Contra los periodistas y otros contras (Karl Kraus)

Me cansan los libros de aforismos, reflexiones enlatadas, chistecillos y sátiras de andar por casa. En especial, me molestan cuando vienen recopilados por editores que los consideran como el mejor modo de aproximarse al autor.

Encantóme en su día el librillo que me acercó a Ferlosio después de que el cauce del Jarama hubiera abierto una brecha entre nosotros. Porque era muy suyo, con su complejidad, sus desvaríos, sus ansias de extenderse en mil páginas en ciertas ocasiones, su mesura para expresarse en los justos términos en otras…

Encandilóme recientemente el librillo de Ernesto Sábato en que reflexiona sobre el oficio de escribir, puesto que se trataba de un conjunto de anotaciones, casi diría que hipertextuales, que se necesitaban una a otra. Reflexiones sesudas, pensadas, argumentadas, justificadas. Sesudas, en suma. Nada del juego conceptista y contundente de levantar las faldas de los intelectuales a golpe de sintaxis.

Durante estos días de asueto me he leído Contra los periodistas y otros contras de Karl Kraus. No sé decir si de Karl Kraus o de el duque que lo parió, Jesús Aguirre. Y es que este libro sí es uno de esos compendios de aforimos y sátiras brevísimas en las que el amontonamiento no hace más que dañar al individuo y al conjunto.

Para empezar, tengo que decir que lo cogí con mano maliciosa por aquello de "contra los periodistas". Nada más errado. Título llamativo que, en realidad, no responde por completo al contenido, puesto que aquí se critica a los periodistas, las mujeres, los vieneses, los berlineses, los tontos, los no tan tontos, los artistas, los pasteles… en fin, casi podemos decir que se critica todo aquello que se mueva y no sea el autor.

De hecho, el libro está dividido en siete apartado, uno se dedica sólo a los artistas, otro sólo a Viena y Berlín, otro solo a la sociedad… En cambio, el de periodistas es, en realidad, "Sobre periodistas, estetas, políticos, psicólogos, estúpidos y eruditos".

Sobre el contenido, poca queja tengo, la verdad. La principal queja del contenido es la estructura en sí. Un aforismo es para ser leído en una postal de ciudad turística; en una servilleta de papel, en la carpeta de un amigo, incluso en la camiseta del quinqui del barrio. No es para hincharte a leer aforismos en plan "palomitas de maíz". Y ese es el problema que tiene este libro: la lucidez de las críticas de Karl Kraus, la magnífica traducción de los juegos de palabras, lo certero de las flechas de su pluma, lo moderno de su pensamiento son características del autor que se amalgaman de tal manera que no dan lugar más que a un pastiche que ni huele, ni sabe, ni fluye.

Y es una pena, porque cogido el libro al vuelo y abierto por cualquier página al azar, deja verdaderos aforismos:

"El lenguaje no es el aya, sino la madre del pensamiento."
"El diablo es optimista si cree que puede hacer mejores a los hombres."
"El que plagia debería copiar cien veces al autor".

Llenitos de enjundia, no me dirán que no.

También deja frases primorosas, no por ello, exentas de verdad:

"Cabe cerrarse al mundo toda la semana. Pero hay una penetrante sensación de domingo a la que no podemos hurtarnos ni en un tragaluz, ni en la cumbre de una montaña, ni siquiera en un ascensor."

Pero uno de tras de otro, como caramelos de menta en pleno catarral, embotan la sensibilidad y la capacidad de percepción. Para conocer a Karl Kraus sigue valiendo mucho más la pena leerse Los últimos días de la Humanidad.

Ah! Y no se fíen nunca de un título que no puso el autor 😉

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Mediocridad y Delirio (Hans Magnus Enzensberger)

Leer un libro de Hans Magnus Enzensberger siempre es un regalo para la inteligencia. Mediocridad y delirio es una galería de temas variados y controvertidos que Enzensberger va desbrozando, limpiando y aclarando gracias a su particular manera de ver el mundo y gracias a su independencia intelectual. Así, Hans Magnus siempre está del lado de la lógica y del sentido común, un lado muy oscuro y poco habitado en la actualidad.

Mediocridad y delirio recoge ensayos publicados por Enzensberger en diferentes revistas y periódicos, desde el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Die Zeit , la revista Geo o Der Spiegel, todos ellos medios de comunicación que gozan de gran prestigio en alemania.

La primera parte recoge ensayos que a primera vista pueden parecer bastante heterogéneos pero que, si se intenta generalizar un poco, están ligados por un tema principal que les da soporte: el hombre como animal verbal, o el hombre y el conocimiento. La ironía es una de las claves de estos primeros ensayos. Esto queda ya patente en títulos como “Una modesta proposición para proteger a la juventud frente a los productos de la poesía” o “Loa al analfabetismo”, que es la conferencia que pronunció cuando recogió el premio Heinrich Böll. Aquí se plantea si el jurado ha galardonado a un anacronismo al galardonarle a él. De este primer bloque, los más interesantes desde el punto de vista periodístico, son los dedicados a la figura del crítico, el análisis que hace sobre la historia y las claves del éxito del diario Bild y el dedicado a la televisión.

En “El triunfo del diario Bild” combina su propio discurso con fragmentos extraídos del periódico. Estos fragmentos funcionan a modo de ilustraciones y no de ejemplos, en un curioso ejercicio de intertextualidad. Para Enzensberger, el principal delito del diario Bild no “reside tanto en inventar una mentir ay publicarla; el delito propiamente dicho está en la difusión de dicha mentira, que aumenta con el número de lectores” . Dice Enzensberger que la gente lee este periódico precisamente porque no informa de nada, de que sus noticias constituyen un cúmulo de hechos atemporales que, por otra parte, garantizan al lector la tranquilidad y la satisfacción de saber que el mundo sigue igual.

Curiosísimo e interesantísimo es el capítulo dedicado a la televisión, que se llama “El medio de comunicación cero o por qué no tiene sentido atacar a la televisión” y que comienza con la siguiente aseveración: “La televisión idiotiza” . Enzensberger reconoce cuatro variantes que han servido a los teóricos para concluir esta capacidad idiotizante de la televisión: 1. Debido al papel ideológico y de vehículo propagandístico de la televisión. 2. El hecho de que la televisión suponga una invitación a imitar los comportamientos –moralmente reprobables en su mayoría- que en ella se presentan. 3. La tesis que considera que la televisión incapacita a los individuos para distinguir entre realidad y ficción. 4. La tesis de la idiotización, que viene a ser el lugar donde convergen las anteriores.

Ahora bien, Enzensberger trata estas teorías de forma totalmente irónica y tiene una crítica que hacerles a las cuatro y es que se toman en serio a la televisión. También critica que todas hacen aparecer a la televisión como un actor malvado frente a un pobre espectador indefenso. El problema reside en saber en qué bando hay que situar al teórico. A continuación, Enzensberger trata de aportar su propia solución al problema televisivo. Él no cree que el problema radique en los contenidos, pues éstos se acercan cada vez más al “contenido cero”. Él dice que es, precisamente, este contenido cero el que constituye el valor de uso de la televisión: el espectador se conecta a la televisión para desconectar. De la incapacidad para reconocer esto es de donde surgen, según Enzensberger, la teorías apocalípticas sobre la televisión. Se trata de un ensayo interesantísimo por novedoso y fresquísimo. Requiere mucha capacidad por parte del lector para ir separando los granos de ironía de las sólidas ideas que Enzensberger tiene sobre los medios de comunicación.

La segunda parte la forman dos ensayos de carácter más económico en los que Enzensberger reflexiona sobre los modos de financiación de los partidos políticos y sobre la distribución financiera que se lleva a cabo a través del Fondo Monetario Internacional.

En la tercera parte, analiza diversos problemas del panorama político alemán. Uno de los ensayos está dedicado al partido de los Verdes y al figura del bosque en alemania, su importancia en la vida de los alemanes y su pérdida irremisible debido a la contaminación y a la especulación. De todos los ensayos de esta sección, me han parecido especialmente interesantes el dedicado a desenmarañar la dicotomía entre “poder e intelecto”, entre “intelectual y político”. En él trata de averiguar de dónde viene la superioridad moral que se le concede a todo intelectual digno de ser llamado así y si esta dicotomía existe realmente o es algo que se quiere vender al ciudadano. También trata de averiguar la pertinencia de esta dicotomía.

Para morirse de risa es el ensayo “Las ventajas de sentirse avergonzado”, donde hace un recorrido por las principales condecoraciones otorgadas por su país y no puede por menos que reírse y hacernos reír ante semejante anacronismo.

El otro ensayo que más interesante me ha parecido es el llamado “Medianía y Delirio”, en el que hace un recorrido por la historia de alemania utilizando los conceptos de mediocridad, utopía y liderazgo como medios de transporte. Gracias a estos conceptos arroja luz sobre muchos comportamientos actuales, calificables, lamentablemente de “mediocres” y nos sugiere que esta “mediocridad” es peligrosa, puesto que esconde una secreta satisfacción por uno mismo. Y eso ciega.

Se trata de un libro muy interesante porque permite conocer más a fondo y de mano de un pensador fresco, independiente, sagaz y certero, las verdades de la política y la economía alemanas. Además, las reflexiones en torno a los medios de comunicación y la “mediatización” de los comportamientos humanos son muy innovadoras y no por ello menos plausibles. Por fin algo nuevo en el manido cónclave de los teóricos de los medios de comunicación.
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El medio es el masaje.

El medio es el masaje. Sí, señor. (Scratch, scratch) A todo el que le hablo de este libro se ríe y piensa que me equivoco que no es así, que es “el medio es el mensaje”, que eso lo sabe desde Neil Postman hasta mi sobrino de cuatro años. Pero no, esta vez es El medio es el masaje. Un librillo subtitulado "Un inventario de efectos" y que está escrito por Marshall McLuhan (sí, ese señor que sale en Annie Hall defendiendo a Woody Allen en la cola del cine). Lo que pasa es que este inventario está ilustrado con diagramas, dibujos y fotografías de Quentin Fiore, un conocido dibujante y diagramador (puedes ver algunos de sus trabajos aquí). Y entonces pasa de ser un libro a ser una galería, una exposición sobre el pensamiento de McLuhan. O mejor dicho, la conversión en objeto físico del pensamiento de McLuhan.

El libro (si es que lo podemos llamar así. A mí me gusta más "exposición" en plan museo, jeje) es un ejemplo de la consabidísima frase de McLuhan de "el medio es el mensaje". El juego de palabras del título es ya una perversión de la frase que trae consigo toda una serie de significados. (En inglés massage y message se diferencian sólo por una vocal). Y por eso, creo yo, este libro se concibió como una exposición de las ideas de McLuhan de tal forma que el medio sea el más adecuado para transmitir las ideas. De ahí esta reinterpretación del concepto de libro, creo yo.

Me ha encantado este libro porque constituye un auténtico desafío a las mentes reaccionarias y a los intelectuales de poltrona con borlas. ¿Cómo se pueden defender las sesudas ideas de McLuhan a través de un libro hecho en gran medida con ilustraciones, chascarrillos de periódico y fotografías? Pues bien, sí se puede. Se puede cuando la idea que se quiere transmitir es precisamente esa: que el contenido depende de la forma o incluso está determinado por ella.

La primera idea que aparece en el libro es la de que los medios de comunicación son prolongaciones de los sentidos humanos, o dicho con más precisión: "todos los medios son prolongaciones de alguna facutlad humana, psíquica o física."

Cito (meta, para, hiper) textualmente:

Esta idea no hay que tomarla a la ligera, sino que de ella se desprende una consecuencia muy importante: y es que con el nacimiento de nuevos medios, cambia nuestra forma de estar en el mundo y de percibir el mundo. Nuevos medios generan nuevas formas de comunicarse con el mundo, según la facultad humana que privilegien. De esto creo que ya se ha hablado en este blog gracias a Bronowski.

A partir de esta idea general, McLuhan analiza cómo el órgano dominante en las sociedades prealfabéticas era el oído y cómo con la creación del alfabeto, fue el ojo el que ocupó su puesto. "La pluma de ganso acabó con la conversación", dice… y habla sobre el alfabeto de una forma divina: es capaz de retrotraerse a los comienzos, mirarlo con ingenuidad y maravilla y decir: "¿De dónde surgió el prodigioso arte místico de pintar el LENGUAJE y hablar a los ojos?". A continuación, profundiza en la sociedad alfabética y se mete de lleno en los cambios que introdujo la imprenta: no sólo habla a los ojos, sino que permite multiplicar el mensaje, es un "mecanismo repetidor". Y una de las consecuencias que McLuhan atribuye a dicho mecanismo es la de "privacidad".

Ahora bien, las connotaciones positivas de la privacidad vienen dadas por ser algo elegible, por ser el opuesto de "público". Cuando estos dos opuestos convergen, aparece la "aldea global". En la aldea global, cada uno gestiona su propia privacidad, dándole los límites públicos que desea: se puede desconectar de todo porque se puede conectar con todo. El principal problema que McLuhan ve a la aldea global es que se está forzando a los nuevos medios a cumplir con el papel de los asistencia, viejos. Esta práctica, si nos damos cuenta, es totalmente contraria a la frase de "el medio es el mensaje" (tomada en plan prescriptivo).

Otra de las ideas que vienen en este libro habla sobre la capacidad de "inadaptación". El ser un inadaptado, el no encontrar en todos los medios prolongaciones de nuestras propias facultades, a veces, nos lleva a ver la realidad de forma más ingenua pero más penetrante, más pura pero más profunda, más extravagante, pero más útil.[ Esta idea me recuerda mucho a Azúa y sus desocultaciones y también, por qué no repetirme a la idea de Bronowski que se puede resumir en "la capacidad para ver el mundo como una manzana" (yo me entiendo: quiero decir en establecer metáforas novedosas para comprender la realidad). ] En este sentido, dice McLuhan que dice Oppenheimer:

"Algunos niños que juegan en la calle podrían solucionar varios de mis más arduos problemas de física, porque tienen modos de percepción sensorial que yo he perdido hace mucho tiempo."

Hay que ver hasta qué punto el medio es el mensaje, caray.

Otra cosa que me ha encantado de este librito-exposición es el montón de artistas invitados: Whitehead, James Joyce y su Finnegan\’s Wake, Bob Dylan, Montaigne dándole la mano a los Beatles, Homero columpiándose de una viñeta de Liechtenstein… McLuhan los pone a dialogar con una facilidad pasmosa.

La otra cosa que me ha encantado es ver cómo las ideas se suceden a lo largo del tiempo; cómo se aplican los mismos planteamientos a nociones completamente diferentes y los autores que uno tiene en la estantería, la mochila y el corazón, se ponen a gritarse unos a otros desde todas partes. Y yo estoy en el medio, viéndolos comer manzanas, viéndoles probarse las botas de Van Gogh y oyéndolos diailojizar (me van a permitir el palabro, yo sé por qué me lo digo, jejeje) en la cola de un cine de Manhattan… Así me gusta más el mundo: visto como una manzana con las botas de Vincent sentado en un cine de Manhattan, sí señor. ¿Qué más se puede pedir?

Apunte final
Por no sé qué milagros informáticos, ha salido la reseña dos veces, aunque la primera aparece con el texto incompleto. McLuhan, que desde su cielo se ríe de mí conmigo… 🙂

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La era del acceso (Jeremy Rifkin)

¡Sorpresa! Voy a reseñar un libro que no me ha gustado. Normalmente suelo elegir bien los libros que me leo (y que no me leo, je), así que tengo un cierto éxito garantizado. Pero éste me lo mandaron leer en la Universidad para luego poder hacer un trabajo sobre el tema que trata.

El libro en cuestión es La era del acceso y su autor es el economista estadounidense Jeremy Rifkin. . Su anterior libro es El fin del trabajo, un ensayo que se convirtió en un best-seller y en el que analizaba si el desarrollo de las nuevas tecnologías hacía peligrar el empleo de millones de personas.

La era del acceso se dedica a merodear en torno a la idea de que los seres humanos hemos entrado en una nueva era. Si anteriormente vivíamos en la era del capitalismo basado en la propiedad privada, ahora vivimos en la era del capitalismo inmaterial. Ser rico no es poseer muchas cosas, sino tener acceso a muchos servicios. Como dice Rifkin, "la riqueza ya no reside en el capital físico, sino en la imaginación y la creatividad humana".

Como el cambio es la única constante de la sociedad actual, poseer gran cantidad de propiedades no es más que estar permanentemente anclado en el pasado. Si antes las propiedades eran un cúmulo de riquezas, ahora no son más que un lastre, ya que los objetos se quedan obsoletos cada vez más rápido.

Esta es la idea básica, la del acceso como principio configurador de la vida en sociedad: el éxito y la riqueza se medirán siempre en función del acceso que se tiene a las cosas, no por la propiedad de las cosas. Así, Rifkin utiliza multitud de ejemplos y habla de los contratos que se pueden establecer con firmas automovilísticas para tener acceso a los vehículos de la marca siempre. Lo mismo sucede con las viviendas "multipropiedad", que dan derecho a utilizar un apartamento en algún destino turístico durante un cierto tiempo al año.

La otra idea es la de la mercantilización de la cultura, la conversión de las experiencias culturales en un producto hijo del capitalismo por el que hay que pagar. Rifkin comienza esta segunda parte del libro haciendo referencia a la película El show de Truman para hacer una reflexión sobre cuánto de impostura hay en nuestra relación con los demás y con las cosas y sobre la banalización que está sufriendo la cultura.

Para defender la primera idea, Rifkin utiliza un sin número de ejemplos aburridísimos y que a los europeos nos resultan bastante alejados de nuestra realidad; ignoro si a los americanos les sucede lo mismo, pero desde luego no creo que las Urbanizaciones de Interés Compartido de las que habla Rifkin (un lugar donde vive sólo la gente que tiene los mismos intereses, un nuevo guetto, vamos) estén muy extendidas tampoco en los USA; además, Rifkin se apoya muchas veces en retahílas de datos que no siempre están contextualizadas y lo hace con tal vehemencia que invita a pensar que no encuentra ninguna abstracción argumental para defender sus aseveraciones.

Por último, Rifkin intentaa lo largo de todo el libro presentar como real algo que en realidad no deja de ser una especulación. El libro presenta un orden de cosas que en realidad deberían estar escritas en futuro incierto de subjuntivo. Que la generación puntocom sufre un trastorno sobre la continuidad de la personalidad me parece que tiene un punto de catastrofista. No soy capaz de creerme, por más que me inunden el coco con datos y estadísticas, que de aquí a poco los jóvenes no tendrán un yo, sino un armario ropero lleno de "yoes" y que se lo cambiarán como las camisas, lo lavarán en la lavadora y lo tenderán a secar, con lo que los patios de luces se convertirán en un espectáculo de yoes variadísimo.

La otra gran pega que le veo al libro es que es demasiado neutral. Es cierto que Rifkin escribe un ensayo y presenta su modo de ver el mundo. Pero en realidad, nos lo pone delante de las narices como si fuese inevitable, como si fuese totalmente cierto y como si no fuese objeto posible de una valoración moral. A mí, en cambio, lo de los "yoes" colgados a secar, me asusta un poquito…

La idea de Rifkin me parece muy interesante, y creo que si, efectivamente, en unplano más económico ya se está dejando notar actualmente, Rifkin podría haber construido un ensayo más técnico, más verosímil, más riguroso, más compacto y más útil. Pero entonces no habría escrito un best-seller.

Anécdota: el otro día me pescaron en clase leyendo el libro. Como podéis ver en la foto, se parece peligrosamente al Código da Vinci. No veáis qué vergüenza 😉

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Demian (Hermann Hesse)

El año pasado, más o menos a estas alturas del año me leí Narciso y Goldmundo. Me encantó. Quizás a todos nos parezca un poco simplista y maniqueo presentar la realidad a través de dos posiciones enfrentadas (que es lo que hace Hesse en la mayoría de sus libros). Sin embargo, la riqueza y la novedad de Hermann Hesse radica precisamente en los matices que opone, en las partes que confronta y el diálogo que surge de ellas. Así, aunque siempre será maniqueo y facilón confrontar al eterno bueno con el eterno malo cuyo caballo galopa taaaaaaaaan desesperadamente despacio, cuando se confrontan dos formas parecidas pero igual de vitalistas de ver la vida, como es la confrontación en Narciso y Goldmundo, pues la cuestión ya no parece tan sencilla de resolver ni tan obvia de percibir.

La historia de cómo Demian, die Geschichte von Emil Sinclairs Jugend llegó a mis manos es también bastante curiosa. Resulta que lo compré a través de Amazon.de. Ellos me pusieron en contacto con una librería de Hannover, que se encargó de enviarme el libro. Lo malo es que el tal libro no llegó, así que me puse en contacto con la susodicha librería, a la cual no le hizo ninguna gracia que el libro no hubiese llegado. Estuvimos esperando para ver si llegaba e intercambiamos correos casi todos los días para decidir qué hacíamos: yo quería volver a comprar el libro, ellos no querían que yo lo pagase… Al final me volvieron a enviar el libro de forma totalmente gratuita, pero hemos quedado en que yo invitaré a un café a mi proveedora (una enamorada de Spanien) en cuanto venga por la piel de toro. La verdad es que es una bonita historia que no dejó de recordarme al libro 84 Charing Cross Road (por más que yo no esté tan de la chavetilla como Helene Hunff;-)

Bien, vayamos al grano. La historia de Demian comienza con la historia de Sinclair y se narra a través de ella, ya que, en realidad, el libro es una narración en primera persona del propio Sinclair, que nos cuenta cómo conoció a Demian y cómo éste influyó en su vida.
La historia es la evolución de Sinclair, desde que es un niño aterrorizado por otros niños con poder sobre él, hasta que se convierte en un joven maduro y reflexivo; pasando, cómo no, por la típica fase rebelde que a veces cursa con regueros de alcohol.

Sinclair es un crío de buena familia a quien otro crío aterroriza y chantajea. Demian es el chico misterioso de la clase, que irradia algo especial cuando se le mira. La amistad de ambos chavales se traba a partir de una reinterpretación que Demian hace de la historia bíblica de Caín. Para Demian, el signo de Caín recae sobre todas aquellas personas que no se resisten a ser asimiladas por la masa, que quieren sobresalir. Caín no era malo, sino superior, diferente. Para Demian, la gente tenía miedo de Caín y de sus hijos porque había algo en ellos, apenas perceptible, que denotaba su diferencia, su superioridad. Y la gente lo interpretaba como una señal del mal. Pero según Demian, no es así, sino que Caín y sus hijos eran gente con valor y carácter, lo cual no agrada mucho a la gente:

”Leute mit Mut und Charakter sin den anderen Leuten immer sehr unheimlich” La gente con valor y carácter siempre le resulta incómoda (desagradable) al resto de la gente.”

A Sinclair, la explicación no acaba de convencerle, aunque tampoco le deja impasible. Pero poco a poco va comprendiendo. Y es que él mismo sentía que pertenecía a dos mundos distintos: uno bueno, conformado por su familia y su casa; otro malvado, conformado por otros chavales de su clase. El problema radicaba siempre en la forma de conjugar ambos mundos, o de mantenerlos en equilibrio.

El tiempo pasa y Sinclair se va a estudiar a otra ciudad. Allí, se deja caer en el lado “malo” y lleva una vida despreocupada y regada con abundante alcohol. Hasta que un día, vuelve a recordar a Demian y comienza, por fin, a comprender que él también lleva en sí el signo de Caín y que la bondad y la perversidad están conjugadas y forman un todo indisoluble, cuyos límites no se pueden establecer. Demian resume este proceso que sufre Sinclair en una frase:

“Wer geboren werden will, muss eine Welt zerstören” (El que quiera nacer, debe destruir un mundo)”

El resto del libro se ocupa de la evolución del carácter de Sinclair y de su progresivo ensimismamiento. Este ensimismamiento, la búsqueda del poder y de la capacidad para hacer las cosas y para cambiar el mundo en uno mismo es una de las ideas básicas del libro, que se repite continuamente bajo diferentes formas. Por ejemplo, Pistorius, un amigo de Sinclair que comparte con él la concepción unitaria del bien y del mal, le dice en una ocasión:

”Die Dinge, die wir sehen […] sind dieselben Dinge, die in uns sind” (Las cosas que vemos, son las mismas cosas que están en nosotros).

Y es que uno tiene que aprender a meterse en sí mismo como hacen las tortugas.
Finalmente, el poder mental de Sinclair pasa por poder llamar desde su voluntad a las personas, sólo con el pensamiento, como le ocurre con la madre de Demian.

Aunque Hermann Hesse está influido por la obra del psicoanalista Carl Jung así como por las religiones brahmánicas, las ideas que plantea en el libro son patrimonio de la humanidad; no hace falta comulgar con el psicoanálisis ni con ningún tipo de religión para asistir al proceso de búsqueda del yo de Sinclair, sentirlo, comprenderlo y compartirlo. La inquietud por encontrar la esencia que nos lleva a hacer las cosas, es algo que revolotea por todas las cabecitas que pueblan la tierra y que sobrevuela la historia y la geografía. Aunque existen muchos símbolos en el libro, como son los sueños de Sinclair o los dibujo que él hace y que no son en realidad, más que dibujos de sí mismo en lo que tiene que aprender a reconocerse, no es necesario haberse iniciado en ningún tipo de ritual para comprender la esencia del libro y el problema sobre la autoconciencia que Hesse nos plantea.

En ocasiones, el libro puede resultar algo idealista, puesto que Demian plantea que la capacidad de la mente va mucho más allá de lo que parece que va. En realidad, sólo nos hace falta reflexionar un poco y aplicar la idea para ver que, en efecto, cuando uno quiere algo, basta desearlo con mucha fuerza y entonces se cumplirá. No por arte de magia, sino porque el deseo nos pone en movimiento para hacer todo lo posible para cumplirla. Así pues, Demian no es tan idealista como parece. De hecho, la misma frase acerca de nacer y destruir revela que parte importante de la vida humana es el esfuerzo y que nada sale de la nada:

Probablemente todos tenemos un poco de Sinclair y un poco de Demian. E incluso quizás todos tengamos el signo de Caín. Sólo hay que aprender a mirar, en cada caso, qué significa. Y eso se consigue viajando como las tortugas.

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