El mágico aprendiz (Luis Landero)

Un día el gris oficinista Matías Moro sale a la calle y contempla por azar un asesinato. Al oír el apellido del autor y de la víctima (son hijo y padre: Gayoso) recuerda a otro Gayoso que tuvo relación con su propio padre en la guerra. Así que haciéndose pasar por periodista entra en el edificio de la familia, un bloque pobre, poblado por inmigrantes, una antigua folklórica convertida en pitonisa y otros personajes similares. Al ver a la hija de la viuda, Martina, una adolescente, se enamora de ella, y aprovecha la excusa de que busca información sobre ese otro Gayoso para seguir visitando a la madre y a la hija. También se le ocurre la idea de montar una cooperativa para dar trabajo a la gente pobre del edificio y así seducir a la joven…

Este libro se me ha hecho pesadísimo de leer. Hasta casi la página 200 no pasa nada. Todo el inicio consiste en contarnos la vida aburrida y gris de Matías, un personaje casi cincuentón sin ningún horizonte vital fuera de la oficina, sin ninguna ambición. El autor se regodea con el detalle, incluso aunque no sea necesario. Precisamente una de las características de Landero es que es un excelente prosista, y se recrea en sus frases. Describe mucho, hasta el punto de que sus libros más que narraciones son largas descripciones. Cuando abres el libro y ves capítulos enteros de párrafos sin el alivio de unos diálogos la verdad es que se te hace cuesta arriba. "Juegos de la edad tardía" tardaba también en arrancar, pero mucho menos, y cuando lo hacía, el libro se crecía hasta llegar a un final emotivo y muy bueno, de los mejores que he leído. Entonces, lo terminabas con un buen sabor de boca que borraba las dificultades iniciales.
En este caso hay dos líneas argumentales básicas: la pasión u obsesión de Matías por Martina, que se ve solo desde el lado de él (ella no es más que un nombre sobre el papel, no nos cuenta mucho de sus sentimientos, pensamientos, etc); y la aventura empresarial a la que sus compañeros de oficina lo lanzan, y que tiene relación con lo primero, por cuanto se trata de una nueva estrategia para conquistar a la muchacha.
Como ya he dicho, la primera línea para mí ha carecido totalmente de interés. Está no obstante, muy bien descrita la incapacidad de Matías, devenida de su timidez, para declararse a la joven, sus dudas sobre si estará haciendo el ridículo, etc. Es un personaje muy real y el mejor descrito de la novela.
Para mi gusto, el libro remonta un poco del tedio cuando empiezan a plantearse lo de crear una cooperativa. Matías se ha presentado ante las personas de ese bloque de gente humilde como lo que no era, un empresario que puede ayudarles a prosperar, aunque sus mentiras no son tan elaboradas como lo eran las del personaje de "Juegos de la edad…" Lo malo es que esta parte se consume enseguida. Apenas inician la empresa, ésta se va a abajo en poquísimas páginas, contado todo muy deprisa y corriendo. El personaje de Pacheco, un compañero de Matías, es el motor de toda la aventura, ya que lo empuja a ser el líder cuando no tiene madera de ello y se resiste una y otra vez.
Los personajes de Landero, sobre todo los secundarios, pecan de ser excesivamente librescos y poco naturales, sobre todo en su manera de hablar, tan cervantina, tan de otra época. Se sueltan cada discurso… Pero eso no es malo en sí, si lo hiciera uno de los personajes; lo malo es cuando lo hacen casi todos. Este aire arcaico de la novela la impregna en todos sus elementos. De hecho, si no fuera porque el autor nombra ordenadores y otros objetos de la modernidad, podrías pensar que la acción está ambientada en la postguerra o en los años sesenta. La escritura de este autor tiene un aire "retro" muy acusada.
A este libro es evidente que le sobran páginas al principio y le faltan al final. De todas formas, no tiene tensión dramática alguna (bueno, al final algo sí). Creo que Landero debería preocuparse más por contar la historia que por recrearse, aunque no es un libro malo, ojo. Ya he dicho que la prosa es muy buena, aunque la narración de acciones flojee.
Como conclusión decir que resulta inquietante el alivio que experimentan los protagonistas, esos oficinistas que querían ser ejecutivos, cuando venden la empresa a su jefe, y vuelven a su vida gris de siempre. Es un canto a la "mediocridad" y al conformismo (no uso estas palabras de forma peyorativa, sino solo a título descriptivo); los sueños son mejores cuando no se materializan… parece decir el autor al cerrar las dos líneas argumentales (Martina y la cooperativa) sin que se consumen las ambiciones de los personajes respecto a ellas.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El mágico aprendiz (Luis Landero)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El mágico aprendiz (Luis Landero)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

En busca del barón Corvo. Un experimento biográfico (A.J.A. Symons

En busca del barón Corvo es uno de esos libros cuya existencia parece mediar entre la clandestinidad y el secreto de los iniciados. Sólo unos pocos conocen de la existencia del barón y su pequeño pero interesante papel dentro de la literatura universal. En Frederick Rolfe se conciertan todos los elementos del malditismo literario: la biografía azarosa, el desprecio de sus contemporáneos y una peculiar obra literaria, más sobresaliente por su rareza que por su brillantez artística.

Sin embargo, el mérito del libro descansa igualmente en la labor de su autor: A.J.A. Symons, quien no se limita a la mera biografía sino que describe (de ahí la adecuación del título, la busca, la quest) el proceso de reconstruir la vida de Rolfe, las pistas que cada nuevo descubrimiento abrían en su investigación, las conjeturas que quedaban confirmadas por posteriores revelaciones, o desmentidas para siempre, la correspondencia y entrevistas que concertó con personas que conocieron de primera o segunda mano al extraño escritor. Todo ello explica el subtítulo de esta obra “Un experimento biográfico” que bien merecería tener numerosas secuelas.

A través de las averiguaciones de Symons, accedemos a un segundo nivel, el de los hechos ciertos y probados en torno al barón Corvo así como sus palabras (vertidas, bien a través de sus libros, bien gracias a la abundante e intensa relación epistolar que mantuvo con sus conocidos, amigos o enemigos). De la unión de todos estos elementos surge ante nuestros ojos la figura completa de Rolfe y, como de entre la bruma de un amanecer en la laguna de Venecia, podemos adivinar su pensamiento, sus intenciones y sus frustraciones; podemos llegar a conocer cuánto le dolieron las traiciones que consideraba que le hacían sus amigos y cómo influyeron en su obra.

Este brillante resultado es consecuencia exclusiva del método empleado por Symons que no pasa por ofrecer una visión lineal y acabada del biografiado sino que nos muestra los elementos sobre los que basa su indagación, sus luces y sus sombras, de modo que el propio lector pueda contradecir imaginariamente al autor. Todos estos ingredientes hacen de En busca del barón Corvo una lectura que desafía los estilos convencionales por los que suelen discurrir obras similares y que convierte la experiencia de su lectura en un acontecimiento refrescante y novedoso.

Como ya se ha señalado, la historia de la Literatura tiene su propia rama maldita formada por autores que no lograron el reconocimiento de sus contemporáneos pero a los que el tiempo ha sabido poner en su lugar. Asimismo, abundan los ejemplos de escritores no muy reconocidos pero cuyas obras son delicados manjares en manos de bibliófilos. En esta segunda categoría, el aspecto biográfico del genio desconocido acostumbra a ser igual de interesante (o más) que sus escritos, de manera que vida y obra se dan la mano para conformar un todo inseparable, cuya importancia es recíproca.

En el caso del barón Corvo, su vida se cimienta sobre una serie de complejos entre los que se puede contar el trastorno bipolar, la esquizofrenia y la manía persecutoria, unidos a una gran sensibilidad y temperamento artístico. La extraña psique de Rolfe le llevó al convencimiento de que estaba llamado a metas más altas que las del resto de mortales con quienes convivía, de modo que trató de descubrir por sí mismo cuál era el camino por el que debían despuntar sus talentos.

Primeramente lo intentó como sacerdote católico, abandonando la fe anglicana en la que nació, dado el atractivo de la liturgia católica, la conexión de este credo con la historia del arte y su profundo simbolismo con los que su carácter parecía convenir. Sin embargo, y ésta fue la primera gran traición que sufrió (o creyó sufrir) en su vida, fue rechazado por la jerarquía impidiéndole la ordenación a la que consideraba que estaba llamado. La herida que este hecho le ocasionó queda reflejada en una de sus novelas (Alejandro VII), obra en la que el cónclave romano elige Papa a un desconocido al que le había sido negada la ordenación sacerdotal por inquinas y envidias de sus superiores. Esta “venganza literaria”, muchos años después de ocurridos estos hechos, no sólo refleja lo profundo del dolor que le supuso aquel rechazo, sino que da la pauta de la práctica totalidad de sus obras, concebidas como un modo de vengar afrentas y ajustar cuentas con quienes en la vida real zancadilleaban su camino a la gloria.

Tras este duro golpe, Rolfe trató de rehacer su vida de muy diversas maneras, como preceptor de una importante familia católica, secretario de un notable profesor de Oxford, protegido de una peculiar dama italiana (de esta etapa tomaría el apelativo de barón Corvo), pintor de escudos heráldicos para una parroquia católica, etc.

Prácticamente en todas estas etapas de su vida se reproduce la misma secuencia. Rolfe deslumbra con sus modales, sus conocimientos de arte o de la Florencia de los Medici, su talento como pintor o escritor y entabla nuevas amistades. Rolfe espera de estas amistades una devoción y apoyo incondicionales de modo que finalmente, por extraños quiebros del destino cualquier acontecimiento simple, el más simple malentendido, supone un estallido de violencia (normalmente sólo a nivel verbal, del que dejan constancia muchas de sus cartas), una nueva afrenta que vengar, un peldaño más en el descenso a su peculiar infierno y a la desconfianza en la humanidad en general.

Abandonada la pintura como forma de lograr la fortuna, el reconocimiento y la admiración que redimieran toda su vida, y la dotaran de un sentido, optó por la literatura. Su peculiar estilo se caracteriza por su vitriolismo, su barroco lenguaje y su ingenio en cuanto a estructuras gramaticales y a la invención de nuevas palabras o a la adaptación y modelación de otras ya caídas en desuso. La fuerza de su estilo hace olvidar lo poco atractivo de sus tramas argumentales, forzadas por la necesidad de vengar sus reales o ficticias ofensas.

La vida del barón Corvo, de quien se puede decir ciertamente que no ganó un chelín gracias a sus escritos, terminó en Venecia en una debacle en la que el vicio y la locura no bastaron para ahogar hasta el último segundo, la eterna queja lastimosa contra el mundo que el desgraciado Rolfe compartía con quien le quisiera escuchar o lanzaba al cielo cuando la soledad se convirtió en su única confidente.

Sus contradicciones fueron incontables. Su odio por los católicos no le impidió relacionarse en gran medida sólo con ellos, su ambición y excesos le hacían perder la confianza de aquellos que podían ayudarlo y, en última instancia, el odio de Rolfe siempre acababa por volverse contra quienes más podían o querían ayudarle. Este odio tampoco le impedía, una vez rotas las relaciones con antiguos colaboradores a quienes acusaba de las peores villanías, recurrir nuevamente a ellos mediante cartas lastimosas en las que se ofrecía a olvidar las heridas inflingidas mediante la entrega de dinero o favores similares.

Symons, hijo de su tiempo y de una sociedad excesivamente imbuida del ideal victoriano, considera la homosexualidad reprimida de Rolfe el motor de su errática y desgraciada vida. Quizá se trate simplemente de que sus problemas psicológicos encontraron la forma de aflorar de forma manifiesta a raíz de diversos episodios críticos que condicionaron su relación con el resto de seres humanos y la visión que de sí mismo tenía. Para salvar esta contradicción elaboró su propia teoría en función de la cuál, su desgraciada vida tomaba sentido por el alto fin al que estaba destinado. Todos cuantos se opusieran a él lo hacían con el fin de impedirle su culminación, en una especie de conspiración general contra su persona. Esta farsa le permitió salir adelante de las numerosas crisis que conoció en su vida y le ayudó a no perder nunca la fe en sí mismo.

La vida de Rolfe sólo puede inspirar lástima en nuestros días, pero la imagen de un ser que lucha por aquello en lo que cree, que es capaz de superar todas sus limitaciones convencido de su propia genialidad, es el arquetipo del artista romántico, un solitario enfrentado al mundo que se niega a reconocer su talento contra toda evidencia. El modo en el que Symons nos lo presenta, gradualmente, haciéndonos partícipes de sus propios avances en la investigación, nos aventuran en un largo proceso de interiorización de la peculiar mente del barón. Todo ello permite afirmar que la lectura de este libro es una “lectura experimental” parodiando a su autor de la que todo amante de la buena literatura debería tener noticia.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»En busca del barón Corvo. Un experimento biográfico (A.J.A. Symons»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «En busca del barón Corvo. Un experimento biográfico (A.J.A. Symons»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)

Suelo escribir mis libros a la sombra de asistencia, viejas deudas o de nuevos entusiasmos. Éste, particularmente, lo considero como la consecuencia de un reconocimiento mío muy antiguo hacia las palabras. Desde siempre recuerdo haber sentido por ellas una inclinación muy particular. Y creo que todos quienes amamos escribir, nos descubrimos frecuentemente meditando en torno a su fuerza deslumbrante, a su magia y a su poder. Quizá en nuestra época, regida por un culto obsesivo hacia lo práctico, la devoción hacia las palabras, el deseo y el placer de trabajarlas interminablemente hasta descubrir la forma de decir con ellas algo más o menos exacto, luzca como poco cercano a las razones que nuestros días consideran razonables.

 

Desde muy niño gusté de las palabras: me atraía emplearlas, a veces con estudiado efectismo, tratando de apoyar en ellas los más variados argumentos. Entendía que su dominio revelaba una habilidad y, mucho más aún, una potestad. Gracias a ellas, muchas veces los motivos, cualesquiera que fuesen, parecían magnificarse, y las razones hacerse irrefutables. Con palabras podían dignificarse las cosas, las imágenes, los recuerdos. Con palabras, a veces, la vida parecía convertirse en juego o en escenario posible. Sentía a veces a las palabras como intermediarias entre el mundo y mi yo: puentes mágicos que podía atravesar, tanto para adentrarme en lo exterior como en mí mismo. O sea: las palabras, a la vez que me comunicaban también podían aislarme. Con palabras dibujaba superficies personales que convertía en rincones inaccesibles.

 

Las palabras hay que merecerlas. Es necesario definir nuestra relación con ellas. Precisar esa relación es algo que puede llevar años, a veces incluso, toda la vida. Pocas cosas nos ayudan más a comprendernos que la identificación de esas palabras que distinguimos en nosotros, palabras con que escogemos nombrar el signo de nuestras percepciones. Somos las palabras que reflejamos. Ellas dicen y nos dicen. Nos traducen y, por ellas, traducimos. A través de las palabras todo el universo se convierte en expresión viva dentro de nosotros.

 

En una parte de este libro me refiero a los seres de palabras, y, al hablar de ellos, hago alusión a muchas cosas: a lo que creo que son, a lo que me gustaría que fuesen, a lo que pienso que no deberían ser… Creo que el amor a las palabras se identifica con una forma de inteligencia “literaria” que propende a relacionar la abrumadora vastedad que nos rodea con esa cercanía tangible que es nuestra propia experiencia. Reencuentro constante del mundo en el yo. Dibujo del mundo a partir del yo. El individuo poseedor de una inteligencia literaria y que desea escribir, descubre que quiere hacerlo, mucho más que para expresar el mundo, para reconocerse y ubicarse dentro de él.

 

Con la escritura aspiramos a nombrar muchas cosas. Sin embargo las palabras nunca son definitivas. No hay finales en ellas; sólo vislumbres y deslumbramientos. Y, al final, a veces, queda un libro como testimonio. Las argumentaciones de los libros dan pie a nuevas argumentaciones. Y es que, a fin de cuentas, de eso trata la escritura: de continuar diálogos, de alimentar una curiosidad que es insaciable; de buscar respuestas, algún tipo de respuesta… Mucho más que una totalidad acabada, veo en los libros que escribo superficies de dispersiones que, de muchas formas, prosiguen en otros libros. Este es, de muchas maneras, deudor del nombrar que define este tiempo nuestro de una modernidad agotada (y no podría ser de otro modo: la palabra es, siempre, hija de la circunstancia de quien la pronuncia). El no es ni un estudio histórico ni, mucho menos, filológico. Se pretende un caprichoso y muy disperso recorrido por sobre sugerencias relacionadas, de muy distintas maneras, con las palabras: el tiempo que las escucha, los hombres que las pronuncian o la escritura que las eterniza.

 

Muy diversos autores estuvieron presentes a lo largo del itinerario de estas páginas, pero voy a recordar aquí a uno en particular, a Walter Benjamin; quien con una serie de ideas: la de la imagen del universo como sintaxis, la de la traducción entre los lenguajes como una forma de entender éticamente el alcance de éstos, la de la intuición de las cosas más importantes a través de percepciones dibujadas en imágenes poéticas; y con una escritura fragmentaria y precisa de siempre clarificadoras visiones, estableció lo que tal vez sean algunas de las pautas centrales de un discurso intelectual y poético, capaz de interpretar, quizá como ningún otro, ciertas esenciales peculiaridades de nuestra época.

 

Dice Cioran en su libro Silogismos de la amargura. “La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la ‘realidad’ … características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio”. Una de las “modas lingüísticas” de nuestro tiempo propende a desvincular las palabras de las circunstancias que las producen. Es un absurdo: las palabras son voces e imágenes de las épocas; siempre referencia, jamás fines en sí mismas. Entender que el mundo es la palabra que lo nombra no significa privilegiar la palabra por sobre el mundo ni tampoco distanciarnos del mundo. Aceptar que la vida está llena de palabras no significa negar la vida para quedarnos sólo con las palabras. Vida y palabra, tiempo y voz humana forman una sola realidad; y si el tiempo del hombre resulta incomprensible sin las palabras, también son incomprensibles las palabras desvinculadas de los seres que las pronunciaron y escucharon. Y aclaro que, al hablar de palabras pienso en muchas cosas: en lenguajes y expresiones, en tradiciones e imaginarios, en representaciones y voces; metaforización de todo signo trazado por el hombre para entender y para entenderse, para describir cuanto percibe.

 

“Todo lo que no es autobiográfico es académico”, dijo alguna vez José Vasconcelos. No es mi caso. En mis libros, autobiografía y academia se acercan muy estrechamente. Creo que la palabra que escribimos, ésa que genuinamente nos señala, es y debería ser siempre una y la misma. Ciertas tradicionales deformaciones de la actividad universitaria excluyen cuanto no sea discurso de pretensiones cientificistas, e imponen como único modelo válido una aburridísima jerga destinada sólo a algunos iniciados. Personalmente, creo que la palabra debe propender, necesariamente, a la comunicación, a diálogos lo más amplios posibles; y creo que descartar como “poco aceptables académicamente” lenguajes que no encajen en moldes científicos, no es sino un error que, en última instancia, termina por deslegitimar demasiadas palabras. En principio, todas las voces tienen derecho a ser escuchadas, y, desde luego, tiene derecho a serlo una voz poética que, desde siempre, ha acompañado la complejidad del tiempo que hacemos los hombres.

 

Caracas, Universidad Simón Bolívar, febrero de 1999

 

 

R.F.

 

 

URL: http://rafaelfauquie.dsm.usb.ve/

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)

En la escritura todo fluye siguiendo un derrotero que termina convirtiéndose en único itinerario posible. La escritura es cuerpo vivo: universo de signos y formas en constante relación. La escritura trepida, serpentea, vuela y alcanza siempre un final: el único final posible, el único final indudable. Por la escritura, tratamos de organizar el interminable conocimiento que permite cualquier tópico.

 

Escritura para decir y decirnos: en voz baja o en voz alta. Escritura para asomarnos al mundo y explorarlo desde la particularidad de nuestra subjetividad interior, de nuestra mirada y de nuestra palabra. Entre la reafirmación de un orden y las impredecibles aventuras del azar, entre los fríos vericuetos del caos y las cálidas predicciones de la armonía, entre la posibilidad de los resultados impredecibles y el presagio de las conclusiones va moviéndose el ritmo apasionante de la escritura: orden y azar de palabras y voces, de conceptos e ideas que siguen el flujo de su propia vitalidad.

 

Como los personajes de los textos de ficción, las ideas viven, se mueven, crecen, respiran. Las ideas viven de las ideas. Impulsan a los hombres desde afuera y desde adentro de ellos mismos. Al pensar, los hombres dialogamos con un cosmos de ideas que nos rodean: aplastándonos o alimentándonos, amordazándonos o estimulándonos. Al pensar, los hombres nos hacemos responsables del mundo: todos somos el mundo porque todos lo hemos ido dibujando con nuestros pensamientos. Por las ideas nos relacionamos con el universo. Ellas son nuestra atalaya de él. Más que la realidad, nuestra percepción de la realidad; más que el mundo, nuestra legibilidad del mundo; más que la voz del tiempo, nuestra manera de escuchar el tiempo… Ideas para crear, para discurrir, para imaginar. Ideas que son verdades parciales: síntesis de lo que aceptamos y rechazamos, de lo que asumimos falso o de lo que creemos verdadero. Las ideas son dueñas del secreto del tiempo: en su vivacidad, en su brillo, vive la eternidad de los instantes. Insustituible, definitiva, siempre útil, siempre inteligibilidad viva, lectura, impresión, imagen, recuerdo: una idea…

 

Las ideas son como los ángeles: nos rodean por todas partes, nos acompañan a todos lados, todos podemos ser guiados por ellas, dice Cayetano Delaura, uno de los personajes de la novela de García Márquez, Del amor y otros demonios. Ideas que dibujan el mundo y el tiempo: que nos los muestran, más que como son, como creemos que ellos son o como quisiéramos que ellos fuesen. Todos los hombres, dijo Borges citando a Coleridge, son aristotélicos o platónicos. Aristotélicos son aquéllos que convierten sus ideas en categorías de signos con las cuales entenderse con el universo. Platónicos son los que convierten sus ideas en dibujos de un subjetivo mapa del cosmos. En el primer caso, las ideas son herramientas, fórmulas, asideros; en el segundo, alegorías. Para los aristotélicos, las ideas son la consistente arquitectura de un espacio, por sobre todo, inteligible -o que debe ser convertido en inteligible por la razón humana. Para los platónicos, las ideas conviven muy estrechamente con las intuiciones y las ilusiones; todas dibujan la metaforización de un universo maravillosa e irrealmente inatrapable. De un lado, las ideas son soporte definitivo en la comprensión del cosmos; del otro, hitos del interminable asombro humano.

 

Al igual que los hombres, también los libros podrían definirse como aristotélicos o platónicos. Definitivamente, éste que hoy entrego a la imprenta, es un libro platónico. En él lo evidente y lo virtual, lo necesario y lo real, lo posible y lo concreto se entretejen para postular sueños y certezas, anhelos y temores, convicciones y rechazos.

 

En su libro La metáfora y lo sagrado, Héctor Murena dice que "la única forma de conocimiento es aquella similar a la de los ciegos: por el tacto". Por el tacto palpamos, percibimos, intuimos. El es intuición que se vuelca en ideas. Ideas que dibujan imágenes. Imágenes que construyen metáforas… Nietzsche habló del "impulso a la elaboración de metáforas, ese impulso fundamental del hombre que no puede ser eliminado ni por un instante porque significaría la eliminación del hombre mismo". Cada metáfora es una imagen con la cual entender alguna porción del infinitamente vario universo: un dibujo de él a partir de cualquiera de las múltiples razones que habitan en la conciencia humana.

 

Personalmente, quiero creer, entre otras cosas, en la significación y trascendencia de un espacio cultural latinoamericano y en la posibilidad de un futuro para la humanidad. Por eso he escrito este libro como un testimonio personal de ambas formas de fe; y lo he escrito como dibujo de una doble metáfora: de comunicación y de supervivencia. Una manera de apostar a ambas es rescatando el lenguaje como uno de los signos más imperecederos de lo humano. Nuestro presente pareciera desdeñar a las palabras. Hoy todo es imagen: efímera, evanescente imagen. El gran desafío de nuestros días es recuperar una sabiduría de la palabra. El tiempo -pasado, presente o por venir-; el otro -distante o cercano, similar o contrario- necesitan ser nombrados. Quizá una de las maneras de entender nuestro presente sea, precisamente, familiarizándonos con las palabras que él pronuncia. Palabras relacionadas a convicciones de precariedad, de tiento. El signo azaroso de nuestra época se dibuja en numerosos imaginarios descritos por términos que nombran la fragilidad, el vacío, la incertidumbre; pero, también, la necesaria solidaridad, la comunicación, la imaginación, la ilusión… La sabiduría de las palabras de nuestros días nos dice que sólo existe un aprendizaje: el del tiempo por conquistar, el del tiempo por merecer.

 

De muchas maneras, con este libro prosigo un itinerario que comencé hace varios años con El silencio, el ruido, la memoria (1991) y que continué, después, con La voz en el espejo (1993). Estos dos libros fueron, esencialmente, un diálogo: con la venezolanidad y lo venezolano, el primero de ellos; con la latinoamericanidad y lo latinoamericano, el segundo. Con El silencio, el ruido, la memoria quise dialogar con el espacio de la nacionalidad desde mi propia mirada sobre la memoria colectiva venezolana. Fue un punto de partida desde el que se hizo especialmente claro para mí que lo venezolano tenía sentido, sobre todo, como parte de una memoria mayor: latinoamericana, hispánica. Vino, entonces, La voz en el espejo: un esfuerzo por identificarme con lo latinoamericano a partir de ciertos imaginarios históricos y a partir, también, de algunos rostros literarios a los que convertí en metaforizaciones posibles de actitudes, de comportamientos, de propósitos de vida y, sobre todo, de una ética: indudable, impostergable, necesaria… Ahora, con este nuevo libro prosigo el diálogo: con un Occidente agobiado por las mismas incertidumbres y las mismas contradicciones que nos rodean a todos los habitantes de este planeta cercano a un nuevo milenio. Diálogo de síntesis y de imaginarios. Diálogo con el tiempo y con la otredad. ¿El tiempo? el de mi presente, temeroso, azariento e impredecible. ¿La otredad? la de un Occidente cuyo rostro es, también de muchas maneras, el rostro de todos.

 

 

R.F.

 

 

URL: http://rafaelfauquie.dsm.usb.ve/

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)

Suelo escribir mis libros a la sombra de asistencia, viejas deudas o de nuevos entusiasmos. Éste, particularmente, lo considero como la consecuencia de un reconocimiento mío muy antiguo hacia las palabras. Desde siempre recuerdo haber sentido por ellas una inclinación muy particular. Y creo que todos quienes amamos escribir, nos descubrimos frecuentemente meditando en torno a su fuerza deslumbrante, a su magia y a su poder. Quizá en nuestra época, regida por un culto obsesivo hacia lo práctico, la devoción hacia las palabras, el deseo y el placer de trabajarlas interminablemente hasta descubrir la forma de decir con ellas algo más o menos exacto, luzca como poco cercano a las razones que nuestros días consideran razonables.

 

Desde muy niño gusté de las palabras: me atraía emplearlas, a veces con estudiado efectismo, tratando de apoyar en ellas los más variados argumentos. Entendía que su dominio revelaba una habilidad y, mucho más aún, una potestad. Gracias a ellas, muchas veces los motivos, cualesquiera que fuesen, parecían magnificarse, y las razones hacerse irrefutables. Con palabras podían dignificarse las cosas, las imágenes, los recuerdos. Con palabras, a veces, la vida parecía convertirse en juego o en escenario posible. Sentía a veces a las palabras como intermediarias entre el mundo y mi yo: puentes mágicos que podía atravesar, tanto para adentrarme en lo exterior como en mí mismo. O sea: las palabras, a la vez que me comunicaban también podían aislarme. Con palabras dibujaba superficies personales que convertía en rincones inaccesibles.

 

Las palabras hay que merecerlas. Es necesario definir nuestra relación con ellas. Precisar esa relación es algo que puede llevar años, a veces incluso, toda la vida. Pocas cosas nos ayudan más a comprendernos que la identificación de esas palabras que distinguimos en nosotros, palabras con que escogemos nombrar el signo de nuestras percepciones. Somos las palabras que reflejamos. Ellas dicen y nos dicen. Nos traducen y, por ellas, traducimos. A través de las palabras todo el universo se convierte en expresión viva dentro de nosotros.

 

     En una parte de este libro me refiero a los seres de palabras, y, al hablar de ellos, hago alusión a muchas cosas: a lo que creo que son, a lo que me gustaría que fuesen, a lo que pienso que no deberían ser… Creo que el amor a las palabras se identifica con una forma de inteligencia “literaria” que propende a relacionar la abrumadora vastedad que nos rodea con esa cercanía tangible que es nuestra propia experiencia. Reencuentro constante del mundo en el yo. Dibujo del mundo a partir del yo. El individuo poseedor de una inteligencia literaria y que desea escribir, descubre que quiere hacerlo, mucho más que para expresar el mundo, para reconocerse y ubicarse dentro de él.

 

     Con la escritura aspiramos a nombrar muchas cosas. Sin embargo las palabras nunca son definitivas. No hay finales en ellas; sólo vislumbres y deslumbramientos. Y, al final, a veces, queda un libro como testimonio. Las argumentaciones de los libros dan pie a nuevas argumentaciones. Y es que, a fin de cuentas, de eso trata la escritura: de continuar diálogos, de alimentar una curiosidad que es insaciable; de buscar respuestas, algún tipo de respuesta… Mucho más que una totalidad acabada, veo en los libros que escribo superficies de dispersiones que, de muchas formas, prosiguen en otros libros. Este es, de muchas maneras, deudor del nombrar que define este tiempo nuestro de una modernidad agotada (y no podría ser de otro modo: la palabra es, siempre, hija de la circunstancia de quien la pronuncia). El no es ni un estudio histórico ni, mucho menos, filológico. Se pretende un caprichoso y muy disperso recorrido por sobre sugerencias relacionadas, de muy distintas maneras, con las palabras: el tiempo que las escucha, los hombres que las pronuncian o la escritura que las eterniza.

 

Muy diversos autores estuvieron presentes a lo largo del itinerario de estas páginas, pero voy a recordar aquí a uno en particular, a Walter Benjamin; quien con una serie de ideas: la de la imagen del universo como sintaxis, la de la traducción entre los lenguajes como una forma de entender éticamente el alcance de éstos, la de la intuición de las cosas más importantes a través de percepciones dibujadas en imágenes poéticas; y con una escritura fragmentaria y precisa de siempre clarificadoras visiones, estableció lo que tal vez sean algunas de las pautas centrales de un discurso intelectual y poético, capaz de interpretar, quizá como ningún otro, ciertas esenciales peculiaridades de nuestra época.

 

Dice Cioran en su libro Silogismos de la amargura. “La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la ‘realidad’ … características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio”. Una de las “modas lingüísticas” de nuestro tiempo propende a desvincular las palabras de las circunstancias que las producen. Es un absurdo: las palabras son voces e imágenes de las épocas; siempre referencia, jamás fines en sí mismas. Entender que el mundo es la palabra que lo nombra no significa privilegiar la palabra por sobre el mundo ni tampoco distanciarnos del mundo. Aceptar que la vida está llena de palabras no significa negar la vida para quedarnos sólo con las palabras. Vida y palabra, tiempo y voz humana forman una sola realidad; y si el tiempo del hombre resulta incomprensible sin las palabras, también son incomprensibles las palabras desvinculadas de los seres que las pronunciaron y escucharon. Y aclaro que, al hablar de palabras pienso en muchas cosas: en lenguajes y expresiones, en tradiciones e imaginarios, en representaciones y voces; metaforización de todo signo trazado por el hombre para entender y para entenderse, para describir cuanto percibe.

 

     “Todo lo que no es autobiográfico es académico”, dijo alguna vez José Vasconcelos. No es mi caso. En mis libros, autobiografía y academia se acercan muy estrechamente. Creo que la palabra que escribimos, ésa que genuinamente nos señala, es y debería ser siempre una y la misma. Ciertas tradicionales deformaciones de la actividad universitaria excluyen cuanto no sea discurso de pretensiones cientificistas, e imponen como único modelo válido una aburridísima jerga destinada sólo a algunos iniciados. Personalmente, creo que la palabra debe propender, necesariamente, a la comunicación, a diálogos lo más amplios posibles; y creo que descartar como “poco aceptables académicamente” lenguajes que no encajen en moldes científicos, no es sino un error que, en última instancia, termina por deslegitimar demasiadas palabras. En principio, todas las voces tienen derecho a ser escuchadas, y, desde luego,  tiene derecho a serlo una voz poética que, desde siempre, ha acompañado la complejidad del tiempo que hacemos los hombres.

 

       Caracas, Universidad Simón Bolívar, febrero de 1999

 
 
                                     R.F.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI