NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE

NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE
Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria

“No hay silencio que no termine”, es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace aproximadamente dos años están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura; el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa. Sin embargo, es sólo ahora que lo he leído. La razón de la espera es muy simple, deseaba hacerlo en la lengua en la que originalmente fue concebido, el francés; por lo que debía esperar para poder adquirirlo. Lo que fue posible ya que desde hace unas semanas estoy en Francia. Lo leí en un espacio de 7 días, no le dediqué las horas de lectura que normalmente hago cuando el libro me apasiona. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de “Même le silence a une fin”, Ediciones Gallimard, 2010.
Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas, primero de una gran admiración por su valentía, me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. Seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando viajé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.
“No hay silencio que no termine”, es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. No obstante, no pude sumergirme en él como yo lo hubiese esperado. Creo que le falta “alma”, es posible que sea a causa de la lengua en el que originariamente fue escrito. Es como si la autora hubiese querido utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio. No hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano. Y al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.
“No hay silencio que no termine”, nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir. Aunque todos conocemos la verdadera razón. Sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.

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ELEMENTOS MÍTICOS EN INFORME SOBRE CIEGOS DE ERNESTO SABATO

Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria

EL REINO DE ESTE MUNDO, PEDRO PÁRAMO, CIEN AÑOS DE SOLEDAD, rompen con los postulados de una narrativa facilista y descriptiva, para sumergirnos de golpe en un mundo que va mucho más allá de las tesis del surrealismo que propugnaba André Bretón o del realismo mágico de Franz Roth. Este rompimiento se da por la irrupción de lo real maravilloso (que difiere del realismo mágico) en las letras hispanoamericanas; los escritores transcribieron el mundo circundante, el mundo americano que nunca ha dejado de maravillar a los europeos: «Lo real maravilloso nuestro, es el que encontramos en estado bruto, omnipresente en todo lo latinoamericano. Aquí lo insólito es cotidiano, siempre fue cotidiano»[1]. Esta irrupción tuvo como consecuencia directa el lanzamiento publicitario del boom, e hizo que la crítica literaria se revaluara, labor que exigía de los críticos nuevas disciplinas y nuevos enfoques que permitieran un acertado análisis y comprensión de la obra. Dentro de las nuevas disciplinas se encontraba el estudio del mito que permitiría una reivindicación y un acercamiento a las ricas tradiciones orales del continente, dando así una visión más amplia y más real al análisis del discurso literario. Las concepciones del espacio sagrado y espacio profano, de tiempo lineal y tiempo circular, como la explicación de la labor de un chaman o de un medicine-man van a ser ampliamente desarrolladas, lo que significa que la literatura, la antropología, la historia de las religiones, la sociología y la etnología van a unirse con el fin de lograr una acertada interpretación del texto. Por otra parte, no hay que olvidar que Juan Rulfo y José María Arguedas se entregaron de lleno al estudio de la antropología. En el presente ensayo se analizarán los aspectos míticos en Informe sobre ciegos, esa pequeña joya literaria que hace parte de «Sobre Héroes y Tumbas» de Ernesto Sábato.

Leer a Sábato es enfrentarse a los grandes problemas metafísicos que aquejan al hombre del siglo XX: la angustia, la soledad, el derrumbamiento de los valores que otrora lo sostenían; es hacer un buceo de la irracionalidad y del sentimiento lírico. Su trilogía está conformada por el desvelamiento de la realidad exterior y de la realidad interior, de la razón y de la sinrazón. Es ante todo una búsqueda de la verdadera condición humana. Su principal inquietud es la de devolverle al hombre su verdadera esencia, su ser; en un deseo de unificar nuevamente la naturaleza humana escindida, según Sábato, por la razón. De esta búsqueda surge su trilogía El Túnel, Sobre Héroes y Tumbas y Abbadón el Exterminador, además de incontables ensayos y artículos.
Por otra parte, Sábato promulga que el arte es la única herramienta de conocimiento, más válida aún que la ciencia; puesto que para el arte lo existente equivale tanto a lo objetivo como a lo subjetivo, mientras que para la ciencia sólo cuenta lo que es demostrable en un laboratorio o sea solamente lo objetivo:
«La novela colocada como está entre el arte y el pensamiento, desempeña una triple y trascendental misión: la catártica, ya intuida por Aristóteles, la cognoscitiva, al explorar regiones de la realidad que solo ella puede llevar a cabo y la integración de una realidad humana desintegrada por la civilización abstracta». [2]
La crisis del mundo moderno: Con el siglo XX aparecieron los grandes cataclismos que habrían de estremecer al hombre contemporáneo: las dos guerras mundiales, la bomba atómica, los campos de concentración. Sumado a lo anterior, el siglo XX es también testigo de la aparición de la gran urbe, y dadas sus connotaciones podría muy bien denominársela como un laberinto, donde reinan la angustia y las tinieblas y donde ninguna escapatoria es posible:
«La ciudad está dominada por el dinero y por la razón». [3]
La ciudad contribuye a la alienación del hombre, a su enajenación absoluta, le niega la posibilidad de existir, lo sumerge en una profunda soledad e incomunicación. Pero la causa principal de la masificación, de la «cosificación», del hombre se debe a la razón. Diosa entronizada en el renacimiento, y cuya labor fue relegar a los lugares más ocultos a las fuerzas irracionales que habían caracterizado al espíritu medieval; siendo solo rescatadas, siglos más tarde, por el romanticismo en su abierta rebelión contra la razón, la ciencia y el incipiente, pero tenaz, capitalismo. [4]
«El arte nos salvará de la alienación total, de esa segregación brutal del pensamiento mágico y del pensamiento lógico». 5]
La lucha de la razón y de la sinrazón, de la lógica y de la intuición, de la realidad exterior (para el autor es sólo aparente) y de la realidad onírica, caracterizan a Informe sobre ciegos. Narración desbordante, delirante, relatada en primera persona por Fernando Vidal Olmos. Es un diario en el que cuenta los pormenores de la investigación que emprende con el fin de descubrir los secretos de la secta de los ciegos, secta que podría muy bien simbolizar a la razón. Su descenso lo irá poco a poco alejando de esa hipótesis al irse transformando en el retorno hacia los orígenes.
Elección e iniciación: Fernando Vidal Olmos, al igual que Tiresias y Edipo, es el elegido para hurgar en las fuerzas desconocidas que rigen el universo. El primer indicio de la labor que debe realizar se produce en un sueño iniciático al escuchar «una campanilla como de alguien que quisiera despertarme de un sueño milenario» [6]. El sueño es sólo la continuación de las «pesadillas y alucinaciones» que habían poblado su infancia, sin comprender entonces, que representaban una revelación. La labor que se le encomienda es la de luchar contra las fuerzas oscuras del universo que impiden que la verdad y el conocimiento le sean develados al hombre. Las diferentes etapas que conforman la investigación están regidas por la intuición y la premonición. Una de ellas es el anuncio que hace de su propia muerte por medio del fuego: «Verdaderamente ¡Qué manga de canallas! Que para creer necesiten que a uno lo quemen». [7] Atravesar el fuego o morir a causa del mismo, en un intento de purificación, significa -según la tradición judeo-cristiana- que la condición humana es abolida y por lo tanto el acceso al paraíso es permitido.

El laberinto: En su descenso, o viaje iniciático, a las cloacas de Buenos Aires, Vidal Olmos encuentra pasadizos, habitaciones, puertas, escaleras y túneles que por su estructura conforman un espacio laberíntico: «¿Quién sospecharía, …que el taller de una modista pudiera ser la entrada al gran laberinto?». [8] Esto nos remonta a la prehistoria, época en la cual la caverna era asimilada o transformada en laberinto, lugar sagrado que servía a la iniciación de los neófitos y para la sepultura de los muertos. El laberinto es, a su vez, homologado al cuerpo de la madre-tierra (la Pachamama de los mineros peruanos). Tener acceso a un laberinto, a un túnel o a una caverna, simboliza el retorno a las entrañas de la madre-tierra.

La matriz subterránea: «Polvo eres y en polvo te has de convertir». Lo que en un principio se había revelado como la búsqueda de las fuerzas ocultas del universo se metamorfosea en la búsqueda de los orígenes: «Allí está la gruta…, costase lo que costase, debía penetrar en ella». [9] Es significativo que el autor utilice el verbo penetrar, en vez de entrar. Más que significativo, es simbólico, puesto que esa gruta representa al útero de la madre-tierra. En muchos mitos los hombres fueron sacados de las cavernas, de las entrañas de la tierra, como los minerales, plantas y piedras; siendo todos homologados a pequeños embriones que esperan su momento de crecimiento y desarrollo. La nostalgia del estado prenatal se convierte, a menudo, en un fenómeno colectivo que obliga al grupo tribal a renunciar a la lucha y a la consecuente espera de su desaparición total. Aún hoy el hombre occidental conserva hasta su muerte un fuerte sentimiento de solidaridad para con la tierra que lo vio nacer. Un sentimiento que va mucho más allá del falso patriotismo inculcado por la clase dirigente o por la educación tradicional. Es admiración y amor por el paisaje familiar o el recuerdo de los ancestros enterrados en el cementerio local. Este sentimiento aparece tanto en los mitos y leyendas como en el lenguaje: los romanos llamaban a los hijos ilegítimos TERRAE FILIUS, y los rumanos continúan denominándolos «hijos de las flores» [10]. La madre sólo es portadora de la obra de la madre-tierra. De ahí, que cuando la muerte se acerca, el hombre desee, ante todo, ser enterrado en su región natal, puesto que ese último acto le permite regresar al vientre materno, único lugar de paz verdadera jamás conocido por el hombre. El retorno significa que el ciclo de la vida se ha cumplido:
«La soledad absoluta, la imposibilidad de distinguir los límites de la caverna en que me hallaba… Me creí solo en el mundo y atravesó mi espíritu como un relámpago, la idea de que había descendido hasta sus orígenes. Me sentí grandioso e insignificante». [11]
La soledad y las tinieblas son el común denominador de las cuevas, pero también del útero, es el estado natural de la vida embrionaria. El sufrimiento como medio de iniciar al neófito: El sufrimiento siempre ha tenido un gran valor espiritual en los mitos. En la tradición judeo-cristiana, para poder salvar a los hombres, Jesús tuvo que ser sacrificado. Más aún, todos conocemos el proverbio que dice «más fácil pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos». La pobreza y el sufrimiento son bendecidos por Dios, y entre más pobre sea el hombre y entre más dolor lo agobie, más cerca estará de la salvación eterna. En el mito, como en la religión cristiana, la tortura y el sufrimiento son siempre ocasionados por espíritus y dioses, y tienen como fin primordial la regeneración espiritual del hombre. Soportar el sufrimiento estoicamente, significa para el neófito dejar atrás la vida profana para nacer a una nueva vida, esta vez sagrada. En Informe sobre ciegos observamos diferentes etapas de tortura: pesadillas delirio, extravío…
«Sentí que aquel pico entraba en mi ojo izquierdo… En virtud de un mecanismo que no alcanzo todavía a comprender, por su falta de lógica yo mantenía mi cabeza siempre en la misma posición, como si quisiera facilitar la perversa tarea, como, aunque sufrimos, mantenemos la boca y la cabeza ante el dentista». [12] El sufrimiento, tanto físico como mental, es indispensable a la iniciación, es la prueba que debe cumplirse para que el iniciado se regenere espiritualmente.
La cópula con la deidad: Otra de las pruebas iniciáticas es la de ser tragado por un monstruo (bastaría con citar el pasaje bíblico de Jonás y la ballena). Semejante prueba tiene dos significados:
1. En el Medioevo, generalmente se representaba al infierno como un gran monstruo marino, y ser engullido por él no sólo era la muerte sino la condenación eterna.
2. Por otra parte, el acceso al vientre del monstruo, al igual que la penetración en la caverna, es el medio para reintegrarse al estado embrionario.
Lo anterior nos enfrenta a un dualismo: de un lado la muerte, el fin de la existencia y por consiguiente del tiempo; de otro el retorno a los orígenes que precede el comienzo de toda existencia temporal. [13]
En el análisis que nos ocupa, encontramos también esta prueba iniciática:
«Tuve la certeza de que allí tendría acabamiento mi largo peregrinaje y que tal vez, en aquel reducto poderoso encontraría por fin el sentido de mi existencia». [14]
Cita que corrobora el tema anteriormente desarrollado: la búsqueda de los orígenes. Esta nueva etapa comienza con una metamorfosis que se acentúa a medida que Vidal penetra la deidad:
«La cordillera parecía la espina dorsal de un monstruoso dragón petrificado… Y a medida que avanzaba veía que nada era viviente, que todo había sido calcinado por la lava o petrificado por las ardientes cenizas que aquel cataclismo cósmico había lanzado en edades pretéritas». [15]
En este viaje se hace contemporáneo de la creación, de los albores de la naturaleza, regresa a la edad primera del cosmos:
«Me sentí de pronto tan horrendamente solo que grité. Y mi grito, en aquel silencio mineral y fuerza de la historia, resonó y pareció atravesar centurias y generaciones desaparecidas». [16]
El tiempo lineal es abolido, por ello puede ser testigo del tiempo primigenio en el que vivieron los ancestros míticos:
«Ahora entra. Este es tu comienzo y tu fin». [17]
El ciclo total se ha cumplido. Sólo le resta llevar a cabo la etapa final:
«Algo atroz me sucedía a medida que ascendía por aquel resbaladizo, crecientemente cálido y sofocante túnel: mi cuerpo se iba convirtiendo en el cuerpo de un pez». [18]
En la cópula, Vidal sufre una metamorfosis y al mismo tiempo recuerda hechos remotos y olvidados, que debían ser conservados en la memoria colectiva al igual que hechos de su infancia. Posteriormente pierde el sentido y al recobrarlo se encuentra en el cuarto de la ciega (donde había comenzado su viaje iniciático). Con ella tendrá la siguiente cópula, pero en realidad la ciega es la madre de Fernando que a su vez representa a la madre-tierra.
Una de las obsesiones permanentes de Sábato, es el incesto, acto que permite el retorno al útero. El incesto es para Fernando Vidal Olmos el encuentro consigo mismo, la recuperación de una identidad perdida:
«por un instante tuve la vertiginosa, y ahora inequívoca revelación: ¡Era ella!… mientras espero la muerte medito sobre el misterio de aquella encarnación, quizá semejante al que convocado por un deseo imperioso se apodera del cuerpo de una médium… Entré furiosamente en aquel ídolo y entonces tuve la sensación de que era un volcán de carne, cuyas fauces me devoraban y cuyas entrañas llameantes llegaban al centro de la tierra». [19]
El incesto termina con una fiesta saturnal:
«El volcán de carne fue entonces desgarrado a cornadas por minotauros, cavado ávidamente por ratas gigantescas». [20]
El desgarramiento de la deidad coincide con el retorno al caos:
«La funesta luna radioactiva estalló… un gran incendio se desató, y propagándose con furia inició la destrucción total y la muerte… El universo entero se derrumbó sobre mí». [21]
Esta visión apocalíptica es el aniquilamiento total del tiempo y del espacio, aniquilamiento por medio del fuego, símbolo de purificación y de premonición de su propia muerte.

Bibliografía:

ELIADE, Mircea. Mythes, rêves et Mystères. Paris. Gallimard, 1957.
SABATO, Ernesto. Abbadón el Exterminador. Barcelona. Seix Barral.1982.
Hombres y Engranajes. Madrid. Alianza Editorial. 1983.
Más sobre las Misiones trascendentales de la novela. En: Antología. Buenos Aires. Librería del Colegio.1975.
Sobre Héroes y Tumbas. Barcelona. Círculo de Lectores. 1973.

Referencias:

[1] Alejo Carpentier, la novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos, siglo XXI editores, México 2ª edción,1981, pág.130
[2] SABATO, Ernesto. «Más sobre las Misiones Trascendentales de la Novela». En: Antología. Buenos Aires, Librería del Cole¬gio, 1975. p. 137.
[3] SABATO, Ernesto. Hombres y Engranajes. Madrid, Alianza Editorial, 1983. p. 23.
[4] ídem. p. 199.
[5] SABATO, Ernesto. Abbadón el Exterminador Barcelona, Seix Barral, 1982. p. I99
[6] SABATO, Ernesto. Sobre Héroes y Tumbas. Barcelona, Círculo de Lectores 1973 p. 261.
[7] ídem, p. 366.
[8] ídem, p. 339.
[9] ídem, p. 343.
[10] ELIADE, Mircea. Mythes, Rêve et Mystères. París, Gallimard, 1957.
[11] SABATO, Ernesto. Sobre Héroes y Tumbas. Op. Cit. p. 383.
[12] ídem, p. 345.
[13] ELIADE, Mircea. Op. Cit.
[56] SABATO, Ernesto: Sobre Héroes y Tumbas. Op. Cit. p. 390.
[57] ídem, pp. 390-391.
[14] ídem, p. 392.
[15] ídem, p. 393.
[16] ídem, p. 394.
[17] ídem, pp. 398-399.
[18] ídem, p. 400.
[19-20-21] ídem, pp. 400-401.
Blog: http://beluesfeminas.blogspot.com
Correo electrónico: bertalucia@gmail.com

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El Libro del Sol Nuevo, GENE WOLFE

El Libro del Sol Nuevo

En una sociedad de corporaciones medievales, donde unas naves-cohetes de otro tiempo forman las torres de las ciudadelas, un joven se acerca a la madurez.  El mundo está regido por el Autarca de la Casa Absoluta, emplazada en algún sitio al norte de la Ciudad Imperecedera.  Nuestro héroe es un aprendiz de torturador (afor-tunadamente, al lector se le ahorran casi por completo los detalles de ese antiguo oficio) que comete el crimen de mostrarse compasivo con una «cliente» de la corporación, y en consecuencia es expulsado de la laberíntica ciudad.  Los primeros capítulos están dominados por imágenes de muerte -tumbas, mazmorras, bibliotecas sin luz, aguas estancadas- y sirven como contrapunto del tema principal, la búsqueda del Sol Nuevo.  Ésta es la más larga de las novelas contemporáneas de cf, y una de las mejores.  Comprende cuatro volúmenes: La sombra del torturador (The Shadow of the Torturer, 1980), The Claw of the Conciliator (1981), The Sword of the Lictor (1982) y The Citadel of the Autarch (1983), que suman en total 1.200 páginas.  Una obra monumental, evidentemente, y en ciertos aspectos una obra terminal: es difícil imaginar que alguien emprenda seriamente otra historia semejante.

Es la historia de un futuro muy, muy lejano, en el que la Tierra ha cambiado por completo.  Ha sobrevivido a una era glacial, las na-ciones-estado de nuestros días hace mucho que han desaparecido, y la humanidad ha abandonado la exploración del espacio (una de las imágenes más encantadoras y recurrentes es la de «la verde playa de la Luna», pues en algún momento olvidado de la historia la Luna ha reverdecido).  En 1950, el autor norteamericano Jack Vance escribió una novela que bordeaba la ciencia ficción con el título de La Tierra moribunda, combinando la imagen de un futuro lejano con la imaginación y la fantasía de un país de hadas (a esta especie híbrida de ficción suele llamársela science fantasy).  Wolfe ha reconocido la influencia del libro de Vance en su propia obra maestra, que es precisamente la historia de la «tierra que muere», tema explotado también por otros escritores además de Vance y que Wolfe ha vuelto ahora redundante.  Pero -diferencia importante y que varios críticos han soslayado-El Libro del Sol Nuevo (The Book of the New Sun) no es de ninguna manera una obra de fantasía.  Es auténtica ciencia ficción.  Los prodigios que se describen son racionales, y todo se explica en términos de ciencia real o de extrapolaciones verosímiles.

Wolfe utiliza muchos de los clichés de la fantasía moderna, o del género de espada y hechicería, redimiéndolos y transformán-dolos.  El héroe del libro, Severian el Torturador, tiene una gran espada llamada Terminus Est, y la utiliza para matar monstruos y hombres.  Severian encuentra en el caminos seres y acontecimien-tos aparentemente sobrenaturales.  Descubre una joya-talismán, la Garra del Conciliador, con la que puede curar a los enfermos.  Todos estos temas, y muchos más, pertenecen a la tradición de la fantasía heroica, aunque aquí se despliegan, con ingenio, y a veces con belleza, como ciencia ficción.  Existe el riesgo de que algunos de ellos pasen inadvertidos al lector común: puede ser necesario un conocimiento de todo el repertorio de convenciones de la cf para apreciar los trucos que Wolfe pone en acción con tanta inteligencia.

En efecto, es una novela sumamente inteligente y sumamente bien escrita, muy elogiada por los pares de Wolfe: «Wolfe es tan bueno que me deja sin habla», dice Ursula Le Guin, y Algis Budrys agrega: «Simplemente sobrecogedor».  A mí me impresiona parti-cularmente el extraño lenguaje.  En lugar de inventar su propia ter-minología a partir de nada, como han hecho tantos autores de cf y de fantasía, a menudo con pobres resultados, Wolfe utiliza palabras exóticas tomadas del griego, del latín, del francés antiguo y de otras fuentes.  Este vocabulario, utilizado con exactitud y resonancia da un múltiple sentido de realidad al mundo que describe.  Me parece que no me equivoco si digo que no hay en el libro ni una sola palabra inventada: un tour de force filológico, y un bienvenido descanso, por no obligarnos a pronunciar los trabalenguas sin sentido que tan a menudo se encuentran en la cf.

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Cántico a San Leibowitz (WALTER M. MILLER)

leibowitzAl igual que James Blish, Walter M. Miller (nacido en 1923) es un escritor de cf interesado por el cristianismo, pero se diferencian en que Miller es un creyente, no un agnóstico como Blish. Cántico a San Leibowitz (A Canticle for Leibowitz) es su única novela. Cuando se pu­blicó por primera vez no fue calificada como «cf», a pesar de que sus tres partes aparecieron originalmente (abreviadas) como novelas cortas en Magazine of Fantasy and Science Fiction. Miller escribió un buen número de cuentos para revistas norteamericanas de cf a lo largo de la década del cincuenta; las mejores aparecieron juntas en Condicionalmente humano (1962) y The View from the Stars (1964), pero cuando completó su novela dejó de escribir totalmente.

La historia comienza en los antiguos Estados Unidos de Amé­rica del Norte, seis siglos después de una devastadora guerra nu­clear. La primera parte de la novela se refiere a un incitante descu­brimiento hecho por el hermano Francis Gerard, un monje novicio. Al escarbar ciertas ruinas, encuentra un refugio contra la polución radiactiva que contiene unas pocas reliquias del beato I. E. Leibo­witz, legendario fundador de la Orden. El objeto más valioso es el anteproyecto de un viaje exploratorio, aunque entre las reliquias también encuentra una lista de alimentos y programas de carreras de caballos (ignora de qué se trata). Casi todos los libros y docu­mentos han sido destruidos durante la «Era de la Simplificación» que siguió a la guerra nuclear. Los hallazgos del hermano Francis, aunque fragmentarios, representan un valioso descubrimiento para los monjes, quienes, lenta y penosamente, a veces a ciegas, tratan de rescatar y preservar el disperso conocimiento del pasado. Fran­cis se pasa quince años copiando ese precioso documento, e ilu­minando su copia con oro batido, a pesar de que ignora por com­pleto lo que pueda significar. Luego parte en peregrinaje hacia Nueva Roma, y en el camino le roban la obra de su vida. Pero Lei­bowitz –un ex especialista en armas que un día aborreció los li­bros– es canonizado. Los descubrimientos de Francis no han sido inútiles.

Es una fábula conmovedora, llena de pasión y de humor. La segunda parte del libro retoma la historia seiscientos años más tarde. Es una época de renacimiento, y de guerras entre los principa­dos. Al monasterio de San Leibowitz llega el más importante espe­cialista en ciencias naturales de entonces, un erudito aristócrata llamado Thon Taddeo. Se asombra al saber que los monjes han construido un arco galvánico, alimentado por los músculos de los novicios. Y se asombra aun más cuando examina la Memorabilia de Leibowitz: antiguos textos y anteproyectos, fragmentos de escri­tos científicos, ecuaciones matemáticas, que datan de mediados del siglo XX. Sobre la base de estos materiales, y confiando en su propio genio fríamente intelectual, Taddeo predice: «Dentro de un siglo, los hombres volarán por el aire en pájaros mecánicos. Carros de metal correrán a lo largo de carreteras de piedra construidas por el hombre. Habrá edificios de treinta plantas, buques que navegarán bajo el agua, máquinas para hacer todos los trabajos».

En la última parte de la novela, otros seis siglos después, las pre­dicciones de Taddeo han sido superadas. Una vez más, el mundo es capaz de fabricar armas nucleares, y de librar guerras en el espacio exterior. Cuando las bombas empiezan a caer, el último abad de la Orden Leibowitziana decide que algunos de los monjes abando­nen el planeta en una nave estelar, llevándose consigo la ya monu­mental Memorabilia. La historia se repite: el abad muere en medio de las ruinas del monasterio, mientras los monjes de San Leibowitz, y la fe cristiana, huyen para sobrevivir en el mundo de otra estrella. Es un final conmovedor para una novela excelente-mente escrita, rica en personajes y en detalles irónicos, y al mismo tiempo diver­tida y triste. Aunque algunos lectores critiquen su desenfadado contenido religioso, y especialmente su insistencia en la naturaleza caída de la humanidad, Cántico a San Leibowitz es una de las más importantes obras de la ciencia ficción moderna.

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Un caso de conciencia (JAMES BLISH)

concienEste libro combina elementos de ciencia dura (física, biología y quí­mica) con especulaciones teológicas, sociológicas e incluso litera­rias. El campo de referencia intelectual del autor es sorprendente. Brian Aldiss no exageraba cuando decía que Blish tenía «uno de los intelectos más poderosos (y una de las memorias más ricas, diría yo) que jamás se hayan dedicado a la ciencia ficción». Esto parece sor­prendente cuando uno recuerda que James Blish (1921–1975) fue un escritor del género de cf que se había fogueado en las revistas nor­teamericanas de segunda línea de los años cuarenta. Antes de dedi­carse a la literatura se había graduado en biología y había trabajado en una importante com-pañía farmacéutica. Hasta la aparición de Un caso de conciencia (A Case of Conscience) era conocido principal­mente por unas óperas del espacio bastante presuntuosas, los rela­tos de la serie «Okie», varios de los cuales formaron el libro Earthman, Come Home.

En Un caso de conciencia el escenario es un planeta llamado Lithia, y el personaje central, el padre Ramón Ruiz–Sánchez, es un biólogo jesuita. Junto con otros cinco científicos ha sido enviado a Lithia para determinar si el planeta puede servir como estación in­termedia para viajeros humanos. El planeta Lithia está habitado por una especie de reptil muy inteligente. Los lithianos crecen hasta alturas de seis metros y medio y se asemejan a los dinosaurios, pero son extraordinariamente amables y pacíficos. En realidad, Ruiz–Sánchez se entusiasma –y se aterroriza– al des-cubrir que la socie­dad de los lithianos es, según todas las apariencias, perfecta; no hay crímenes ni desigualdades ni infelicidad, y ninguna concepción de Dios.

Los lithianos viven en casas de barro, entre el mar y la selva. Nunca han tenido una época glacial, y apenas hay animales peli­grosos. En las costas gritan peces con pulmones, mientras que por los bosques deambulan pequeños lagartos saltadores y grandes reptiles. Hay muchos insectos y plantas venenosas, por lo cual el medio resulta incómodo para los seres humanos; pero a pesar de todo cabe la posibilidad de que Lithia sea en realidad un Edén habitado por hombres que no han conocido la caída ni el pecado. Hasta hay un árbol en ese paraíso que los lithianos conocen como el «Árbol del Mensaje». Es el centro de una sofisticada red de co­municaciones, y en la novela está memorablemente descrito: «Un gigante con aspecto de abeto californiano … Cuando los vien­tos recorrían el valle, el árbol cabeceaba y se inclinaba a uno y otro lado … Con cada movimiento, las raíces, que se extendían por debajo, sacudían y torcían el acantilado cristalino sobre el que habían construido la ciudad … A cada sacudida, el acantilado respondía con un amplio latido de ondas radiales…».

Ruiz–Sánchez llega a pensar que tanto los lithianos como su mundo son creaciones del demonio, una trampa que el Gran Ad­versario ha puesto a la humanidad. Blish no comparte esa opinión –la novela no es una fantasía religiosa, sino cf dura–, pero sondea la agonía de la conciencia de su héroe con considerable delicadeza. En el prólogo dice: «El autor … es un agnóstico sin posición en nin­guna de estas cuestiones. Mi intención ha sido escribir acerca de un hombre, no acerca de un cuerpo doctrinario».

Es una historia intrincada, atractiva, llena de reflexiones cien­tíficas y teológicas, cosa poco habitual en la cf norteamericana. Desgraciadamente, el impulso creativo decae en la segunda parte, cuando la acción se traslada otra vez a la Tierra, aunque incluya algunos pasajes espléndidos, como la descripción de la toma de conciencia de Egtverchi, un «bebé» lithiano, sin duda uno de los fragmentos más hermosos y poéticos de ciencia ficción que jamás se hayan escrito. Lo más notable de la obra posterior de Blish es la no­vela histórica Dr. Mirabilis (1964), acerca de fray Roger Bacon. A pe­sar de que para Blish fuera una continuación de A Case of Conscience, apenas puede considerársela cf.

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