Los sueños apócrifos (Alberto R. Torices)

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«La treintena de sueños apócrifos que aquí se reúnen son los que experimentan otros tantos personajes ficticios, todos ellos miembros del prestigioso patrimonio de la literatura universal que vive en nuestra memoria. Cuentas literarias parecidas se impuso Tabucchi en Sogni di sogni, pero las saldó en nombre de los propios escritores, no de sus criaturas de ficción. Aquí sueñan Pedro Páramo y Kino, don Quijote y Temple Drake, sueñan el Extranjero –nadie lo recuerda por su nombre propio–, y el capitán Marlowe, Iván Ilich y Norah Helmer. Tan honrosa convocatoria supone otra vuelta de tuerca en la espiral de ficciones que sobrelleva este libro: el autor inventa sueños de personajes inventados. Una tarea, pues, de figuraciones apócrifas que podrían arrogarse igualmente la condición de vicarias. Y en esa dependencia radica la segunda virtud del libro, el íntimo homenaje a las criaturas de ficción que han alumbrando tantas noches de lectura. Para un buen lector, pocos asuntos más reales que los personajes de un libro. Si ese lector escribe, pocas formas más arriesgadas de celebrar la memoria literaria de criaturas ajenas que se ofrecen como propias. Al menos, le pertenecen devotamente como lector. Y por fortuna, el que se atreve aquí a soñar en nombre propio no ha leído con pobreza las obras que le incitan a fabular. Buen gusto, intuición literaria y respeto por los textos originales son los avales de cada relato.»


Pablo Andrés Escapa

 

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FELICES COMO ASESINOS (Gordon Burn)

A lo largo de los últimos años, el Reino Unido ha proporcionado al mundo dos tipos de noticias que han dado cuenta del progreso y avances de la sociedad británica. Por un lado, los escándalos de su monarquía. Incendios, exenciones fiscales, separaciones, adulterios, supuestas intrigas asesinas, en definitiva, días de ginebra y rosas. Y, por otra parte, la aparición de asesinos en serie que baten récords mundiales tanto en número de víctimas como en despistes elementales a la policía y la justicia. Con una Casa Real tan ejemplar, y con un sistema tan eficaz, luego se quejan de las travesurillas de los chiquillos futbolistas del Leicester. Qué quieren, si sólo imitan lo que ven.

Porque lo de los asesinos en serie británicos no es ninguna tontería. No contentos con haber aportado a la historia nombres de profesionales como Jack el Destripador (un auténtico pionero de la moderna historia criminal) la rivalidad y envidia británicas hacia Estados Unidos siempre ha sido notoria. Poco podían resistir en la Gran Bretaña el récord de Ted Bundy, el norteamericano que se cargó a unas cien mujeres en los años 70. Y así tenemos al Doctor Muerte, Harold Shipman, el médico que, a base de pinchazos de morfina, liquidó, según cálculos aproximados, a unos trescientos pacientes. Esto sí que es premier league, y lo demás son tonterías.

Pero antes de que el Doctor Muerte fuese inmortalizado por la prensa, otros simpáticos británicos, en este caso un afable y trabajador matrimonio que residía en Gloucester, marcaron la tendencia de la moda de los 90. Fred y Rose West asesinaron, a lo largo de más de veinte años, a una serie de mujeres a las que luego enterraban en su jardín y en el sótano de su casa. Cuando en 1994 los investigadores se dieron cuenta de que allí había más huesos enterrados que en Atapuerca, la prensa etiquetó el suceso como “la casa de los horrores”, nombre que pasaría a la posteridad.

La historia del descubrimiento es casi tan macabra como la de los sucesos mismos. Como consecuencia de una denuncia por abusos y malos tratos presentadas por una de las hijas de los West, la policía empieza a investigar la desaparición de Heather West, otra de las hijas de la pareja, producida siete años atrás. Más bien movidos por una corazonada, la policía consigue una orden judicial para proceder a excavar en el jardín familiar. Y encuentran el cadáver de Heather, pero con una particularidad: que tenía tres fémures. La búsqueda de nuevos cadáveres concluyó con el hallazgo de ocho esqueletos más, todos incompletos, puesto que les faltaban huesos de los pies y de las manos y las rótulas, unos trofeos que nunca fueron encontrados. Tras la detención del matrimonio, Fred se suicidaría al cabo de los meses en la cárcel.

La personalidad de Fred y Rose West es, como no podía ser de otro modo, enfermiza. A la vez que compleja. Se descubrió que en la casa que poseían había, aparte de huesos, un centenar de cintas de vídeo de porno casero, así como una colección completísima de instantáneas de genitales. Fred y Rose alquilaban habitaciones de su casa a cualquiera, y Fred le suministraba continuamente a Rose hombres negros para que mantuvieran relaciones sexuales con ella: según su marido, Rose necesitaba estar en contacto con hombres dotados, mientras él espiaba, fotografiaba y filmaba los encuentros. En estas prácticas sexuales incluían también a sus hijos, a los que iniciaban en la infancia con tocamientos y violaciones. Fred obligaba a sus hijas a mantener relaciones sexuales con él, e incluso llegaba a afirmar que el primer hijo que tuvieran debería ser fecundado por él mismo. Con el tiempo, obligaban a sus hijos a participar en orgías comunes con los visitantes de la casa.

Por lo demás, Fred era considerado un buen trabajador. Se dedicaba a realizar chapuzas y, dada su paciencia y dedicación, se le tenía como uno de los mejores de la zona. Estaba obsesionado con las herramientas, y su casa estaba siempre en obras: remodelaba constantemente su estructura con la inclusión de nuevas habitaciones, con reformas y con nuevos revestimientos en el sótano, lo que servía, además, para esconder mejor los cadáveres. Algo que, por otra parte, no parecía necesario: a pesar de algunas denuncias por violaciones y de su conducta extravagante (Rose se paseaba por el barrio sin ropa interior y se sentaba en los bares mostrando en todo momento, en plan Marta Chávarri, sus interioridades), los West actuaron libremente durante más de dos décadas. Un recuerdo tan vergonzoso que motivó el enterramiento de cualquier vestigio, tras la demolición de la casa: “Tras un largo periodo de consultas, se adoptó la decisión de convertir el lugar en una zona peatonal o atajo que conectara la calle con St Michael’s Square y el bullicioso centro de Gloucester. Se estudiaron y rechazaron otras alternativas: una placa conmemorativa en el solar, un jardín en recuerdo suyo. Nadie quería conservar semejantes recuerdos, un recordatorio permanente”, según cuenta Gordon Burn en “Felices como asesinos”, la recreación novelada de aquellos crímenes.

Leyendo la obra, el referente siempre presente es el de “A sangre fría”, porque Burn (un escritor y periodista británico nacido en 1948) sigue el camino emprendido por Capote, el de partir de un seguimiento escrupuloso de una serie de hechos para configurar una obra a medio camino entre el reportaje y la novela, lo que en su momento se dio en llamar “novela de no ficción”. No obstante, el tratamiento compositivo, e incluso moral, es distinto al de Capote. Si en “A sangre fría” Capote venía a ofrecer, aunque fuera de manera implícita, una posibilidad de solución al problema (la supresión de la pena de muerte, en una lectura que seguiría Richard Brooks en su adaptación al cine de la obra), Burn no puede ni siquiera imaginar una salida digna: lo único que se puede hacer es disimular y mirar hacia otro lado, como si nada hubiera ocurrido. Mientras la historia de Capote sigue un desarrollo lineal, Burn ha compuesto su material de una manera interrumpida y cortante, como si una historia sobre cuerpos desmembrados y mutilados no se pudiera contar de otra manera. La mente tortuosa de los West, así como la estructura laberíntica de la casa en la que vivían, se plasma en lo que ha sido, desde su publicación, uno de los aspectos más aplaudidos de la novela: su composición.

Por otro lado, si “A sangre fría” nos hablaba de un crimen cometido en una zona rural de Estados Unidos, “Felices como asesinos” centra su terror en el ambiente urbano en que se desarrolla la historia. Sólo en este ambiente, consecuencia de una industrialización acelerada y desmesurada, en un barrio obrero, en un clima despersonalizado, es como se consigue la ocultación de las más brutales aberraciones: “La libertad que confieren los disfraces. La libertad que las ciudades otorgan. En la ciudad lo prohibido –lo más temido y deseado- se hace posible. Y Fred y Rose, nacidos ambos en casas con vistas al campo abierto que se prolongaban hasta el horizonte –lugares luminosos proyectándose ante la luz-, se habían sentido atraídos por separado por las oscuras anfractuosidades de la vida urbana. Complacencia, perversión, anonimato y desorden en lugar de la vida previsible y el apacible cambio de las estaciones”. El terror de lo cotidiano, una fórmula que, tanto en la ficción como en la realidad, ha dado tan buenos resultados.

Porque no sólo se trata de que cualquiera pase desapercibido en una ciudad, sino que el disfraz de lo normal contribuye a esta ocultación: “A juzgar por los estándares de Cromwell Street en los años setenta, que albergaba el inventario completo de la anarquía urbana, se diría que la gente que vivía en el número 25 era una familia modelo. Un padre con un trabajo regular y entregado a la mejora de su hogar; una madre joven y trabajadora que, a pesar de todo, se las apañaba para resultar atractiva y presentable; un bebé y tres niñas pequeñas que eran educadas, tranquilas y se criaban bien. Ella le despedía con un beso a la puerta cuando salía a trabajar por la noche, y siempre tenía el desayuno esperándole en la mesa por la mañana. Y Fred no tardó en poner una placa en el exterior de la casa que era poco menos que un emblema de su estatus y una declaración de su respetabilidad”.

Ingredientes, lo cotidiano y lo normal, que no por recurrentes resultan menos eficaces cuando se emplean bien. Porque, con ser un buen material de partida y con estar el libro documentado hasta la última línea, es la escritura de Gordon Burn la que nos sumerge en una historia alucinante donde nada tiene explicación racional, y donde todo resulta confuso y atropellado, desde los crímenes a las apabullantes y desordenadas preguntas de los interrogatorios a los que finalmente resultan sometidos los culpables. Después de publicada la novela, la realidad sigue (con casos como el del Doctor Muerte) suministrando materiales a la ficción. En una época en que se confunden ambos ámbitos, en que una guerra es televisada como espectáculo, no es de extrañar que la literatura realice una reflexión al respecto. Es, además, recomendable.

Manuel de la Fuente en www.lapaginadefinitiva.com

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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LOLITA ( Vladimir Nabokov)

He escogido el tema o género erótico porque lo que había oído y leído (poco, la verdad, pero siempre en el mismo sentido) sobre esta novela, me encaminaban a imaginarla como un paradigma en este tipo de narraciones, centrada, pensaba, en describir los encuentros torturo-amorosos entre -como decían las reseñas- un europeo cuarentón y la doceañera Lolita, su obsesión. Menos mal que muchos y yo nos equivocamos. Por suerte la novela es grandiosa por muchas otras cosas. No es que desprecie este tipo de narraciones –eróticas-como tal, ni siquiera menosprecio las connotaciones sensuales y las explicitaciones sexuales de este libro; sin ellas Lolita no existiría, el lector, o yo, no me habría podido forjar una idea de esa ternura psicótica del dr. Humbert hacia su nínfula si no me hubieran contado cómo se acostaban juntos, pero junto a todo eso, o incluso, al menos para mí, por encima de ello, me sobrecogió la riqueza literaria de esta obra.

Una novela para releer. Eso es algo que ma da infinita rabia y a la vez representa lo más destacable de este libro: no he sido capaz -en mucha gran medida- de comprender todos los dobles sentidos o únicos sentidos de sus descripciones, anotaciones, referencias temporales y espaciales, algunas con base en la realidad otras sin ninguna; se trata de un lenguaje altamente críptico, cuyas claves descifratorias, pienso, muy a menudo, sólo están al alcance del mismo autor. Son comparaciones tan personalísimas e íntimas, que hace falta un lector muy acostumbrado a usar su imaginación para intentar entenderlas, mejor dicho, imaginarles un posible significado. 

Ese es el gran regalo de Nabokov, convertido en Humbert, narrador en primera persona, desde la soledad del calabozo y autosabiéndose loco, peor consciente. Que no escatima en subjuntivas y proposiciones aparentemente innecesarias y sin sentido en la narración. Adora los paréntesis y las exclamaciones que claman lo que en ese preciso momento siente. Que se olvida también de orden más lógico, o más sencillo, de ordenar las frases porque lo hace conforme a su perturbado sentido apreciativo; habla con ritmo, casi en verso, a veces, piensa en inglés o francés, inventa vocablos que ninguna lengua no le ha legado para llorar sus emociones, su risa disléxica…  ¿Quién dijo que tuviera que ser fácil leer un libro, entenderlo por completo? En esto, desde luego, no me pilló por sorpresa la lectura. Como buen ruso, es un experto usando la lengua con fines estéticos.

De la historia hablaré lo justo. El mismo autor vaticinó, y así lo plasma en el post-scriptum (se llama así?) o texto firmado por él tras la novela, que la gran mayoría de lectores abandonaría la lectura de la novela -o al menos se lo plantearían- dado que llegado a un punto se convierte en algo lenta la narración. Algunos pueden pensar: podría haber eliminado parte de esas escenas. Yo creo que la estructura narrativa es perfecta, laxa, lenta, un viaje hecho dos veces  e igualmente contado con la misma intensidad, pero idónea. Personalmente, además, pocas, poquísimas novelas me han permitido decir a su fin:»qué final más perfecto».

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AVISOS DE DERROTA, de OSCAR SIPÁN

AVISOS DE DERROTA, de OSCAR SIPÁN

Oscar Sipán es un fabulador nato, un hombre nacido para crear ficciones, una persona acostumbrada a ver la realidad con ojos de escritor, a deformarla, a divisarla desde perspectivas inusuales.
Hace un tiempo tuvo un gravísimo accidente de tráfico que le hizo replantearse su vida. Podría haber muerto y no hubiese hecho nada de lo que en verdad deseaba haber realizado. A partir de ese momento decidió apostarlo todo por lo que en verdad le llenaba: la literatura. Se dio un margen de un año para lograrlo. Hace ocho años de ello y, hasta ahora, está viviendo su sueño.
Oscar Sipán es un escritor clásico, hecho a sí mismo a base de lecturas, capaz de sacarle punta a cualquier tema porque tiene la facultad de ver más allá de lo que realmente hay en una realidad. De esa realidad, su realidad, obtiene el material de sus cuentos.
Avisos de derrota, su nuevo libro de cuentos surge de lo que el denomina tsunami sentimental, una ola gigante que arrasó su vida de nuevo hace dos años. Por eso el desamor presente en la mayoría de los relatos. Por eso los cuentos de Oscar Sipán contienen gotas de la esencia de su alma. Un alma buena, inquieta, que continuamente se cuestiona el mundo que le rodea. Los relatos son, de alguna manera, un exorcismo.
Contiene cuentos dotados de realismo mágico, como Il mondo mio, La jaula de Faraday, El sonido de matar y el sonido de morir o Memento mori. Son cuentos que nos muestran la realidad paralela, en la que introduce al lector con naturalidad, de modo fácil. Con lo complicado que es hacer parecer fácil lo difícil.
Tiene cuentos esféricos, con final cerrado y que golpean la mente del lector; y cuentos abiertos que dan que pensar. Trasciende una documentación propia de las personas curiosas, que le lleva a descubrir la chispa de inicio del relato, la semilla que lo contiene en su totalidad, que se revela en su cabeza.
La jaula de Faraday es una ficción preciosa que parte de alterar en un momento determinado la realidad de un suceso verídico. Nelson Marra gana un premio literario con el relato El guardaespaldas, cuyo personaje es un torturador de la policía política en un país latinoamericano. Juan Carlos Onetti es miembro del jurado que lo premia. La situación política del momento es complicada y la dictadura uruguaya se refuerza con el miedo. El 9 de febrero de 1974 Nelson Marra es detenido por haber escrito el relato. No será liberado hasta 4 años después, torturado, marcado para siempre por un cuento. Una vez en libertad, se exilia, primero en Suecia y luego en Madrid. Onetti es capturado en la misma fecha, por ser jurado de un premio literario que otorga el premio a Marra, y es liberado el 14 de mayo de 1974. Se exilia en España. Sipán altera la realidad y utilizando a Onetti como personaje, no premia el cuento de Marra. A partir de esos hechos surge la ficción. Es un homenaje a Marra y a Onetti, y me atrevería a decir que es un homenaje a la libertad de expresión y al poder de la literatura, a esa facultad que tiene la ficción de hacer ver la realidad, porque sin la ficción la realidad no existiría, como el yin no existe sin el yang, como no se comprende la bondad si no se opone a la maldad.
Otro relato en el que Sipán parte de hechos reales y circunstancias vividas es El dios de las camareras, con el que abre el libro. Aquí aprovecha un viaje en la búsqueda de los restos que queden en Moraira del escritor Chester Himes para narrar un desamor. Pero es más que eso. Sipán se muestra otra vez metaliterario, habla de lo que le gusta (la literatura) y de lo que le llama la atención en este mundo de lo narrativo, y todo eso lo adereza con una gota de su alma, porque esa historia de desamor es muy posible que sea la suya o se le parezca.
El sonido de matar y el sonido de morir es uno de mis relatos preferidos. Utiliza el flash back, alterando los tiempos reales de la narración y muestra un Sipán mágico que se repite en otros muchos de estos cuentos. En Cuarenta días de niebla, utiliza la misma técnica y cierra el relato de modo magistral.
Estamos, pues, ante un libro muy recomendable, con un autor asentado en una poética del cuento firme pero que no desdeña experimentar con distintas técnicas para lograr el objetivo de asombrar al lector. Un libro de cuentos que rinde homenaje a la literatura, a la magia de la ficción, y que se sedimenta en un desamor vívido que impregna casi todos los relatos.

Ya saben, hacer fácil lo difícil.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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¿MANDERLEY EN VENTA?, de Patricia Esteban Erlés

 

“MANDERLEY EN VENTA”, de Patricia Esteban Erlés

(TROPO EDITORES)

Por Fernando Iwasaki

En «Una luz en la ventana», Truman Capote narró el estupor de un viajante que descubre que la dulce ancianita que le obsequió su hospitalidad tenía en la cocina un congelador repleto de cadáveres de gatos. Cuando leí Manderley en venta recordé aquel cuento memorable de Música para camaleones, pues Manderley en venta es un frigorífico lleno de historias que no quieren ser otra cosa que los gatos congelados de cada casa, de cada pareja y de cada familia. Patricia Esteban Erlés es -para mí- la gran revelación literaria del 2008.
 
EL ALAMBIQUE PERFECTO.

Por Ida Ferrero Lindlau.

Del mucho leer y del poco dormir a algunos se les seca el cerebro y a otros, como en este caso, se les ilumina. Patricia Esteban Erlés destila en sus relatos la perfección del que ha despojado a la literatura de todo lo superfluo: de sentimentalismos, de complacencias, de doctrinas y de oraciones subordinadas innecesarias. La sencillez como abanderada, el aroma de lo sabido y reposado largamente hasta dejarlo en el puro hueso, la maestría de la puntuación atenta y del verbo exacto, del mensaje comunicado en línea recta. Sus creaciones me traen recuerdos de otros grandes escritores que me han hecho disfrutar y a los que admiro. Es como un té que perfuma mi sala y en el que reconozco otros momentos de liviana paz, de suspiro contento al leer y ver nacer una generación de eruditos alcanzables que retoman el testigo del relato corto.

 

Los recursos literarios utilizados por Patricia son magníficos y sorprendentes y no dejarán indiferente a nadie que lea relatos como “Una y Otra”, de una dualidad sin mácula y preciosista, o “Sin violín, desde el tejado”, que me lleva irremediablemente a recordar “Carta a una señorita de París” de Cortázar por el ambiente en que lo escribe, pero otro completamente, otro redondo y él mismo, o “Habitante”, en el que huelo el cloro de las piscinas de “El Nadador” de Cheever, sin dejar de escuchar el latido del corazón de una escritora única en sus voces múltiples. “De culos y manzanas” es, sencillamente, Patricia Esteban Erlés, maravilloso.

 

Los lectores estamos de enhorabuena: “Manderley en venta”, de Tropo Editores, es un libro maduro y vibrante de historias que nos señalan el camino de la narrativa con mayúsculas, la que fija la mirada en lo cotidiano y nos lo devuelve renacido, ahíto del pozo de los que miraron antes que ella, asimilado un equipaje cultural inmenso en su código genético,  y vertido en pequeñas píldoras de colores que podemos administrarnos a discreción. El relato corto recupera con esta autora sus cotas más altas de perfección y nos devuelve el placer de la lectura en voz alta. He aquí una cronista de nuestro tiempo que mira a lo lejos y que abrirá caminos nuevos y descubrirá un nuevo mundo para todos nosotros.

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