Ciberiada (Stanislaw Lem)

Si hay alguna vuelta de tuerca que dar al concepto de literatura fantástica o especulativa, Stanislaw Lem lo ha escrito ya, y nunca mejor dicho que en este caso, en el que las historias, todas ellas, giran en torno a una raza de robots, sus tuercas, émbolos y válvulas, sin presencia humana alguna relevante en los relatos.

Sin embargo, lo que Stanislaw Lem no consigue evitar es ser tremendamente humano y referirse, con sus metáforas metálicas, a los más profundas capas de nuestros deseos, nuestra voluntad o nuestros miedos.

Las historias que componen Ciberiada, trazadas con un humor a veces fino y a veces simplemente descacharrante, recorren la ironía o se vuelven alegóricas o incluso moralizantes sin perder en ningún momento su interés narrativo.

Trurl y Clapaucio, dos robots constructores, más parecidos a dioses que a ingenieros, revuelven masas galácticas, átomos y planetas para conseguir sus objetivos y superarse el uno al otro, unas veces en cooperación, otras en franca rivalidad. Desde su elecrtrobardo, que casi destruye el mundo con su producción poética, al terrible monstruo invencible que sólo se puede vencer después de lanzar contra él a la burocracia, todas sus creaciones tienen un lugar para la sonrisa y la reflexión, según el nivel de lectura que se le quiera conceder a estas páginas.

Baste, como ejemplo, citar uno de los estudios de los protagonistas: "Un caso particular de transformación de estados prohibidos por la física a estados prohibidos por la policía"

Si con esto no le entran ganas de leerlo,¿qué más quiere que yo le haga?

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La Loca de la Casa (Rosa Montero)

En parte novela, autobiografía, ensayo literario, todo puesto al servicio de la imaginación.

“La imaginación es la loca de la casa”, es la cita de Santa Teresa de Jesús, de dónde ha tomado Motero el título de su libro.

La autora abarca diversos géneros para expresar lo que significa para ella la literatura.

Utiliza la falsa autobiografía, relatando tres versiones distintas de un encuentro con un actor famoso (en un tono surrealista casi kafkiano) o el recuerdo de una ocasión en que desapareció su hermana Martina (a la que dedica el libro con una frase tan ambigua como su contenido: “Para Martina, que es y no es. Y que, no siendo, me ha enseñado mucho”) para disertar tanto sobre la fragilidad de la memoria y la invención de recuerdos, que difieren incluso entre dos hermanas criadas juntas, como sobre la creación literaria y las múltiples opciones argumentales de cada idea.

Equipara la pasión amorosa con la creación artística en cuanto a obsesiones exclusivistas (cita una frase que la asalta durante un paseo: “Hay un momento en que todo viaje se convierte en una pesadilla”, y cómo la “obliga” a escribir una novela – “Bella y oscura” – en torno a ella) y esclavizantes.

Habla de l@s escritor@s como personas más obsesionadas por la muerte que la mayoría y que se escribe siempre contra la muerte.

Sobre sus obsesiones inconscientes: la inclusión de enan@s en todas sus novelas, que explica/justifica/razona asociándolo a una foto suya de infancia, la utilizada en la portada.

Que a veces se evita escribir por miedo: “… A todo lo que dejas sin escribir una vez que pasas a la acción. Por miedo a concretar la idea, encarcelarla, a deteriorarla, a mutilarla. Mientras se mantienen en el rutilante limbo de lo imaginario, mientras son sólo ideas, y proyectos, tus libros son absolutamente maravillosos, los mejores libros que jamás nadie ha escrito”.

Y citas, muchas citas, casos y ejemplos sobre otros escritores y sus relaciones con la creatividad, con el mundo, lasa crisis que les impiden seguir escribiendo (Capote, Melville, Walser)

La competición entre autores hermanos según la teoría de Paul Theroux en su libro “La sobra de Naipaul” de que siempre uno de ellos es inferior al otro y la curiosa ausencia de nombres femeninos, sobre todo las Brontë (Emily, Charlotte y Anne), quizá las más conocidas.

Ejemplos sobre cómo la palabra humaniza, la dificultad de escribir, bien o mal, los críticos, la imperfección de la novela, sobre qué escriben las mujeres, el motivo por el que ella misma escribe o la terrible elección entre vivir sin leer o sin escribir son temas que la autora desarrolla ampliamente en un libro reflexivo. Algo didáctico, que busca tanto explicar como comprender.

No hace falta escribir ni haberlo intentado para identificarse con muchas de las situaciones y emociones que muestra Montero. Cualquiera que, durante la vigila que precede al sueño, se invente historias para no pensar en sus problemas, se deje llevar por la fantasía, la imaginación, podría disfrutar de la lectura.

Un libro del que se puede aprender, reflexionar y releer.

 

Obra de Rosa Montero:

Novela:

· Crónica del desamor (Debate, 1979)
· La función Delta (Debate, 1981)
· Te trataré como a una reina (Seix Barral, 1983)
· Amado amo (Debate, 1988)
· Temblor (Seix Barral, 1990) (Comentado en este blog)
· Bella y oscura (Seix Barral, 1993)
· La hija del caníbal (Espasa, 1997)
· El corazón del tártaro (Espasa, 2001)
· La loca de la casa (Alfaguara, 2003)
· Historia del Rey Transparente (Alfaguara, 2005) (comentado en este blog)

Novela Juvenil:

· El nido de los sueños (Siruela, 1991, 2004)

Cuentos Infantiles:

· Las barbaridades de Bárbara (Alfaguara, 1996)
· El viaje fantástico de Bárbara (Alfaguara, 1997)
· Bárbara contra el Doctor Colmillos (Alfaguara, 1998)

Relatos:

· Doce relatos de mujer (con once autores)(Alianza, 1982)
· El puñal en la garganta (Alfagura, 1994) (en el vol. colectivo "Relatos urbanos")
· Amantes y enemigos. Cuentos de parejas (Alfaguara, 1998)
· Las madres no lloran en Disneylandia (Relato, 1999)
· Cuentos del mar (con ocho autores) (Ediciones B, 2001)

Ensayo Periodístico:

· España para ti para siempre (AQ Ediciones, 1976)
· Cinco años de país (Debate, 1982)
· La vida desnuda (Aguilar, 1994)
· Historias de mujeres (Alfaguara, 1995)
· Entrevistas (Aguilar, 1996)
· Pasiones (Aguilar, 1999)
· Estampas bostonianas y otros viajes (Península, 2002)

http://reginairae.blogcindario.com/2006/06/00296-la-loca-de-la-casa-de-rosa-montero.html

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La posibilidad de una isla – Michel Houellebecq

El ensayista y poeta Michel Houellebecq se ha labrado una sólida reputación de novelista desde su primera incursión en el género con Ampliación del Campo de Batalla. Desde entonces ha creado una obra de ficción unitaria, donde cada libro complementa al anterior, hasta el punto de que el sentido global de esta obra sólo se puede asimilar leyéndolas en orden cronológico. La columna vertebral de esta sucesión que continúa con Las Partículas Elementales, Plataforma y la reciente La Posibilidad de una Isla, está compuesta de un análisis realista, crudo, cruel y descarnado de la condición humana, y especialmente de las relaciones sexuales, el amor y el deterioro físico y mental. A través de las historias, Houellebecq compone realmente una obra de carácter filosófico que supone una sacudida, convirtiéndose en una especie de Nietzche de la sociedad de consumo. Los paralelismos con el filósofo alemán son constantes, sobre todo en las referencias a la creación del superhombre (en este caso mediante la ciencia).

Una dosis de darwinismo elemental, el valor del amor como única posibilidad de trascender y las obsesiones del escritor acerca del sexo y la vejez consiguen dar forma no a un pensamiento endeble y previsible como cabría esperar de tal mezcla, sino un discurso vitalista, cínico, humorístico y sorprendente, un golpe constante a cualquier verdad establecida y, por tanto, no apto para políticamente correctos.

En ese sentido, Houellebecq deja unos cuantos anzuelos en La Posibilidad de una Isla. Critica a algunos literatos clásicos o suelta algunos despropósitos machistas o xenófobos perfectamente localizados. Ni hay que decir que los amantes de la corrección han picado a la primera, tachando una vez más al autor de fascista. Con un truco tan fácil, Houellebecq debe haberse relamido los bigotes al dejar en evidencia a tantos “peces” de la estulticia. El ardid de la zanahoria y el caballo funciona todavía.

Estas pequeñas trampas que surgen del escándalo suscitado a raíz de su procesamiento por calificar de estúpido el Islam, se completan con otra novedad basada también en sucesos actuales: la auto-parodia. El protagonista de La Posibilidad de una Isla, un cómico francés, se califica como un fino analista de la realidad contemporánea. El contenido biográfico resulta obvio, y Houellebecq realiza toda una crítica de su propia persona basada en el cinismo, el sarcasmo y la ironía, algo peculiar e impropio en la mayoría de los novelistas. Diseccionar sus miserias mediante el humor parece constituir la vía por la que pasar de la filosofía teórica a la práctica, en cierto modo predicar con el ejemplo abandonando la torre de marfil. Aunque todos los protagonistas de sus anteriores novelas tienen un carácter similar, esta es la primera vez que el alter ego del autor aparece tan claro y queda tan maltrecho como el que más. Con esta “exposición pública”, Houellebecq obliga a sus detractores a bajar a la arena dejando atrás los ataques simplistas, aunque casi todos se han quedado en los anzuelos que comentábamos. En cualquier caso, las referencias a la actualidad no impiden que el lector que esté al margen de estos acontecimientos se pierda por el conjunto de guiños y bofetadas destinadas al mundillo literario y político.

La Posibilidad de una Isla narra los últimos años de vida de un humorista, de sus amores y relaciones sexuales y del contacto con una secta que promete la inmortalidad. En la narración se intercala la historia de algunos clones de los personajes, aunque propiamente no se puede clasificar a la novela dentro de la ciencia-ficción, ya que Houellebecq –como ya hizo en Las Partículas Elementales– suele servirse de algunos elementos de ese género para buscar un alejamiento de aquello que analiza.

A partir de esta base, el escritor se dedica a lo que mejor sabe hacer: hurgar en la herida. A modo de autopsia, en La Posibilidad de una Isla vuelve a abrir en canal a las sociedades occidentales a través de un modelo de personajes característico desde Ampliación del Campo de Batalla: europeos cultos, con cierto talento y una buena formación, que sin embargo luchan en vano por la felicidad, atenazados por sus propias iniquidades y limitaciones, capaces de rozar los sublime en algún instante para ser vencidos casi siempre por su mediocridad y la mezquindad moral.

Houellebecq se enfrenta a todo ello con un estilo distintivo, sin adornos, directo y vibrante, que consiste en dar vueltas a sus obsesiones para extraer alguna certeza. Lo hace con riesgo y “a pelo”, dejando a la vista –si seguimos el símil de la autopsia- las vísceras y su olor pestilente. En ese camino tiene altibajos, reiteraciones, algún pasaje aburrido y bastantes excesos. En ocasiones alcanza un tono profético-visionario algo exagerado, pero en conjunto el talento del autor lleva de nuevo a buen término una novela que siempre es la misma desde Ampliación del Campo de Batalla y que parece asumir como tal. A pesar de repetir la fórmula sigue estremeciendo con las nuevas aportaciones a ese “árbol” y consigue, como en sus libros anteriores, hacer pensar al lector y obligarle a separar el grano de la paja.

En un capítulo de La Posibilidad de una Isla, el protagonista, Daniel 1, reflexiona sobre la dificultad de introducir la pornografía en sus números humorísticos, debido a las dificultades para cambiar este género. Las críticas a Houellebecq por los pasajes de sexo suelen ser constantes, a modo de “si nos saltamos esos fragmentos…”. El escritor parece que se ha propuesto renovar la pornografía, si bien los resultados se asemejan a los conseguidos por Henry Miller, ya que se quedan en pasajes que suponen un descanso tanto para el lector como para el novelista, sin conseguir realmente un más allá en las escenas de sexo. Al igual que Miller resulta mucho más interesante cuando habla de otras cuestiones, pero no hay que minusvalorar dichos pasajes, que si bien explícitos y habituales, sirven unas veces como nexo y otras como respiro, por lo que su importancia siempre es crucial, como sucedía con el novelista americano. En cierto modo, la obscenidad sirve como medio de transporte.

Esta nueva radiografía de la sociedad a través de un cinismo a veces casi insoportable y un humor cáustico ya marca de la casa, ofrece de nuevo el mensaje de los libros anteriores y todo un clásico en la literatura universal: el amor verdadero, aquel en el que las personas pierden su identidad e independencia en favor del otro, es lo único que da sentido a la vida. Todo esto, hay que señalarlo, lo dice un hijo de puta que, parafraseando a Roosvelt cuando hablaba de Somoza, es nuestro hijo de puta. Se recomienda por tanto mantener los barbitúricos, sogas, cuchillas de afeitar y balcones bien lejos durante esta recomendable lectura que nada tiene de condescendiente.

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La inmortalidad (Milan Kundera)

Milan Kundera defiende la vitalidad del género novelesco por encima de las voces que claman por su inevitable extinción. Con una perspectiva historicista, el autor checo evita considerar la novela como expresión del ideal decimonónico en el que las páginas no eran sino el intento por reflejar una realidad de la manera más fidedigna posible. Los personajes venían definidos por sus peculiaridades psicológicas, actuaban en un marco espacial y temporal bien definido e identificable por el lector. El espacio para la fantasía o el libre discurrir de la ficción era muy limitado.

Este modelo agota sus fuerzas con el siglo veinte que ve una profunda renovación del género al superarse ese esquema y retomarse de algún de manera el espíritu que definió el nacimiento del género. Cervantes, Voltaire o Rabelais crean una nueva forma de expresión en la que el todo se resiste al esquema, los personajes entran y salen de las escenas sin justificación aparente, las historias se entremezclan de manera confusa aderezadas por un sentido del humor y una imaginación desbordante.

Y es en este rastro en el que Kundera encuadra su labor creativa tal y como ha tenido ocasión de manifestar repetidamente (Los testamentos traicionados, El arte de la novela). La novela se convierte en un “medio” de expresión, un vehículo en manos de su autor quien, con su omnisciencia, determina su curso mediante la acumulación de materiales diversos a los que dota de sentido precisamente por su puesta en relación.

La inmortalidad responde a estos criterios de manera ejemplar. Toda ella aspira a resultar natural, espontánea, aunque sospechemos desde sus primeras páginas un poso de reflexión que actúa como argamasa de todos los hilos argumentales. La novela se abre con el propio autor observando el curioso gesto de una mujer madura dirigido a su monitor de natación en el preciso instante en que sale de la piscina del gimnasio al que acude asiduamente Kundera.

Ese gesto atrae su atención por la disociación entre su desenfado y jovialidad y la edad avanzada de la mujer. De esta primera atracción surge la reflexión. Muchos son los gestos, pero por fuerza, su número es menor que el de los hombres que los realizan. De ahí que los humanos seamos sólo portadores de los gestos, estos no nos pertenecen, no son definitorios de nuestra personalidad.

Al igual que esa mujer repite un gesto empleado por otras mujeres, otros hombres, nuestras vidas caminan en círculos. El tiempo es visto en la juventud como un camino hacia adelante; sólo cuando alcanzamos el cenit de nuestra vida comprendemos que el tiempo nos atrapa como un círculo; cada vida se cimienta de unos materiales que apenas podemos alterar, de modo que giramos en torno a dicha materia, a dicho tema, del que no podemos huir; no es posible el comienzo de “una nueva vida” tan pregonado por la mercadotecnia de la Nueva Era.

En fin, no desvelaremos las escenas del libro, o la trama interna, o el final del mismo. Baste decir, como mérito indubitado, que son totalmente irrelevantes para el goce de la lectura. Que el verdadero placer se encuentra en el discurrir del propio Kundera, en sus reflexiones (explícitas o por boca de personajes) desperdigados generosamente por toda la novela. Que el inteligente juego entre ficción y realidad (tan querido por Cervantes) es una constante en sus páginas por las que Kundera se asoma para, seguidamente, ceder paso a otros personajes ficticios. Que la primera página del libro desvela el incidente que origina la obra, al tiempo que el último lance festeja el fin de la tarea de su escritura.

Y tampoco habrá que explicar la presencia de Goethe y su peor pesadilla, Bettina, quien amenazó de manera directa la más grande aspiración del genio alemán: su fama eterna. Esa inmortalidad a la que algunos aspiran por sus propios méritos y a la que otros llegan a despecho de sus intenciones y deseos, fotografiados en pose poco favorable para toda la Eternidad, inmortalidad fruto de la visión de otros, visión e imagen en la que vivimos y sobre la que tratamos de influir.

Tampoco hablaremos del triángulo amoroso que describe Kundera, o de las extrañas teorías impropias de su edad o época, del profesor Avenarius y su relación con Kundera y con las protagonistas de la novela.

Y no lo haremos porque el lenguaje claro y preciso, frío en apariencia, de esta novela lo explica mejor, lo encadena de manera precisa sin necesidad de más explicaciones. Y porque al igual que el gesto es la excusa de la novela, y el gesto se encarna en las personas, esas tramas argumentales no son sino la excusa por la que Kundera da rienda suelta a su increíble capacidad para la creación.

“Pienso, luego soy es la frase de uno intelectual que menospreciaba el dolor de muelas. Siento luego soy es una verdad de una validez mucho más general y se refiere a todo aquello que vive” es un ejemplo del tipo de reflexión que contiene La inmortalidad, en esta ocasión en referencia al nacimiento del Homo Sentimentalis; metaliteratura dentro de la Literatura.

Otra breve cita que espero sirva para resumir el espíritu de esta novela y de la obra de Kundera en general: “una novela no debe parecerse a una carrera de bicicletas, sino a un banquete con muchos platos distintos”. Kundera nos asegura un extraordinario menú degustación a bajo precio, que no se debe rechazar en tiempos en los que la comida basura dicta la norma e impone su precio.

Confieso que he leído

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Firmin (Sam Savage)

La historia de Firmin es fácilmente resumible. Una rata se acoge en una librería para parir a su parentela. Entre su abundante prole pronto se destaca Firmin, el más pequeño y débil eslabón de toda la camada. A punto de morir de hambre al ser incapaz de luchar contra sus hermanos por la leche de su madre, acaba por sobrevivir alimentándose de la celulosa que extrae del papel de libros. Con el tiempo descubrirá que ha aprendido a leer por lo que los libros dejan de convertirse en alimento físico para pasar a ser su ventana al mundo y su referencia espiritual.

 

Cuando sus hermanos acaban por abandonar la librería para labrarse el futuro en los alrededores de la plaza Scollay de Boston, Firmin queda como rata soberana de la vieja tienda de libros del excéntrico Norman Shine. Tanto lee la pequeña rata que acaba por convertirse en un ser humano, con sus complejidades morales y psicológicas. Su cuerpo sigue, sin embargo, apresado en la fisonomía de una rata lo que le lleva a evitar con espanto los espejos y reflejos que le recuerdan su triste realidad, mientras sueña con hermosas mujeres desnudas -que conoce gracias a las sesiones nocturnas de un cine al que llaman la “casa de los picores”- y, fundamentalmente, con Ginger Rogers de quien se enamora perdidamente gracias a las proyecciones que contempla extasiado mientras rebusca comida en el suelo del patio de butacas.

 

Esta locura le lleva al convencimiento de que Norman, el librero, acabará por aceptar su presencia como la de un igual, un colega literario. La realidad se impone dramáticamente cuando el librero descubre a la rata y casi logra matarla con un veneno.

 

Pero no es éste el final de Firmin. Como un humano, logra rehacer su maltrecha estima y es “adoptada” por un escritor de poco éxito que malvive con la venta ambulante de sus obras y que reside en el mismo edificio donde se ubica la librería. Jerry acepta a la rata como tal, y apenas se sorprende de que lea. Ambos son parias de una sociedad que no les acepta y la victoria de Firmin es pírrica: finalmente no se sabe a ciencia cierta quién cuida de quién, ha entrado en el mundo de los humanos por la puerta falsa.

 

Entre tanto, la política urbanística de Boston lleva al saneamiento de la degradada plaza Scollay, paisaje vital de Firmin y de los personajes que le rodean. Su vida se precipita, como el final de un libro, inexorablemente. Ni siquiera el milagro de una rata lectora sirve para evitar la última hora; al contrario, a diferencia que el resto de ratas, Firmin sufre la conciencia de su propio fin, muere, por tanto, con sufrimiento exclusivamente humano.

 

El protagonismo de un animal nos lleva a una rica y larga tradición que se remonta a las fábulas de la Antigüedad. En la mayoría de los casos se sobreentiende que la referencia a un animal es el modo idóneo de aludir a la especie humana marcando una distancia que permita objetivizar hechos, opiniones o conductas que, de no mediar tal recurso, nos parecerían corrientes. La finalidad es, por tanto, la de poner de manifiesto las contradicciones del hombre, denunciar la hipocresía o extraer lecciones sobre el comportamiento humano.

 

Kafka tomó esta forma literaria y la reelaboró completamente. Frente a una fábula que persigue un mensaje general, Kafka adopta la fórmula animal con un fin más intimista, como una explicación de su visión particular y privativa del mundo. La fábula deja de ser vehículo de denuncia o instrumento moralizador para convertirse en un género exclusivamente literario.

 

Savage emplea a Firmin con muy diversos fines. De una parte, le permite comentar libros y autores (son curiosas las relaciones que establece entre algunos libros y el gusto que sus páginas dejan en Firmin) lo que hará las delicias de quienes disfrutan compartiendo opiniones sobre lecturas comunes o aprendiendo nuevos nombres. De otra parte, Firmin, esa rata que no pertenece al mundo de las ratas, pero tampoco al de los hombres, que vive, por tanto, en un terreno propio pero incierto, simboliza esa extrañeza que, en algún momento, todo buen lector ha sentido. Aferrado a un libro, en atenta lectura, esa actividad sedentaria e individual por excelencia que nos aleja de nuestros amigos y familiares (aunque, qué duda cabe, también nos acerca más a ellos).

 

Firmin se ha ganado un lugar en los puestos más altos de las listas de ventas a pesar de ser un libro con escaso apoyo publicitario en un primer momento. El boca a boca funcionó convirtiendo la novela en un superventas de Amazon y de ahí si salto a otras lenguas donde, ya con las técnicas de marketing correspondientes, ha reproducido el éxito.

 

Su autor, Sam Savage, se estrena a una edad ya madura, en el mundo editorial. Escrita sin pretensiones y con el fin de disfrutar durante el proceso, Firmin es el resultado del amor de su creador por la lectura, los libros y las librerías y su deseo de compartir ese acervo con sus lectores que, cual ratas lectoras, se identificarán con el idealismo de su protagonista y sus contradicciones, nuestras contradicciones.

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