La traducción de la A a la Z (Vicente Fernández González)

La traducción de la A a la Z.

Vicente Fernández González

Editorial Berenice, 2008

De vez en cuando le entra a uno curiosidad por regresara los textos académicos, pero no tanta como para acercarse a los asistencia, viejos mamotretos de prosa polvorienta y pedagogía nula en los que el fin último parecía ser la creación de una jerga que mantuviese fuera a de la disciplina a los no iniciados.

Por eso es un placer, y un alivio, encontrar libros como el de Vicente Fernández, en el que entre el ejemplo, la anécdota y la lección magistral, se detallan los problemas a los que debe enfrentarse el traductor a la hora de verter un texto a una lengua distinta de la que fue concebido.

Compuesto con estructura de diccionario, la inicial por la que empieza cada capítulo supone únicamente un atajo mental que nos lleva a los ejemplos, abundantes en toda la obra, o a dilemas de índole semántica, política o hasta ética con que se encuentra el traductor, pues mientras lo escrito, sobre todo lo antiguo, permanece inalterable, no sucede así con las sociedades ni tampoco en el significado de las palabras.

La traducción, para Vicente Fernández, es un poco como el análisis de un virus que muta en cada generación, pero al que es forzoso encontrarle un patrón para no perderle el rastro y que se vuelva incontrolable. Los ejemplos, algunos jurídicos e incluso más cercanos a la picaresca que a la literatura, avalan esta tesis. El traductor ya no es el traidor del aserto clásico, sino un analista que debe buscar la esencia de lo que el autor pretendía transmitir, y para ello debe especializarse en toda clase de serpentines y alambiques.

Este libro demuestra que, cuando hay voluntad para ello, se puede ser riguroso y ameno a la vez. Se puede, al mismo tiempo, satisfacer las expectativas del que busca un texto especializado y del lector curioso que sólo trata de acercarse a una especialidad siempre atractiva, poblada de laberintos y celadas, como una buena partida de ajedrez.

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Guapa de cara (Rafael Reig)

Una escritora de novelas infantiles es asesinada por unos sicarios que buscan un paquete. Ella, post-mortem, va recordando los momentos anteriores al crimen, avatares de su vida a la vez que sigue las investigaciones sobre su propia muerte violenta, llevada por el inspector Clot. Todo ello en el marco de una historia alternativa en la que España pertenece a los Estados Unidos de América, el idioma oficial es el anglo, el petróleo hace tiempo que se terminó, y Madrid está surcada por canales.

Una novela curiosa dentro del panorama rabiosamente realista de la literatura española contemporánea, que resulta casi una rareza. Ya de partida, el hecho de estar ambientada en un Madrid imaginario, con una historia alternativa, le da cierto toque excéntrico, aunque en algunos casos un poco tópico: los típicos lugares prohibidos por la autoridad donde vagan drogadictos que se toman ciertas ampollas verdes, etc.

También resulta llamativa la protagonista, que está muerta casi desde las primeras líneas. Así pues, la historia está narrada en primera persona por esa protagonista fantasmal, a la que acompaña, para mayor inri, una de las criaturas imaginarias surgidas de su pluma, un niño repelente y libidinoso, bastante desagradable.

El personaje principal, la escritora, hace reflexiones sobre su vida, juventud, amores, su matrimonio, su trabajo, etc, tanto en tiempo real (asiste a su entierro, a su autopsia, que es descrita con detalle, a la pena de sus padres, etc), como a través de varios flashbacks donde recuerda a su primer novio, la clínica psiquiatrita de su padre, etc. Eso produce escenas bastante surrealistas y humorísticas. El autor no teme tampoco entrar en lo políticamente incorrecto, con una relación sexual entre el fantasma de la difunta y su creación, el niño repelente.

El título hace alusión al hecho de la que protagonista, gordita, según se nos la describe, siempre recibe de los demás el mismo halago: “es guapa de cara”, para no hacer mención al resto del cuerpo.

Uno de los temas de la novela es el de la ciencia aplicada a la lucha contra las limitaciones corporales, en especial, la muerte, tanto en el sentido de que la narradora está muerta, como también en el fondo del misterio.

De todas formas, y a pesar de su carácter “rompedor” y el deseo de hacer algo diferente, los elementos que componen la novela no están muy bien trabados.

Por un lado, los recuerdos de la protagonista son demasiado “serios”. Quiero decir que parece una novela de las “mainstream”, y no una novela de género negro al uso. La investigación criminal es casi anecdótica y los personajes que intervienen en ella, como el inspector Clot, no están suficientemente definidos.

Así pues, no satisface ni como novela policial ni como novela de “personaje”, aunque en este último aspecto está más lograda. También hay cierta crítica o ironía u homenaje a los progres de los años 60 y 70 y todos esos sueños frustrados de revolución, etc, etc, algo que sí es bastante típico dentro de la literatura española. Las canciones de la época dorada del pop español (Los Secretos, etc) están muy presentes a lo largo del texto, y dan un toque nostálgico. De todas formas, no me ha agradado mucho.

El autor alcanzó un gran éxito con su anterior novela “Sangre a Borbotones”, que tenía lugar en el mismo mundo imaginario.

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La feria del progreso (Gabriel Zaid)

La feria del progreso es un libro que recoge el trabajo ensayístico del intelectual mexicano Gabriel Zaid. Como buen intelectual a la antigua usanza, Zaíd asiste a todos los palos y habla de muchos temas muy diferentes. Eso sí, siempre emitiendo opiniones argumentadas, contrastadas y basadas en datos. Bueno, muchas veces, las páginas de este libro son también terreno expedito para la ironía y la sana sonrisa para con el género humano.

El libro está dividido en seis partes. Casi todas ellas están dedicadas a la literatura, al arte de leer, a la corrupción editorial o a la ágrafa sociedad actual. Pero también dedica una parte a ensayos variados y otra llamada “El progreso improductivo”, a hablar de economía. No voy a hacer un análisis pormenorizado de esta parte porque me resultó bastante densa y farragosa. En parte debido a mi ignorancia, en parte a que las circunstancias descritas en el libro ya son pasto del pasado en México y en parte a que el propio Zaíd no supo hacerme entender sus ideas. (No iba a tener yo toda la culpa, oigan). De todas formas, es una parte pequeñita del libro que no hace desmerecer al conjunto.

Ya los títulos de las distintas secciones son bonitos, sugerentes, evocadores e incluso misteriosos: “La máquina de cantar”, “Los demasiados libros” o “Cómo leer en bicicleta”. Estos títulos revelan algo acerca del conjunto de artículos o ensayitos que acogen: y es la capacidad que éstos tienen para iluminar partes ocultas de temas manidos, para hacernos adoptar nuevas perspectivas sobre temas que, de tan sobados, ya teníamos arrinconados en la carpeta de lo asumido. Gabriel Zaid plantea, a cada página, un reto al lector, un desafío a romper con lo convencional, con las firmes asideras del pensamiento común; Zaid nos pide que caminemos solos y para ello, nos muestra cuántas de nuestras ideas son lo que los franceses llaman “idées reçues” (ideas recibidas) y a lo que nosotros decimos prejuicios.

“La máquina de cantar” aborda los temas de la escritura automática, la posibilidad de crear máquinas capaces de mezclar palabras que constituyan canciones; la posibilidad de conseguir una máquina que fabrique sonetos. Esto ya lo planteó el sabio Juan de Mairena y aún así se hizo realidad. Zaid plantea un sistema lógico que será capaz de escribir y ordenar todos los sonetos del mundo, por ejemplo, al mendeveliano modo. De las distintas aberraciones que surgen de las máquinas fabricadas y concebidas por distintos gurús de la literatura, Zaid pasa a hacer una defensa de la lectura personal, de lo que él llama una “lectura concreta”, que obedece a ciertas necesidades y es capaz de dar significados no mecánicos a lo escrito. “La literatura, dice Zaid, es el medio abstracto de alcanzarse a uno mismo como concreto”. Esto, parece lo mismo que “lo universal concreto” hegeliano, ¿verdad? Zaid une los actos de escritura y lectura y no los quiere disociar. Y es que, efectivamente, fundirse en lo literario, hallarse a uno mismo en lo concreto no es más que verse maravillosamente bien expresado en una obra de otro. Por eso las obras literarias son antorchas que nos iluminan el camino y también las causas de que caminemos. Nos hacen conocernos mejor y nos aportan la reconfortante sensación de que no estamos solos, puesto que hay quien es capaz de expresar lo que yo siento tal y como yo lo siento. Así, dice Zaid, “una de las más válidas razones para escribir es poder leer algo que uno necesitaba leer”. La verdad es que me parece una idea bastante cierta: escribimos para expresarnos porque no hemos encontrado la expresión exacta de lo que nos sucede en otros. (Y a veces, dice Zaid, se escriben cosas anodinas, poco interesantes y poco literarias, precisamente porque se ha leído poco y no se sabe que lo nuestro, lo que nos abre las carnes ya está expresado excelsamente en Dostoievski o en Flaubert).

Otra de las grandes ideas de Zaid en esta primera parte del libro habla de la naturaleza creadora de la literatura. Y es que cuando dudamos desesperadamente, ¿no pensamos siempre en Hamlet? Cuando acometemos hazañas en pos de un sentimiento anacrónico, ¿no nos acordamos de Alonso Quijano? Dice Zaid que la duda hamletiana o la noche oscura del alma son cosas que cobraron existencia con su verbalización, que fueron creadas e incorporadas a la naturaleza y por lo tanto, han pasado a formar parte del acervo humano.

En “Leer poesía”, Zaid aborda aspectos de eso tan controvertido que es “la lectura de poemas”. Y es que… ¿cuánta gente dice que no lee poesía porque no la entiende o porque no le transmite nada o porque le aburre? Para Zaid sólo hay una solución: la única manera de leer poesía es embarcándose. En esta parte del libro, el autor no se adentra sesudamente en los recovecos de lo que significa o deja de significar tener una experiencia poética al timón de un poema, sino que coge tres o cuatro versos que a él le encantan y nos los lee y nos enseña lo que ha encontrado en ellos, y se deja llevar por la corriente de belleza, y simplemente, al final, grita: ¡qué hermoso! Y a uno le quedan ganas de saber leer como él.

Resulta curioso el artículo “Un gato cruza el puente de la luna”, en el que se ofrecen diversas interpretaciones de distintos lectores sobre este verso de Octavio Paz. En el ensayo “Dicho sea con temor”, Zaid parte de la perogrullada: “Los textos de poesía… son más breves que los de prosa”, para demostrarnos que ni siquiera obviedades como ésta están exploradas a fondo y que, alguien como él, es capaz de decir muchas cosas nuevas acerca de la poesía partiendo de esta frase. Y efectivamente, la narrativa se mueve en espacios más amplios, abarca más, la poesía (e incluso el poema en prosa) ha de ser capaz de soltar el resplandor en un espacio más acotado, en un texto más breve, en definitiva, en un número muchísimo menor de sílabas. “La riqueza del poema es como la riqueza del dibujo: dibujar es omitir”. ¿Se puede prosificar un poema? Sí, claro, cómo no, se puede contar en prosa lo que viene dado en un poema. Imaginemos que en vez de “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/que al cielo acongojas con tu lanza” alguien dice: en el centro de un claustro de piedra surge un ciprés tan natural y tan alto que parece que está pinchando el cielo. Pero no es la misma verdad la que opera en ambos casos. Los versos de Gerardo Diego son una verdad que depende del número de palabras que la expresan. Y ahí está la magia de la poesía. Parece casi un misterio pitagórico. Los siguientes ensayos de esta parte son lecturas de Zaid, desde “los azules que se caen de morados” hasta un soneto de Manuel Ponce. En este sentido, Zaid nos aporta su maleta llena de libros y nos deja conocer nuevos autores, pero además, nos da las claves para aprender a leer como él.

“Los demasiados libros” se mete con los libros en tanto objetos físicos. El primer ensayo de este grupito se llama “La superación tecnológica del libro” y es una defensa absoluta de la superioridad tecnológica del libro frente a otros soportes. Aporta los siguientes argumentos: 1. Los libros pueden ser hojeados. 2. Un libro se lee al paso que marca el lector. 3. Los libros son portátiles. 4. Los libros no requieren cita previa (lo abres cuando quieres). 5. Los libros son baratos. 6. Los libros permiten mayor variedad (a diferencia de los programas de televisión). Son todas ellas razones, que de tan obvias, quizás ni siquiera habíamos pensado. En otro ensayo aborda los porqués de que se lea tan poco, preocupación anual de nuestros ministerios.

En este grupo de artículos, Zaid también hace reflexiones muy certeras sobre la infinitud de libros editados, sobre las bibliotecas personales como “proyectos de lectura” y sobre el ansia de escribir pero no de leer. El artículo “La oferta y la demanda de la poesía” me llamó mucho la atención porque pone ejemplos de revistas que tienen la oferta de publicar poemas de un suscriptor que compre cuando menos cinco libros al año (por ejemplo). Dice, por ejemplo, que Plougshares “recibe 16.000 textos al año de unas 6.000 personas, de las cuales ni 200 están suscritas a la revista”. Por lo visto, si todos los que quieren escribir en la revista mencionada comprasen la revista, ésta triplicaría sus ventas. Es decir, que hay mucha gente que lo que quiere es escribir, no leer. Pero si todos queremos escribir y no leer, entonces, ¿quién leerá lo que escribimos? “Si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto”. La solución que da Zaid para evitar esta proliferación de autores que no leen (que como hemos visto antes, hace que se escriba mucho texto inválido), es que el que quiera escribir demuestre que ha leído: por cada 1000 libros leídos, te daremos un cupón que vale por la publicación de un poema tuyo. O algo así. La solución que la sociedad moderna ha encontrado es otra. Seguro que sabéis cuál es… (hay premio, un cupón en blogs.ya.com, por ejemplo jeje).

Otra cosa que molesta a Zaid del mundo de los “demasiados libros” es la absurda necesidad que sienten algunos del show off, de presumir, de fardar de lector, de ir por ahí presumiendo de lo mucho que se lee: ”Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África”. En realidad, esto no tiene ningún sentido, dice Zaid, dada la inmensa cantidad de libros que existen y que se publican cada año, no importa si uno ha leído todos los libros. Lo que importa es otra cosa:

”Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calla y la nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente más reales”.

La última parte dedicada al viaje de la literatura es “Cómo leer en bicicleta”, un batiburrillo de artículos más socarrones, más cínicos, destinados a destapar algunos convencionalismos que están asentados como matronas en nuestro pensamiento acerca de las letras. Se ríe de los críticos literarios, de los premios, de las ansias de publicación, del malditismo afectado de los poetas de ahora y de tantas otra dolencias de nuestros (i)letrados corazoncitos.

Personalmente, leo ese anuncio de “País sumamente importante de ejemplar y brillante subdesarrollo con una literatura en plena expansión al mercado internacional solicita crítico literario ideal” y, qué quieren, me ruborizo toda y me arrepiento de haber estado profanando y lapidando las ideas de Zaid con este texto…

PD. Esta reseñita también va con dedicatoria: para Seven, Don Mario y Oscar Cid, que para mí, le ponen la letra al México de Zaíd y que yo no conozco. Y, sin lugar a dudas, mis tres mexicanos favoritos 🙂

Cristina Núñez Pereira

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Historia abreviada de la literatura portátil (Enrique Vila-Matas)

Os dejo aquí mi reseña del intercambio de reseñas por si no habéis podido "disfrutar" de ella (jejeje…) Otis, deberías hacer lo mismo con la tuya, no se le haya traspapelado a algún(alguna) fan!

¿Estás soltero? ¿Tienes un espíritu innovador y una sexualidad extrema? ¿Careces de grandes propósitos? ¿Eres un nómada infatigable? ¿Convives de manera tensa con tu doble? ¿Eres un artista de la insolencia? ¿Sientes simpatía por la negritud? ¿Tu obra artística es ligera y puede transportarse fácilmente? Bienvenido entonces, a la historia de la literatura portátil: eres un shandy.

La conspiración shandy o sociedad secreta de la literatura portátil se fundó en 1924 y se disolvió tres años después. Agrupó a artistas de lo más variado: César Vallejo, Rita Malú, Berta Bocado, Georgia O\’Keefe, Scott Fitzgerald, Marcel Duchamp, Alberto Picabia o Alistair Crowley. Todos cumplían los requisitos expuestos más arriba. ¿A qué se dedicaban? La nada era su objetivo, el camino era la meta, el esfuerzo, inútil. Así es eran estos artistas “amantes de la escritura cuando ésta se convierte en la experiencia más divertida y también la más radical.”

Con todos los visos formales de verdad que ha sido capaz de reunir, nos presenta Vila-Matas en historia abreviada de la literatura portátil este movimiento literario de principios del siglo XX. Nos aporta incluso, el dato exactísimo de su fundación y de su disolución: el 27 de julio de 1924 en Port Actif (en francés, muy semejante a portatif: portátil ) y 1927, en el Ateneo de Sevilla, respectivamente. Con esto ya comienzan los guiños al lector: las intertextualidades (va por ti, Joe Kozinski), el dialogismo exquisito: Vila-Matas pone a charlar a toda una panoplia de literatos de países, intereses y técnicas diferentes en ambientes totalmente surrealistas y ficticios. Luego veremos, además, cómo consigue él inmiscuirse en esta conversación ajena.

Otro de los recursos que utiliza Vila-Matas en este libro es explotar la capacidad simbólica del hombre: la suya propia, al atribuir los significados que a él le interesan para su construcción a multitud de textos; por otra parte, explota la de los shandys, dejándoles que unos y otros se atribuyan significados en una suerte de doble conversación: la real y la interpretada. Por otra parte, apela a nuestra propia capacidad de atribuir significados para multiplicar aún más el sentido del texto. Lo que resulta es, pues, un delirante espectáculo formado por la yuxtaposición de textos, metatextos e interpretaciones.

Quiero leer también en este libro una crítica ironiquísima a la hermenéutica y las interpretaciones “ad hoc”, a la necesidad de interpretar, de atribuir sentido. Es lo mismo que critica Susan Sontag en Contra la Interpretación, pero Vila-Matas se sirve de la propia literatura. Vila-Matas viene a decir (calladamente, porque esto no nos lo cuenta, sino que lo viene a dar a entender) que el trabajo sistematizador de la crítica literaria es inútil o es absurdo. Y es que no se imaginan ustedes cómo nació la literatura portátil:

“gracias a la definición de la sexualidad extrema por parte de una mujer fatal se hizo realidad el movimiento del mundo de los portátiles: un universo que fue hijo del equívoco y de la casualidad”.

Leer el equívoco merece la pena.

El libro comienza con la gestación del movimiento shandy, gracias a confusiones, interpretaciones erróneas y casualidades (¡¿cómo se puede sistematizar esto?!); luego continúa trazando una breve cronología de este movimiento. En esta historia mezcla determinados lugares típicamente “literarios”, por ejemplo, Praga; con algunas características que se asocian al prototipo del escritor extremo, por ejemplo, el suicidio; a esto añade hechos típicamente shandys, minimalistas: una fiesta en Viena en casa de un shandy, Littbarski, que fingía continuamente estar celebrando fiestas; las apariciones sucesivas de “odradeks” o dobles oscuros de los escritores, shandys; las reuniones en el submarino del príncipe Mdivani o el fin del shandysmo en Sevilla, que tiene lugar, precisamente, cuando Aleister Crowley desenmascaró la sociedad, haciéndola pública y por lo tanto, destruyéndola.

El texto es delirante. Vila-Matas deja hablar a los personajes a través de sus textos, interpreta textos como le conviene, sistematiza acciones absurdas o irremediables para poder configurar el movimiento haciendo que las acciones se adapten a las características que él mismo ha decidido atribuirles… pero además, Vila-Matas ha conseguido construir una novela divertidísima, surrealista casi, en la que hechos absolutamente imposibles, inverosímiles, tienen perfecta cabida, y se convierten casi en totalmente necesarios para el desarrollo de la historia. La historia de cuatro locos que llevan sus obras de arte en una maleta y viajan sin rumbo por el placer de viajar, de portar su obra. El encuentro de Berta Bocado con Andrei Biely está lleno de emoción, así como los encuentros y desencuentros de Jacques Rigaut con la muerte o el desenlace en Sevilla…

Esta novela-ensayo ficticio constituye un texto muy típico de su autor, que siempre se ha interesado por las muñecas rusas: la capacidad de encajar textos en textos, historias en historias, personajes dentro de personajes. Vila-Matas busca la manera de extender su novela más allá de las 122 páginas que él ha escrito: con ella nos regala también las llaves al mundo shandy y no shandy al mundo de la crítica literaria y de la espontaneidad lectora, al mundo de la percepción y de la interpretación y nos deja libres para leer en esta novela cuantas novelas queramos.

¿Y cómo se cuela Vila-Matas en toda esta historia? ¿Quién nos cuenta la historia de la literatura portátil cuando todos sus miembros ya han iniciado una diáspora y han decidido cambiar de vida y de estilo, alejándose física y espiritualmente del movimiento portátil, fingiendo haber participado de él jamás? Siempre tiene que haber un “último shandy”, alguien “para quien su libro es otro espacio donde pasear”… Y ese puede ser el propio Enrique Vila-Matas. O puedes ser tú.

Cristina Núñez Pereira 

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Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas)

El gran Otis B. Driftwood (no sé cuántos de ustedes se habrán percatado de que el enlace a la página de Otis está mal. Ya lo he arreglado. Mil disculpas por las molestias!) y yo nos entrecruzamos lectoramente y leímos dos libros diferentes de Vila-Matas a la vez. De ahí que decidiéramos entrecruzarnos también las reseñas… He aquí la que Otis escribió sobre Bartleby y compañía y con la que me hace el honor (y a vosotros como lectores) de participar en mi saloncito. Os dejo con él:

Reseña literaria: Bartleby y Compañía
Enrique Vila-Matas, Barcelona, 2000
Ed. Anagrama (Colección Quinteto)

La vanidad y la modestia. La pérdida de fe, la falta de convicción o la reafirmación en ella. La pereza y la desidia con todos sus grados intermedios o la hiperactividad. Razones todas ellas, contradictorias algunas, que pueden llevar a un escritor a sufrir el síndrome de Bartleby.

Bartleby es un personaje de un relato de Hermann Melville, un oficinista que es el paradigma del “no hacer”. Ese personaje o, mejor dicho, su carácter, es el que toma Vila-Matas para explicar un síndrome que afecta a los escritores que deciden dejar de escribir por cualquiera de las razones enumeradas arriba, o por ninguna de ellas en particular. En sus pequeñísimos capítulos, estructurados como si fuera un compendio de notas a pie de página, el autor nos va presentando a diversos autores, algunos casi míticos y otros completos desconocidos, explicándonos por qué unos dejaron la literatura (o, más bien, la negaron, y de ahí la expresión “literatura del NO”) y por qué otros, con mucho potencial, jamás publicaron nada. Así, durante las doscientas páginas viajamos desde Arthur Rimbaud hasta Juan Ramón Jiménez, pasando por gente que nunca escribió como Joseph Joubert e incluso personajes de ficción que representan extremos dentro de la literatura del NO, como Paranoico Pérez, convencido de que Saramago es un plagiario de sus ideas y que por eso no escribe, para que no se las robe.

Dentro de su estilo ligero y un puntito (o puntazo) surrealista, Vila-Matas se intercala a sí mismo como personaje dentro de este ¿ensayo? postulándose como escritor del NO, colocando a un filósofo, Derain, como contrapunto humorístico que le confirma o le revienta sus tesis e hipótesis literarias por un módico precio y que sirve de puente para definir distintas formas de analizar a estos escritores. Con afirmaciones sorprendentes como la que se refiere a los suicidas (que no cuento para no reventar la sorpresa), nos va asociando a cada escritor con cada excusa para no escribir, bien sean éstas explícitas (verdaderas o falsas), bien haya motivos implícitos (igualmente falsos o verdaderos).

Lo primero que se le pasa por la cabeza al lector cuando se sumerge en este libro – que, como es habitual en su autor, es áspero para comenzar y mucho más fluido una vez dentro – es una pregunta: “¿Seré un escritor del NO? ¿Seré acaso un Bartleby, maestro?” Para mí es la genialidad que tiene, el remover las entrañas de quien lee para hacerle pensar en la posibilidad de escribir, y mucho mejor, de dejar de escribir. Pues si Wilde decía que lo mejor es que hablen de uno aunque sea mal, Vila-Matas afirma indirectamente que lo máximo a lo que aspira un escritor es a que hablen de él por dejar de escribir, o incluso sin haber escrito nada.

En este sentido creo que todo lector es, en cierta medida, un escritor que no escribe. Conozco muy poca gente a la que, cuando les digo que voy a escribir una novela, no se paren en ese momento a pensar detenidamente en la suya propia. Son apenas unos segundos de silencio que resultan más elocuentes que cualquier conversación sobre libros. Y la experiencia – propia y ajena – me dice que somos más francos, abiertos y sinceros cuando nos enfrentamos a nuestras propias ideas puestas en el papel. Quizás por eso tengamos tanto miedo a escribir. No porque los demás se rían de lo que escribimos, sino porque nosotros mismos no seamos capaces de reírnos de ello. El mundo está plagado de futuros escritores del NO. Y sospecho que Vila-Matas pensó en ellos al escribir este libro. Y es que es un libro que merece la pena releer, aunque cueste entrar en él. Es de los que se te quedan dando vueltas en la cabeza, como cuando estamos un rato viendo cómo centrifuga la lavadora sin saber por qué. En definitiva, perfecto para cualquier especie de Bartleby que pulule por la Tierra. Y casi habría una por cada ser humano.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200505.htm

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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