El invencible (Stanislaw Lem)

El comienzo de esta novela no puede ser más corriente: la astronave El Invencible, «la mayor de las naves con que contaba la base de la constelación de Lira», acude al remoto planeta Regis III para resolver un misterio: qué sucedió con El Cóndor, nave gemela de El Invencible desaparecida en el curso de una misión de exploración sobre el mismo planeta.

Hasta aquí, nada que se salga del tópico de tantas novelas de cf sobre amenazas espaciales. Lo que va a hacer de El invencible un libro no sólo superior a esas historias sino, en definitiva, una obra tremendamente disfrutable, es la originalidad de su autor: el «toque Lem» que aporta siempre un nuevo punto de vista, otra sensibilidad, a un tema trillado.

En un primer momento, la expedición recorrerá el planeta, en una memorable sucesión de descripciones de paisajes desérticos, sin encontrar rastro de posibles peligros. Pero tras el hallazgo de los restos de El Cóndor y los sorprendentes rastros que ha dejado su atacante, el mismo mecanismo que acabó con su gemela se pondrá en marcha para probar la supuesta condición de invencible de la nave.

Así, si la primera parte de la novela se asemeja a una investigación forense, con el intento de averiguar las causas del desastre de El Cóndor, la segunda mitad relata la lucha, por medios cada vez más sofisticados, de El Invencible contra el enemigo que le acecha. En escenas de una enorme plasticidad, comparables a los mejores pasajes de Solaris, Lem nos narra este enfrentamiento de dimensiones olímpicas entre las máquinas creadas por el ingenio del hombre y una fuerza imparable surgida, aparentemente, de una evolución de base mecánica.

Y es que el inevitable «monstruo espacial» de El invencible no es sino la combinación de un número enorme de pequeñas briznas metálicas, dotadas de la capacidad de actuar de común acuerdo, capaz de destruir cualquier artefacto mecánico por pura acumulación de billones de partículas, y de quemar los cerebros humanos por el efecto de los campos magnéticos que generan.

Enfrentada a un enemigo demasiado poderoso para ser eliminado sin destruir el planeta entero, la misión humana debe resignarse a abandonar Regis III sin resultados tangibles. Al final, es su colosal e impersonal oponente quien merece el calificativo de invencible y, por tanto, a quien está dedicado el título del libro.

 

Luis G. Prado

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