Nápoles 1944 (Norman Lewis)

Con el desembarco de los aliados en Salerno, el 8 de septiembre de 1943 daba comienzo la encarnizada carrera que recorrió toda la península italiana a un ritmo desesperantemente lento y que pretendía amenazar a alemania desde el sur, distrayendo fuerzas para el proyectado ataque al año siguiente a través del Canal de la Mancha.

Al día siguiente, Norman Lewis, oficial del Servicio de Inteligencia británico, adscrito a la Comandancia del Quinto Ejército Americano, pisaba tierra italiana. La misión de su unidad era garantizar la seguridad en la zona de Nápoles, realizar informes sobre sospechosos, prevenir sabotajes, tejer una red de contactos que permitiera obtener información relevante para el curso de la guerra, etc.

Norman Lewis recoge esta experiencia en este libro en forma de diario (Nápoles 1944. Un oficial del Servicio de Inteligencia en el laberinto italiano), que abarca desde septiembre de 1943 hasta octubre de 1944, en el que vuelca todos los recursos que le han dado fama en el campo de la literatura viajera con obras como Viajes por Indonesia o Voces del viejo mar.

Entrando en materia, el contenido del libro resulta descorazonador. Se suele tener la idea de que, según avanzaban las tropas aliadas, los pueblos liberados recuperaban la paz, el orden y la justicia; cesaba de alguna manera el hambre extrema y se restablecían las estructuras del poder (policía, sanidad, educación, …). Lo que pone de manifiesto Norman Lewis es precisamente la situación contraria. El desorden aflora tras la liberación, las mujeres (incluso niñas y niños) deben prostituirse con el fin de lograr un mínimo sustento, el contrabando de material robado del ejército alcanza unos niveles de desvergüenza difícilmente tolerable y las tropas de ocupación apenas hacen otra cosa que mirar para otro lado, aduciendo que se trata de cuestiones internas que deben resolverse por las nuevas autoridades italianas, o tratar de sacar provecho y rentabilizar esta situación.

Norman Lewis comprende demasiado pronto que la mayoría de las denuncias que recibe no responden a motivos fundados, sino más bien a venganzas personales, antiguas rivalidades familiares o incluso a desplantes matrimoniales. Todos parecen querer engañar a los incautos soldados para arrimarles a sus intereses, para lograr sus favores, de manera que el joven oficial adoptará una posición de gran escepticismo, tanto ante las denuncias e informaciones que recibe, como ante la actitud de sus superiores que parecen mostrar empeño sólo en detener a pequeños rateros y estraperlistas dejando en libertad a quienes mueven los hilos.

Lewis tiene asignadas labores de vigilancia en algunos pueblos próximos a Nápoles integrantes de la llamada Zona di Camorra. Es sorprendente comprobar cómo esta mafia ha conseguido incluso que muchos de los soldados americanos destinados a esta campaña sean de origen italiano y que alguno de sus cabecillas haya regresado a la región para reorganizar unos negocios que alcanzan incluso al Gobierno Militar Aliado. La omertà, la complicidad encubierta (en muchos casos forzada por el temor) son el caldo de cultivo idóneo para alentar esta situación.

Este paisaje brutal se acompaña de fiebres tifoideas, brotes de malaria e innumerables enfermedades venéreas a las que una destrozada infraestructura sanitaria no puede oponerse. Hay hospitales en los que el único personal sanitario es una enfermera que, al llegar la noche, regresa a dormir a su casa quedando abandonados los heridos y enfermos hasta que, a la mañana siguiente, se hace el recuento de los que han sobrevivido a la noche. En este contexto, los amuletos, procesiones y anuncios de milagros conforman un retorno a la Edad Media: enfermedad, superstición, hambre y abuso de poder son los ingredientes principales de aquellos días.

Ante la falta de sólidas instituciones que provean de alimentos, ropas y medicamentos a la población civil, ésta debe organizarse (atrapada entre las fuerzas de ocupación y la Camorra) para sobrevivir como pueda. Se cortan y roban cables de cobre, se desguazancoches aparcados en calles céntricas a plena luz del día, se confeccionan abrigos con mantas militares robadas o trajes civiles con uniformes militares despiezados y teñidos en colores oscuros ante la indignación de los mandos militares aliados incapaces de ordenar la vida de estos italianos demasiado acostumbrados a que luchar por su supervivencia tras el gobierno fascista y la ocupación alemana.

En ese contexto de precaria estabilidad se mueven a sus anchas quienes pretenden tomar posiciones de cara al futuro. Por eso, no es de extrañar que parte de la tarea de Lewis, como oficial de inteligencia, sea precisamente la de examinar e informar de la multitud de partidos políticos que se van creando al amparo de la nueva situación política. Vemos a individuos del régimen fascista que pretenden reconvertir su ideología para camuflarla bajo un ropaje democrático. Pero también hay quienes, en el fragor de la contienda y la inevitabilidad de un nuevo momento histórico, recuperan del pasado una organización social más propia del Imperio romano, propugnando el abandono de la civilización, recuperar la túnica y la toga, la vida rural todo ello previa secesión del norte industrial.

Pero no sólo los italianos tratan de salir adelante. Los soldados americanos se benefician de su situación económica para birlar las chicas a los napolitanos empobrecidos, cuando para comprar sus favores. Esta situación llega a ocasionar una pequeña "rebelión" de los jóvenes italianos contra los soldados de ocupación. En ocasiones, estas relaciones se tornan más serias y Lewis se verá obligado a realizar numerosos informes sobre la conveniencia o no de dichos matrimonios. Descubre así cómo la necesidad empuja a las mujeres a los brazos de hombres a los que no aman, pero también ve cómo soldados que sólo se comunican con sus "prometidas" por signos, buscan desesperadamente un modo de olvidar la guerra.

Y es que el ejército no es esa máquina que actúa implacablemente, ajena a los sentimientos. Algunos soldados americanos desertan y se unen con sus armas a grupos de bandoleros italianos que caen sobre pueblos indefensos para saquear a sus pobres habitantes. El "fuego amigo" causa casi tantas bajas como el enemigo alemán y la Justicia Militar es aleatoria y dependiente del humor de un juez que desconoce las costumbres locales.

Sin embargo, el genio de Lewis permite que asome entre sus páginas el pintoresco color de las calles napolitanas, la sabiduría de sus gentes y sus costumbres. Entre sus informadores se cuenta un importante número de abogados y médicos, sin trabajo ni ocupación conocida salvo la de ostentar su título, que no tienen de qué comer y que son los primeros en ofrecerse como versados contactos a las tropas aliadas (probablemente después de haberlo hecho con las alemanas). De ellos, y de las amistades que sabe granjearse, Lewis aprende y llega a comprender y admirar a este pueblo. Elementos como la religiosidad algo pagana, la figura del "tío de Roma" -con funciones similares a la de las plañideras profesionales-, la buena disposición para la conversación relajada o la resignación fruto de la experiencia histórica acaban por ganarse a Lewis que progresivamente se aleja de sus compañeros identificándose con los ocupados. En parte por este motivo, Lewis es trasladado repentinamente a una misión en el Oriente Próximo de la que sabe que ya no regresará a esa Italia ocupada.

Nápoles 1944 es un ejemplo de literatura de alta calidad, más allá de su carácter de libro testimonial de un momento histórico o de libro de viajes, tal y como lo ha catalogado la editorial. El tono de comedia o vodevil acompaña sus páginas desdramatizando la realidad descrita, sin por ello banalizar la guerra, el hambre o la enfermedad. Lewis sabe crear una confrontación pacífica entre sus orígenes anglosajones y la vitalidad meridional y deja clara su preferencia sin condicionar la posición del lector, saliendo indemne del laberinto italiano a que hace alusión el subtítulo de la obra.

Confieso que he leído

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El gato sobre la cacerola de leche hirviendo (Manuel Valero)

I

Crítico Literario.- Buenas tardes, estimado Autor.

Autor.- Buenas.

Crítico Literario.-
Mi primera apreciación viene referida al hecho de que Ud. establece un
claro paralelismo entre el Autor y Dios, parafrasea al narrador bíblico
del Génesis, lo que le ubica semióticamente del lado de los escritores
omniscientes…

Autor.- …

Crítico Literario.-
… y para reforzar ese efecto, crea el artificio, la paradoja, de la
libertad de los personajes, libertad circunscrita no obstante a los
deseos de un Autor que, sólo en apariencia, se ha ausentado…

Autor.- Bueno, como he escrito, me quedé dormido en la cocina, …

Crítico Literario.-
“me dormí”, nuevamente otro bello símil tomado de la Biblia, el sueño
de Jacob, a través del cuál, Dios (o el Autor) manifiesta su Voluntad.
¿En qué personaje de la novela se ha metamorfoseado el Autor?¿Tal vez
en el rebelde Candelas?¿En el libertario Sirfrido?

Autor.- Bueno, el gato, del que toma nombre el relato…

Crítico Literario.-
Ah, …, el gato. Interesante apreciación ya que el zoomorfismo tiene
una extensa tradición literaria desde Esopo hasta Tomeo. Por eso, el
gato es el responsable de la multiplicación de los guiones, claro.

Autor.- …

Crítico Literario.- Es interesante, cuanto más se adentra uno en la compleja trama, más relaciones parece descubrir.

Autor.- ¡Camarero! A mí, casi que no me traiga la cerveza, se me ha puesto un tremendo dolor de cabeza.

Crítico Literario.-
Otra vía de aproximación a la temática central de su novela, es la idea
de Poder y la corruptibilidad de sus ejecutores. Querría preguntarle
por su pesimista visión del Hombre y la imposibilidad de redención que
obliga a la renuncia de cualquier forma de dominio sobre otro. Y sin
embargo, algunos personajes emplean con buen fin ese Poder.

Autor.- ¿Se refiere a la pareja fornicadora?

Crítico Literario.-
No, me refería al grupo de Candelas, pero ya que menciona el sexo, en
su novela parece darse un alto grado de promiscuidad, más aún, si me
permite, estos ayuntamientos se enmarcan fuera de cualquier relación
institucionalizada.

Autor.- Que no están casados, vamos.

Crítico Literario.- Si, eso mismo. Que no están casados, lo cuál parece implicar una desmitificación…

Autor.- La verdad es que creo que le da muchas vueltas a la novela.

Crítico Literario.- … es mi intención aclarar y desvelar aquellos aspectos que puedan resultar más oscuros para el lector.

Autor.- Pero, ¿Ud. cree que habrá alguna persona que sea incapaz de entender el libro?

Crítico Literario.- Mi trabajo es que nadie corra ese riesgo.

Autor.- ¿Y cree que hablando del sueño de Jacob aclara algo de lo que cuento?

Crítico Literario.- Pongo en valor su obra, por supuesto.

Autor.- Pero yo no quiero que tenga más valor que el que le de el lector.

Crítico Literario.- Ah, el lector; ése es otro aspecto sobre el que he reflexionado largamente…

Autor.- Disculpe, ¿Ud. se ha reído alguna vez leyendo El gato sobre la cacerola de leche hirviendo?

Crítico Literario.- He comprendido el uso que hace del humor como instrumento revelador de una realidad que trasciende.

Autor.- ….

Crítico Literario.- Pero, ¡¡Autor!! ¿Dónde va? Aún no hablamos de la alteridad en El gato sobre … ¡Maldita sea, otra entrevista que tendré que inventarme!

II

El
humor es subversivo. No hay dictadura u opresor conocidos por su
sentido del humor. Nada desconcierta más a los poderosos que la ironía;
la temen y persiguen. Si eres uno de aquellos a los que no les gusta
ver sus ideas puestas en solfa, aparta de ti este libro, no lo
entenderás, no te resultará fresco, divertido, sólo intuirás el feroz
ataque que se esconde tras sus páginas, inocentes en apariencia, y su
falta descabellada de trama, argumento o sentido.

Porque de eso
se trata: de una novela breve en la que cada cuál se organiza como
puede o sabe, aprovechando el vacío temporal de poder de un autor que
prefiere dormir a enderezar la acción, que renuncia a su poder dejando
un vacío que algunos se encargarán de arrogarse convirtiéndose en
oráculos de la voz dormida. Otros verán la oportunidad de asumir su
propio destino y otros, la mayoría, apenas notarán el cambio, sujetos
al dictado del autor, o de otros personajes, cumplirán las órdenes que
se les imparta, de donde quiera que vengan, cualesquiera que sean.

Los
primeros capítulos parecen traer inevitablemente a la memoria del
lector los seis personajes en busca de autor de Pirandello, pero, al
transcurrir la obra, al profundizarse en la peculiaridad de cada
personaje y en las dinámicas que van surgiendo entre ellos, los
aspectos existenciales ceden al paso a cuestiones más generales.
Rebelión en la granja parece una referencia más apropiada para El gato sobre la cacerola de leche hirviendo.

Pero aquí los animales han sido sustituidos por personajes de una ficción que lleva por disparatado título El gato sobre la cacerola de leche hirviendo
(ni el propio título escapará a las críticas de algunos de los
personajes de la obra), y las implicaciones políticas que pretendía
Orwell han ampliado sus miras a la sociedad actual, su razón de ser,
sus tiranías y manipulaciones (mejor aún, sus tiranos y manipuladores).
Y es que, tal y como ocurre en la ficción orwelliana, el vacío del
Poder es prontamente ocupado por una nueva casta dominante que replica
los vicios del pasado, que impone aún mayores sufrimientos a sus
antiguos camaradas. En este contexto, cualquier discrepancia es
aniquilada.

Y, a diferencia de lo que ocurre en Rebelión en la
Granja, donde una nueva ideología reemplaza a la anterior para que nada
cambie, los personajes huérfanos de Autor, gozarán del liderazgo de
quien asegura hablar en su Nombre, de quien actuará como medium e
intérprete, lo que se asemeja más al tipo de manipulaciones a que
estamos más acostumbrados hoy en día (la ficción de que nada ha
cambiado, aunque todo lo haya hecho).

Aparte de la
desconcertante trama, las reflexiones sobre el Poder, la Libertad o el
albedrío, conforman el núcleo central de la obra y no dejarán de
atrapar al lector en la trampa que el Autor le ha preparado. Será el
propio lector quien deba extraer las conclusiones, quien deba tomar
partido por las opiniones de los personajes, quien deberá implicarse en
su disputa. Y ese es uno de los mayores logros del Autor, lograr esa
complicidad con el lector, arrastrarle a dejar el plácido papel de
notario de una ficción para asumir el riesgo del pensamiento.

Pero
el humor bien entendido debe comenzar por uno mismo, y Manuel Valera lo
hace, en su faceta de Autor, un autor algo peculiar que, a ritmo de
jazz cae dormido permitiendo que su novela se desbarate con los locos
devaneos de sus personajes. En su nombre se construirán tapias, se
cometerán atropellos e iniquidades y, finalmente, será ninguneado por
sus personajes quienes se autodeterminarán para esquivar la palabra FIN
que cualquiera quiera imponerles. Valera recurre con ironía a la
clásica disquisición entre quienes sostienen que el Autor determina la
totalidad de la obra (quedando su grado de maestría acreditado por la
mayor o menor visibilidad de su innegable presencia) y aquellos que se
otorgan el papel de meros instrumentos de sus personajes, con vida
propia, resistentes a plegarse a los deseos de su creador, capaces de
pasar de un segundo plano al protagonismo absoluto. Aquí, el Autor
simplemente se duerme mientras la novela se escribe por sí misma. Los
personajes apenas son capaces de actuar entre tinieblas ante la falta
de un guión al que someterse y sólo los más lucidos lograrán vislumbrar
las oportunidades que esto supone.

No desvelaremos más de la
obra (mucho hemos dicho ya) pero se puede tener por cierto que
cualquiera que se acerque a ella encontrará diversión y originalidad a
partes iguales y, si lo desea, momentos para la reflexión sin por ello
perder la sonrisa. Para justificar el humor, a veces se le adjetiva de
“inteligente” como si pudiera existir lo uno sin lo otro; El gato sobre la cacerola de leche hirviendo es una buena prueba de ello.

Por
último, unas palabras para la editorial, Evohé. Por alguna razón, no
nos resultará extraño que un libro tan especial sea publicado desde los
extrarradios del gran mundo editorial, en una joven editorial que
compite con ancianas de venerables barbas y bolsillos repletos. Resulta
más fácil acudir a una gran feria internacional y comprar los derechos
de un libro que ya esté funcionando en otros mercados (\»mercados\», qué
palabra aplicada a los libros); es más fácil promocionar el libro de un
autor reconocido, comprar espacios en revistas y periódicos, negociar
con grandes cadenas de librerías, que asumir el riesgo de publicar un
libro como El gato sobre la cacerola de leche hirviendo. Que aún en nuestros días haya quienes crean en lo que hacen nos reconcilia con el futuro soñado.


Confieso que he leído

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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¡Chúpate esa! (Christopher Moore)

Una novela de humor ácido, con párrafos tan hilarantes como ridículos. Genial para quien le vaya esa clase de rollo.

Estar muerto es un asco. Igual que estar no muerto.
 
Y, si no, que se lo pregunten a Thomas Flood, que, al despertarse tras la noche más fantástica de su vida, descubre que su novia, Jody, es un vampiro.
Y ¡sorpresa! Ahora él también lo es.
Lo del mordisco habría hecho romper a muchas parejas. Pero Tommy y Jody están enamorados. Lo malo es que corre el rumor de que el chupasangre que mordió a Jody no debía reclutar más miembros para el club. Y lo que es peor: los antiguos compañeros de bolos de Tommy andan tras él, enviados por una prostituta de Las Vegas teñida de azul a la que llaman Blue (cómo no). Y esa sí que es una mamona.  

Entrela sal gorda y la zafiedad, pero sin perder estilo.

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MAL DE ESCUELA (Daniel Pennac)

Un libro curioso aunque ahonde en la épica del marginal. De hecho, aunque aunque algunos pasajes resulten esclarecedores, tiene algo de antosocila, lo quepuede ser biueno o malo, eso no lo juzgo. Leyéndolo, uno se avergüenza de no haber sido expulsado nunca del colegio. De hecho, me avergüenzo también de no haber estado nunca en la cárcel.

Mal de escuela aborda la cuestión de la escuela y la educación desde un punto de vista insólito, el de los malos alumnos. Daniel Pennac, prestigioso escritor francés y un pésimo estudiante en su época, estudia esta figura del folklore popular otorgándole la nobleza que se merece y restituyéndole la carga de angustia y dolor que inevitablemente lo acompaña. Pennac mezcla así recuerdos autobiográficos y sus reflexiones acerca de la pedagogía y las disfunciones de la institución escolar, sobre el dolor de ser un mal estudiante y la sed de aprendizaje, sobre el sentimiento de exclusión y el amor a la enseñanza. Con humor y ternura, análisis críticos y fórmulas efectivas, ofrece una brillante y sabrosa lección de inteligencia. Mal de escuela es la historia de una metamorfosis. De cómo un mal alumno llega a ser profesor y más adelante un escritor reconocido.

Fue Premio Renaudot 2007.

«De modo que yo era un mal alumno. Cada anochecer de mi infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela. Mis
boletines hablaban de la reprobación de mis maestros. Cuando no era el último de la clase, era el penúltimo.»
Daniel Pennac

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NOSTALGIA GEOMÉTRICA DEL CAOS, (Rafael Gonzalo Verdugo)

Nostalgia geométrica del Caos, Rafael Gonzalo (Gonzaver Ediciones, 2001) Rústica hilo. 104 pags.
 www.rafaelgonzalo.es

Puedes solicitar un ejemplar por tan sólo 8€ en la siguiente dirección:  rafagonzalo@gonzaver.com
Rafael Gonzalo es el autor del libro de aforismos “Nostalgia geométrica del Caos”, una singular combinación de profundidad de pensamiento y poesía, donde la ciencia, la historia, el arte y otros conceptos principales aparecen revisados con una expresión de fondo metafórico y una mirada certera y heterodoxa.

  Lo que el lector puede apreciar en estas páginas, lo que le seduce y emociona es la pirueta del hallazgo y el juego de palabras, la vuelta de tuerca de la greguería, las metáforas en ráfaga y la inversión surrealista de las frases hechas para ver qué sale, y siempre sale algo imaginativo y deslumbrante. He aquí algunos ejemplos: “El deber es el derecho del revés”; “Las mujeres no quieren sexo ni seso: lo que quieren es amor”; “Dios es tan humilde que ni siquiera existe”; “La angustia de la página en blanco se combate con humor negro”; “Es justo violar toda ley, a condición de fecundarla”; “La vida y el amor están determinadas por reacciones no sólo químicas, sino también alquímicas, con su azar inexplicable”; “Quien no tiene sueños, tiene dueños”, etc.

Pero no sólo eso: también descubrimos el punto de vista original, muy personal del autor, que suponen sus consideraciones acerca del lenguaje (“Se hablan en el mundo cerca de ¡5.000 lenguas! ¿Cómo decir exactamente lo que se quiere decir?”); o sobre los avatares históricos (“Si la Historia la escriben los vencedores, la Historia es siempre la versión de Caín”); o sus subversivas propuestas para el nuevo milenio (“Que la ciencia abandone atribuciones religiosas y aspiraciones proféticas y regrese al amparo de su vocación generosamente descriptiva: no existen leyes naturales basadas en certezas, sino leyes científicas basadas en probabilidades –la naturaleza no tiene leyes, es libre”).

Un paseo por los entresijos del sistema de poder basta para que nuestro autor desvele los sobrefondos del progresismo y los derechos humanos, tolerantes con las libertades individuales siempre y cuando no pongan en peligro la primacía del Estado. Cuestiona el tabú de la democracia, que modifica lo adjetivo de la dictadura manteniendo lo sustantivo, y valora el fenómeno de la inmigración como mera “importación de pobres”, dentro de un sistema capitalista que se impone en la forma de “imperio absoluto de la producción”. Aboga por la medicina entendida como arte y no sólo como ciencia (“La medicina ha progresado de tal manera que ya no estamos seguros de nuestra propia muerte”). Comprende muy bien a una Iglesia fundada sobre la fe en “Cristo muerto, pero no en el vivo”. El amor le parece –y es una excelente definición– “la respuesta de la voluntad y la inteligencia ante la frustración de no ser todas las cosas”, y la libertad “el arte de gestionar los deseos”. Lamenta la falta de dimensión espiritual de nuestra época, donde la empresa de la filosofía se ha visto reducida a filosofía de la empresa. Y hace una fundamental defensa del insobornable poder libertario de la creación artística, o lo que es lo mismo, de la verdad de la ficción que nos permite superar la ficción de la verdad: “Hoy el arte se considera como un lujo, un objeto o una mercancía y no como un medio de moldear y canalizar nuestra vida emocional, con lo cual el criterio económico prevalece sobre el estrictamente artístico. Pero el arte es, ante todo, el lenguaje de las emociones, y si no las produce o las expresa intensamente no es arte sino artificio, artesanía, artefacto, artimaña… o artillería”.

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