VISIONES PERIFÉRICAS (Compilador: Miguel Ángel Fernández De

Grupo Editorial Lumen. Buenos Aires – México. 2001

ISBN: 987-00-0055-X

Cuando se habla de literatura de ciencia ficción, por lo común se piensa en Julio Verne o en nombres de famosos escritores anglosajones, aunque la ciencia ficción ha sido escrita por autores de casi todas las nacionalidades del planeta, incluyendo a México. Pocos creerán que Amado Nervo, el Dr. Atl, Juan José Arreola, Manú Dornbierer y otros renombrados en las letras mexicanas han hecho aportaciones originales a la denominada mitología de nuestro tiempo; y que otros escritores menos conocidos, pero no porque su obra los demerite, sino por haberse dedicado principalmente a una literatura infravalorada en el país, como Federico Schaffler, Mauricio- José Schwarz, René Rebetez, Alfredo Cardona Peña, Gabriel Trujillo, Hector Chavarría, Arturo César Rojas, Gonzalo Martré y Roberto López Moreno, a quines se han sumado escritores de generaciones más jóvnenes como José Luis Zárate, Gerardo Horacio Porcayo, Bernardo Fernández (Bef), Gerardo Sifuentes, Pepe Rojo y José Luis Ramírez, ha llevado a la ciencia ficción mexicana a explorar universos inéditos, a retratar futuros nacionales y mundiales escalofriantes, a la concepción de tecnologías que desafían el sentido común, a fraguar invaciones extraterrestres que comienzan o se combaten en sofisticados restaurantes o en puestos de antojitos callejeros y a utilizar la realidad virtual, el ciberespacio, la informática y la ingeniería genética para (des)adaptar a las nuevas generaciones de (sobre)viven en el mundo descontextualizado y controvertido de la posmodernidad.

Miguel Ángel Fernández Delgado (México D.F. 1967) Abogado, historiador y escritor. Ha publicado diversos estudios sobre la ciencia ficción mexicana en revistas internacionales. Colaboró asimismo en Latin American Science Fiction Writers: A Guide, coordinada por Darrel B. Lockhart y es coautor de la primera Enciclopedia de Ciencia Ficción en México, en CD Rom multimedia.
Obtuvo el premio Goliardos 2000 por sus aportaciones a la ciencia ficción mexicana.
Tomado de la contratapa.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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La divina Comedia (Dante Alighieri)

La Divina Comedia

Paul Claudel ha escrito en una página indigna de Paul Claudel que los espectáculos que nos aguardan más allá de la muerte corporal no se parecerán, sin duda, a los que muestra Dante en el Infierno, en el Purgatorio y en el Paraíso. Esta curiosa observación de Claudel, en un artículo por lo demás admirable, puede ser comentada de dos modos.

En primer término, vemos en esta observación una prueba de la intensidad del texto de Dante, el hecho de que una vez leído el poema y mientras lo leemos tendemos a pensar que él se imaginaba el otro mundo exactamente como lo presenta. Fatalmente creemos que Dante se imaginaba que una vez muerto, se encontraría con la montaña inversa del Infierno o con las terrazas del Purgatorio o con los cielos concéntricos del Paraíso. Además, hablaría con sombras (sombras de la Antigüedad clásica) y algunas conversarían con él en tercetos en italiano.
Ello es evidentemente absurdo. La observación de Claudel corresponde no a lo que razonan los lectores (porque razonándola se darían cuenta de que es absurda) sino a lo que sienten y a lo que puede alejarlos del placer, del intenso placer de la lectura de la obra.
Para refutarla, abundan testimonios. Uno es la declaración que se atribuye al hijo de Dante. Dijo que su padre se había propuesto mostrar la vida de los pecadores bajo la imagen del Infierno, la vida de los penitentes bajo la imagen del Purgatorio y la vida de los justos bajo la imagen del Paraíso. No leyó de un modo literal. Tenemos además, el testimonio de Dante en la epístola dedicada a Can Grande della Scala.

La epístola ha sido considerada apócrifa, pero de cualquier modo no puede ser muy posterior a Dante y, sea lo que fuere, es fidedigna de su época. En ella se afirma que la Comedia puede ser leída de cuatro modos. De esos cuatro modos, uno es el literal; otro, el alegórico. Según éste, Dante sería el símbolo del hombre, Beatriz el de la fe y Virgilio el de la razón. La idea de un texto capaz de múltiples lecturas es característica de la Edad Media, esa Edad Media tan calumniada y compleja que nos ha dado la arquitectura gótica, las sagas de Islandia y la filosofía escolástica en la que todo está discutido. Que nos dio, sobre todo, la Comedia, que seguimos leyendo y que nos sigue asombrando, que durará más allá de nuestra vida, mucho más allá de nuestras vigilias y que será enriquecida por cada generación de lectores.

Conviene recordar aquí a Escoto Erígena, que dijo que la Escritura es un texto que encierra infinitos sentidos y que puede ser comparado con el plumaje tornasolado del pavo real.
Los cabalistas hebreos sostuvieron que la Escritura ha sido escrita para cada uno de los fieles; lo cual no es increíble si pensamos que el autor del texto y el autor de los lectores es el mismo: Dios. Dante no tuvo por qué suponer que lo que él nos muestra corresponde a una imagen real del mundo de la muerte. No hay tal cosa. Dante no pudo pensar eso.

Creo, sin embargo, en la conveniencia de ese concepto ingenuo, ese concepto de que estamos leyendo un relato verídico. Sirve para que nos dejemos llevar por la lectura. De mí sé decir que soy lector hedónico; nunca he leído un libro porque fuera antiguo. He leído libros por la emoción estética que me deparan y he postergado los comentarios y las críticas. Cuando leí por primera vez la Comedia, me dejé llevar por la lectura. He leído la Comedia como he leído otros libros menos famosos. Quiero confiarles, ya que estamos entre amigos, y ya que no estoy hablando con todos ustedes sino con cada uno de ustedes, la historia de mi comercio personal con la Comedia. Todo empezó poco antes de la dictadura. Yo estaba empleado en una biblioteca del barrio de Almagro. Vivía en Las Heras y Pueyrredón, tenía que recorrer en lentos y solitarios tranvías el largo trecho que desde ese barrio del Norte va hasta Almagro Sur, a una biblioteca situada en la Avenida La Plata y Carlos Calvo. El azar (salvo que no hay azar, salvo que lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad) me hizo encontrar tres pequeños volúmenes en la Librería Mitchell, hoy desaparecida, que me trae tantos recuerdos. Esos tres volúmenes (yo debería haber traído uno como talismán, ahora) eran los tomos del Infierno, del Purgatorio y del Paraíso, vertidos al inglés por Carlyle, no por Thomas Carlyle, del que hablaré luego. Eran libros muy cómodos, editados por Dent. Cabían en mi bolsillo. En una página estaba el texto italiano y en la otra el texto en inglés, vertido literalmente. Imaginé este modus operandi: leía primero un versículo, un terceto, en prosa inglesa; luego leía el mismo versículo, el mismo terceto, en italiano; iba siguiendo así hasta llegar al fin del canto. Luego leía todo el canto en inglés y luego en italiano. En esa primera lectura comprendí que las traducciones no pueden ser un sucedáneo del texto original. La traducción puede ser, en todo caso, un medio y un estímulo para acercar al lector al original; sobre todo, en el caso del español. Creo que Cervantes, en alguna parte del Quijote, dice que con dos ochavos de lengua toscana uno puede entender a Ariosto.

Pues bien; esos dos ochavos de lengua toscana me fueron dados por la semejanza fraterna del italiano y el español. Ya entonces observé que los versos, sobre todo los grandes versos de Dante, son mucho más de lo que significan. El verso es, entre tantas otras cosas, una entonación, una acentuación muchas veces intraducible. Eso lo observé desde el principio. Cuando llegué a la cumbre del Paraíso, cuando llegué al Paraíso desierto, ahí, en aquel momento en que Dante está abandonado por Virgilio y se encuentra solo y lo llama, en aquel momento sentí que podía leer directamente el texto italiano y sólo mirar de vez en cuando el texto inglés. Leí así los tres volúmenes en esos lentos viajes de tranvía. Después leí otras ediciones.
He leído muchas veces la Comedia. La verdad es que no sé italiano, no sé otro italiano que el que me enseñó Dante y que el que me enseñó, después, Ariosto cuando leí el Furioso. Y luego el más fácil, desde luego, de Croce. He leído casi todos los libros de Croce y no siempre estoy de acuerdo con él, pero siento su encanto. El encanto es, como dijo Stevenson, una de las cualidades esenciales que debe tener el escritor. Sin el encanto, lo demás es inútil. Leí muchas veces la

Comedia, en distintas ediciones, y pude gozar de los comentarios. De todas ellas, dos me reservo particularmente: la de Momigliano y la de Grabher. Recuerdo también la de Hugo Steiner.

Leía todas las ediciones que encontraba y me distraía con los distintos comentarios, las distintas interpretaciones de esa obra múltiple. Comprobé que en las ediciones más antiguas predomina el comentario teológico; en las del siglo diecinueve, el histórico, y actualmente el estético, que nos hace notar la acentuación de cada verso, una de las máximas virtudes de Dante.
Se ha comparado a Milton con Dante, pero Milton tiene una sola música: es lo que se llama en inglés «un estilo sublime». Esa música es siempre la misma, más allá de las emociones de los personajes. En cambio en Dante, como en Shakespeare, la música va siguiendo las emociones. La entonación y la acentuación son lo principal, cada frase debe ser leída y es leída en voz alta.
Digo es leída en voz alta porque cuando leemos versos que son realmente admirables, realmente buenos, tendemos a hacerlo en voz alta. Un verso bueno no permite que se lo lea en voz baja, o en silencio. Si podemos hacerlo, no es un verso válido: el verso exige la pronunciación. El verso siempre recuerda que fue un arte oral antes de ser un arte escrito, recuerda que fue un canto.

Hay dos frases que lo confirman. Una es la de Homero o la de los griegos que llamamos Homero, que dice en la Odisea: «los dioses tejen desventuras para los hombres para que las generaciones venideras tengan algo que cantar». La otra, muy posterior, es de Mallarmé y repite lo que dijo Homero menos bellamente; «tout aboutit en un livre» «todo pára en un libro». Aquí tenemos las dos diferencias; los griegos hablan de generaciones que cantan, Mallarmé habla de un objeto, de una cosa entre las cosas, un libro. Pero la idea es la misma, la idea de que nosotros estamos hechos para el arte, estamos hechos para la memoria, estamos hechos para la poesía o posiblemente estamos hechos para el olvido. Pero algo queda y ese algo es la historia o la poesía, que no son esencialmente distintas. Carlyle y otros críticos han observado que la intensidad es la característica más notable de Dante. Y si pensamos en los cien cantos del poema parece realmente un milagro que esa intensidad no decaiga, salvo en algunos lugares del Paraíso que para el poeta fueron luz y para nosotros sombra. No recuerdo ejemplo análogo de otro escritor, únicamente quizá en la tragedia de Macbeth de Shakespeare, que empieza con las tres brujas o las tres parcas o las tres hermanas fatales y que luego sigue hasta la muerte del héroe y en ningún momento afloja la intensidad.

Quiero recordar otro rasgo: la delicadeza de Dante. Siempre pensamos en el sombrío y sentencioso poema florentino y olvidamos que la obra está llena de delicias, de deleites, de ternuras. Esas ternuras son parte de

la trama de la obra. Por ejemplo, Dante habrá leído en algún libro de geometría que el cubo es el más firme de los volúmenes. Es una observación corriente que no tiene nada de poética y sin embargo Dante la usa como una metáfora del hombre que debe soportar la desventura: «buon tragono a i colpe di fortuna»; el hombre es un buen tetrágono, un cubo, y eso es realmente raro.

Recuerdo asimismo la curiosa metáfora de la flecha. Dante quiere hacernos sentir la velocidad de la flecha que deja el arco y da en el blanco. Nos dice que se clava en el blanco y que sale del arco y que deja la cuerda; invierte el principio y el fin para mostrar cuán rápidamente ocurren esas cosas.
Hay un verso que está siempre en mi memoria. Es aquel del primer canto del Purgatorio que se refiere a esa mañana, esa mañana increíble en la montaña del Purgatorio, en el Polo Sur. Dante, que ha salido de la suciedad, de la tristeza y el horror del Infierno, dice «dolce color d\’oriëntal zaffiro». El verso impone esa lentitud a la voz. Hay que decir oriëntal:
 
dolce color d\’oriëntal zaffiro
che s\’accoglieva nel sereno aspetto
del mezzo puro infino al primo giro.

Quisiera demorarme sobre el curioso mecanismo de ese verso, salvo que la palabra «mecanismo» es demasiado dura para lo que quiero decir. Dante describe el cielo oriental, describe la aurora y compara el color de la aurora con el del zafiro. Y lo compara con un zafiro que se llama «zafiro oriental», zafiro del Oriente. En dolce color d\’oriëntal zafiro hay un juego de espejos, ya que el Oriente se explica por el color del zafiro y ese zafiro es un «zafiro oriental». Es decir, un zafiro que está cargado de la riqueza de la palabra «oriental»; está lleno, digamos, de Las mil y una noches que Dante no conoció pero que sin embargo ahí están.

Recordaré también el famoso verso final del canto quinto del Infierno: «e caddi come corpo morto cade». ¿Por qué retumba la caída? La caída retumba por la repetición de la palabra «cae». Toda la

Comedia está llena de felicidades de ese tipo. Pero lo que la mantiene es el hecho de ser narrativa. Cuando yo era joven se despreciaba lo narrativo, se lo llamaba anécdota y se olvidaba que la poesía empezó siendo narrativa, que en las raíces de la poesía está la épica y la épica es el género poético primordial, narrativo. En la épica está el tiempo, en la épica hay un antes, un mientras y un después; todo eso está en la poesía.

Yo aconsejaría al lector el olvido de las discordias de los güelfos y gibelinos, el olvido de la escolástica, incluso el olvido de las alusiones mitológicas y de los versos de Virgilio que Dante repite, a veces mejorándolos, excelentes como son en latín. Conviene, por lo menos al principio, atenerse al relato. Creo que nadie puede dejar de hacerlo.

Entramos, pues, en el relato, y entramos de un modo casi mágico porque actualmente, cuando se cuenta algo sobrenatural, se trata de un escritor incrédulo que se dirige a lectores incrédulos y tiene que preparar lo sobrenatural. Dante no necesita eso: «Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura». Es decir, a los treinta y cinco años «me encontré en mitad de una selva oscura» que puede ser alegórica, pero en la cual creemos físicamente: a los treinta y cinco años, porque la Biblia aconseja la edad de setenta a los hombres prudentes. Se entiende que después todo es yermo, «bleak», como se llama en inglés, todo es ya tristeza, zozobra. De modo que, cuando Dante escribe «nel mezzo del cammin di nostra vita», no ejerce una vaga retórica: está diciéndonos exactamente la fecha de la visión, la de los treinta y cinco años. No creo que Dante fuera un visionario. Una visión es breve. Es imposibie una visión tan larga como la de la Comedia. La visión fue voluntaria: debemos abandonarnos a ella y leerla, con fe poética. Dijo Coleridge que la fe poética es una voluntaria suspensión de la incredulidad. Si asistimos a una representación de teatro sabemos que en el escenario hay hombres disfrazados que repiten las palabras de Shakespeare, de Ibsen o de Pirandello que les han puesto en la boca. Pero nosotros aceptamos que esos hombres no son disfrazados; que ese hombre disfrazado que monologa lentamente en las antesalas de la venganza es realmente el príncipe de Dinamarca, Hamlet; nos abandonamos. En el cinematógrafo es aún más curioso el procedimiento, porque estamos viendo no ya al disfrazado sino fotografías de disfrazados y sin embargo creemos en ellos mientras dura la proyección.

En el caso de Dante, todo es tan vívido que llegamos a suponer que creyó en su otro mundo, de igual modo como bien pudo creer en la geografía geocéntrica o en la astroñomía geocéntrica y no en otras astronomías.

Conocemos prnfundamente a Dante por un hecho que fue señalado por Paul Groussac: porque la Comedia está escrita en primera persona. No es un mero artificio gramatical, no significa decir «vi» en lugar de «vieron» o de «fue». Significa algo más, significa que Dante es uno de los personajes de la Comedia. Según Groussac, fue un rasgo nuevo. Recordemos que, antes de Dante, San Agustín escribió sus Confesiones. Pero estas confesiones, precisamente por su retórica espléndida, no están tan cerca de nosotros como lo está Dante, ya que la espléndida retórica del africano se interpone entre lo que quiere decir y lo que nosotros oímos.

El hecho de una retórica que se interpone es desgraciadamente frecuente. La retórica debería ser un puente, un camino; a veces es una muralla, un obstáculo. Lo cual se observa en escritores tan distintos como Séneca, Quevedo, Milton o Lugones. En todos ellos las palabras se interponen entre ellos y nosotros.
A Dante lo conocemos de un modo más íntimo que sus contemporáneos. Casi diría que lo conocemos como lo conoció Virgilio, que fue un sueño suyo. Sin duda, más de lo que lo pudo conocer Beatriz Portinari; sin duda, más que nadie. El se coloca ahí y está en el centro de la acción. Todas las cosas no sólo son vistas por él, sino que él toma parte. Esa parte no siempre está de acuerdo con lo que describe y es lo que suele olvidarse.
Vemos a Dante aterrado por el Infierno; tiene que estar aterrado no porque fuera cobarde sino porque es necesario que esté aterrado para que creamos en el Infierno. Dante está aterrado, siente miedo, opina sobre las cosas. Sabemos lo que opina no por lo que dice sino por lo poético, por la entonación, por la acentuación de su lenguaje.

Tenemos el otro personaje. En verdad, en la Comedia hay tres, pero ahora hablaré del segundo. Es Virgilio. Dante ha logrado que tengamos dos imágenes de Virgilio: una, la imagen que nos deja la Eneida o que nas dejan las Geórgicas; la otra, la imagen más íntima que nos deja la poesía, la piadosa poesía de Dante.

Uno de los temas de la literatura, como uno de los temas de la realidad, es la amistad. Yo diría que la amistad es nuestra pasión argentina. Hay muchas amistades en la literatura, que está tejida de amistades. Podemos evocar algunas. ¿Por qué no pensar en Quijote y Sancho, o en Alonso Quijano y Sancho, ya que para Sancho «Alonso Quijano» es Alonso Quijano y sólo al fin llega a ser Don Quijote? ¿Por qué no pensar en Fierro y Cruz, en nuestros dos gauchos que se pierden en la frontera? ¿Por qué no pensar en el viejo tropero y en Fabio Cáceres? La amistad es un tema común, pero generalmente los escritores suelen recurrir al contraste de los dos amigos. He olvidado otros dos amigos ilustres, Kim y el lama, que también ofrecen el contraste. En el caso de Dante, el procedimiento es más delicado. No es exactamente un contraste, aunque tenemos la actitud filial: Dante viene a ser un hijo de Virgilio y al mismo tiempo es superior a Virgilio porque se cree salvado. Cree que merecerá la gracia o que la ha merecido, ya que le ha sido dada la visión. En cambio, desde el comienzo del Infierno sabe que Virgilio es un alma perdida, un réprobo; cuando Virgilio le dice que no podrá acompañarlo más allá del Purgatorio, siente que el latino será para siempre un habitante del terrible «

nobile castello» donde están las grandes sombras de los grandes muertos de la Antigüedad, los que por ignorancia invencible no alcanzaron la palabra de Cristo. En ese mismo momento, Dante dice: «Tu, duca; tu, signore; tu, maestro»… Para cubrir ese momento, Dante lo saluda con palabras magníficas y habla del largo estudio y del gran amor que le han hecho buscar su volumen y siempre se mantiene esa relación entre los dos. Esa figura esencialmente triste de Virgilio, que se sabe condenado a habitar para siempre en el nobile castello lleno de la ausencia de Dios… En cambio, a Dante le será permitido ver a Dios, le será permitido comprender el universo.

Tenemos, pues, esos dos personajes. Luego hay miles, centenares, una multitud de personajes de los que se ha dicho que son episódicos. Yo diría que son eternos.
Una novela contemporánea requiere quinientas o seiscientas páginas para hacernos conocer a alguien, si es que lo conocemos. A Dante le basta un solo momento. En ese momento el personaje está definido para siempre. Dante busca ese momento central inconscientemente. Yo he querido hacer lo mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida. En Dante tenemos esos personajes, cuya vida puede ser la de algunos tercetos y sin embargo esa vida es eterna. Viven en una palabra, en un acto, no se precisa más; son parte de un canto, pero esa parte es eterna. Siguen viviendo y renovándose en la memoria y en la imaginación de los hombres.
Dijo Carlyle que hay dos características de Dante. Desde luego hay más, pero dos son esenciales: la ternura y el rigor (salvo que la ternura y el rigor no se contraponen, no son opuestos). Por un lado, está la

ternura humana de Dante, lo que Shakespeare llamaría «the milk of human kindness», «la leche de la bondad humana». Por el otro lado está el saber que somos habitantes de un mundo riguroso, que hay un orden. Ese orden corresponde al Otro, al tercer interlocutor.

Recordemos dos ejemplos. Vamos a tomar el episodio más conocido del Infierno, el del canto quinto, el de Paolo y Francesca. No pretendo abreviar lo que Dante ha dicho -sería una irreverencia mía decir en otras palabras lo que él ha dicho para siempre en su italiano-; quiero recordar simplemente las circunstancias.

Dante y Virgilio llegan al segundo círculo (si mal no recuerdo) y ahí ven el remolino de almas y sienten el hedor del pecado, el hedor del castigo. Hay circunstancias físicas desagradables. Por ejemplo Minos, que se enrosca la cola para significar a qué círculo tienen que bajar los condenados. Eso es deliberadamente feo porque se entiende que nada puede ser hermoso en el Infierno. Al llegar a ese círculo en el que están penando los lujuriosos, hay grandes nombres ilustres. Digo «grandes nombres» porque Dante, cuando empezó a escribir el canto, no había llegado aún a la perfección de su arte, al hecho de hacer que los personajes fueran algo más que sus nombres. Sin embargo esto le sirvió para describir al nobile castello.

Vemos a los grandes poetas de la Antigüedad. Entre ellos está Homero, espada en mano. Cambian palabras que no es honesto repetir. Está bien el silencio, porque todo condice con ese terrible pudor de quienes están condenados al Limbo, de quienes no verán nunca el rostro de Dios. Cuando llegamos al canto quinto, Dante ha llegado a su gran descubrimiento: la posibilidad de un diálogo entre las almas de los muertos y el Dante que los sentirá y juzgará a su modo. No, no los juzgará: él sabe que no es el Juez, que el Juez es el Otro, un tercer interlocutor, la Divinidad.

Pues bien: ahí están Homero, Platón, otros grandes hombres ilustres. Pero Dante ve a dos que él no conoce, menos ilustres, y que pertenecen al mundo contemporáneo: Paolo y Francesca. Sabe cómo han muerto ambos adúlteros, los llama y ellos acuden. Dante nos dice: «Quali colombe dal disio chiamate». Estamos ante dos réprobos y Dante los compara con dos palomas llamadas por el deseo, porque la sensualidad tiene que estar también en lo esencial de la escena. Se acercan a él y Francesca, que es la única que habla (Paolo no puede hacerlo), le agradece que los haya llamado y le dice estas palabras patéticas: «Se fosse amico il Re dell\’universo / noi preghremmo lui per lu tua pace», «si fuese amigo el Rey del universo (dice Rey del universo porque no puede decir Dios, ese nombre está vedado en el Infierno y en el Purgatorio), le rogaríamos por tu paz», ya que tú te apiadas de nuestros males.

Francesca cuenta su historia y la cuenta dos veces. La primera la cuenta de un modo reservado, pero insiste en que ella sigue estando enamorada de Paolo. El arrepentimiento está vedado en el Infierno; ella sabe que ha pecado y sigue fiel a su pecado, lo que le da una grandeza heroica. Sería terrible que se arrepintiera, que se quejara de lo ocurrido. Francesca sabe que el castigo es justo, lo acepta y sigue amando a Paolo.

Dante tiene una curiosidad. «Amor condusse noi ad una morte»: Paolo y Francesca han sido asesinados juntos. A Dante no le interesa el adulterio, no le interesa el modo como fueron descubiertos ni ajusticiados: le interesa algo más íntimo, y es saber cómo supieron que estaban enamorados, cómo se enamoraron, cómo llegó el tiempo de los dulces suspiros. Hace la pregunta.

Apartándome de lo que estoy diciendo, quiero recordar una estrofa, quizá la mejor estrofa de Leopoldo Lugones, inspirada sin duda en el canto quinto del Infierno. Es la primera cuarteta de Alma venturosa, uno de los sonetos de Las horas doradas, de 1922:
 
Al promediar la tarde de aquel día,
Cuando iba mi habitual adiós a darte
Fue una vaga congoja de dejarte
Lo que me hizo saber que te quería
Un poeta inferior hubiera dicho que el hombre siente una gran tristeza al despedirse de la mujer, y hubiera dicho que se veían raramente. En cambio, aquí, «cuando iba mi habitual adiós a darte» es un verso torpe, pero eso no importa; porque decir «un habitual adiós» expresa que se veían frecuentemente, y luego «fue una vaga congoja de dejarte / lo que me hizo saber que te quería».
El tema es esencialmente el mismo del canto quinto: dos personas que descubren que están enamoradas y que no lo sabían. Es lo que Dante quiere saber, y quiere que le cuente cómo ocurrió. Ella le refiere que leían un día, para deleitarse, sobre Lancelote y cómo lo aquejaba el amor. Estaban solos y no sospechaban nada. ¿Qué es lo que no sospechaban? No sospechaban que estaban enamorados. Y estaban leyendo una

historia de La matiére de Bretagne, uno de esos libros que imaginaron los britanos en Francia después de la invasión sajona. Esos libros que alimentaron la locura de Alonso Quijano y que revelaron su amor culpable a Paolo y Francesca. Pues bien: Francesca declara que a veces se ruborizaban, pero que hubo un momento, «quando leggemmo il disiato riso», «cuando leímos la deseada sonrisa», en que fue besada por tal amante; éste que no se separará nunca de mí, la boca me besó, «tutto tremante». Hay algo que no dice Dante, que se siente a lo largo de todo el episodio y que quizá le da su virtud. Con infinita piedad, Dante nos refiere el destino de los dos amantes y sentimos que él envidia ese destino. Paolo y Francesca están en el Infierno, él se salvará, pero ellos se han querido y él no ha logrado el amor de la mujer que ama, de Beatriz. En esto hay una jactancia también, y Dante tiene que sentirlo como algo terrible, porque él ya está ausente de ella. En cambio, esos dos réprobos están juntos, no pueden hablarse, giran en el negro remolino sin ninguna esperanza, ni siquiera nos dice Dante la esperanza de que los sufrimientos cesen, pero están juntos. Cuando ella habla, usa el nosotros: habla por los dos, otra forma de estar juntos. Están juntos para la eternidad, comparten el Infierno y eso para Dante tiene que haber sido una suerte de Paraíso.

Sabemos que está muy emocionado. Luego cae como un cuerpo muerto.

Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo. Se ha dicho que Dante es cruel con Francesca, al condenarla. Pero esto es ignorar al Tercer Personaje. El dictamen de Dios no siempre coincide con el sentimiento de Dante. Quienes no comprenden la Comedia dicen que Dante la escribió para vengarse de sus enemigos y premiar a sus amigos. Nada más falso. Nietzche dijo falsísimamente que Dante es la hiena que versifica entre las tumbas. La hiena que versifica es una contradicción; por otra parte, Dante no se goza con el dolor. Sabe que hay pecados imperdonables, capitales. Para cada uno elige una persona que ha cometido ese pecado, pero que en todo lo demás puede ser admirable o adorable. Francesca y Paolo sólo son lujuriosos. No tienen otro pecado, pero uno basta para condenarlos.

La idea de Dios como indescifrable es un concepto que ya encontramos en otro de los libros esenciales de la humanidad. En el Libro de Job, ustedes recordarán cómo Job condena a Dios, cómo sus amigos lo justifican y cómo al fin Dios habla desde el torbellino y rechaza por igual a quienes lo justifican y a quienes lo acusan.
Dios está más allá de todo juicio humano y para ayudarnos a comprenderlo se sirve de dos ejemplos extraordinarios: el de la ballena y el del elefante. Busca estos monstruos para significar que no son menos monstruosos para nosotros que el Leviatán y el Behemoth (cuyo nombre es plural y significa muchos animales en hebreo). Dios está más allá de todos los juicios humanos y así lo declara El mismo en el Libro de Job. Y los hombres se humillan ante él porque se han atrevido a juzgarlo, a justificarlo. No lo precisa. Dios está, como diría Nietzsche, más allá del bien y del mal. Es otra categoría.
Si Dante hubiera coincidido siempre con el Dios que imagina, se vería que es un Dios falso, simplemente una réplica de Dante. En cambio, Dante tiene que aceptar ese Dios, como tiene que aceptar que Beatriz no lo haya querido, que Florencia es infame, como tendrá que aceptar su destierro y su muerte en Ravena. Tiene que aceptar el mal del mundo al mismo tiempo que tiene que adorar a ese Dios que no entiende.

Hay un personaje que falta en la Comedia y que no podía estar porque hubiera sido demasiado humano. Ese personaje es Jesús. No aparece en la Comedia como aparece en los Evangelios: el humano Jesús de los Evangelios no puede ser la Segunda Persona de la Trinidad que la Comedia exige.

Quiero llegar, por fin, al segundo episodio, que es para mí el más alto de la Comedia. Se encuentra en el canto veintiséis. Es el episodio de Ulises. Yo escribí una vez un artículo titulado «El enigma de Ulises». Lo publiqué, lo perdí después y ahora voy a tratar de reconstruirlo. Creo que es el más enigmático de los episodios de la Comedia y quizá el más intenso, salvo que es muy difícil, tratándose de cumbres, saber cuál es la más alta y la Comedia está hecha de cumbres. Si he elegido la

Comedia para esta primera conferencia es porque soy un hombre de letras y creo que el ápice de la literatura y de las literaturas es la Comedia. Eso no implica que coincida con su teología ni que esté de acuerdo con sus mitologías. Tenemos la mitología cristiana y la pagana barajadas. No se trata de eso. Se trata de que ningún libro me ha deparado emociones estéticas tan intensas. Yo soy un lector hedónico, lo repito; busco emoción en los libros. La Comedia es un libro que todos debemos leer. No hacerlo es privarnos del mejor don que la literatura puede darnos, es entregarnos a un extraño ascetismo. ¿Por qué negarnos la felicidad de leer la Comedia? Además, no se trata de una lectura defícil. Es difícil lo que está detrás de la lectura: las opiniones, las

discusiones; pero el libro es en sí un libro cristalino. Y está el personaje central, Dante, que es quizá el personaje más vívido de la literatura y están los otros personajes. Pero vuelvo al episodio de Ulises.
Llegan a una hoya, creo que es la octava, la de los embaucadores. Hay, en principio, un apóstrofe contra Venecia, de la que se dice que bate sus alas en el cielo y en la tierra y que su nombre se dilata en el infierno. Después ven desde arriba los muchos fuegos y adentro de los fuegos, de las llamas, las almas ocultas de los embaucadores: ocultas, porque procedieron ocultando. Las llamas se mueven y Dante está por caerse. Lo sostiene Virgilio, la palabra de Virgilio. Se habla de quienes están dentro de esas llamas y Virgilio menciona dos altos nombres: el de Ulises y el de Diomedes. Están ahí porque fraguaron juntos la estratagema del caballo de Troya que permitió a los griegos entrar en la ciudad sitiada.

Ahí están Ulises y Diomedes, y Dante quiere conocerlos. Le dice a Virgilio su deseo de hablar con estas dos ilustres sombras antiguas, con esos claros y grandes héroes antiguos. Virgilio aprueba su deseo pero le pide que lo deje hablar a él, ya que se trata de dos griegos soberbios. Es mejor que Dante no hable. Esto ha sido explicado de diversos modos. Torcuato Tasso creía que Virgilio quiso hacerse pasar por Homero. La sospecha es del todo absurda e indigna de Virgilio porque Virgilio cantó a Ulises y a Diomedes y si Dante los conoció fue porque Virgilio se los hizo conocer. Podemos olvidar las hipótesis de que Dante hubiera sido despreciado por ser descendiente de Eneas o por ser un bárbaro, despreciable para los griegos. Virgilio, como Diomedes y Ulises, son un sueño de Dante. Dante está soñándolos, pero los sueña con tal intensidad, de un modo tan vívido, que puede pensar que esos sueños (que no tienen otra voz que la que les da, que no tienen otra forma que la que él les presta) pueden despreciarlo, a él que no es nadie, que no ha escrito aún su Comedia.

Dante ha entrado en el juego, como nosotros entramos: Dante también está embaucado por la Comedia. Piensa: éstos son claros héroes de la Antigüedad y yo no soy nadie, un pobre hombre. ¿Por qué van a hacer caso de lo que yo les diga? Entonces Virgilio les pide que cuenten cómo murieron y habla la voz del invisible Ulises. Ulises no tiene rostro, está dentro de la llama. Aquí llegamos a lo prodigioso, a una leyenda creada por Dante, una leyenda superior a cuanto encierran la

Odisea y la Eneida, o a cuanto encerrará ese otro libro en que aparece Ulises y que se llama Sindibad del Mar (Simbad el Marino), de Las mil y una noches.

La leyenda le fue sugerida a Dante por varios hechos. Tenemos, ante todo, la creencia de que la ciudad de Lisboa había sido fundada por Ulises y la creencia en las Islas Bienaventuradas en el Atlántico. Los celtas creían haber poblado el Atlántico de países fantásticos: por ejemplo, una isla surcada por un río que cruza el firmamento y que está lleno de peces y de naves que no se vuelcan sobre la tierra; por ejemplo, de una isla giratoria de fuego; por ejemplo, de una isla en la que galgos de bronce persiguen a ciervos de plata. De todo esto debe de haber tenido alguna noticia Dante; lo importante es qué hizo con estas leyendas. Originó algo esencialmente noble.
Ulises deja a Penélope y llama a sus compañeros y les dice que aunque son gente vieja y cansada, han atravesado con él miles de peligros; les propone una empresa noble, la empresa de cruzar las Columnas de Hércules y de cruzar el mar, de conocer el hemisferio austral, que, como se creía entonces, era un hemisferio de agua; no se sabía que hubiera nadie allí. Les dice que son hombres, que no son bestias; que han nacido para el coraje, para el conocimiento; que han nacido para conocer y para comprender. Ellos lo siguen y «hacen alas de sus remos»…

Es curioso que esta metáfora se encuentra también en la Odisea, que Dante no pudo conocer. Entonces navegan y dejan atrás a Ceuta y Sevilla, entran por el alto mar abierto y doblan hacia la izquierda. Hacia la izquierda, «sobre la izquierda», significa el mal en la Comedia. Para ascender por el Purgatorio se va por la derecha; para descender por el Infierno, por la izquierda. Es decir, el lado «siniestro» es doble; dos palabras con lo mismo. Luego se nos dice: «en la noche, ve todas las estrellas del otro hemisferio» -nuestro hemisferio, el del Sur, cargado de estrellas-. (Un gran poeta irlandés, Yeats, habla del starladen sky, del «cielo cargado de estrellas». Eso es falso en el hemisferio del Norte, donde hay pocas estrellas comparadas con las del nuestro.)

Navegan durante cinco meses y luego, al fin, ven tierra. Lo que ven es una montaña parda por la distancia, una montaña más alta que ninguna de las que habían visto. Ulises dice que la alegría se cambió en llanto, porque de la tierra sopla un torbellino y la nave se hunde. Esa montaña es la del Purgatorio, según se ve en otro canto. Dante cree que el Purgatorio (Dante simula creer para fines poéticos) es antípoda de la ciudad de Jerusalén.
Bueno, llegamos a este momento terrible y preguntamos por qué ha sido castigado Ulises. Evidentemente no lo fue por la treta del caballo, puesto que el momento culminante de su vida, el que se refiere a Dante y el que se refiere a nosotros, es otro: es esa empresa generosa, denodada, de querer conocer lo vedado, lo imposible. Nos preguntamos por qué tiene tanta fuerza este canto. Antes de contestar, querría recordar un hecho que no ha sido señalado hasta ahora, que yo sepa.

Es el de otro gran libro, un gran poema de nuestro tiempo, el Moby Dick de Herman Melville, que ciertamente conoció la Comedia en la traducción de Longfellow. Tenemos la empresa insensata del mutilado capitán Ahab, que quiere vengarse de la ballena blanca. Al fin la encuentra y la ballena lo hunde, y la gran novela concuerda exactamente con el fin del canto de Dante: el mar se cierra sobre ellos. Melville tuvo que recordar la Comedia en ese punto, aunque prefiero pensar que la leyó, que la asimiló de tal modo que pudo olvidarla literalmente; que la Comedia debió ser parte de él y que luego redescubrió lo que había leído hacía ya muchos años, pero la historia es la misma. Salvo que Ahab no está movido por ímpetu noble sino por deseo de venganza. En cambio, Ulises obra como el más alto de los hombres. Ulises, además, invoca una razón justa, que está relacionada con la inteligencia, y es castigado. ¿A qué debe su carga trágica este episodio? Creo que hay una explicación, la única valedera, y es ésta: Dante sintió que Ulises, de algún modo, era él. No sé si lo sintió de un modo consciente y poco importa. En algún terceto de la Comedia dice que a nadie le está permitido saber cuáles son los juicios de la Providencia. No podemos adelantarnos al juicio de la Providencia, nadie puede saber quién será condenado y quién salvado. Pero él había osado adelantarse, por modo poético, a ese juicio. Nos muestra condenados y nos muestra elegidos. Tenía que saber que al hacer eso corría peligro; no podía ignorar que estaba anticipándose a la indescifrable providencia de Dios.

Por eso el personaje de Ulises tiene la fuerza que tiene, porque Ulises es un espejo de Dante, porque Dante sintió que acaso él merecería ese castigo. Es verdad que él había escrito el poema, pero por sí o por no estaba infringiendo las misteriosas leyes de la noche, de Dios, de la Divinidad.
He llegado al fin. Quiero solamente insistir sobre el hecho de que nadie tiene derecho a privarse de esa felicidad, la Comedia, de leerla de un modo ingenuo. Después vendrán los comentarios, el deseo de saber qué significa cada alusión mitológica, ver cómo Dante tomó un gran verso de Virgilio y acaso lo mejoró traduciéndolo. Al principio debemos leer el libro con fe de niño, abandonarnos a él; después nos acompañará hasta el fin. A mí me ha acompañado durante tantos años, y sé que apenas lo abra mañana encontraré cosas que no he encontrado hasta ahora. Sé que ese libro irá más allá de mi vigilia y de nuestras vigilias.

Jorge Luis Borges

 

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Nápoles 1944 (Norman Lewis)

Con el desembarco de los aliados en Salerno, el 8 de septiembre de 1943 daba comienzo la encarnizada carrera que recorrió toda la península italiana a un ritmo desesperantemente lento y que pretendía amenazar a alemania desde el sur, distrayendo fuerzas para el proyectado ataque al año siguiente a través del Canal de la Mancha.

Al día siguiente, Norman Lewis, oficial del Servicio de Inteligencia británico, adscrito a la Comandancia del Quinto Ejército Americano, pisaba tierra italiana. La misión de su unidad era garantizar la seguridad en la zona de Nápoles, realizar informes sobre sospechosos, prevenir sabotajes, tejer una red de contactos que permitiera obtener información relevante para el curso de la guerra, etc.

Norman Lewis recoge esta experiencia en este libro en forma de diario (Nápoles 1944. Un oficial del Servicio de Inteligencia en el laberinto italiano), que abarca desde septiembre de 1943 hasta octubre de 1944, en el que vuelca todos los recursos que le han dado fama en el campo de la literatura viajera con obras como Viajes por Indonesia o Voces del viejo mar.

Entrando en materia, el contenido del libro resulta descorazonador. Se suele tener la idea de que, según avanzaban las tropas aliadas, los pueblos liberados recuperaban la paz, el orden y la justicia; cesaba de alguna manera el hambre extrema y se restablecían las estructuras del poder (policía, sanidad, educación, …). Lo que pone de manifiesto Norman Lewis es precisamente la situación contraria. El desorden aflora tras la liberación, las mujeres (incluso niñas y niños) deben prostituirse con el fin de lograr un mínimo sustento, el contrabando de material robado del ejército alcanza unos niveles de desvergüenza difícilmente tolerable y las tropas de ocupación apenas hacen otra cosa que mirar para otro lado, aduciendo que se trata de cuestiones internas que deben resolverse por las nuevas autoridades italianas, o tratar de sacar provecho y rentabilizar esta situación.

Norman Lewis comprende demasiado pronto que la mayoría de las denuncias que recibe no responden a motivos fundados, sino más bien a venganzas personales, antiguas rivalidades familiares o incluso a desplantes matrimoniales. Todos parecen querer engañar a los incautos soldados para arrimarles a sus intereses, para lograr sus favores, de manera que el joven oficial adoptará una posición de gran escepticismo, tanto ante las denuncias e informaciones que recibe, como ante la actitud de sus superiores que parecen mostrar empeño sólo en detener a pequeños rateros y estraperlistas dejando en libertad a quienes mueven los hilos.

Lewis tiene asignadas labores de vigilancia en algunos pueblos próximos a Nápoles integrantes de la llamada Zona di Camorra. Es sorprendente comprobar cómo esta mafia ha conseguido incluso que muchos de los soldados americanos destinados a esta campaña sean de origen italiano y que alguno de sus cabecillas haya regresado a la región para reorganizar unos negocios que alcanzan incluso al Gobierno Militar Aliado. La omertà, la complicidad encubierta (en muchos casos forzada por el temor) son el caldo de cultivo idóneo para alentar esta situación.

Este paisaje brutal se acompaña de fiebres tifoideas, brotes de malaria e innumerables enfermedades venéreas a las que una destrozada infraestructura sanitaria no puede oponerse. Hay hospitales en los que el único personal sanitario es una enfermera que, al llegar la noche, regresa a dormir a su casa quedando abandonados los heridos y enfermos hasta que, a la mañana siguiente, se hace el recuento de los que han sobrevivido a la noche. En este contexto, los amuletos, procesiones y anuncios de milagros conforman un retorno a la Edad Media: enfermedad, superstición, hambre y abuso de poder son los ingredientes principales de aquellos días.

Ante la falta de sólidas instituciones que provean de alimentos, ropas y medicamentos a la población civil, ésta debe organizarse (atrapada entre las fuerzas de ocupación y la Camorra) para sobrevivir como pueda. Se cortan y roban cables de cobre, se desguazancoches aparcados en calles céntricas a plena luz del día, se confeccionan abrigos con mantas militares robadas o trajes civiles con uniformes militares despiezados y teñidos en colores oscuros ante la indignación de los mandos militares aliados incapaces de ordenar la vida de estos italianos demasiado acostumbrados a que luchar por su supervivencia tras el gobierno fascista y la ocupación alemana.

En ese contexto de precaria estabilidad se mueven a sus anchas quienes pretenden tomar posiciones de cara al futuro. Por eso, no es de extrañar que parte de la tarea de Lewis, como oficial de inteligencia, sea precisamente la de examinar e informar de la multitud de partidos políticos que se van creando al amparo de la nueva situación política. Vemos a individuos del régimen fascista que pretenden reconvertir su ideología para camuflarla bajo un ropaje democrático. Pero también hay quienes, en el fragor de la contienda y la inevitabilidad de un nuevo momento histórico, recuperan del pasado una organización social más propia del Imperio romano, propugnando el abandono de la civilización, recuperar la túnica y la toga, la vida rural todo ello previa secesión del norte industrial.

Pero no sólo los italianos tratan de salir adelante. Los soldados americanos se benefician de su situación económica para birlar las chicas a los napolitanos empobrecidos, cuando para comprar sus favores. Esta situación llega a ocasionar una pequeña "rebelión" de los jóvenes italianos contra los soldados de ocupación. En ocasiones, estas relaciones se tornan más serias y Lewis se verá obligado a realizar numerosos informes sobre la conveniencia o no de dichos matrimonios. Descubre así cómo la necesidad empuja a las mujeres a los brazos de hombres a los que no aman, pero también ve cómo soldados que sólo se comunican con sus "prometidas" por signos, buscan desesperadamente un modo de olvidar la guerra.

Y es que el ejército no es esa máquina que actúa implacablemente, ajena a los sentimientos. Algunos soldados americanos desertan y se unen con sus armas a grupos de bandoleros italianos que caen sobre pueblos indefensos para saquear a sus pobres habitantes. El "fuego amigo" causa casi tantas bajas como el enemigo alemán y la Justicia Militar es aleatoria y dependiente del humor de un juez que desconoce las costumbres locales.

Sin embargo, el genio de Lewis permite que asome entre sus páginas el pintoresco color de las calles napolitanas, la sabiduría de sus gentes y sus costumbres. Entre sus informadores se cuenta un importante número de abogados y médicos, sin trabajo ni ocupación conocida salvo la de ostentar su título, que no tienen de qué comer y que son los primeros en ofrecerse como versados contactos a las tropas aliadas (probablemente después de haberlo hecho con las alemanas). De ellos, y de las amistades que sabe granjearse, Lewis aprende y llega a comprender y admirar a este pueblo. Elementos como la religiosidad algo pagana, la figura del "tío de Roma" -con funciones similares a la de las plañideras profesionales-, la buena disposición para la conversación relajada o la resignación fruto de la experiencia histórica acaban por ganarse a Lewis que progresivamente se aleja de sus compañeros identificándose con los ocupados. En parte por este motivo, Lewis es trasladado repentinamente a una misión en el Oriente Próximo de la que sabe que ya no regresará a esa Italia ocupada.

Nápoles 1944 es un ejemplo de literatura de alta calidad, más allá de su carácter de libro testimonial de un momento histórico o de libro de viajes, tal y como lo ha catalogado la editorial. El tono de comedia o vodevil acompaña sus páginas desdramatizando la realidad descrita, sin por ello banalizar la guerra, el hambre o la enfermedad. Lewis sabe crear una confrontación pacífica entre sus orígenes anglosajones y la vitalidad meridional y deja clara su preferencia sin condicionar la posición del lector, saliendo indemne del laberinto italiano a que hace alusión el subtítulo de la obra.

Confieso que he leído

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HISTORIAS DE CIENCIA FICCIÓN (Carlos E. Saldivar)

Primer libro de cuentos de este joven escritor y editor peruano, lo que demuestra el auge de la ciencia ficción en América Latina.
Sus cuentos están teñidos de cierto desencanto hacia el destino que le espera a la humanidad, sin embargo no cae en el fatalismo fácil.
Muchos de ellos podrían ser considerados como metáforas de la diferencia. Así pues en volar como los pájaros, una mutación despierta la envidia de los seres "normales" que al detener el poder, imponen restricciones injustas y violentas a los seres alados.
Otros cuentos tiene un tono más filosófico y se preguntan sobre lo que significa ser humano.
Textos que a pesar de su vocabulario casi barroco, se leen fácilmente y que en muchos casos nos hacen reflexionar.

Carlos Enrique Saldivar (Lima, 1982) es bachiller en literatura por la facultad de humanidades de la Universidad Nacional Federico Villareal del Perú. Es co-director de la revista impresa Argonautas de fantasía, misterio y ciencia ficción.

http://revistaargonautas.blogspot.com/

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El problema de la vertebración del Estado en España (Santiago Mu&n

Mientras España se rompe, se va al garete, es vendida en almoneda a los pérfidos catalanes como solución de compromiso a entregársela al Islam (que lleva siglos reclamándola y ahora controla a nuestro Presidente) y sus políticos afilan refrendos estatutarios, recursos al Tribunal Constitucional y presión mediática, una serie de astutos profesores están copando las librerías con obras dedicadas a reflexionar sobre la cuestión con algo más de calma. No pretenden competir con Pío Moa o Gustavo Bueno, estandartes de la literatura españolista de consumo en sus diferentes nichos de mercado (libros para arrojar a la cabeza de Ministros traidores y obras de mesita de la tele para que las visitas sepan que estás generacionalmente desubicado, respectivamente), pero a este paso, como se generalice la cosa, no podemos descartar ninguna posibilidad. Tampoco que empiece a madurar, al fin, en España, un mercado para la literatura dedicada a la reflexión cultivada. Es que desde que se casan los maricones, la verdad, uno ya no se sorprende con casi nada, por inconcebible y pecaminosos que suene.

Imagínense los efectos terribles que algo así podría provocar en el debate territorial español e incluso en la lucha esencialista-identitaria tan cara a todos nosotros. Porque en vez de tirarse los trastos a la cabeza con el 36, nuestros representantes se verían obligados por culpa de la instruida ciudadanía, no sé, a repensar en serio la estructura de España en tanto que Estado, confrontar posiciones y ver quién se llevaba el gato al agua en plan democrático. Sería un cambio notable respecto a las opacas negociaciones con las que en la actualidad se ventilan estas cuestiones, gracias a un texto constitucional que deja todo abierto y a una tradición de negociación basada en el consenso y en minimizar daños que supone un permanente debate y una constante puja por mejorar posiciones competenciales. Vamos, un asco. Y yo tendría que vender en mercadillos para turistas mis banderas autonómico-independentistas por cuatro perras.

La obra de Santiago Muñoz Machado El problema de la vertebración del Estado en España es una excelente muestra de que el peligro, si bien latente, ahí está. Es decir, de que trabajos de mérito, completos, documentados, que aúnan el esfuerzo de explicar de forma general y entendible algunas de las más habitualmente ocultas en jerga especializada claves jurídicas del asunto con el rigor intelectual, existen. Otra cosa es que el debate público los tenga demasiado en cuenta o trasciendan del mundo de los especialistas o de una pequeña minoría interesada en estas cuestiones. Uno, que es optimista con estas cuestiones, cree que la aparición de estudios como el que reseñamos es una excelente noticia precisamente porque alientan la esperanza de que su misma calidad y claridad ayude enormemente a que este proceso de construcción de una cultura nacional se realice un día. Seguro que así será. Y que hasta las masas instruidas en la Guerra Civil del 34 por Pío Moa, en el fondo, contribuirán a ello. Cierto interés, que es el comienzo de todo, ya han demostrado. Algo es algo.

Frente a las muestras de preocupación y el dramatismo que acompaña a las mismas cuando se plañe la ruptura de España, Muñoz Machado se enfrenta al análisis del problema de fondo, las carencias de vertebración de España en tanto que Estado con cierta tranquilidad. Estudia las diferentes causas que pueden haber dado origen a su debilidad estructural y cómo la afirmación de la nación española no ha logrado históricamente superarlas. Lo hace comenzando, de la mano de Ortega, desde la constatación de la existencia de ese problema de vertebración de España que, a diferencia de lo que ocurrió en el resto de grandes naciones europeas, tan agudamente se plantea y del que ya desde principios del siglo XX se ha sido plenamente consciente.

El autor trata de buscar las raíces del caso de autos, para lo cual acomete una revisión de la evolución de la cuestión nacional y de los diferentes y sucesivos (unos más exitosos que otros) intentos conducentes a la creación de un Estado unitario y centralista a lo largo de los últimos trescientos años. Pero más allá de las más habituales indagaciones esencitarias, rayanas en la poesía, se centra en el análisis de los verdaderos esfuerzos de construcción nacional y de afirmación ciudadana, en lo que podríamos llamar, afrancesadamente, chantiers publics de la nation. A fin de cuentas, todo el análisis parte de la base de que un Estado se vertebra a partir de la existencia de objetivos ciudadanos comunes, de buenas infraestructuras, de comercio justo y libre, de derechos y garantías amparados en leyes iguales para todos que sean respetadas, más que en comidas de coco alemanas, rollos fichteanos y demás salidas de tiesto propias del idealismo romántico. Es decir, justamente de todo lo que no tuvo España desde que existe como tal en tanto que Estado moderno.

Se ponga la fecha donde se ponga (sea en 1705, sea en 1802, sea en 1834), España como Estado moderno ha sido un fracaso desde sus orígenes. Y lo ha sido por la incapacidad o incompetencia de las estructuras estatales en afirmarse en la realización de todas esas tareas, en el mejor de los casos. Cuando no, en el peor, por la inexistente voluntad de acometerlas. Lo cual provoca que, en la época histórica en que los pasos del Estado constitucional han de suponer la uniformización de derechos y deberes, en España se consolidan cuando no constituyen situaciones de privilegio absolutamente excepcionales en el marco comparado. Que esos son los polvos de los que vienen los lodos actuales (desvertebración del Estado en España) es evidente: de la no formación de un estado unitario sólido cuando fue el tiempo histórico, en todas partes, de hacerlo (siglo XIX). A partir de ese momento, todo viene mal dado, pues ciertas regiones, sea por mor de tradición histórica y la aspiración a recuperar cotas de autogobierno perdidas, sea por desarrollarse industrialmente en mayor grado y desear contribuir en menor media al esfuerzo de solidaridad nacional, sea por lo que sea, el caso es que no se sienten ni integradas ni cautivadas por un proyecto nacional español que no sabe hacerse atractivo pero tampoco tiene capacidad para imponerse.

No puede ser de otra forma cuando, por lo demás, demuestra poco interés por sus ciudadanos y su mejora, por integrarlos en un proyecto de país, de nación, de mejora colectiva e individual. También esto último me parece un síntoma más de la debilidad, triste y brutal, del Estado español decimonónico. Y, la verdad, no faltan datos de todo tipo que demuestran la indigencia de los esfuerzos estructuradores de la nación española. Basta comparar las tasas, por ejemplo (testigo que a mí particularmente me gusta especialmente porque creo que es de enorme relevancia), de alfabetización a finales de siglo que Muñoz Machado comenta (las tasas de analfabetos en alemania – 5%; Inglaterra – 5%; Francia – 17%; Italia – 50%; España – 70%). Lo dicen todo sobre los resultados de los proyectos nacionales respectivos. Así como dan bastantes pistas sobre la naturaleza e intensidad de los esfuerzos de construcción nacional realizados en cada país.

Nos pongamos como nos pongamos, la España invertebrada mítica existe. Y es consecuencia de severas deficiencias de concepción del proyecto común. No de unos nacionalismos periféricos insolidarios y mendaces. Tampoco de un Estado fortísimo y represor que ha llevado a una reacción como la que tenemos. El problema es más bien que lo que nosotros teníamos en el siglo XIX era poco más que un remedo de Estado, una estuctura con pies de plomo que servía para más o menos garantizar la seguridad y el negocio de los amos del cortijo. Y así no se va a ninguna parte. A ese proyecto tampoco se han sumado nunca con excesivo entusiasmo las elites de los nacionalismos periféricos, que, al revés, han aprovechado su escualidez para consolidar situaciones de privilegio. Lo que pasa es que ¿hasta que punto se puede criticar apurar al máximo un modelo de rapiña y diferenciación?, ¿cómo cuestionar a los que han buscado y cultivado el privilegio, a través de la historia, de la cultura o de la mitología, cuando nada hacía el Estado por igualar y nivelar sino todo lo contrario?

Se ha llegado así hasta finales del siglo XX, culminando un centenio de, por fin, intentos de mejora y regeneración. Podemos incluso incluir algunas políticas de la Restauración entre ellos. Y a la II República. Y las pretensiones de ruptura con el franquismo. Todos ellos sistemáticamente respondidos, saboteados. La historia de España es desde hace un siglo, casi prácticamente en su totalidad, la historia de la reacción. De la reacción de los privilegiados, que en el fondo lo que han boicoteado sistemáticamente ha sido, precisamente, la construcción y afianzamiento de un Estado nacional fuerte. Porque precisamente a estos caciquillos y privilegiados de toda la vida es a los que más ha interesado que España haya sido una filfa de Estado. Que sirviera para mantener el orden público, más o menos y de esa manera, pero poco más. Así se evita que un Estado fuerte dé poder y formación a los menos favorecidos, incremente la justicia y la porosidad social, potencie la meritocracia… todas las medidas en definitiva propias de un Estado que quiere avanzar y fortalecerse y aspira a crear un circulo virtuoso con sus ciudadanos. Es un ejemplo paradigmático a estos efectos la Dictadura del Caudillo y su incapacidad, ni siquiera desde el totalitarismo y la represión, de construir nada sólido. Porque España esta gente no se la toma en serio, en general, como no sea para sabotear. La mítica y fanfarria españolista que acompaña a estas posiciones tiene tanta solidez como los orígenes del vasquismo a la sombra de Jaun Zuría y se explica de forma muy semejante: conservación de rentas y privilegios envueltas en banderas nacionales.

En los ultimos años la historia de España ha sido la de la contemporización exitosa con la reacción, a base de opacidad y de apelaciones al “consenso” que han permitido una especie de democracia otorgada, con grandísimos déficits participativos, pero que ha funcionado medianamente bien. Y que gracias a la entrada en la UE ha diseñado un entramado mínimo que no tiene marcha atrás. Comparado con lo que ha sido nuestra historia reciente, es para estar contentísimos. Si nos ponemos mínimamente exigentes o empezamos a utilizar a naciones desarrolladas como término de comparación, la verdad es que no tanto.

No llega a estos extremos Santiago Muñoz Machado, que hace bien en quedarse en una exposición más informativa y menos militante. Pero profundamente ilustrativa de esa tendencia histórica, desde la II República y la creación de la mano de Azaña de un Estado integral que tratara de acomodar las peticiones, esencialmente, de los nacionalismos vasco y catalán, al actual marco constitucional tan inspirado en ese modelo.

El problema es que tampoco con la Constitución de 1978 se afronta recto y por derecho la cuestión de la vertebración de España. La Carta Magna de la democracia es hija del compromiso y de la negociación entre bastidores, muy al margen de la ciudadanía y de la honradez intelectual de plantear los términos del problema y llegar a una solución, si fuere posible. Por el contrario, la estructura territorial del Estado, como solución de compromiso, queda desconstitucionalizada en la Constitución de 1978, preterida al desarrollo que, dentro de un marco de mínimos, realicen las propias Comunidades Autónomas.

Señala acertadamente Muñoz Machado que nada de los procesos de reforma estatutaria que el siglo XXI está alumbrando (desde el fallido vasco al aprobado tras profunda reformulación para Cataluña) es ajeno a la misma lógica histórica y constitucional española. Tan normal es que las regiones con grandes aspiraciones de autogobierno intenten apurar al máximo las opciones que un texto marco ciertamente vago y poco preciso concede, como que el resto de regiones pasen a continuación a copiar los avances, apelando a la dinámica del agravio comparativo. Esto es, más o menos, lo que ocurre con el actual Estatuto catalán, más allá de algunos excesos o de que su carácter prolijo esté o no justificado por la jurisprudencia dominante del Tribunal Constitucional (generalmente expansiva respecto de las competencias estatales). Tampoco, por otro lado, ha sido presentado desde Cataluña el texto como nada de diferente naturaleza o de aspiraciones mayores a las de, justamente, apurar al máximo lo constitucionalmente posible. El nuevo Estatut es, así, extremadamente consciente del escaso margen para la asimetría que el marco constitucional concede y de los problemas de ordenación que supone el establecimiento (o la aspiración de) de relaciones bilaterales con el Estado.

Conviene por ello situar el análisis de la actual situación en su correcto contexto histórico y jurídico. Y no dramatizar en exceso lo que no es la definitiva ruptura de España sino una muestra más de los problemas que suscita el carácter abierto del Título VIII de la Constitución, tampoco particularmente dramática porque no es en el fondo el Estatuto catalán un texto en desacuerdo con los principios y contenidos que inspiran la ordenación territorial en España. Cuestión distinta, claro, es hasta qué punto, si bien asumiendo que no podrá ser ya desde la uniformidad centralista propia del siglo XIX (pero que también había dejado de ser, entrado el XX, la posible solución tanto aquí como en los países de nuestro entorno), no conviene afrontar de una vez un intento solvente de vertebrar el Estado a partir de la confluencia de intereses y de la puesta en marcha de estructuras sólidas, claras, fijas, que permitan una mejor realización y consecución de afanes, por una vez, verdaderamente comunes.

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