EL AZAR DE LAS LECTURAS (Rafael Fauquié)

Leer es acercarnos a lo escrito por otros. Es percibir el mundo a través de los ojos y la palabra de otros. Los instantes vividos por cada escritor, se vuelcan sobre páginas abarrotadas con signos sujetos a la comprensión de la lectura. Los libros hablan y, al leerlos, también los escuchamos. Para que nuestras lecturas signifiquen y se integren a nuestra experiencia, tienen que comenzar por hacerse diálogo. Leer es dialogar: comunicación entre las razones del libro y las nuestras; encuentro de palabras y perspectivas: las del lector y las del escritor. Dialogar es, también, responder. Al leer respondo a eso que otro me dice. Mi diálogo con el libro es, sobre todo, mi respuesta a él. Hablar con los libros es hacer de ellos algo real; descubrir influencias que incorporamos al espacio de nuestras propias experiencias. Existen libros que añaden en nosotros imágenes, rostros, escenas y acciones que quizá nunca llegarán a abandonarnos del todo. Libros que nos guían, que nos señalan opciones a las que acogernos, inconscientemente, sin darnos cuenta, acaso, de que ellos están escribiendo una suerte de subrepticio guión para muchos de nuestros pasos. A través de los libros, podemos identificarnos con gestos y respuestas que nos sentimos capaces de asumir, modelos en los que podemos reconocernos.

 

Con algunos libros nos identificamos. Y conversamos con esas palabras que llegan hasta nosotros y convertimos en parte de nuestro repertorio de palabras. Como cualquier experiencia de comprensión, la lectura amplía o modifica nuestros horizontes, contribuyendo a conformar un personal mapa del universo, cartografía o diseño ético en el que orientar muchos de nuestros recorridos.

 

El aprendizaje de la lectura llega lentamente, en un largo proceso relacionado con nuestras vivencias y con el desarrollo de un gusto. A medida que el tiempo avanza sobre nosotros, vamos haciéndonos más selectivos con autores y textos. Apenas algunos autores y apenas algunos libros llegan a conformar ese pequeño círculo de lecturas que el tiempo estrechará en torno nuestro. Y nos volvemos más reacios a permitir que otros textos entren a formar parte de ese grupo de títulos imprescindibles. En su libro De lecturas y algo del mundoCONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftnref1\»>*, dice Alvaro Mutis “El encuentro con ciertos autores significa siempre una esquina decisiva, un crucero fatal que ha de cambiar la vida y marcarnos para siempre. La importancia que dichos nombres puedan tener para nosotros depende de los secretos hilos que mueven nuestro destino, nuestros terrores y nuestros sueños y que, en un momento determinado, son los mismos que mueven al autor que nos deslumbra”.

 

     Lo que leemos y lo que esperamos leer, lo que nos interesa y lo que no, lo que aprendemos y lo que decidimos ignorar se relacionan. Leer es un leer a nuestro modo, un leer entre líneas, un distinguir más allá o más acá de eso que el libro dice. En toda lectura existen espacios de libertad, superficies en blanco que nuestra imaginación, inteligencia o sensibilidad, se encargarán de completar.

 

     De muchas maneras, los libros nos escogen: se encuentran con nosotros en una especie de aventura señalada por el azar. Leemos, apenas, una ínfima parte de cuanto ha sido escrito. Una ridículamente minúscula fracción de cuanto otros escriben y escribieron llega hasta nosotros. El azar de la lectura es, de muchas maneras, el azar de los fortuitos encuentros.

 

Los libros de un autor, más que parecerse entre sí, se aproximan en sus diferencias para terminar por expresar entonaciones y ritmos semejantes. Quizá la mejor manera de entender eso que otro dice sea leyéndolo. Extraordinaria y genuina comunicación, la lectura es diálogo entre dos seres; una peculiar forma de conocer y compartir. La lectura, a diferencia de la conversación, del intercambio verbal, no se contamina con despropósitos, contradicciones o apabullamientos. Leer es un conversar tal vez más perdurable que cualquier plática. Ese ser que leemos puede hacérsenos, a través de la lectura de sus palabras, extraordinariamente cercano y confidente.

 

Leer entraña siempre la presencia del silencio. En medio de éste, escuchamos y contemplamos razones ajenas. En silencio se nos muestran esas verdades que nuestros ojos escuchan. En silencio aprendemos a escuchar las palabras que miramos y que nos miran.

 

Los autores con los que llegamos a identificarnos, suelen ser descubrimientos que comenzaron por producir en nosotros una reacción de desconcierto. Leemos, releemos y volvemos a releer esas páginas que coinciden con nosotros. Coincidir con un autor es mucho más que preferir un estilo de escritura, significa descubrir en ese autor actitudes y propósitos con los que podemos llegar a asociar la literatura misma.

 

Este es un libro abierto, un libro que podría hacerse interminable. Texto de lecturas cuya conclusión estuvo dictada, sobre todo, por la paciencia. Casi cabalísticamente, decidí redondear en veinte el número de esas lecturas. Algunos de los escritores leídos me han acompañado a lo largo de muchos años. Otros, por el contrario, son descubrimientos muy recientes y mi conocimiento de su obra se limita, apenas, al texto reseñado. Pero, de alguna manera, todos evocan para mí imágenes similares ante el hecho literario. Se relacionan entre sí a través de ciertas opciones: de vida, de escritura. Opciones en correspondencia con mis propias opciones; acercamiento a propósitos existenciales y literarios que, personalmente, comparto. Todas las lecturas fueron, así, guiándose por una especie de proyecto personal: servirme de ellas, de sus expresiones, de sus temas; hacer de éstos una referencia útil, suerte de ejemplaridad necesaria y sustentadora.

 

     Todos los escritores leídos son ensayistas, pensadores; o si no, si, como en el caso de Rilke, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, son poetas o novelistas, entonces fueron leídos en función, principalmente, a su palabra argumentativa, memorizadora. Palabra que opina sobre la vida y la escritura, que razona a partir de ellas; vida reflejada en la escritura y escritura reflejada por la vida.

 

Destaco en mis comentarios cierta noción que doy en llamar “escritura del camino”; esto es: palabra en muy directo contacto con la existencia que la alimenta, compañera cercana a experiencias y recuerdos; expresión que, casi confidencialmente, memoriza y argumenta. En su libro Claros del bosque, dice María Zambrano: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira … no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido”. La escritura del camino podría entenderse como una recreación de esos “claros” que vamos descubriendo a medida que avanzamos por nuestros recorridos; también una manera de identificarlos o justificarlos.

 

El desvanecimiento de un ser que vive contrasta con la articulación de ese mismo ser que escribe. La  experiencia del hombre, vaga, contradictoria, puede reflejarse en la plena coherencia de la página escrita. La vida casi nunca es predecible, la escritura sí lo es. La vida no es siempre coherente, la escritura suele serlo, o debería serlo. La vida no da segundas oportunidades. ¿La escritura lo hace? La vida tiene, a veces, el propósito que nosotros le damos; algo que siempre sucede con la escritura, que depende por entero de nuestras decisiones. La escritura no escapa a nuestras manos. La vida suele hacerlo. Tratamos, tal vez, de vivir de la misma manera en que escribimos: trazando conscientemente ciertos signos en los que creemos encarnar o en los que nos gustaría ser reconocidos.


CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftn1\»>* Bogotá, Planeta colombiana, 1999

 

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Beda el venerable

San Beda el Venerable

Beda escribió en latín, pero la historia de la literatura anglosajona no puede prescindir de su nombre. Beda y Alfredo el Grande fueron los varones más ilustres que produjo la Inglaterra germánica. Su fama trascendió por Europa; en el cuarto cielo, Dante vio en el sol, y más luminosos que el sol, a doce espíritus ardientes que formaban una corona en el aire; uno de ellos era Beda el historiador (Paradiso, X).
 Beda (673-735) representa, según Maurice de Wulf, la cultura céltica de los monasterios irlandeses del siglo VII. En efecto, sus maestros fueron los monjes irlandeses del monasterio de Jarrow.
 El calificativo de venerable ha conferido a Beda, en ciertos libros medievales, una falsa longevidad; verosímilmente, murió a los sesenta y tres años. Se dice que venerable era un título dado en su tiempo a todos los sacerdotes. Una leyenda cuenta que un monje quiso escribir el epitafio de Beda, y no pudiendo terminar el primer verso:
 
 Hac sunt in fossa Bedae… ossa,
 
decidió acostarse. Al despertar, vio que una mano desconocida -sin duda, la de un ángel- había intercalado durante la noche la palabra venerabilis.
 Nació en las tierras del monasterio de San Pablo, en Jarrow, que está en el norte de Inglaterra. A los cincuenta y nueve años escribió: «Toda mi vida la he pasado en este monasterio, consagrado al estudio de la Biblia y, entre la observación de la disciplina monástica y la diaria tarea de cantar durante los oficios, mi deleite ha sido aprender, enseñar y escribir.»
 Dejó un tratado de métrica, una historia natural basada en la obra de Plinio, una cronología universal de la era cristiana, un martirologio, biografías de los abades de Jarrow y la famosa Historia Eclesiástica de la Nación Inglesa (Historia ecclesiastica gentis Anglorum), en cinco libros. Todo ello en latín, así como copiosos comentarios e interpretaciones de la Escritura según el método alegórico. Escribió himnos y epigramas latinos y un libro de ortografía. Versificó también en aglosajón y ha dejado unos versos, que murmuró en su lecho de muerte, sobre la vanidad de los conocimientos humanos. Supo el griego y el hebreo «todo lo que pudieron enseñarle las obras de Jetónimor». Un amigo suyo escribió que era doctus in nostris carminibus, versado en la poesía vernácula. En su Historia Eclesiástica, narra la conversión de Edwin, el sueño de Caedmon, y recoge dos visiones ultraterrenas.
 La primera es la visión de Fursa, monje irlandés que habia convertido a muchos sajones. Fursa vio el infierno: una hondura llena de fuego. El fuego no lo quema, un ángel le explica. «No te quemará el fuego que no encendiste.» Los demonios lo acusan de haber robado la ropa de un pecador que agonizaba. En el purgatorio, arrojan contra él un ánima en llamas. Esta le quema el rostro y un hombro. El ángel le dice: «Ahora te quema el fuego que encendiste. En la tierra tomaste la ropa de ese pecador; ahora su castigo te alcanza.» Fursa, hasta el día de su muerte, llevó en el mentón y en un hombro los estigmas del fuego de su visión.
 La segunda visión es la de un hombre de Nortumbria, llamado Drycthelm. Este había muerto y resucitó, y refirió (después de dar todo su dinero a los pobres) que un hombre de cara resplandeciente lo condujo a un valle infinito y que a la izquierda había tempestades de fuego y, a la derecha, de granizo y de nieve. «No estás aún en el infierno», le dice el ángel. Después, ve muchas esferas de fuego negro que suben de un abismo y que caen. Después, ve demonios que se ríen porque arrastran al fondo de ese abismo las almas de un clérigo, de un lego y de una mujer. Después, ve un muro de infinita extensión y de infinita altura y, más allá, una gran pradera florida con asambleas de gente vestida de blanco. «No estás aún en el cielo», le dice el ángel. Cuando Drycthelm va descendiendo por el valle, atraviesa una región tan oscura que sólo ve el traje del ángel que lo precede. Beda, al contar la escena, intercala un verso del sexto libro de la Eneida:
 
 (Ibant obscuri) sola sub nocte per umbram
 
 Un ligero error -Beda no escribe umbram, sino umbras- prueba que la cita ha sido hecha de memoria y, por ende, la familiaridad del historiador sajón con Virgilio. En el texto hay otras reminiscencias virgilianas. Beda refiere también la historia de un hombre a quien un ángel le dio a leer un libro minúsculo y blanco en el que estaban registrados sus buenos actos -que eran pocos- y un demonio un libro horrible y negro, «de tamaño descomunal y de peso casi intolerable», en el que estaban registrados sus crímenes, y aun sus malos pensamientos.
 Hemos citado algunas curiosidades de la Historia Eclesiástica, pero la impresión general que deja el volumen es de serenidad y de sensatez. La extravagancia parece corresponder a la época, no al individuo.
 «Casi todas las obras de Beda -ha escrito Stopford Brooke- son estudiosos epítomes, de gran erudición, de escasa originalidad, pero saturados de claridad y de mansedumbre.» Sus obras fueron libros de texto de la escuela de York, a la que concurrieron estudiantes de Francia, de alemania, de Irlanda y de Italia.
 Beda, muy enfermo, estaba traduciendo al anglosajón el Evangelio de San Juan. El amanuense le dijo: «Falta un capítulo.» Beda le dictó la traducción; luego el amanuense dijo: «Falta una línea; pero estás muy cansado.» Beda le dictó esa línea; el amanuense dijo: «Ahora ya está concluido.» «Sí, está concluido», dijo Beda, y poco después había muerto. Es hermoso pensar que murió traduciendo -es decir, cumpliendo la menos vanidosa y la más abnegada de las tareas literarias- y traduciendo del griego, o del latín, al sajón, que, con el tiempo, sería el vasto idioma inglés.
 

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EVANGELIOS APOCRIFOS

Leer este libro es regresar de un modo casi mágico a los primeros siglos de nuestra era cuando la religión era una pasión. Los dogmas de la Iglesia y los

 

razonamientos del teólogo acontecerían mucho después; lo que importó al principio fue la nueva de que el Hijo de Dios había sido durante treinta y tres años, un hombre, un hombre flagelado y sacrificado cuya muerte había redimido a todas las generaciones de Adán. Entre los libros que anunciaban esa verdad estaban los Evangelios Apócrifos. La palabra apócrifo ahora vale por falsificado o por falso; su primer sentido era oculto. Los textos apócrifos eran los vedados al vulgo, los de lectura sólo permitida a unos pocos.

Más allá de nuestra falta de fe, Cristo es la figura más vívida de la memoria humana. Le tocó en suerte predicar su doctrina, que hoy abarca el planeta, en una provincia perdida. Sus doce discípulos eran iletrados y pobres.

Salvo aquellas palabras que su mano trazó en la tierra y que borró en seguida, no escribió nada. (También Pitágoras y el Budha fueron maestros orales.) No usó nunca argumentos; la forma natural de su pensamiento era la metáfora. Para condenar la pomposa vanidad de los funerales afirmó que los muertos enterrarán a sus muertos. Para condenar la hipocresía de los fariseos dijo que eran sepulcros blanqueados. Joven, murió oscuramente en la cruz, que en aquel tiempo era un patíbulo y que ahora es un símbolo. Sin sospechar su vasto porvenir Tácito lo menciona al pasar y lo llama Chrestus. Nadie como él ha gobernado, y sigue gobernando, el curso de la historia.

Este libro no contradice a los evangelios del canon. Narra con extrañas variaciones la misma biografía. Nos revela milagros inesperados. Nos dice que a la edad de cinco años Jesús modeló con arcilla unos gorriones que, ante el estupor de los niños que jugaban con él, alzaron el vuelo y se perdieron en el aire cantando. Le atribuye asimismo crueles milagros, propios de un niño todopoderoso que no ha alcanzado todavía el uso de la razón. Para el antiguo Testamento, el Infierno (Sheol) es la sepultura; para los tercetos de la Comedia, un sistema de cárceles subterráneas, de topografía precisa; en este libro es un personaje soberbio que dialoga con Satanás, Príncipe de la Muerte, y que glorifica al Señor.

Junto a los libros canónicos del Nuevo Testamento estos Evangelios Apócrifos, olvidados durante tantos siglos y recuperados ahora, fueron los instrumentos más antiguos de la doctrina de Jesús.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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VIRGILIO. LA ENEIDA

Una parábola de Leibniz nos propone dos bibliotecas: una de cien libros distintos, de distinto valor, otra de cien libros iguales todos perfectos. Es significativo que la última conste de cien Eneidas. Voltaire escribe que, si Virgilio es obra de Homero, éste fue de todas sus obras la que le salió mejor. Diecisiete siglos duró en Europa la primacía de Virgilio; el movimiento romántico lo negó y casi lo borró. Ahora lo perjudica nuestra costumbre de leer los libros en función de la historia, no de la estética.

La Eneida es el ejemplo más alto de lo que se ha dado en llamar, no sin algín desdén, la obra épica artificial, es decir la emprendida por un hombre, deliberadamente, no la que erigen, sin saberlo, las generaciones humanas. Virgilio se propuso una obra maestra; curiosamente la logró. Digo curiosamente; las obras maestras suelen ser hijas del azar o de la negligencia.

Como si fuera breve, el extenso poema ha sido limado, línea por línea, con esa ciudadosa felicidad que advirtió Petronio, nunca sabré por qué, en las composiciones de Horacio. Examinemos, casi al azar, algunos ejemplos.

Virgilio no nos dice que los aqueos aprovecharon los intervalos de oscuridad para entrar en Troya; habla de los amistosos silencios de la luna. No escribe que Troya fue destruida; escribe Troya fue. No escribe que un destino fue desdichado; escribe De oera manera lo entendieron los dioses. Para expresar lo que ahora se llama panteísmo nos deja estas palabras: Todas las cosas están llenas de Júpiter. Virgilio no condena la locura bélica de los hombres; dice El amor del hierro. No nos cuenta que Eneas y la Sibila erraban solitarios bajo la oscura noche entre sombras; escribe:

Ibant obscuri sola sub nocte per umbram

No se trata, por cierto, de una mera figura de la retórica, del hipérbaton; solitarios y oscura no han cambiado su lugar en la frase; ambas formas, la

43 Biblioteca personal, Hyspamérica, 1987

habitual y la virgiliana, corresponden con igual precisión a la escena que representan.

La elección de cada palabra y de cada giro hace que Virgilio, clásico entre los clásicos, sea también, de un modo sereno, un poeta barroco. Los cuidados de la pluma no entorpecen la fluida narración de los trabajos y venturas de Eneas. Hay hechos casi mágicos; Eneas, prófugo de Troya, desembarca en Cartago y ve en las paredes de un templo, imágenes de la guerra troyana, de Príamo, de Aquiles, de Héctor y su propia imagen entre las otras. Hay hechos trágicos; la reina de Cartago, que ve las nave griegas que parten y sabe que su amante la ha abandonado. Previsiblemente abunda lo heroico; estas palabras dichas por un guerrero: «Hijo mío, aprende de mí el valor y la fortaleza genuina; de otros, la suerte».

Virgilio. De los poetas de la tierra no hay uno solo que haya sido escuchado con tanto amor. Más allá de Augusto, de Roma y de aquel imperio que a través de otras naciones y de otras lenguas, es todavía el Imperio, Virgilio es nuestro amigo. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres.

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la habitación ámbar (Steve Berry)

La habitación ámbar es uno de los mayores tesoros creados por el hombre. Las tropas alemanas que invadieron la Unión Soviética se hicieron con ella en 1941. Cuando los Aliados comenzaron los bombardeos fue ocultada y se convirtió en un misterio que perdura hasta nuestros días.

A la Juez Rachel Cutler le encantan su trabajo y sus hijos y mantiene una relación civilizada con su ex marido Paul. Todo cambia cuando su padre muere en misteriosas circunstancias, dejando pistas acerca de un secreto llamado "la habitación de ámbar". Desesperada por descubrir la verdad, Rachel viaja a alemania seguida de cerca por Paul.

Enfrentados a asesinos profesionales en un juego traicionero, los dos chocan contra las fuerzas de la avaricia, el poder y la misma Historia.

Cómo véis tiene muy buena pinta, lo han traído nuevo a la biblioteca, suelen traer ésa clase de libros, ha venido una remesa nueva, espero que no me decepcione. Ya os iré contando. Besitos.

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