EL TIEMPO TODO LOCURA, (Rafael Gonzalo Verdugo)

El tiempo todo locura, Rafael Gonzalo (Gonzaver Ediciones, 2007). 128 pags. 19 ilustraciones.
www.rafaelgonzalo.es

Puedes solicitar un ejemplar en la siguiente dirección por tan sólo 12€: rafagonzalo@gonzaver.com

En primer lugar, “El tiempo todo locura” viene a significar la mejor continuación posible de los anteriores títulos del autor, también publicados en la misma colección de Gonzaver Ediciones: “Nostalgia geométrica del caos” (2001) y “Tierra firme de la fantasía” (2004), dos originales muestras del difícil y puntilloso arte del aforismo.

  Sólo que ahora con una notable diferencia, en este caso las frases cortas y directas aparecen combinadas con textos más extensos de carácter independiente, que enriquecen además la idea central expresada en los aforismos. En total se encuentran sin buscarlos más de una veintena de artículos, otras tantas ilustraciones del propio Rafael Gonzalo (como la excelente portada que acompaña estas líneas) y un buen puñado de microrrelatos y definiciones.

Pero lo mejor con un ensayo tan singular como éste es sumergirse, poco a poco, en los aforismos que incluye, o en los artículos, y pensar en lo que dicen y sugieren. Con algunos no estaremos de acuerdo, otros nos dejaran perplejos, pero probablemente rara vez indiferentes. La progresiva estructura que recorre todo el libro, de más a menos en expresión, responde a la reivindicación del autor para la recuperación del prestigio que merece el que sin duda es el más humilde de los géneros.

En esta obra se encuentran tantos, tan buenos y tan breves aforismos, como para hacer dudar al más sesudo ensayista de que las buenas ideas pueden ser también rematadamente complicadas o, incluso, imposibles de resumir en una sola frase. No es difícil ofrecer algunos ejemplos de esa filosofía condensada en pastillas literarias que el autor ha creado. Valgan unos botones de muestra: “En las dictaduras lo que funciona es la censura; en las democracias resulta mucho más efectiva la manipulación”; “Sólo la tradición española del humor negro explica la existencia de un Ministerio de Fomento”; “Las mujeres se pasan media vida intentando cambiar a los hombres, y la otra media echándoles en cara que ya no sean los mismos de antes”; “Alguien que sólo sirva para una cosa, probablemente tampoco sirva para eso”; “Nadie puede trazar una línea que no marque un fin del mundo”; “No se puede vivir sin amor, sólo se puede sobrevivir”; “Si el talento pudiera enseñarse no lo sería”; “El sentimiento une, la razón separa”; “Me gustaría morir creyendo que quizá la muerte no es un precio tan alto a cambio de la felicidad de haber vivido”; “El inmenso desierto no sería nada sin cada granito de arena”; “Las campañas contra la violencia hacia las mujeres son mucho más intensas que las de violencia hacia los niños, porque las mujeres votan y tienen dinero, y los niños no”; “El subjetivismo nos permite comprobar que la verdad de cada uno es la mentira de todos”.

Son frases cargadas de inteligencia y talento, cuya lectura tiene la virtud de hacernos pensar, de provocar todo tipo de reflexiones y visiones, como la pólvora que precede a una violenta explosión.

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CUMBRE DE ÁGUILAS 1º PARTE (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS

NARRATIVA


PRIMERA PARTE

Autor:

Agustín Conchilla Márquez

Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante.

[…]

­­
I

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y se desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de aquella iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviera de protección y guarida a los rebaños, propiedad de una casa señorial de la época, cuya procedencia data de la expulsión de almohades sobre tierras de al-Ándalus, y que aconteciese o iniciara su cabalgadura tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha, alto coraje, y en reparto de bienes incautados a los moros, junto a otras tierras y edificaciones, aquellas heredades serían otorgadas al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente las ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y un sinfín de estrellas en el firmamento. Aquel rústico cachivache, sin embargo, cambiaría de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte que mantendría esplendor de origen y el vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos venerasen la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías; aunque  pocos recovecos más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua que él mismo purificada y antes de marchar a la cama dejaba tapadita en un cofre dorado: un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, en tardes de ocio y buena gana elaborase a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del recipiente.

Sin embargo, no por vulgar o iglesia manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de venerarse en la dignidad de grandeza de un lecho sagrado. Para ello, cantidad de fieles y habitantes, asistentes y curiosos consideraban aquella estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal. Incluso la igualaban a las aguas de aquellas que en domingos y festivos, presuntamente recibieran las cabezas de niñas y niños en la pila bautismal de la catedral de Sevilla. O la asemejaban a la del pilón que presuponían sobre alzapiés de piedra tallada, de mármol o granito, en la mismísima catedral de Granada.

Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En el recinto religioso se aglutinaban decenas de aldeanas y aldeanos, escuchaban la misa de absolución por los pecados, atendían las necesidades del cepillo, escuchaban al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaban la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en la rama de una encina; encapotó como un búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío, donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en las figuradas y presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquel  repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <>. Los feligreses cruzaban las miradas entre sí, y susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro les lanzaba don Julián entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, y aunque los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas, como no encontraban anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como las ovejas sorprendidas por una oleada de alta temperatura estival.

En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno y pecador o del más allá, abrió los brazos y reflexivo perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…

Por aquel desvarío le creyeron los feligreses altamente pensativo y relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa en menos que canta el gallo, giró en redondo, bamboleó la túnica como guardia civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando la bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar: a la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró por un brazo a la señora Asunción -cuya notoriedad femenina y de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras- y sin saludo, comprensión o explicación la dirigió y la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquel recinto que algunos ciudadanos, incluso ella misma, de vez en cuando llamaban sagrado. Y salió tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. En tal estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Señor, si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, dime por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor mientras permanecían a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza y la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino. Meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Asunción limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida y temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisos segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de sanguijuelas en el fondo del embalse y las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. En aquel ir y devenir también se entretenía en visualizar diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, y agitaban, aún más, las pequeñas olas que iban y venían como si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas y peligrosas avispas y a toda ella la recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual.

Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban sobre su entorno, como atraídas por una corona de laureles que vitorea conquista de nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas y apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión, comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes ni sonrisas.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan abucheado que Lecherito intuyó anomalía. Aunque Lecherito era astuto como el viejo zorro y la observaba en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño como irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. Asunción, en cambio, amodorró aún más, aunque en breve tomaría aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispondría para narrarle el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad. Para eso es cura y dueño de su parcela; aunque mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular que piensan y argumentan que cuanto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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La Isis Dorada (Jorge Magano)

Jaime Azcárate, harto de trabajar en las catacumbas de la biblioteca del CIH (Centro de Investigaciones Históricas) ve el cielo abierto cuando se entera de que una ex compañera de la universidad dirige la revista "Arcadia". Acude a pedirle un empleo y ella le pone a prueba, quiere un artículo. En busca de la historia que le consiga un trabajo fijo que le permita conservar su buhardilla y la independencia paterna, el joven comienza a investigar los destrozos que se han realizado en algunas tiendas de reproducciones egipcias.

Al comenzar la novela se puede tener la impresión de estar ante una aventura de Dirk Pitt, puesto que el autor sigue la misma estructura que Clive Cussler: un capítulo situado en un pasado lejano y exótico (522 de la Era Cristiana, en que se "pierde" un gran tesoro), un segundo mucho más cercano (Madrid, 1970, con la llegada del templo de Debod), y el tercero y definitivo en la Navidad de 2007, aunque las similitudes acaban ahí.

En el apartado "técnico" cabe señalar cierta falta de revisión que deja en el texto muchos gerundios, palabras que se repiten (y no siempre de la forma deliberada – y algo cansina por la reiteración – que se permite el autor en plan irónico) y alguna que otra rima (supongo) involuntaria.

También se advierte que en el texto se alternan, a veces en una misma página, varias frases hechas con otras tantas expresiones ingeniosas.

El autor recurre a "avisar" de vez en cuando que va a pasar algo ("… tampoco sabía que hacía casi cuarenta y ocho horas que había fumado el último cigarrillo de su vida", pág. 81, y otras), truco que personalmente encuentro algo burdo.

También utiliza otros métodos clásicos de crear expectación, como acabar un capítulo en un momento de cierta intensidad para comenzar el siguiente con otros personajes o comentando otro tema, y consigue encontrar el equilibrio adecuado entre lo que es crear interés y enrollarse demasiado, además de relatar cosas que vienen a cuento o son divertidas, por lo que no da la sensación de engaño o que sea texto de relleno.

En cuanto a los personajes, la arrolladora personalidad del protagonista destaca por encima del resto (un perdedor adicto a las bandas sonoras de películas, a los enigmas egipcios y a las mujeres misteriosas), que quedan algo desdibujados, aunque se nota que el autor ha tratado de diferenciarlos. En algunos casos mediante coletillas en su forma de hablar, como la frase "¡Vete al traste Jaime Azcárate!" (Ingrid) o la palabra "compi" (Fidel) además de por cómo se comportan.

En una historia donde hay buena cantidad de personajes femeninos de relevancia (Iratxe, Ana, Laura Rodríguez, Amelia Campillo…) se agradece que, pese a que casi todas son jóvenes y bellas (excepto doña Consuelo y Begoña Gil Redondo, quizá…), se les dote de sentido del humor, ironía, inteligencia y que no caigan rendidas a los posibles encantos de Azcárate.

La trama es clásica a más no poder: un grupo de personajes en busca de un tesoro, otro grupo (este de villanos) que quiere lo mismo, algún que otro asesinato, misterios, enigmas anclados en el pasado que nadie hasta ahora ha conseguido resolver y un decepcionante desenlace (de la aventura – ¡Ay, Fidel!, qué buen candidato a Giordino… -, no de la novela) que no huye de los tópicos del género sino que los enriquece con ingenio.

Es este humor que invade casi toda la historia (excepto un par de capítulos históricos -19 y 20, creo-, aunque después hay un cierto bache que remonta cuando comienzan a resolver las pruebas) lo que diferencia esta de otras novelas del género, sobre todo por lo inhabitual que es contar una historia de aventura y misterio en clave de humor irónico, a ratos surrealista y absurdo, que le da personalidad y la diferencia del resto.

Utilizando ese mismo tono, el autor se permite cierta crítica más o menos sutil hacia las religiones y su capacidad de manipular a las personas y la realidad, y cómo se puede influir a las masas distorsionando la realidad.

También se agradece el humor en los capítulos "asensianos" (la resolución de enigmas al estilo de Matilde Asensi aunque mejor relatados y más comprensibles) y el homenaje/guiño (o lo que sea) a "El Señor de los anillos" de Tolkien (final del cap. 40 y comienzo del 41).

O los encuentros de Jaime con "Fofito", con Vir y Luis y más personajes divertidos y excéntricos.

En resumen, una novela entretenida, ingeniosa, divertida, que intenta no ser convencional y apartarse, mediante el humor inteligente, de las normas del género.

Por cierto, la alusión a Malena Gracia (dos veces) y la pitonisa Lola (curioso, yo me había imaginado justo así a Begoña Gil Redondo) puede suponer una dificultad de adaptación ante eventuales traducciones a otros idiomas.

http://reginairae.blogcindario.com/2007/06/00435-la-isis-dorada-de-jorge-magano.html

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Perineos arriesgados (Juan Pudiesma)

Memorias de una chica que se dedicó a la prostitución en la especialidad del sadomasoquismo.
 
A veces el libro entra en lo humorístico, aunque la mayoría de las veces pretende mantenerse dentro del género erótico, con descripciones detalladas de las actividades que mantenía con sus clientes, siempre más suaves que las que mantenía con sus parejas.

Quizás lo más original de este libro sea que está planteado en el tono épico de una aventura de elfos y enanos, con gran énfasis en los empujones que unos y otros se daban sobre las carnes ajenas, y descripciones detalladas, que pueden parecer espeluznantes o humorísticas, de los objetos que se introducían entre sí por diversos y variados orificios.
Cuando los orificios antedichos no bastaban y había que practicar alguno nuevo era cuando empezaban los problemas, esperables por otra parte.

No se pierdan el capítulo sobre el cliente con el semen corrosivo, porque es antológico.

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Ciberiada (Stanislaw Lem)

Si hay alguna vuelta de tuerca que dar al concepto de literatura fantástica o especulativa, Stanislaw Lem lo ha escrito ya, y nunca mejor dicho que en este caso, en el que las historias, todas ellas, giran en torno a una raza de robots, sus tuercas, émbolos y válvulas, sin presencia humana alguna relevante en los relatos.

Sin embargo, lo que Stanislaw Lem no consigue evitar es ser tremendamente humano y referirse, con sus metáforas metálicas, a los más profundas capas de nuestros deseos, nuestra voluntad o nuestros miedos.

Las historias que componen Ciberiada, trazadas con un humor a veces fino y a veces simplemente descacharrante, recorren la ironía o se vuelven alegóricas o incluso moralizantes sin perder en ningún momento su interés narrativo.

Trurl y Clapaucio, dos robots constructores, más parecidos a dioses que a ingenieros, revuelven masas galácticas, átomos y planetas para conseguir sus objetivos y superarse el uno al otro, unas veces en cooperación, otras en franca rivalidad. Desde su elecrtrobardo, que casi destruye el mundo con su producción poética, al terrible monstruo invencible que sólo se puede vencer después de lanzar contra él a la burocracia, todas sus creaciones tienen un lugar para la sonrisa y la reflexión, según el nivel de lectura que se le quiera conceder a estas páginas.

Baste, como ejemplo, citar uno de los estudios de los protagonistas: "Un caso particular de transformación de estados prohibidos por la física a estados prohibidos por la policía"

Si con esto no le entran ganas de leerlo,¿qué más quiere que yo le haga?

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