EL CUADERNO DORADO (Doris Lessing)

Cuando llegué a Londres, en 1966, The Golden Notebook llevaba ya cuatro años de publicado, pero todavía se hablaba mucho del libro. Era objeto de recriminaciones y elogios apasionados y tanto sus devotos como sus detractores le reconocían el papel de novela símbolo de la época. Las feministas la habían adoptado como manual y en ciertos círculos literarios se la consideraba el experimento más audaz con la forma novelesca desde Under the Volcano, de Malcolm Lowry. La compañera de trabajo en el Queen Mary College que me lo recomendó, me dijo: «Léalo, si quiere saber lo que es la condición femenina». Lo leí y esa primera lectura me dejó bastante escéptico. Comenté a mi colega que la novela de Doris Lessing me había recordado Les Mandarins, de Simone de Beauvoir, y se enojó.

En esta nueva lectura pienso que ella tenía razón y que yo andaba equivocado. El cuaderno dorado vale más que Los mandarines: es menos pretencioso y trata los mismos temas con más hondura, además de abordar otros que no aparecen en la novela francesa. Ambas son, eso sí, un documental novelesco de la posguerra europea.

El cuaderno dorado tiene muchos méritos. El primero, ser una novela ambiciosa, querer abarcar asuntos tan diversos como el psicoanálisis y el estalinismo, las relaciones entre la ficción y lo vivido, la experiencia sexual, la neurosis y la cultura moderna, la guerra de los sexos, la liberación de la mujer, la situación colonial y el racismo.

No creo que haya en la literatura inglesa moderna una novela más «comprometida», según la definición que dio Sartre del término. Es decir, más enraizada en los debates, mitos y violencias de su tiempo; más agresivamente crítica de la sociedad establecida en sus ritos y valores, y, también, más empeñada en participar, a través de la palabra artística, en el quehacer colectivo, en la historia.

El intelectualismo de sus primeras páginas es engañoso. Hace temer una de esas novelas sartreanas de la posguerra que ahora se nos caen de las manos; pero, muy pronto, una vez que empezamos a entrar en el mareante juego de espejos que se establece en el libro entre la (aparente) historia objetiva —Mujeres libres— y los cuadernos de distintos colores, advertimos que aquella racionalidad tiene pies de arcilla, es un artificio armonioso que oculta un paisaje caótico. Y, en efecto, poco a poco, la lucidez reflexiva del narrador y de su personaje Anna Wulf (luego descubriremos que ambas pudieran ser una misma persona) se va resquebrajando hasta disolverse en la locura, territorio en el que se refugia la protagonista —por lo menos, según su testimonio literario— después de perder su valerosa pero inútil batalla contra las distintas formas de alienación que amenazan a la mujer en la sociedad industrial moderna.

La verdad, no entiendo por qué se hizo de esta novela una biblia feminista. Desde ese ángulo, sus conclusiones son de un pesimismo que pone la carne de gallina. Tanto Anna como Molly, las dos «mujeres libres», fracasan estrepitosamente en su empeño por alcanzar la emancipación total de las servidumbres psicológicas y sociales de la femineidad. La rendición de Molly es patética, pues opta por un matrimonio burgués contraído por la más burguesa de las razones: la búsqueda de la seguridad. Y Anna se enclaustra en un mundo mental en el que la exploración de la locura (El cuaderno dorado) es más que un juego peligroso: refleja la frustración de sus intentos por tener una vida lograda. La independencia, la libertad de que. gozan no defiende a ninguna de las dos amigas contra la zozobra emocional, el vacío y el sufrimiento. Tampoco les confiere la madurez intelectual que les permitiría superar, tomando una distancia irónica con sus propias vidas, sus fracasos. Anna, que escribió de joven una novela de éxito, padece ahora —tiene unos cuarenta años— de esterilidad artística y a todos sus amantes les asegura que no volverá a coger la pluma (aunque esto pudiera ser una mentira, según descubriremos al final).

Luego de sus respectivos divorcios, Molly y Anna se liberaron de la familia, esa gran bestia negra de cierto feminismo según el cual esta institución reduciría a la mujer, siempre, a roles pasivos e inferiores. Ambas tienen amantes a voluntad, pero esas relaciones, sobre todo en el caso de Anna, suelen ser amargas: la dejan herida, con una creciente sensación de deterioro emocional. Por lo demás, uno tiene la impresión de que tanto Anna como su alter ego en los diarios, Ella, instintivamente aspiran a que cada una de sus aventuras sexuales se torne una relación permanente, un «matrimonio». Las dos parecen incapaces de hacer del sexo un mero pasatiempo de los sentidos, un placer físico en el que no intervendría para nada el corazón. Esta aptitud es, en la novela, exclusiva de los hombres, los que, siempre, llegan, fornican y se van.

En realidad, El cuaderno dorado no tiene la pretensión de ser un libro edificante ni un recetario contra la enajenación de la mujer en la sociedad contemporánea. Es una novela sobre las ilusiones perdidas de una clase intelectual que, desde la guerra hasta mediados de los cincuenta, soñó con transformar la sociedad, según las pautas fijadas por Marx, y con cambiar la vida, como pedía Rimbaud, y que terminó dándose cuenta, a la larga, de que todos sus esfuerzos —ingenuos, en algunos casos, y en otros heroicos— no habían servido de gran cosa. Pues la historia, que continuó corriendo todos esos años, lo hizo siguiendo rumbos muy distintos de los esperados por los intelectuales idealistas y soñadores. Aunque la perspectiva desde la cual está contada la novela sea la de una mujer, no es la condición femenina —en abstracto— lo que aparece como el asunto central del libro, sino, más bien, el fracaso de la utopía que experimenta un intelectual (que es, también, mujer).

Desde ese punto de vista, El cuaderno dorado es una severa autopsia de las alienaciones políticas y culturales de la inteligentsia europea de vanguardia. Con este libro, Doris Lessing se adelantó a su época, pues, en el resto de Europa el progresismo sólo se atrevería a hacer su autocrítica en lo relativo a las mistificaciones ideológicas o al poder revolucionario de la literatura y el arte en la década de los setenta.

II

El carácter fragmentario del libro no es gratuito. Tampoco, ser un calidoscopio donde las historias se forman y deforman unas a otras. Esta estructura responde a la enmarañada realidad emocional y social tal como es vivida y analizada por la protagonista, Anna Wulf.

En teoría, la novela está dividida de este modo: una historia objetiva —Mujeres libres—, que consta de cinco episodios, e, intercalados entre ellos, los cuadernos secretos que escribe Anna. Éstos son de cinco colores diferentes y, también en teoría, cada uno de ellos contiene materiales de distinta naturaleza. En el negro aparece todo lo relacionado con Anna como escritora; en el rojo, sus experiencias políticas; en el amarillo, Anna inventa historias que se basan en su propia vida, y el azul quiere ser un diario. El cuaderno dorado del final debería ser la síntesis de todos los otros, un documento que integraría, dando unidad y coherencia, a la Anna desmembrada en los otros cuadernos.

Esta organización es desmentida por la práctica. Anna no puede mantener invioladas las fronteras que ha fijado a cada cuaderno y el lector descubre que las invenciones irrumpen a menudo en el diario y que se habla de política en todas partes, del mismo modo que el oficio de Anna, la literatura, impregna con frecuencia el cuaderno político. Todo ello muestra, de manera muy gráfica, en el dominio de la forma, lo que Anna descubre en el curso de la novela: que la vida es incasillable en un esquema exclusivamente racional, se trate de una doctrina política como el marxismo, de una terapia con pretensiones de filosofía totalizadora como el psicoanálisis o de las simetrías de una estructura novelesca. Lo racional y lo irracional constituyen una indisoluble realidad que confiere a la vida humana una característica fundamental: su imprevisibilidad.

Las locuaces incongruencias de la construcción de la novela en lo que respecta a los cuadernos que lleva Anna no son las únicas sorpresas que esperan al lector de El cuaderno dorado. La mayor de todas es el pase mágico del final, cuando advierte —por una frase dicha por el americano Saúl Green a Anna, en una página de su diario— que Mujeres libres, historia que hasta entonces parecía autónoma, escrita por un narrador ominisciente, podría ser, en verdad, la novela que escribiría Anna después de terminar el último diario, es decir, el libro con el que rompería por fin el bloqueo psicológico que la había anulado tantos años como escritora.

Se trata de una pequeña vuelta de tuerca, que deja flotando en el ánimo del lector una ambigüedad más en un libro repleto de enigmas. Pero es importante subrayar este barroquismo de la estructura para mostrar cómo, en esta novela «comprometida», hay en la forma una riqueza de inventiva que va a la par con la complejidad de su contenido.

III

Sin embargo, insistir demasiado en las sutilezas de su forma sería desnaturalizar El cuaderno dorado, cuya pretensión primera no es el experimento artístico sino discutir ciertos asuntos morales, políticos y culturales que pueden resumirse en esta pregunta: ¿qué podía hacer, entre la segunda guerra mundial y finales de los cincuenta, una intelectual progresista para mejorar el mundo y mejorarse a sí misma?

Anna, que pasó los años de la guerra en Rhodesia del Sur, en Salisbury, milita allí en un pequeño círculo marxista conformado por pilotos de la real fuerza aérea británica, todos blancos. Se trata de una militancia bastante irreal, hecha de buenas intenciones y de realizaciones nulas, que deja a todos, al cabo de las frenéticas borracheras de los fines de semana, en el hotel de campo de Mashopi, un mal gusto en la boca, la sensación de interpretar una farsa. Pero Anna toma conciencia del racismo que per-mea toda la vida en esa colonia y de la ignominiosa condición en la que se encuentran los nativos, por obra de un país que, paradójicamente, lucha en esos años contra el totalitarismo nazi en nombre de la libertad.

En Inglaterra, en la posguerra, Anna escribe una novela basada en sus experiencias africanas: Las fronteras de la guerra. Por la síntesis que ella hace del libro en sus diarios —los amores de un inglés con una mujer negra—, éste entraña una severa crítica del colonialismo. Pero el gran éxito comercial que obtiene, desactiva al libro políticamente, lo convierte en un producto de consumo para el mero entretenimiento de un público que no asocia la literatura con «problemas» de ningún orden. Tal vez por esto ha dejado Anna de escribir. Tal vez por ello rechaza todos los proyectos de adaptación cinematográfica en los que percibe, siempre, en los productores, la intención de adulterar su libro para hacerlo más asequible a un público enajenado por el conformismo.

Su voluntad de escapar de algún modo al mecanismo desmovilizador de la cultura y la vida británica lleva a Anna a inscribirse en el Partido Comunista y a militar en él algunos años. Lo hace sin muchas ilusiones, consciente de lo que ocurre en la URSS —los grandes crímenes de Stalin son ya del dominio público—, con la vaga esperanza de que las cosas se puedan cambiar «luchando desde adentro». Es otro de sus dolorosos fracasos: descubrir que el dogmatismo ideológico y la estructura vertical del partido son impermeables al cambio y capaces de «absorber a todos sus contradictores». Ni la revolución social ni el gran cambio moral a los que aspira vendrán, pues, de allí.

Renunciando, entonces, a los ideales colectivos, Anna trata de organizar su vida individual de acuerdo con ciertos principios y normas de una moral auténtica, no-conformista. Intenta superar la crisis que padece con ayuda del psicoanálisis (otra utopía de la época casi tan exaltante, para los intelectuales, como la revolución). Lo que descubre, más bien, a través de los plácidos consejos de su psicoanalista —la encantadora Mother Sugar, un personaje que aparece al sesgo pero que es el más simpático del libro— es que la terapia la empuja de manera invencible hacia aquello de lo que precisamente quiere huir: la «normalidad», una vida modelada de acuerdo con los usos y valores del establecimiento.

Su vida privada, como la pública, es una secuencia de fracasos. Salvo una brevísima pero intensa relación con Paul, en África —mientras era la amante de Willi—, Anna no ha conocido jamás un gran amor. Tuvo un marido fugaz al que no quiso y del que ha tenido una hija, Janet. Luego, numerosos amantes con los que, a veces, goza un tiempo, sin llegar nunca a ser feliz. Tal vez el mayor fracaso de todos los que Anna experimenta sea el conjeturar el porvenir de su hija. La niña, obedeciendo un oscuro instinto de defensa, trata de ser diferente de la madre y quiere, a toda costa, reintegrarse a aquella sociedad alienada, prejuiciosa, conformista, de la que Anna ha estado tratando de apartarse. Por propia voluntad, Janet va a ese bastión de la sociedad clasista británica —un internado privado para señoritas— y el lector fantasea que no sería nada extraño que Janet terminara siendo una bella lady, indiferente y neurótica.

¿Es de sorprender que, con esta acumulación de frustraciones, Anna tenga una visión amarga y pesimista del mundo? Uno de los reproches que se hicieron a la novela es que sus personajes masculinos sean, todos, repulsivos o despreciables. En verdad, ninguno de ellos tiene la menor grandeza. Pero ¿son acaso mejores las mujeres? Ni siquiera Anna, el personaje al que conocemos más íntimamente y con el que podríamos sentirnos más solidarios, acaba de seducirnos. Hay en su vida una sequedad excesiva, autoimpuesta por discutibles principios ideológicos, y una incapacidad de adaptación que, por admirable que sea en imagen artística —el héroe o la heroína enfrentados al mundo siempre hace palpitar nuestro corazón romántico—, es también una garantía de infelicidad individual y de inoperancia social. Ella, que lucha con tanto empeño contra los convencionalismos, sucumbe, también, a ciertos estereotipos, cuando se trata de juzgar a los hombres, a Estados Unidos, o cuando mitifica hasta irrealizarlos a los guerrilleros del tercer mundo.

Pero aunque se trate de un libro sin héroes ni heroínas, The Golden Notebook perdura en la memoria como sólo lo consiguen las novelas logradas. Decenas, centenares de ficciones de los cincuenta y los sesenta trataron de capturar el espíritu de la época, con sus grandes ilusiones, sus terribles fracasos y las profundas transformaciones históricas que, aunque no siempre en el sentido que hubieran deseado los amantes del apocalipsis, también ocurrieron. En El cuaderno dorado, Doris Lessing lo consiguió. No es su culpa si el espectáculo no resulta grato ni estimulante.

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Pasos de baile en tu panteón (Juan Giral Muñoz)

Espléndida novela negra sobre un profesor de baile que mantiene una extraña relación con los alumnos de su academia. Una de las originalidades de este libro, aunque no la mayor, es que conociendolos pasos de distintos bailes clásicos, como el vals, la rumba, o el foxtrot, se puede llegar a una lectura alternativa según los capítulos marcados en el índice.

De hecho, el culpable de lo que sucede noes el mismo según el ritmo que se elija.

El hecho de que le narrador haya elegido el pasodoble quizás tenga algún significado simbólico que se nos escapa, peor lo cierto es que las historias paralelas, que no queremos desvelar aquí, y la sutil diferenciación de las personalidades hacen de esta novela una obra muy distinta a las que habitualmente encontramos en las librerías.

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El último coyote (Michael Connelly)

Durante una suspensión temporal por golpear a un superior, Harry Bosch comienza a investigar el asesinato de Marjorie Lowe, su madre, treinta y tres años atrás.

Por fin se ha publicado en castellano la que es la cuarta aventura protagonizada por Harry Bosch.

El policía se encuentra en un mal momento de su vida. Con su casa semi destruida tras un terremoto, suspendido de empleo en busca de una valoración psiquiátrica y con problemas de bebida, decide enfrentarse a lo que le atormenta.

Durante sus encuentros con la Dra. Carmen Hinojos van brotando traumas y motivaciones, poco sutiles, que relacionan el golpear a un superior con el asesinato de su madre.

Bosch mantiene que interesan todos los casos o ninguno, que resolver la muerte de una prostituta es igual de importante que la de cualquiera y se ve a sí mismo como el último coyote del título, un ser en vías de extinción.

Durante una investigación que le lleva inevitablemente al pasado, Bosch se relaciona con todo tipo de personas, desde McKittrick, uno de los policías que investigó el caso de su madre, que tiene mucho en común con él, una muestra del poli retirado que aún recuerda un caso no resuelto, “El Caso”.

También con Jasmine (Jazz) una mujer que le ayuda a cicatrizar las heridas emocionales, con un pasado atormentado, una persona fuerte, una superviviente, alguien muy parecida a él.

Otros personajes son Meredith Roman, amiga y compañera de trabajo de la fallecida, varios políticos que pudieran estar implicados en el asesinato etc.

Como es habitual en sus novelas, Connelly muestra una serie de personajes atormentados, que luchan por sobrevivir en un mundo implacable sin renunciar a sus valores.

La novela se sigue con interés, aunque hay momentos en que la larga relación de nombres que no se asocian a un personaje concreto puede ser confusa, es de lectura ligera y fácil, apostando por la nostalgia y un protagonista inspirado en los detectives clásicos de los cuarenta y cincuenta e intenta, como de costumbre, dar una sorpresa final en cuanto a la identidad del criminal.

En este sentido, para quien ha leído muchas novelas del género, ya hay poco que sorprenda, como apenas lo hace saber quién mató a Marjorie ni la resolución que se le da al personaje para permitir que Bosch no deba tomar una decisión.

Aunque no está a la altura de las mejores novelas de Bosch (para mí las dos primeras) tampoco es de las peores, y sirve para completar las aventuras protagonizadas por el personaje.

Las novelas de Harry Bosch:

– El Eco negro, 1992 (Premio Edgar)
– Hielo negro, 1993
– La rubia de hormigón, 1994
– El último coyote, 1995
– Pasaje al Paraíso, 1997
– El vuelo del Angel, 1999
– Más oscuro que la noche, 2001
– Ciudad de Huesos, 2002
– Luz perdida, 2005

http://reginairae.blogcindario.com/2006/03/00265-el-ultimo-coyote-de-michael-connelly.html

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Wyrms, un viaje iniciático (Orson Scott Card)

Paciencia, una diplomática y asesina de 13 años, se entera de que es la verdadera Heptarca de su mundo y que hay una leyenda que la destina, como séptima hija de una séptima hija… y por tanto la 343, está destinada a ser la madre de Kristos…
Al quedarse huérfana, en lugar de reclamar sus derechos, parta en busca Cranning, el lugar al que desertaron los Sabios del planeta, donde la espera Unwyrm…

Cualquiera que haya leído unas cuantas novelas de Card no tendrá dificultad en equiparar a esta Paciencia con personajes como Ender, Bean o Alvin Maker, con los que tiene mucho en común: niñ@s obligados a crecer antes de tiempo, dotados para el crimen y predestinad@s a salvar su mundo. Sin embargo, la similitud con otras obras no impide que conocer a estos seres manipulados y utilizados, obligados a creer antes de tiempo, sea sumamente emocionante.

En "Wyrms", Card ya trata los temas que aparecen en la mayoría de sus novelas:

– La ingeniería genética con vistas a mejorar las especies.
– La intrusión humana en un mundo que pretenden cambiar, incluyendo el equilibrio de poder entre las especies nativas y las nuevas.
– Especies nativas que se interrelacionan de forma simbiótica ("La voz de los muertos…"), que en este caso va desde relacionar una cabeza conservada con vida con la colaboración de un mono y un halcón, a la forma en que se complementan los nativos con los humanos o cómo se adaptan a la invasión.
– Un mundo carente de metales ("Un planeta llamado Traición").

Aunque el título (en castellano) no avisara que se trata de un viaje iniciático, es fácil descubrirlo: la protagonista y sus amigos atraviesan un bosque donde deben enfrentarse a un grupo de forajidos para llegar hasta la morada de los geblins Reck y Ruina, y navegan por un río en el que las diferentes paradas les llevan a lugares significativos, especialmente la casa de Heffiji, hembra de una de las especies nativas, cuyo aporte de datos y explicaciones del pasado histórico es de gran ayuda en la misión.

Es evidente el contenido simbólico tanto del bosque como del río y nítido el aporte trascendental a la historia.

También son significativos los nombres de los protagonistas: Paciencia, Ángel, Voluntad, Ruina, Paz…

Paciencia ya es una experta diplomática y asesina cuando abandona su lugar natal para seguir la llamada del Unwyrm, al que intenta resistirse, lo que no impide que durante la travesía, en parte por las nuevas amistades, continúe aprendiendo.

El autor llena las páginas de todo tipo de reflexiones, desde intentar leer entre líneas de lo que cada cual dice o pretende en realidad, hasta disquisiciones filosóficas, conversaciones teológicas y la comprensión del todo.

Paciencia es la legítima Heptarca, y está entrenada para anteponer el bien del mundo al suyo propio o al de quienes ama, llegando a comprender que el mundo en que vive no son sólo los humanos.

Card compone una historia clásica de crecimiento personal, y lo hace sin un capítulo sobrante: en todos aporta algo necesario para comprender el mundo en que se mueve Paciencia y se avanza hacia la resolución de los múltiples misterios.

Ya he comentado que Paciencia tiene mucho en común con otros protagonistas de Card (Ender, Bean, Alvin…), siendo mayor y mujer quizá por exigencias de la trama: debe ser fértil para el Unwyrm, y que el autor trata temas comunes a otras de sus obras, en que incluso es posible que las desarrolle en mayor profundidad, pero esto no impide disfrutar de una novela inteligente, de ideas, que pretende que al leerla se piense, se haga el esfuerzo de intentar anticiparse a la resolución de los misterios, incluso que se cambie como lo hacen los personajes.

Quizá el final es algo precipitado, incluso decepcionante, en parte por toda la expectativa creada, resuelto con rapidez y menos dificultades de las previsibles.

Así, siendo una obra que no es original dentro de la bibliografía de Card, no cabe duda que el autor mantiene su capacidad de emocionar, conmocionar, de hacernos empatizar con Paciencia, con los geblins, con todos los personajes, además de una lectura interesante, con momentos de profundidad e incitación a la reflexión.

http://reginairae.blogcindario.com/2006/07/00298-wyrms-un-viaje-iniciatico-de-orson-scott-card.html

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El Quimono Perfumado (Laura Joh Rowland )

En el Japón del siglo XVII, el investigador Sano Ichiro recibe una carta de Makino, uno de los consejeros del sogún Tokugawa para que investigue las circunstancias de su muerte, ya que presentía la posibilidad de morir asesinado.
Sano se ve obligado a trabajar en medio de las intrigas cortesanas que enfrentan a Lord Matsudaira y al chambelán Yanagisawa por hacerse con el favor del sogún al tiempo que le presionan para que resuelva el misterio a conveniencia de cada uno.

Lo primero que se percibe al comenzar la lectura es que los personajes hablan de sucesos ocurridos anteriormente que no suenan ni remotamente. Consultando la web de la autora se descubre que entre "El Diario de la cortesana", 2002 y la presente novela hay otra, no publicada en castellano, titulada "The Dragon King’s Palace", sobre cuyo argumento se cuentan varios detalles.

Lo siguiente que se nota es que la autora no ha cambiado mucho su estilo. Sano y su ayudante Hirata (de nuevo ansioso por merecer la confianza de su jefe) se dedican a interrogar a todas las personas presentes en la casa de Makino al ocurrir su muerte.

La esposa Agemaki, la concubina Okitsu, el actor Koheiji y Tamura, hombre de confianza del difunto son los principales sospechosos, y pronto se deja claro.

Tanto Sano como Hirata desconfían de lo que les cuentan y se dedican a especular, con demasiada torpeza y obviedad, sobre lo que puede haber de verdad o mentira entre las diferentes versiones que se dan de lo sucedido y de lo que cada cual hacía a la hora de la defunción.

Vamos, que la autora nos ahorra el entretenimiento de deducir esas posibilidades, dando todo bien mascadito.

Durante la lectura se puede pensar que si da tantas posibles explicaciones es porque ninguna de ellas es la correcta y al final saldrá con una nueva opción perfectamente lógica que a los personajes se les ha pasado por alto… Pues no. La resolución es una de las apuntadas por los protagonistas, y la decepción proporcional a tal falta de originalidad.

Para incrementar el interés, se incluyen las subtramas habituales como la enemistad de Reiko con la señora Yanagisawa, influida por lo ocurrido en la novela no publicada, en la que tiene origen un nuevo miedo a salir de casa, aunque finalmente colabora en la investigación como de costumbre.

También están las habituales intrigas políticas ante un sogún con poco cerebro y dominado por sus deseos físicos, el mencionado intento de reivindicarse por parte de Hirata o los problemas caseros de Yanasigawa quien, además de tener que luchar por mantener el interés del sogún, tiene que mantener a raya los avances amorosos de su esposa y vengarse de la traición de su amante, el policía Hoshina, que ha cambiado de lealtades.

En resumen, más de lo mismo, y relatado con la misma falta de garra y capacidad para desarrollar y mantener una intriga.

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