Responso (Juan José Saer)

Argumento:

Alfredo Barrios va a visitar a su ex-mujer Concepción. Ésta, había salido adelante y parecía no irle mal, tiene buen aspecto y disfruta de una acogedora casa. Hechos que Alfredo observa con atención y que le hacen soñar con una posible reconciliación. Para impresionarla, le cuenta una mentira y aprovecha para pedirle prestada una máquina de escribir que dice necesitar para un encargo, un artículo para un periódico. Concepción, que a pesar de todo el pasado, sigue amándolo, cree lo que le cuenta y ve esperanzadora esta circunstancia para que Alfredo reconduzca su vida y comience a cuidarse, su aspecto actual es lamentable.

Es una corta novela, pero muy intensa. El personaje principal es Alfredo, pero las personas que van pasando por su vida, bien merecerían ser consideradas también como personajes principales, ya que aunque técnicamente son secundarios, quedan muy bien definidos y son iguales o más interesantes.

Alfredo, a partir de su separación con Concepción, provocada por él, es un hombre sin rumbo. Vive en una pensión de mala muerte, su aspecto es de una dejadez absoluta, y se aprovecha de la buena voluntad de algunos que le rodean.

Sentir compasión o repulsa por este tipo de personaje dependerá de cada lector. Casi todos conocemos a alguien parecido y podremos reconocer la autenticidad en el personaje de Alfredo, retratada perfectamente por su autor.

En definitiva, se nos muestra a un hombre y su (mala) relación con el mundo.

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Cinco mujeres y media (Francisco González Ledesma)

Se trata de una novela sobre las vicisitudes de un grupo de mujeres, sufrientes, que sintiendo la injusticia de su entorno tratan de buscarse la manera de no ser eternamente víctimas y eternamente aplastadas.

La cosa, como tiene que suceder en toda buena novela negra, empieza por un entierro, y con un policía al que todo el mundo menosprecia por su escasa afición a la ley y el reglamento. En realidad, el policía parece un trasunto de Buenaventura Durruti y no resulta en modo alguno creíble, pero se le agradece al autor el intento.

Por lo demás, los diálogos son ágiles y algunas descripciones tienen verdadero mérito de puro bien escritas, pero los parlamentos no tienen nada que ver con los personajes, porque cualquiera se convierte de pronto en un filósofo, y todos reflexionan sobre la vida, el alma, y como no, la guerra civil. Porque hasta los de treinta años estuvieron en alguna trinchera, a lo que se ve.

Fuera de esto, hay algunas piezas de la trama interesantes y bien planteadas, pero la trama general es mala de solemnidad, difícilmente sostenible y muy necesitada de los deus ex machina que contantemente se saca el autor de la manga en forma de coincidencias espaciales y temporales, como si Barcelona fuese una aldea de Cantabria donde es difícil que la gente no coincida por la calle y se vea salire de casa.

En líneas generales, esta novela es a la novela negra lo que el cine español es al cine. Y quien quiera, entienda.

www.javier-perez.es

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Travesuras de la niña mala ( Mario Vargas Llosa )

Si uno ha leído El paraíso de la otra esquina, encontrará sin lugar a dudas alguna de las claves narrativas que tanto hipnotizan en Travesuras de la niña mala. Por ejemplo, la construcción del personaje de la niña mala nos recuerda la misma maestría con la cual Vargas Llosa concibió el transcurso vital y posterior decadencia física de Flora Tristán. Ese dibujo doloroso, pero a la vez operístico y melodramático, es lo que hace de la heroína de su última novela que uno quede atrapado (para no querer salir) entre los hilos de sus fisuras morales y la compleja lucidez de sus transgresiones. Es el placer de volver a la gran literatura del siglo XIX, sin que nunca sepa a revisión o pastiche.-

J. E. A.-D.

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Pequeña gran literatura

Pequeña gran literatura

JOSÉ ABAD

 Lo de "literatura infantil y juvenil" no es sólo una drástica simplificación, como toda etiqueta, sino un marbete impreciso donde los haya que, en vez de presentarnos el producto, hace una valoración equívoca del mismo en virtud de su destinatario potencial. No todas las novelas para jóvenes pueden presumir de juventud, qué más quisieran; infinidad de ellas vienen al mundo con artritis, problemas de vista y acusada sordera, achacosas, irremediablemente asistencia, viejas. Tampoco los libros para niños son siempre infantiles; un adjetivo, además, que en literatura siempre ha arrastrado una estela negativa. Siendo como es para niños, como tal nació, pocos se atreverían a calificar de "infantil" la Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll, un artefacto poético nada inocente, diría subversivo, cuyo objetivo no sólo es construir un universo de fantasía autosuficiente, sino trastocar la concepción de la realidad, más aún: cuestionar el orden social aceptado… Todas estas cuestiones terminológicas son secundarias, ni qué decirlo, pero apuntan la desidia con que la crítica suele afrontar el análisis de un capítulo que atrae a no pocas editoriales e impele a numerosos profesionales, en fin, que mueve muchos dineros.

Las cuestiones principales, por supuesto, se refieren a forma y contenidos: ¿Qué métodos se emplean para retener a un lector joven y, con toda seguridad, tentado por las sirenas de los mil artilugios que hoy ofrece el mercado audiovisual? ¿De qué material poético o narrativo se sirve el escritor para construir su propuesta? Y sobre todo, ¿qué moralejas se enseñan, aunque no sepamos si se aprenden, en este marco literario? A la primera pregunta se responde con una sola palabra: claridad. El escritor que se sube a este tren debe olvidarse de todas las martingalas estilísticas de que es capaz y apostar por la mayor transparencia posible. Al lector bisoño no hay que demostrarle qué bueno se es; más bien al contrario: lo ideal es no hacerse notar. Cuantos menos alardes, mejor. Esto explica por qué un autor como Robert Louis Stevenson o una novela centenaria como La isla del tesoro (1883) todavía hoy consiguen reclutar a enteras generaciones de nuevos lectores. Tiempo tendrán luego éstos, si siguen en la brecha, de extraviarse en esos laberintos revueltos que tanto gustan a algunos adultos. Las otras preguntas pueden responderse, en parte, a través de un ejemplo reciente.

En su última novela, Donde nace el sol, Federico Villalobos, un autor con amplia experiencia en este campo, retoma el argumento milenario de la búsqueda del Vellocino de Oro con un objetivo más que apreciable: rescatar un patrimonio cultural enorme que este tipo de literatura puede descubrirle al joven con mayor eficacia que el mejor de los manuales de Historia (con todos mis respetos por dichos manuales), un material del que aprender, con el que divertirse, al alcance… No obstante, esta herencia no debe (más aún: no puede) recuperarse tal cual; hay que adaptarla, y se adapta, a la sensibilidad hodierna: el niño y el adolescente responden mejor a la identificación que al extrañamiento. Así pues, Jasón ya no es el héroe inmaculado de las antiguas gestas; ahora es un pescador que vive humildemente de su trabajo y se niega a sucumbir al monopolio del ambicioso Pelias, tío suyo para más señas, dueño y señor de la pequeña localidad de Yolco.

Villalobos le habla al lector de países y paisajes lejanos, pero reconocibles en sus trazos esenciales; le habla del mar, siempre el mar, de barcos y marineros, de tormentas y horizontes, de empresas donde satisfacer la sed de aventura y aprender un mínimo de honradez, que tampoco está mal. Este autor, que ha confesado en alguna ocasión su apego a la obra de Stevenson, demuestra que este afecto es auténtico. Su prosa es esmerada, limpia, exacta. ¿Y la moraleja? Hay varias. Desde el primer capítulo al último se pondera ese bien precioso que es la amistad. La novela trenza, asimismo, una defensa de la dignidad individual con una denuncia de toda forma de opresión: "Cuando uno es su propio dueño, la buena y la mala suerte le tocan por igual –dice Jasón a Pelias–. Pero cuando el amo es otro, para él es toda la mala suerte, y el amo se queda con la buena". No escasean los apuntes obscuros. Como buen relato iniciático, el protagonista va al encuentro de lo más grato e ingrato de toda existencia; sin embargo, el mensaje último es constructivo, siempre. La llamada "literatura infantil y juvenil" no pertenece a la escuela del desencanto. Y está bien que así sea.

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El arte de escribir mal

El arte de escribir mal

Quien supiera redactar correctamente podría, en alguna ocasión, proponerse escribir mal; improvisando y violando algunas reglas. Tal vez lo hiciese creyendo que escribir mal es justamente eso: olvidar las reglas y actuar inconscientemente.

 

Nada más alejado de la realidad. La mala redacción está basada en un gran respeto a sus principios esenciales, los cuales son:

Ignorar al Lector

Obsesionarse con la forma

No repasar

"Escribir es recordar, pero leer también es recordar."

– Francois Mauriac –

Ignorar al Lector

Por lo general, una persona que desea escribir algo divide su mundo en tres grandes áreas: ella misma (como autor/a); el tema que quiere tratar; y los otros (el público). El autor, el tema y el lector forman un triángulo cuyas puntas deberían conectarse.

Una técnica frecuente, que utilizan los malos escritores, es mantener todos los hechos e ideas en el mismo nivel, dándoles el mismo énfasis, sin indicaciones sobre la importancia relativa y sin intentar una secuencia lógica. El uso de frases largas, que contengan muchas ideas débilmente relacionadas entre sí, también es un artilugio frecuentemente utilizado por estos autores. No indicar causa o efecto, ni distinguir entre las ideas principales y las subordinadas es uno de sus recursos preferidos.

 

Paralelamente, se encuentra el conjunto de las "reglas de desorientación" que evitan el uso de conectores como "además", "por otra parte" y "sin embargo". Así, los malos redactores dejan que la oración comience con un pronombre que se refiera a un sujeto muy lejano, o a uno francamente subordinado en la sintaxis.

Un mal redactor no tiene necesidad de citar ejemplos, ni casos concretos que orienten la imaginación del lector para comprender las afirmaciones generales y abstractas. Cuanto más complicado, inesperado e inconsecuente, mejor "suena". Escribir: "A está relacionado con B", "Entre E y P existe una relación" siempre es una tentación para los malos escritores. Cuanto mayor sea la dificultad del lector y más complejas sean las "operaciones mentales" necesarias para la lectura, más sentirá el autor que es "brillante": difícil y "no para cualquiera".

Omitir unos cuantos detalles (sobre todo esos que la mayor parte de los lectores necesitan saber) también suele dar esa sensación de "inútil poder" del que gustan los malos escritores. Piensan: "Si yo, como autor, tuve que descubrir estas cosas por el camino difícil, ¿por qué debería hacerlas fáciles para el lector? Si yo creé este símbolo desde una compleja asociación alfabético-pictórica, ¿por qué definirlo?". Sería como regalarlo, como darle todo servido al lector. Y si yo, autor, fui tan inteligente como

para escribir esto, lo menos que merezco es un lector a mi altura."

Obsesionarse con la Forma

"Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia déjasela al sastre."

– Albert Einstein –

Pecados capitales de la mala redacción son la sencillez y la precisión. Quien escribe olvidándose de su público evita ser específico y despliega toda la verborrea de la que es capaz, incluyendo muchas palabras y oraciones superfluas. La mala redacción utiliza las palabras para glorificarse en la idea y "sobre-escribirla". Una nube de palabras sirve para ocultar los defectos de la observación o el análisis. Bien por la oscuridad que provoca, o porque distrae la atención del lector.

Un autor obsesionado con la forma procurará incluir todos los gerundios, los adverbios terminados en "mente" y la mayor cadena de adjetivos posibles. ¡Qué mejor manera de aturdir al lector, que a través de un discurso ostentoso e hiperbólico! Lo florido y pomposo ciega al mal escritor tras una inexacta idea de "bello": una elegancia mal entendida.

Veamos algunos ejemplos:

1- Oración original: "La hora exacta del crimen es dudosa."

Aplicando las reglas de la redacción inefectiva daría: "Cabe mencionar que, en el caso de este preciso homicidio, hay lugar para una duda considerable respecto a la exactitud de la hora en que fue perpetrado tan cruento acto criminal.

2- Oración original: "Si salimos ahora mismo, llegaremos en una hora."

Aplicando las reglas de la redacción inefectiva daría: "Podemos afirmar, con una alta probabilidad de certeza, que si nos disponemos a salir en este preciso momento, arribaremos a destino en aproximadamente sesenta minutos."

No Repasar

Escribir apresuradamente, sin plan, volcando impulsivamente las ideas conforme aparezcan u ocurran, es la primera técnica de la escritura inefectiva. Sin planificación no es posible armar un discurso coherente. Re-escribir, o redactar más de una vez el mismo texto, es una experiencia desconocida para el mal escritor. Tal vez él piense que la estructuración mata su espontaneidad u -olvidando nuevamente al lector- ¿para qué ordenar o jerarquizar mis pensamientos si yo me entiendo perfectamente? Escribo lo que pienso… ¿pienso lo que escribo?

Regla de Oro para una Mala Redacción: no leer. Si el autor no se ubica en el lugar de su lector, difícilmente podrá comprender qué siente éste ante su relato. Quien no lee, difícilmente pueda llegar a escribir… para alguien más que para él mismo.

 

Fuente: http://cursos.itam.mx/jincera/SemTit-1/

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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