótanos en el regazo de Cleopatra. La especie humana no se extinguió. La procreación se efectúa actualmente de modo sanitario, aséptico e higiénico, parecido a una vacunación; al cabo de años de inseguridad y peligro, sobrevino una cierta estabilización. Sin embargo, la cultura no soporta el vacío; la tremenda sensación de falta de vivencias, generada por la implosión del sexo, introdujo la gastronomía en el puesto vacante. Esta última se divide en normal y viciosa; existen perversiones gulísticas, álbums de pornografía restauradora, y la absorción de alimentos en ciertas posiciones se considera terriblemente indecente. Está prohibido, por ejemplo, comer fruta de rodillas (la secta de viciosos de la posición arrodillada lucha actualmente por conseguir esta libertad), no se permite comer espinacas ni huevos revueltos con las piernas levantadas hacia el techo. Pero hay (¡naturalmente!) unos locales clandestinos donde los expertos y los «gourmets» disfrutan de espectáculos obscenos: a la vista de los concurrentes, unos plusmarquistas especiales se atiborran de tal suerte que a los espectadores se les hace la boca agua. De Dinamarca llegan de contrabando unos álbums pornoalimenticios, donde se muestran verdaderos horrores (sin excluir la consumición de huevos revueltos a través de una pajita, mientras el consumidor, removiendo con los dedos un plato de espinacas sazonadas con una gran cantidad de ajo y, al mismo tiempo, oliendo salsa de carne al chile, yace encima de la mesa envuelto en un mantel, con las piernas atadas con una cuerda enganchada al molinillo de café, que sustituye en la orgía descrita la lámpara de techo). El premio Femina ha sido adiudicado este año a una novela cuyo protagonista frotaba el suelo con crema de trufa y luego lo lamía, habiéndose revolcado previamente en spaghetti. Cambió también el ideal de la belleza: ahora hay que ser un gordinflón de ciento treinta kilos de peso, ya que así se demuestra una capacidad extraordinaria del sistema digestivo. También la moda ya no es la de antes: no hay manera de distinguir a la mujer del hombre por lo que lleva encima. En los parlamentos de los estados más evolucionados se está debatiendo la cuestión de la posibilidad de iniciar a los niños en edad escolar en los secretos de los procesos digestivos. Hasta ahora, el tema, por indecente, constituye un tabú hermético.

Finalmente, las ciencias biológicas tomaron por objetivo de su desarrollo la liquidación del sexo, un órgano prehistórico superfluo. Los embriones serían concebidos sintéticamente y criados conforme a los programas de la ingeniería genética, obteniéndose por este sistema unos individuos asexuados, lo que acabaría de una vez por todas con aquellos recuerdos espantosos de los cuales no puede librarse la memoria de los que han vivido la catástrofe del sexo. En unos laboratorios llenos de luz, verdaderos templos del progreso, nacerá el magnífico hermafrodita, mejor dicho, el ser sin sexo, y la humanidad, lavada de su infamia anterior, podrá hartarse de toda clase de frutos, prohibidos únicamente por la gastronomía.

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Historia de un Clon (Charlotte Kerner)

El futuro ya está aquí. La clonación humana, algo que parecía una desbordada fantasía, es una realidad. La alemana Charlotte Kerner se ha adelantado poco -tan sólo un poco en el tiempo- para ofrecernos, como bien dice el título de su novela, la historia de un clon. De un ser vivo, de alguien igual que nosotros y con los mismos sentimientos. Conviene advertir que Kerner, periodista especializada en temas médicos, no nos intenta mostrar un panorama grandilocuente de tintes épicos y fantasiosos. En absoluto. Parte de los más estrictos datos científicos para relatarnos la verdad íntima, el latido último de una mujer, que quiere perpetuarse, y de una hija (el clon) que lucha por buscar su identidad; y también nos ofrece -esta es la parte más importante de la novela- los pormenores de esa relación tan peculiar e inédita en la historia de la humanidad de dos personas que son madre e hija y, al mismo tiempo, hermanas gemelas. Todo un problema vital que Kerner aborda inteligentemente con delicadeza y detalle, buceando en el alma del nuevo ser.

La historia comienza cuando a Iris Sellin, una célebre compositora y concertista de piano que ha vivido para su música, le anuncian que tiene esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa e irreversible. Por primera vez se siente profundamente sola y decide que ha de perpetuarse, que ha de tener alguien a quien transmitir su talento y alguien a quien querer (entonces, en las puertas de la muerte, se da cuenta de que el triunfo no lo es todo y que ha descuidado sus sentimientos). Así que toma la decisión de ser la primera persona en clonarse, porque, al fin y al cabo, tiene mucho que ganar y poco que perder.

‘Historia de un clon’ es una novela de ciencia-ficción hasta cierto punto, ya que dentro de nada será simplemente realista. Se le podría definir como una obra psicológica, intimista y con abundantes referencias culturales (a la mitología, la historia o la música) que le sirven a la autora para intentar explicar de un modo más gráfica la peculiar situación de los gemelos y, más en este caso, de la relación madre e hija idénticas. En este aspecto, resulta significativo la comparación entre las notas musicales que sirven para crear una melodía y los cromosomas de los genes, cuya combinación forman un nuevo ser; o el paralelismo entre el doctor pionero en clonar y el arcángel San Gabriel.

Publicado en una colección, en principio, juvenil, esta obra podría estar dirigida a un público adulto, aunque tal vez sean los jóvenes los que demuestren mayor sensibilidad por un tema que les va a afectar directamente. Bien construida, la autora combina la tercera persona con la primera (la voz del clon, de la niña, de Siri), que a veces se convierte en una segunda persona: «Tú no has dilapidado nunca tu amor. Fue tan solo el amor propio lo que me hizo nacer. Yo era tu plan de supervivencia», le reprocha a una madre ausente. Esta novela instrospectiva y valiente que nos ayudará a comprender un poco mejor a los clones, seres igual que nosotros, a los que Kerner denomina «el tercer sexo del tercer milenio».

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El último hombre (Raúl Blengio Brito)

Se cuenta el destino del último hombre que queda en el planeta, aunque sin especificar las causas que llevaron a ese estado de cosas. «El Último» vive en una ciudad del futuro que funciona por puro automatismo y que no hace más que acentuar su propia soledad. La acción exterior es muy escasa, ya que no pasa de las vueltas que el protagonista da alrededor de una cama, tomar el desayuno, ir hasta la biblioteca, etc. En cambio, la acción interior es fundamental, y es la que va a ir pautando los distintos momentos de la novela. En base a un monólogo interior, que se destaca por su humor irónico, asistimos a una crítica demoledora de la sociedad humana con todo lo que tiene de inhumana y superficial. Hay también espacio para la especulación metafísica: la relatividad del tiempo analizada al promediar la novela podría interpretarse como un correlato de la futilidad de la sociedad y la vida humana.

      La función cardinal principal de la obra está pautada por la posibilidad de comunicarse —previo contacto telefónico— con una mujer para promover una eventual reconstrucción del mundo. Esta instancia es la que pone al protagonista —que «ya no se sentía Richard Mason, abogado, profesor, amante, frustrado, sino únicamente el Ultimo, el único, sin nadie o con nadie a quien defender, enseñar, amar, satisfacer»— en la disyuntiva de abrirse hacia otro ser para posteriormente empezar de nuevo, o encerrarse definitivamente en sí mismo. La resolución de este problema permite un final poético, contundente, efectivo y en todo acorde con el tono e intención del relato. La importancia de la acción de decidir queda subrayada por la presencia anterior del «decididor»:

      «…¿se echaría de nuevo sobre la cama, postergando con su gesto el puntual recambio de las sábanas, o sería preferible tomar asiento en la silla multiuso-lavilisto-funcional?

      Gruesas gotas de sudor empaparon su frente. Se le erizó la piel. Tomó con una la otra mano. Los riesgos del esfuerzo. La responsabilidad de adoptar por sí mismo decisiones. Tiempos difíciles todavía.

      El decididor llevólo de la mano dulcemente hasta la silla. Y el Ultimo se dejó caer de inmediato sobre su asiento ávido.»

      Los temas que se tocan son varios, la soledad, la «comunicación-in», el aborto, la religión, el consumismo, el exterminio del hombre por el hombre, etc. Pero todos giran en torno a un tema central: el fracaso del hombre como ser social.

      Blengio Brito utiliza el lenguaje con libertad, pero siempre dejando una llave al lector. Como un buen alfarero, modela la pieza entre sus manos sin permitir que se le desbarate. Podemos mencionar alternancia de primera y tercera persona, incorporación de fragmentos de periódico a la narración, juegos de palabras, neologismos creados a partir de palabras pegadas («escridormitorio», etc.), planteo de preguntas y análisis de posibles respuestas, retardos, etc. Después de leerla, es fácil admitir que el estilo empleado es el más conveniente para esta historia en particular.

      La crítica (no especializada en CF) la recibió con frases como: «original por su tema», «un extraño relato», «estamos ante un fenómeno singular y revolucionario», y no reparó en elogios. Ciertamente, el aficionado —que sabe mucho más que los críticos— podrá reconocer en ella algunos tópicos y lugares comunes: la ciudad automatizada que sobrevive a sus habitantes, la llamada telefónica que recibe el —hasta ese momento— ultimo habitante del planeta, etc. Sin embargo, por encima de estos detalles, resalta el estilo, la capacidad incisiva del autor en los temas propuestos, así como la complejidad del personaje.

      Es la única novela de cf. editada en nuestro país que logró dos ediciones, ambas agotadas. Además del mérito de la obra esto se debe a que la editorial trabaja con suscripciones.

 

Raúl Alfredo Blengio Brito nació en 1929 en Montevideo. Abogado, Licenciado en Letras. Ha publicado trabajos sobre Kafka, Joyce, Herrera y Reissig, O’Neill y Feliberto Hernández. Escribió cuentos, poesías y dos obras de teatro, una de ellas Cuidado con los impuestos obtuvo una mención de la UNESCO en 1970. Sonetos irregulares fue premiada por la Intendencia Municipal de Montevideo en 1968.

 

La próxima debería referirme a dos novelas de Tarik Carson: Ganadores y Océanos de Néctar. Sin embargo, voy a aprovechar la oportunidad no sólo para recordar las mismas, sino también para realizarle un homenaje a este extraordinario autor uruguayo que desde hace varias décadas vive y publica en Argentina. El homenaje incluirá su biografía, un repaso de todos sus libros, y una extensa entrevista. A todos los amigos, admiradores de este entrañable autor, o simplemente interesados en la buena literatura, los convoco para el próximo mes. Será algo especial.

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El invencible (Stanislaw Lem)

El comienzo de esta novela no puede ser más corriente: la astronave El Invencible, «la mayor de las naves con que contaba la base de la constelación de Lira», acude al remoto planeta Regis III para resolver un misterio: qué sucedió con El Cóndor, nave gemela de El Invencible desaparecida en el curso de una misión de exploración sobre el mismo planeta.

Hasta aquí, nada que se salga del tópico de tantas novelas de cf sobre amenazas espaciales. Lo que va a hacer de El invencible un libro no sólo superior a esas historias sino, en definitiva, una obra tremendamente disfrutable, es la originalidad de su autor: el «toque Lem» que aporta siempre un nuevo punto de vista, otra sensibilidad, a un tema trillado.

En un primer momento, la expedición recorrerá el planeta, en una memorable sucesión de descripciones de paisajes desérticos, sin encontrar rastro de posibles peligros. Pero tras el hallazgo de los restos de El Cóndor y los sorprendentes rastros que ha dejado su atacante, el mismo mecanismo que acabó con su gemela se pondrá en marcha para probar la supuesta condición de invencible de la nave.

Así, si la primera parte de la novela se asemeja a una investigación forense, con el intento de averiguar las causas del desastre de El Cóndor, la segunda mitad relata la lucha, por medios cada vez más sofisticados, de El Invencible contra el enemigo que le acecha. En escenas de una enorme plasticidad, comparables a los mejores pasajes de Solaris, Lem nos narra este enfrentamiento de dimensiones olímpicas entre las máquinas creadas por el ingenio del hombre y una fuerza imparable surgida, aparentemente, de una evolución de base mecánica.

Y es que el inevitable «monstruo espacial» de El invencible no es sino la combinación de un número enorme de pequeñas briznas metálicas, dotadas de la capacidad de actuar de común acuerdo, capaz de destruir cualquier artefacto mecánico por pura acumulación de billones de partículas, y de quemar los cerebros humanos por el efecto de los campos magnéticos que generan.

Enfrentada a un enemigo demasiado poderoso para ser eliminado sin destruir el planeta entero, la misión humana debe resignarse a abandonar Regis III sin resultados tangibles. Al final, es su colosal e impersonal oponente quien merece el calificativo de invencible y, por tanto, a quien está dedicado el título del libro.

 

Luis G. Prado

http://www.bibliopolis.org/

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La nave de un millón de años (Poul Anderson)

Poul Anderson

La obra que nos ocupa constituye una novela de ciencia ficción poco convencional. En la inmensa mayoría de los casos, la ciencia ficción, por pura lógica, se ubica en el futuro. Sin embargo, “La nave de un millón de años” no sólo no se circunscribe al futuro, sino que en su mayor parte consiste en un largo recorrido por la historia de la humanidad, siguiendo las visicitudes de un reducido grupo de personajes. Dichos personajes, además, generalmente se mantienen ajenos al devenir histórico, es más, procuran ocultarse. No en vano, la peculiaridad que une a estos personajes, y que da sentido al conjunto de la obra, es su inmortalidad. A diferencia del ser humano normal, el cual, con la posible excepción de David Beckham, acaba indefectiblemente muriendo tras un período de tiempo relativamente corto, estos personajes, producto de una extraña anomalía cuyos orígenes no se explican nunca claramente en la novela (pero parecen obedecer a una insospechada evolución de la especie, en plan “X-Men”), nunca mueren por enfermedades, ni tampoco envejecen, y cuentan, además, con una capacidad de recuperación sorprendente ante las heridas, así que sólo las condiciones más extremas (el hambre, la sed, la falta de oxígeno, una ensalada de tiros, un avión lleno de moros piraos, etc.) pueden acabar con ellos.

La idea es buena, y además, bien llevada. Puede que algunos de Ustedes recuerden, entre horribles pesadillas, una de las películas / sagas más infames con que nos martirizó el cine de los 80: “Los inmortales”. Ya saben: diálogos, totalmente gratuitos, de tipos duros; absoluta ausencia de rigor histórico; efectos especiales ridículos; vestuario inverosímil con una abundancia de cuero mayor que en “La Ostra Azul”; años 80, vaya. Pero, por fortuna, “La nave de un millón de años” no cae en esos errores. El rigor histórico, hasta donde puedo enjuiciarlo, es bastante aceptable. Tan sólo he detectado un error de importancia referente a la fecha de destrucción de la biblioteca de Alejandría, que es íntegramente imputada a los árabes, cuando es bien sabido que siglos antes ya los cristianos se habían hecho cargo de la mayor parte del trabajo. Naturalmente, es obvio que los estrechos límites de mis conocimientos no me permiten enjuiciar gran número de datos que puedan resultar inexactos, pero esto puede compensarse fácilmente con el infinito volumen de mi pedantería, recordando, si es preciso agrandarlo aún más, la mítica frase del Comendador de los Creyentes respecto de lo innecesario de preservar los exiguos fondos de la Biblioteca: “si está en el Corán es superfluo, y si no lo está es pecaminoso”, así que quemadlo todo, vaya.

A lo que íbamos: la novela está bastante bien resuelta, aunque uno se queda con ganas de más al tratarse de un arco temporal tan ambicioso (desde la época de la diáspora griega, hacia los siglos VIII-VI a.c., hasta un futuro indeterminado), que nos es relatado, además, de un modo fragmentario por diversos personajes que abarcan espacios geográficos muy variados (por desgracia, los inmortales no se limitan a aparecer en la cuenca mediterránea, como debería ser). Por otra parte, resulta por momentos irritante la absoluta falta de relevancia que se confiere a España y lo español (posiblemente porque en España la presencia de inmortales nunca habría sido motivo de sorpresa para sus conciudadanos: recuerden a Manolete y a Fernando Hierro), combinada por el vuelco que da el ritmo de los acontecimientos tan pronto como América es descubierta por los europeos, e incluso antes (uno de los inmortales es un ridículo chamán indio): a partir más o menos del XVIII casi toda la narración se desarrolla en la Tierra de la Libertad, primando a inmortales absurdos (el citado chamán o una ex esclava negra) sobre otros mucho más interesantes (en particular, un inmortal romano que ha sobrevivido sin problemas más de 2.000 años limitándose a formar parte de las sucesivas Administraciones romana, bizantina y otomana en calidad de chupatintas, pero que sólo aparece al final de la novela).

En realidad, el principal problema de esta novela estriba en que surge de la conjunción de dos novelas complementarias: la primera relata la historia de los inmortales desde “los albores de la Humanidad” (la invención de la tauromaquia) hasta la actualidad; la segunda, mucho más breve, nos ubica en un futuro más o menos remoto surgido precisamente a partir del momento en que los inmortales revelan su naturaleza, lo cual permite en pocos decenios extender los beneficios de la inmortalidad a todo el mundo. El efecto de dicho maná, lejos de resultar beneficioso, provoca que los inmortales de nuevo cuño caigan en la molicie y el hedonismo de una civilización perfectamente dirigida por supercomputadoras y totalmente volcada al placer, lo cual, a su vez, convierte a los inmortales “de toda la vida”, los protagonistas de la primera novela, en la carne de cañón ideal, en tanto individuos desubicados en este mundo, para acometer la exploración espacial a velocidades que respetan el límite de la velocidad de la luz (total, dado que son inmortales, qué más les da pegarse veinte años en una nave espacial). La idea es original pero, nuevamente, está resuelta de manera un tanto precipitada (da la sensación de que el autor está hasta los huevos de sus personajes y busca deshacerse de ellos metiéndolos en otro planeta cuanto antes), con la aparición de otras formas de vida inteligente incluida. Pero contando con estas carencias, sigue siendo una novela recomendable (si bien a lo largo de casi todo el relato la carga de ficción es mucho mayor que la de “ciencia” propiamente dicha, que sólo aparece al final), sobre todo dado su ridículo precio (5 €).

www.lapaginadefinitiva.com

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