El libro me ha resultado aburrido y pesado. De hecho, lo he compaginado con otro y lo dejé de leer durante días debido a que no me enganchaba en absoluto.
El punto de partida no puede ser más interesante, aunque como es casi lugar común en este tipo de novelas, hay dos tramas paralelas que se juntan al final, pero de un modo insatisfactorio, ya que si elimináramos una de ellas, la del pasado, no afectaría para nada al argumento. En esta se narra la huida de Praga de los padres de la viuda, en la cual el autor no nos ahorra vicisitudes: persecuciones, cañonazos, naufragios en el hielo (eso sí, muy plásticos), etc…
El autor parece dominar bien la historia del siglo XVII, y también los temas herméticos, pero los explica de un modo un poco tedioso, con largas parrafadas que solo sirven para hacer un compendio de los conocimientos de la época, que pueden resultar más o menos interesantes, pero no hacen avanzar la trama. Es como si el autor quisiera mostrar todo lo que ha investigado para el libro y no se midiera en absoluto.
Aunque parece realizar un esfuerzo en la descripción del personaje principal, Inchbold, que cuenta el relato en primera persona, todo se queda a medias; nos cuenta su vida en fascículos, pero eso no tiene ninguna función narrativa.
Además, el autor empieza el libro de la peor de las maneras posibles, con larguísimas descripciones tanto de lugares como de la biografía del protagonista. A lo largo de todo el libro el exceso descriptivo se repite, logrando un texto denso e impenetrable, que no está mal escrito, de todas formas. Esto, unido a los pocos diálogos, hace que la lectura se alargue y canse.
Además, la investigación de Inchbold resulta a veces un poco farragosa de seguir, por no mencionar los “golpes de suerte” que le hacen descubrir ciertos locales en Londres y otras pistas.
En cuanto a la otra trama, pues la verdad aburre soberanamente, sobre todo porque no se le ve el objetivo.
El final es lo único movidito, una escena de lo más “gótico”, con destrucción de mansión incluida, agua por todas partes, gente huyendo, disparos… Muy heavy.
Lo mejor: las descripciones de la mansión de Alethea, la biblioteca, los volumenes que heredó de su marido, y algunas anécdotas históricas.
Lo peor: la manera tan plomiza de narrar.
No me ha despertado el interés en ningún momento, aunque podría gustar a adictos al género y a personas interesadas en la historia.
Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.
Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.
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Isla de Pascua (Jennifer Vanderbes)
El interés que parecen prometer las historias paralelas de dos mujeres en diferentes épocas, 1913 y 1973, se diluye pronto en lo anodino del argumento en cuanto a los personajes se refiere.
No es que no pasen cosas, es que están muy vistas, demasiado utilizadas como para que sorprendan o fascinen. Y además los fragmentos más interesantes en un sentido dramático tardan más de cien páginas en aparecer, algo excesivo.
En la época más actual hay algunos personajes secundarios relativamente interesantes, como Mahina, la dueña de la pensión en que vive Greer, o los otros tres científicos que residen en la isla.
En este sentido, los que acompañan a Greer son más interesantes que los que van con Elsa, aunque tanto el pasado de ellas como el presente que se relata son, repito, escasamente originales y bastante predecibles.
Así, aunque Vanderbes sabe escribir (esta es su primera novela) y hasta incluir momentos de cierta tensión narrativa, el libro funciona mejor como investigación sobre la Isla de Pascua, sus orígenes, historia e idioma, que como aventura personal de sus protagonistas.
Hay párrafos interesantes que incluyen citas de “El origen de las especies” de Darwin, especulaciones sobre el rongorongo, que es el idioma casi olvidado de la isla, y que realiza Elsa basándose en unas tablillas, pruebas sobre la forma en que se construyeron y movieron los may o la investigación de Greer sobre la flora y fauna de la isla y las conclusiones a las que llega tras analizar el polen.
Al final deja una sensación de que no ha estado tan mal, se han aprendido algunos datos curiosos e interesantes, los personajes han acabado cayendo simpáticos sin llegar a ser inolvidables, y la conclusión, que no deja todos los cabos atados, apenas relaciona a las dos protagonistas pero al menos tiene cierto realismo que se agradece.
También es de agradecer que la autora explique al final del libro qué datos son ciertos o no, las fuentes que ha investigado o las fechas reales de los descubrimientos, me gusta saber lo que puedo creerme en las novelas, una pena que no se haga de forma habitual.
http://reginairae.blogcindario.com/2005/04/00141-isla-de-pascua-de-jennifer-vanderbes.html
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Las máscaras del héroe (Juan Manuel de Prada)
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La fortuna de Matilde Turpin (Álvaro Pombo)
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Literatura rusa
En la literatura rusa de comienzos del siglo XX destacan poetas como Blok, Briúsov, Balmont, Bugaíev y Gippius. Blok, el más destacado, construyó un universo poético personal e intenso, producto de un vocabulario poético radicado en lo cósmico, lo angélico y lo demoniaco, lleno de términos pasionales, de anhelos y miedos completamente humanos. A pesar esto, no perdió el contacto con la realidad. Poco después de la Revolución Rusa produjo uno de sus mejores poemas, \’Los doce\’ (1918), una viva y poderosa descripción de las aventuras de un batallón del Ejército Rojo encabezado, como se descubre en sus últimos versos, por el mismísimo Jesucristo.
Los simbolistas trabajaron tanto la prosa como en verso, e insistieron de modo particular en alterar las propiedades tradicionales de la novela. Así, Fiódor Sologub (seudónimo de Fiódor Kuzmich Tetérnikov, 1863-1927) describió la actividad sobrenatural que tiene lugar paralelamente a los acontecimientos de la existencia ordinaria en la novela El pequeño demonio (1907) y en sus numerosos relatos breves.
Otros muchos escritores trabajaron de modo completamente independiente de cualquier escuela o movimiento.
"Maiakovski llevó el espíritu de experimentación a niveles muy altos. Maestro de la declamación hiperbólica y de un nuevo lenguaje vivaz y basado en el habla vulgar, se constituyó en el mejor guía de las inmensas energías que se habían liberado tras la revolución. Un humor ardiente, una mordacidad satírica y un torrente de declaraciones comprometidas, aunque no serviles, de lealtad al régimen soviético, caracterizan lo mejor de sus poemas y obras teatrales públicas. Su voz privada, en cambio, que es la de una persona sensible y hasta vulnerable se ha dejado entrever en muchos de su primeros poemas, incluso entre la bravuconería del famoso \’La nube en pantalones\’ (1915). Maiakovski se suicidó en 1930. La nota que dejó tras su suicidio transmite la sensación de que la tensión entre sus vidas pública y privada terminó por dañar su talento poético y hacerle imposible la existencia."
No obstante, pronto se hizo patente que el refinado intelectualismo del arte prerrevolucionario ya no encajaba en la nueva atmósfera proletaria. Sólo unos pocos poetas, herederos de la cultura literaria anterior, continuaron escribiendo sus obras: Pasternak, Anna Ajmátova, Mandelstam. Pese a que algunos de estos alcanzaron un cierto prestigio, muchos terminaron siendo expulsados de la Unión de Escritores o deportados a Siberia.
La narrativa soviética de esta época tuvo que luchar contra las dificultades que encontraron los escritores para describir la revolución y la guerra civil. Estos hechos estaban señalados por el caos dentro de las vidas pública y privada, el colapso de las instituciones y por la hostilidad entre los dos bandos en que se dividió la nación. La tónica dominante de la narrativa terminó siendo una combinación de realismo literario y didacticismo político, que se convertiría en la doctrina artística oficial de la Unión Soviética a partir de 1934. Autores como Babel, Fedin, Leónov o Fadéiev trataron de buscar una cierta originalidad, al margen de la corriente dominante.
A finales de los años 20 se produjo un cierto resurgir del comercio privado, que desembocó en una atmósfera particularmente vulnerable a la sátira. Así, se detecta en algunas obras del momento una combinación entre ardor revolucionario y afanes comerciales, en relatos ácidos, satíricos, etc. (Katáiev, Zoshchenko, Ilf y Pétrov)
En 1932 la es sustituida por la Unión de Escritores Soviéticos, que responde al deseo estatal del imponer la doctrina del realismo socialista mediante un sutil y omnicomprensivo sistema de controles ajustables que sustituyera a la cruda coacción de la RAPP. Esto vino a significar que el aparato del partido y sus doctrinas controlarían la imaginación literaria rusa.
Alexandr Solzhenitsin estuvo siempre en la línea que separaba lo permitido de lo prohibido. En 1963 pudo publicar Un día en la vida de Iván Denisóvich, que trata de la vida en los campos de concentración. Sus novelas más importantes no pudieron ser publicadas más que en el extranjero. Sus protestas contra la censura, contra su propia expulsión de la Unión de Escritores y contra la práctica de confinar a los intelectuales disidentes en sanatorios mentales, constituyeron algunos de los compromisos morales de toda su obra narrativa. Solzhenitsin recibió el Premio Nobel y hubo de exiliarse definitivamente de su país.
"El término literatura ilegal (samizdat) durante el periodo postestalinista se aplicó repetidamente a las obras de Mijaíl Bulgákov. En 1928 comenzó a escribir su más importante novela El maestro y Margarita, en la que llevaba a cabo una sátira del gobierno, pero no pudo publicarla en la URSS hasta 1967, aunque en una versión muy recortada. También ilegal fue la conmovedora obra del poeta Joseph Brodsky y de muchos otros escritores y pensadores. Brodski, que fue expulsado de la Unión Soviética, viajó a los Estados Unidos en 1972. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1987 y recibió el nombramiento de poeta laureado de los Estados Unidos en 1991. Entre sus obras se encuentran Parada en el desierto (1970) y Elegías romanas (1983). Otro escritor disidente, Valerii Tarsis, al que se le permitió dejar el país y marcharse a Suiza en 1966, plasmó sus satíricos ataques al régimen soviético en novelas como La botella azul (1963). Escribió, además, Sala 7 (1965), una obra de carácter autobiográfico basada en sus propias experiencias en un hospital mental, y La fábrica de placer (1967), una ingeniosa historia sobre las gentes de la región del mar Negro. Estas obras ilegales contribuyeron a preservar las mejores tradiciones de la literatura rusa hasta que el colapso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y la disolución del Estado soviético en 1991 abrieron una nueva época para los escritores rusos."
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