CUMBRE DE ÁGUILAS 1º PARTE (Agustín Conchilla Márquez)

CUMBRE DE ÁGUILAS

NARRATIVA


PRIMERA PARTE

Autor:

Agustín Conchilla Márquez

Inscrito en el Registro Provincial de la Propiedad Intelectual de Alicante.

[…]

­­
I

Cipriano salía temprano, giraba en la esquina de la calle Benjamín y se desperezaba mientras paseaba entre jardines de la pequeña iglesia de Aldea Chica. Parte de aquella iglesia quedaba resguardada de fríos, lluvias, nieves, rachas de viento o excesiva calina por un arcaico revestimiento de madera, cañas, barro y tejas de canalillo, a estilo árabe. Revestimiento que tiempo atrás sirviera de protección y guarida a los rebaños, propiedad de una casa señorial de la época, cuya procedencia data de la expulsión de almohades sobre tierras de al-Ándalus, y que aconteciese o iniciara su cabalgadura tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

En premio a su ferviente cristianismo, encarnizada lucha, alto coraje, y en reparto de bienes incautados a los moros, junto a otras tierras y edificaciones, aquellas heredades serían otorgadas al abuelo del tatarabuelo del señorito Germán, quien altruistamente las ofrendaría al primer vicario que a falta de techo se atreviera a decir misa bajo las ramas de un almendro floreado, alumbrado por dos antorchas y un sinfín de estrellas en el firmamento. Aquel rústico cachivache, sin embargo, cambiaría de apariencia en tiempos de prosperidad eclesiástica; a excepción de una pequeña parte que mantendría esplendor de origen y el vaticano conservaría como la más valiosa reliquia del pasado. No obstante, para que los aldeanos venerasen la simbología de posteriores efigies, provenientes de beneficencias, donaciones o sacrificios, aún de alba, Cipriano, el sacristán, alineaba medio centenar de banquetas, prendía cirios, repasaba pinturas, efigies o litografías y se acomodaba en la poltrona del altar. Desde aquella cómoda postura inclinaba la cabeza ante la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, oteaba en su entorno y buscaba posibles desperfectos, descolocaciones o anomalías; aunque  pocos recovecos más encontraba, excepto el del pilón de agua bendita cuyo nivel revisaba a diario. Agua que él mismo purificada y antes de marchar a la cama dejaba tapadita en un cofre dorado: un cofre bañado a imitación a oro, sobre el que mimosamente dejaba caer el paño de encaje que Adela, la beata de los Mendoza, en tardes de ocio y buena gana elaborase a mano, sobre aguja de ganchillo y para conservar la pureza que don Julián otorgase al contenido del recipiente.

Sin embargo, no por vulgar o iglesia manifiestamente pobre, la capilla o su pilón dejarían de venerarse en la dignidad de grandeza de un lecho sagrado. Para ello, cantidad de fieles y habitantes, asistentes y curiosos consideraban aquella estancia y el líquido que don Julián purificaba tan bendito como agua de pila bautismal. Incluso la igualaban a las aguas de aquellas que en domingos y festivos, presuntamente recibieran las cabezas de niñas y niños en la pila bautismal de la catedral de Sevilla. O la asemejaban a la del pilón que presuponían sobre alzapiés de piedra tallada, de mármol o granito, en la mismísima catedral de Granada.

Los habitantes de Aldea Chica, en cambio, ahuecaban la mano, la introducían en un pilón de nadería: elevado sobre alzapiés de madera perfeccionada; untaban la punta de los dedos, inclinaban la rodilla y se santiguaban para la plegaria o la pasión espiritual que, una vez más, como todos los domingos acontecería en la pequeña iglesia de Aldea Chica.

En el recinto religioso se aglutinaban decenas de aldeanas y aldeanos, escuchaban la misa de absolución por los pecados, atendían las necesidades del cepillo, escuchaban al párroco y un alto número de fieles, en familiaridad cristiana tomaban la eucaristía. Pese a ello, en transcurso ceremonial don Julián vociferó como gallo de corral, amenazó con castigo divino, tarareó como grajilla aupada en la rama de una encina; encapotó como un búho al acecho del ratón y dirigió la mirada al frente, al vacío, donde por espacio de interminables segundos la mantuvo quieta o perdida en las figuradas y presuntuosas tinieblas del mismísimo más allá… Pese a ello, tras aquel  repentino lapso, en abrir y cerrar de ojos pestañeó, giró la cabeza, depositó la vista en el escote y en la minifalda de una feligresa y, añadió: <>. Los feligreses cruzaban las miradas entre sí, y susceptibles ante lo inmoral o pecaminoso intentaban comprender el porqué de aquellas desentonadas palabras que a diestro y siniestro les lanzaba don Julián entre huecas y lejanas resonancias del templo. En consecuencia, y aunque los feligreses intercambiaban fugaces y furtivas miradas, como no encontraban anormalidad pestañeaban bajo incredulidad o desazón y amodorraban como las ovejas sorprendidas por una oleada de alta temperatura estival.

En cambio, cuando las feligresas y los feligreses menos lo esperaban, don Julián cesó en dialecto de embestida a la inmoralidad y en símbolo de súplica, de rezo o en busca de perdón ajeno y pecador o del más allá, abrió los brazos y reflexivo perdió la mirada en las pinturas de la bóveda…

Por aquel desvarío le creyeron los feligreses altamente pensativo y relajado. Sin embargo, don Julián irguió su estampa en menos que canta el gallo, giró en redondo, bamboleó la túnica como guardia civil en desfile de conmemoración y bajó los peldaños del altar más erguido que un pendón ondeando la bandera republicana: con la mirada al frente, las manos unidas y los pulgares sobre la barbilla. Don Julián, sin embargo, se detuvo en seguida, en seco y a pocos pasos del altar: a la altura del tercer banco giró de sopetón, agarró por un brazo a la señora Asunción -cuya notoriedad femenina y de joven agraciada resaltaba por la cima de las vestiduras- y sin saludo, comprensión o explicación la dirigió y la encaminó hacia la puerta de salida. Asunción no entendía ni comprendía el mal o la razón, aunque mientras don Julián la dirigía, ella percibía indecorosas miradas de fieles que a sí mismas se presuponían en dignidad de bienaventuradas. Asunción salió de aquel recinto que algunos ciudadanos, incluso ella misma, de vez en cuando llamaban sagrado. Y salió tan turbada y ruborizada que su cara enrojeció casi tanto como cuando en romería usaba coloretes para buscar ardiente entonación facial. En tal estupor alcanzó la calle tan desolada, tan avergonzada y tan baja de aliento que bajo aquella desdicha de resignación dirigió la mirada al cielo, manoteó y, dijo:

—Dios de todos y cada uno de nosotros; creador del mundo, de los muertos, de los vivos, de las cosas, de los casos y de su entorno. ¿Señor, si tú eres el padre de mi Señor Jesucristo, también de mi hermano, padre mío, de mi marido y de mi hijo, dime por qué dejas que tu representante en la tierra, en la iglesia y en la aldea, don Julián, el cura, sea tan torpe, tan confuso y tan demente o vano e incomprensivo con los hábitos y las necesidades de sus hermanos y de tus hijos?

Los ojos de Asunción chispeaban de fulgor mientras permanecían a la espera de algo: una respuesta, un rayo de luz o aliento a la razón de la fe, de la esperanza y la comprensión humana. No obstante, al no obtenerla zarandeó la cabeza, guiñó el labio, absorbió la mucosidad y emprendió camino. Meditativa, cabizbaja, en silencio y con semblante pálido y preocupado avanzaba sin ton ni son. Pero así, en cabizbajo, triste y en solitario cruzaba los jardines por el paso de la fuente cuando de súbito o de sopetón se vio reflejada y se detuvo junto a las aguas embalsadas. Asunción limpió unas lágrimas, fisgoneó los pececitos de colores, la ciénaga del fondo, la pequeña serpiente que tímida y temerosa de imprevisible emboscada avanzaba en diagonal, agitaba la lengua y junto a la pared interior buscaba el tranquilizador resquicio de la superficie. Con aquella imagen Asunción perdió el norte, el malhumor y el recuerdo a la sinrazón. Ahora, en cambio, aún con la sonrisa desfigurada observaba aquellos prodigios de la naturaleza, acarició la barbilla y por espacio de imprecisos segundos se mantuvo quieta, en pensativo. Aunque de súbito desperezó y siguió visualizando el deslizar de los renacuajos, el embarrancamiento de sanguijuelas en el fondo del embalse y las ondulaciones sobre el perímetro al máximo nivel. En aquel ir y devenir también se entretenía en visualizar diversidad de insectos acuáticos que como aeroplanos en aeródromo aterrizaban sobre la superficie, y agitaban, aún más, las pequeñas olas que iban y venían como si anduviesen atraídas por un encantamiento celestial. Después seguía visualizando el revolotear de preciosas abejas y peligrosas avispas y a toda ella la recorría tal escalofrío que cruzó los brazos sobre sus propios pectorales, los acarició y masculló algo inusual.

Mientras tanto, palomas, vencejos, golondrinas y gorriones revoloteaban sobre su entorno, como atraídas por una corona de laureles que vitorea conquista de nueva fortaleza. Incluso dóciles y románticas palomas y apacibles gorriones aterrizaban a sus pies y la saludaban con arrumacos de ternura, galantería, compasión, comprensión o necesidad: a la espera de pipas, maíz, grano o molla de pan, a cuales andaban tan habituados. Aunque ella, Asunción, iba tan afligida, confusa y acalorada que ni ganas le quedaban para guiñadas, arrojes ni sonrisas.

Asunción llegó a casa tan pálida, tan malhumorada y con el rostro tan abucheado que Lecherito intuyó anomalía. Aunque Lecherito era astuto como el viejo zorro y la observaba en silencio y de soslayo… Sin embargo, tan risueño como irónico, en abrir y cerrar de ojos gesticuló los labios, mordisqueó el interior-inferior, chasqueó la lengua, le guiñó un ojo y esperó a tal o cuál evento. Asunción, en cambio, amodorró aún más, aunque en breve tomaría aliento y entre sollozos y profundos suspiros se dispondría para narrarle el motivo de su tormento.

—Cariño, no sufras por tal o cuál evento —dijo Lecherito al corriente del suceso—. El cura puede decir misa e imponer su voluntad. Para eso es cura y dueño de su parcela; aunque mi amor, qué quieres que yo le añada al tormento de mujer ultrajada si soy como los del dicho popular que piensan y argumentan que cuanto se hayan de comer los gusanos, antes que lo disfruten los humanos…

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Guerras justas e injustas (Michael Walzer)

El año 2.003 ha comenzado con los tambores de guerra resonando con fuerza. La inminencia de un ataque estadounidense y británico contra Irak, contaminado a radice en punto a su legitimidad por la unilateralidad de la decisión sobre el mismo, ha convertido en inevitable la vuelta al clásico debate en torno a la justificación del empleo de la violencia en las relaciones internacionales. Esto es, de la guerra.

Porque la cuestión de si existen, en primer lugar, guerras justas y, caso de que así sea, cuáles sean estas, es tan vieja como la propia capacidad humana de reflexionar en términos éticos. Cualquier civilización digna de este nombre se ha dotado de un sistema de valores con el que ha tratado de aprehender, mal que bien, la idea de justicia (o, al menos, una cierta construcción propia de esta idea). Y, así, desde las primeras referencias a sistemas éticos encontramos también discusiones sobre la justicia de la guerra.

Culturalmente, el punto de llegada más o menos consensual al que hemos arribado los miembros de las sociedades occidentales está hasta cierto punto claro. Al menos, en sus perfiles más gruesos. Por ejemplo, en el hecho de que existen guerras justas y, también, guerras injustas. El referido consenso puede hacer parecer la afirmación como una simpleza cuando, en realidad, nada más lejos de la realidad que el carácter evidente de tal juicio. Que existen guerras justas e injustas supone asumir que, de una parte, el hecho de poder emplear la violencia para obtener ciertos beneficios no es suficiente para entender una guerra justa (es decir, que más allá de la existencia de conflictos, guerras y violencia, no todos ellos son justos). Y, de otra, implica necesariamente haber dado por sentado, igualmente, que no todo empleo de la violencia es, por definición, contrario al sistema de valores de acuerdo con el cual queremos ordenar la convivencia de forma general. Afirmar que existen guerras justas e injustas no es, desde este prisma, poca cosa.

Con todo, y como es obvio, mucho más complicado es, metidos en faena, determinar cuándo estamos en presencia de unas o de otras. Aunque, también en este punto, siglos de historia y de decantación han permitido establecer ciertas pautas. La obra de Michael Walzer, clásica en la materia, no es tan interesante por la disección personal del asunto que bien habría podido acometer el autor como por ser plasmación más o menos ajustada a lo que son los cánones occidentales que en la actualidad disciplinan la asignación de las etiquetas “justa” o “injusta” a cualquier guerra. Este peculiar “consenso”, cuyas últimas y revolucionarias piezas han sido aportadas por el nuevo orden jurídico que la Organización de Naciones Unidas ha supuesto para la comunidad internacional, se encuentra perfectamente expuesto en una obra, como se ha dicho, ya clásica y que ha sido recientemente reeditada en España por Paidós.

Walzer afronta la exposición de dos cuestiones esenciales relacionadas con la justicia de la guerra. De una parte, se interroga sobre cuándo estamos ante una situación que justifica su recurso. De otra, analiza si que estemos en tal caso permite cualquier acción. Así, junto a la legitimidad o ilegitimidad de origen, una segunda cuestión se superpone y obliga a explorar la posibilidad de que la guerra, una vez existente y justa, permita cualquier tipo de actuación, no contemple más límites que las exigencias de la búsqueda de la victoria en la misma. Porque, al menos en ciertos momentos históricos, no ha sido extraño pensar de esta forma. Con todo, parece evidente en la catualidad para todos que hay guerras justas que devienen, en consecuencia, injustas si se emplean en ellas ciertos medios o se recurre a algunas técnicas.

Como hemos dicho, la obra de Walzer es extraordinariamente interesante por la abundantísima y amena explicación de las diversas disyuntivas que contiene. Siempre, por lo demás, apelando a ejemplos históricos y aprovechando, de esta forma, para trazar un completo panorama de lo que podríamos llamar “Historia de la justificación del empleo de la violencia política y sus límites”. A este respecto se trata de un libro absolutamente básico y que emplea este punto de partida para incitar a sugerentes desvíos hacia la exploración de justificaciones de la guerra que, aun abandonadas en la actualidad, no dejan por ello de poseer una enorma capacidad de convicción y magnetismo que las conviertieron en el pasado en referencias éticas sólo con gran esfuerzo cuestionadas y superadas.

No obstante su indudable interés, es un error concebir el trabajo de Walzer como una especie de obra en la que desentrañar por medio de una fórmula mágica (y a misteriosos arcanos superiores debida) que permitiera deslindar lo justo de lo injusto. Respecto de cuándo una guerra es justa, Walzer recoge y modela las diversas posibilidades más corrientes, y las califica, por supuesto. Ahora bien, al hacerlo no hace sino aplicar las pautas que constituyen lo que la comunidad internacional lleva años proclamando como el entorno valorativo imprescindible que subyace en las normas de Derecho internacional en la materia.

No está en la actualidad considerado como justo el recurso a la violencia más que en casos muy tasados. Y tampoco se entiende justificado hacer la guerra de cualquier forma.

Releer a Walzer, sin embargo, unas décadas después de la publicación primera de sus trabajos, empieza a adquirir una preocupante vertiente propedéutica que añadir a su interés cultural e histórico. Porque ese consenso en torno al que se articula la valoración ética de las acciones bélicas que contiene su obra parece resquebrajado en la actualidad. O, al menos, así sería para quienes conciben guerras preventivas o el empleo de armas de destrucción masiva en ellas como justas.

No está muy claro si asistimos a un momento en el que una marea reaccionaria e involucionista nos retroatae a cavernas cuasi premedievales en la materia o si, simplemente, es que a muchos importa poco la califiación indudable y asumida de “injusta” para ciertas de sus actuaciones, pero pocas dudas caben sobre el hecho de que ni Walzel ni el consenso del que venimos hablando en esta recensión (en torno al que, por cierto, se ha estructurado la convivencia en paz de nuestras sociedades desde hace 50 años permitiendo un desarrollo económico y social sin precedentes) pueden aceptar nunca como justas:

– guerras estrictamente preventivas (porque no es, sensu stricto, preventiva una guerra desencadenada para frenar de forma proporcionada una previsible, cierta e inminente agresión; de igual forma que la legítima defensa aparece también cuando se reacciona antes de que apuñalen, sin necesidad de esperar a que se consume la agresión, pero sí requiere que sea claro y evidente que ésta va a darse).

– guerras que integren como objetivo provocar daños masivos entre la población civil.

– guerras que empleen armas de destrucción masiva.

– guerras que no concedan a los prisioneros unas condiciones dignas de subsistencia.

Afortunadamente, de momento, en la actualidad estas exigencias éticas encuentran respaldo, fruto de ese consenso que parece hoy perdido, en sendas normas de Derecho internacional que permiten afirmar que quien ataca a otro país sin que medie agresión alguna está comportándose de forma injusta, ilegítima e ilegal; que quien emplea armamento no convencional o busca diezmar a la población civil es un criminal de guerra; y que quien retiene a prisioneros sin proporcionales suficiente espacio, comida, www.lapaginadefinitiva.com

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La inmortalidad (Milan Kundera)

Milan Kundera defiende la vitalidad del género novelesco por encima de las voces que claman por su inevitable extinción. Con una perspectiva historicista, el autor checo evita considerar la novela como expresión del ideal decimonónico en el que las páginas no eran sino el intento por reflejar una realidad de la manera más fidedigna posible. Los personajes venían definidos por sus peculiaridades psicológicas, actuaban en un marco espacial y temporal bien definido e identificable por el lector. El espacio para la fantasía o el libre discurrir de la ficción era muy limitado.

Este modelo agota sus fuerzas con el siglo veinte que ve una profunda renovación del género al superarse ese esquema y retomarse de algún de manera el espíritu que definió el nacimiento del género. Cervantes, Voltaire o Rabelais crean una nueva forma de expresión en la que el todo se resiste al esquema, los personajes entran y salen de las escenas sin justificación aparente, las historias se entremezclan de manera confusa aderezadas por un sentido del humor y una imaginación desbordante.

Y es en este rastro en el que Kundera encuadra su labor creativa tal y como ha tenido ocasión de manifestar repetidamente (Los testamentos traicionados, El arte de la novela). La novela se convierte en un “medio” de expresión, un vehículo en manos de su autor quien, con su omnisciencia, determina su curso mediante la acumulación de materiales diversos a los que dota de sentido precisamente por su puesta en relación.

La inmortalidad responde a estos criterios de manera ejemplar. Toda ella aspira a resultar natural, espontánea, aunque sospechemos desde sus primeras páginas un poso de reflexión que actúa como argamasa de todos los hilos argumentales. La novela se abre con el propio autor observando el curioso gesto de una mujer madura dirigido a su monitor de natación en el preciso instante en que sale de la piscina del gimnasio al que acude asiduamente Kundera.

Ese gesto atrae su atención por la disociación entre su desenfado y jovialidad y la edad avanzada de la mujer. De esta primera atracción surge la reflexión. Muchos son los gestos, pero por fuerza, su número es menor que el de los hombres que los realizan. De ahí que los humanos seamos sólo portadores de los gestos, estos no nos pertenecen, no son definitorios de nuestra personalidad.

Al igual que esa mujer repite un gesto empleado por otras mujeres, otros hombres, nuestras vidas caminan en círculos. El tiempo es visto en la juventud como un camino hacia adelante; sólo cuando alcanzamos el cenit de nuestra vida comprendemos que el tiempo nos atrapa como un círculo; cada vida se cimienta de unos materiales que apenas podemos alterar, de modo que giramos en torno a dicha materia, a dicho tema, del que no podemos huir; no es posible el comienzo de “una nueva vida” tan pregonado por la mercadotecnia de la Nueva Era.

En fin, no desvelaremos las escenas del libro, o la trama interna, o el final del mismo. Baste decir, como mérito indubitado, que son totalmente irrelevantes para el goce de la lectura. Que el verdadero placer se encuentra en el discurrir del propio Kundera, en sus reflexiones (explícitas o por boca de personajes) desperdigados generosamente por toda la novela. Que el inteligente juego entre ficción y realidad (tan querido por Cervantes) es una constante en sus páginas por las que Kundera se asoma para, seguidamente, ceder paso a otros personajes ficticios. Que la primera página del libro desvela el incidente que origina la obra, al tiempo que el último lance festeja el fin de la tarea de su escritura.

Y tampoco habrá que explicar la presencia de Goethe y su peor pesadilla, Bettina, quien amenazó de manera directa la más grande aspiración del genio alemán: su fama eterna. Esa inmortalidad a la que algunos aspiran por sus propios méritos y a la que otros llegan a despecho de sus intenciones y deseos, fotografiados en pose poco favorable para toda la Eternidad, inmortalidad fruto de la visión de otros, visión e imagen en la que vivimos y sobre la que tratamos de influir.

Tampoco hablaremos del triángulo amoroso que describe Kundera, o de las extrañas teorías impropias de su edad o época, del profesor Avenarius y su relación con Kundera y con las protagonistas de la novela.

Y no lo haremos porque el lenguaje claro y preciso, frío en apariencia, de esta novela lo explica mejor, lo encadena de manera precisa sin necesidad de más explicaciones. Y porque al igual que el gesto es la excusa de la novela, y el gesto se encarna en las personas, esas tramas argumentales no son sino la excusa por la que Kundera da rienda suelta a su increíble capacidad para la creación.

“Pienso, luego soy es la frase de uno intelectual que menospreciaba el dolor de muelas. Siento luego soy es una verdad de una validez mucho más general y se refiere a todo aquello que vive” es un ejemplo del tipo de reflexión que contiene La inmortalidad, en esta ocasión en referencia al nacimiento del Homo Sentimentalis; metaliteratura dentro de la Literatura.

Otra breve cita que espero sirva para resumir el espíritu de esta novela y de la obra de Kundera en general: “una novela no debe parecerse a una carrera de bicicletas, sino a un banquete con muchos platos distintos”. Kundera nos asegura un extraordinario menú degustación a bajo precio, que no se debe rechazar en tiempos en los que la comida basura dicta la norma e impone su precio.

Confieso que he leído

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Las aventuras de Barbaverde (César Aira)

César Aira es un prolífico escritor argentino que trata de aportar aire fresco e innovador a las letras en castellano a pesar de su edad. Su prosa camina por diversos estilos que le sitúan al margen de las principales corrientes literarias y Las aventuras de Barbaverde son el perfecto ejemplo de los rasgos esenciales de este autor.

Cuatro historias independientes en las que un periodista de extraño nombre (Sabor) se ve envuelto en las aventuras de uno de los últimos superhéroes de nuestro tiempo, Barbaverde, de quien apenas se conoce otra cosa que su nombre y su eterna lucha contra las maquinaciones del profesor Frasca en su ánimo por dominar el Planeta.

La desbordante y barroca imaginación del autor se adapta perfectamente a este esquema propio del cómic. Las maquinaciones de Frasca (pirámides que avanzan contra una ciudad a modo de un videojuego, rayos que convierten juguetes en objetos reales, un enorme salmón que desde otra galaxia amenaza la vida en la Tierra, …) siempre resultan desbaratadas por Barbaverde quien, en ocasiones, emplea a Sabor como instrumento inconsciente en su lucha contra el Mal.

Sin embargo, el libro es algo más que un interesante esfuerzo por trasladar la imaginería del cómic adaptándola al género novelesco. Aira aporta numerosos elementos originales que enriquecen el texto.

Así, la figura del superhéroe es una referencia vaporosa que apenas se distingue por su presencia física, hasta el punto de parecer en ocasiones más el resultado de la imaginación enfermiza de Sabor. En su papel de periodista, trata de elaborar y dotar de coherencia los hechos asombrosos que sus sentidos perciben, para lo cuál precisa reinterpretar y avanzar teorías (que por sorprendentes que parezcan, terminan por confirmarse) hasta el punto de sospecharse si Barbaverde no es un producto de la mente de Sabor (o éste un mero instrumento de aquél).

La fantasía no es, por tanto, únicamente el elemento del que se sirve Aira para escribir esta especial novela, esa misma imaginación y su fuerza redentora es, al tiempo, uno de los principales temas de la obra. El apocado Sabor logra gracias a sus ensoñaciones adivinar y percibir una realidad que escapa al resto de humanos, a pesar del gran componente de manipulación que conlleva.

Cabe apreciar una irónica crítica al papel de los medios de comunicación que, no sólo informan y crean opinión, sino que la dirigen y propician. Sabor inventa los artículos que publica El Orden para tratar de reconstruir racionalmente un mundo que no comprende pero, a la vez, emplea los mismos como medio de enviar mensaje cifrados a su amada Karina, una artista de vanguardia de quien se enamora el primer día de su empleo como periodista y a quien conoce en la recepción de un hotel en el que se hospeda Barbaverde a quien ambos desean entrevistar por diferentes motivos. El tímido periodista queda enamorado de Karina quien apenas repara en el joven apocado más allá de como mero compañero de una aventura.

Las actividades profesionales de Karina también son descritas con ironía mordaz, de la que tampoco escapa el mundo de la Ciencia, la Moda, las Universidades, etc. Cualquier institución que aparezca por las páginas de esta novela pasa por el filtro de la ironía en un contexto totalmente natural favorecido por ese trasfondo de cómic que permite al autor desplegar su sentido del humor critico con las buenas costumbres o los convencionalismos provincianos.

Como ya se ha señalado, la dinámica del cómic adaptada a una novela permite la distorsión de la realidad, su simplificación. Los personajes, coherentemente, son planos y previsibles. El Bien y el Mal quedan claramente definidos y enfrentados. No hay escala de grises que permita el tránsito entre ambas realidades, un espacio para el acuerdo.

Las cuatro historias de que se compone el libro resultan desiguales en interés y, en ocasiones, se aprecian ciertas incoherencias entre ellas. Asimismo, su extensión hace que el punto intermedio de cada una de las cuatro aventuras parezca prolongarse excesivamente. Quizá un recorte habría hecho ganar en agilidad al relato, aunque ello habría supuesto una poda a las reflexiones del autor.

Al igual que en el estilo folletinesco del siglo XIX, cada historia “refresca” información referida a Frasca, Barbaverde, Sabor, Karina y algún otro personaje que aparece en varias historias, de manera que –quizá con la excepción de la primera aventura- pueden funcionar de manera independiente. El propio autor señala que su intención era escribir una serie infinita de novelas sobre este personaje, pero se cansó con la cuarta.

Sin embargo, el conjunto resulta muy apreciable por la interesante mezcla de estilos ya comentado, por la originalidad del tratamiento y por la prosa caudalosa y rica de César Aira quien ha encontrado en Barbaverde el perfecto vehículo para su capacidad literaria al que, casi con total seguridad, retornará en el futuro con nuevas aventuras.

Confieso que he leído

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Los testamentos traicionados (Milan Kundera)

¿Cuál es el papel del autor?¿Debe prevalecer su criterio respecto de su obra o, una vez escrita, compuesta, ésta debe ser “patrimonio público”, no en un sentido económico, sino artístico? ¿Puede consentir el novelista una traducción inapropiada de sus palabras?¿Y el músico una alteración de sus arreglos? Pero, al tiempo, ¿no es eso lo que hacemos de continuo adaptando las obras de Shakespeare o Sófocles a nuestros tiempos?¿No es eso lo que ayuda a mantenerlas vigentes y a que después de tantos siglos podamos seguir admirando su genialidad? ¿No es lícito que Picasso tomara como modelo Las Meninas de Velázquez? A todas estas preguntas (y muchas más) pretende dar respuesta Milan Kundera en Los testamentos traicionados

Es conocido que a la muerte de Kafka, su amigo Max Brod encontró entre sus papeles dos cartas (que ya conocía puesto que el propio Kafka le había anticipado su contenido) en las que se recogían instrucciones precisas sobre qué manuscritos debían destruirse, cómo debía recuperarse para su destrucción toda correspondencia que hubiera intercambiado en vida con amigos, familia o amantes y que cualquier papel escrito por él debía correr la misma suerte con la excepción de ciertas obras ya publicadas que eran nombradas de manera expresa y como lista cerrada.

Max Brod no sólo incumplió los deseos de su amigo sino que se encargó de recopilar todos los manuscritos dispersos y comenzó la tarea de publicarlos. Su celo alcanzó incluso a las obras no literarias de Kafka y así se publicaron sus diarios y su impresionante correspondencia (desde la más banal a la más íntima). Al margen de los concretos motivos de Brod para tal desobediencia -y de la justificación que éste ofreció en diversas publicaciones, comenzando por el prefacio de la primera edición de El proceso-, Kundera plantea una oposición frontal al credo actual según el cuál la voluntad del autor debe quedar supeditada a su obra y el público tiene “derecho” a la obra sin que los deseos de su creador deban interferir. Así, es lícito publicar manuscritos que el propio autor no consideró dignos del conocimiento público, borradores de obras ya publicadas, etc.

Pero la mayor traición de Brod a Kafka es la creación de una imagen falsa del autor, la supresión de textos de sus diarios que no convenían a la imagen de santo-mártir que Brod postulaba para su amigo y, en definitiva, la fundación de la kafkología, nacida al amparo de su interpretación de las obras de Kafka. Esa kafkología que discute sobre sí misma, totalmente al margen de la obra del autor praguense, construyendo un método, una cábala, que la aleja día a día de la realidad. Pero no sólo Brod y los críticos, también los editores suprimiendo reiteraciones (queridas y escritas intencionadamente por Kafka), alterando la peculiar puntuación del autor, o los traductores dando rienda suelta a una interpretación libre de las palabras de Kafka.

Pero no sólo Kafka, otros muchos autores (¿alguno no?) ven cómo sus palabras son tapadas, adulteradas, reinterpretadas. Hemingway, por ejemplo, es un ejemplo de cómo sus cuentos pueden ser diseccionados para llegar a conclusiones preconcebidas. Colinas como elefantes blancos es el ejemplo que emplea Kundera para demostrar cómo la crítica obvia las palabras de los personajes del cuento suplantándolas por las suyas propias de manera que acaben diciendo lo contrario de lo que escribió su creador.

No sólo en la Literatura sufre el creador el acoso de los mediocres que pretenden enmendar y manipular su obra. Stravinsky es otro ejemplo. El célebre autor ruso decidió al final de su vida dejar un registro sonoro de sus obras a modo de versión definitiva de sus obras de modo que nadie pudiera “interpretarlas” suplantando su propia versión. Menos suerte tuvo el compositor checo Janáceck quien tuvo que ver cómo su obra era despreciada en su propio país y cuando finalmente se aceptó la interpretación de una de sus más importantes óperas en Praga, tuvo que ser previa adulteración de sus arreglos y de la estructura de la obra de modo que su sentido más profundo quedó totalmente distorsionado.

Pero este libro no es sólo un cántico egocéntrico y narcisista a favor del autor como creador de un arte intocable, airado con el mundo que se apresta a destrozar y vulgarizar su elevada obra. Kundera despliega una brillante teoría sobre el devenir histórico de la novela, organizada en tres tiempos. Según esta teoría (y de manera muy resumida) la novela nace en el momento en que la épica abandona la poesía. Ese vacío narrativo lo asume una nueva forma de expresión que se caracteriza en estos primeros pasos indecisos por la total falta de estructura: normalmente los primeros textos de este género (Rabelais, el Quijote, la novela picaresca, Diderot, …) no son sino aquello que le ocurre al protagonista en su quehacer. La sucesión de escenas sin más conexión que el propio protagonista o algún otro personaje, crean un rico tapiz en el que el humor absurdo, la exageración y la hipérbole trenzan un estilo rico y ágil que aún nos sorprende. Asimismo, la novela es ese espacio en el que se suspende el juicio moral, de nodo que esta independencia de la moral es lo que permite identificar más claramente, siempre según Kundera, la novela con Europa. La incomprensión de este aspecto de la novela explica la persecución a la obra de Rushdie; la postura general del mundo de la cultura en Occidente, considerando que la novela ha podido faltar al respeto de los creyentes musulmanes, supone una amenaza directa a la propia idea de novela y, por tanto, a la propia esencia de la Europa que hoy conocemos.

Pero la novela se consolida como género literario y asume nuevos elementos, como el drama que abandona igualmente a la poesía, o el afán por reflejar la realidad. Los personajes pasan a tener un pasado, una herencia que les hace actuar de un modo determinado en función de sus circunstancias; ya no se trata de personas de las que todo se ignora (¿alguien conoce algo relevante de la vida de Alonso Quijano previa a su locura?), se destierra el absurdo y se sustituye por la descripción minuciosa; la novela imita a la vida y las novelas pasan a ser una sucesión de escenas bien planeadas, todas ellas con un papel dentro del gran proyecto de la obra.

Pero el género se agota, y llega el tercer tiempo, un tiempo en el que el agotamiento del modelo anterior obliga a tomar aire y mirar al pasado. La transición comienza sutilmente. Unos, como Hemingway, tomarán la minuciosidad para sus diálogos, olvidando el marco temporal y espacial que pasan a un segundo plano. Otros, como Joyce, se centrarán en la cotidianeidad para hacer crecer sobre ellas su obra. Kafka tomará como modelo para su primera novela inconclusa (El desaparecido o América) el Oliver Twist de Dickens pero eludiendo lo que define a la obra del inglés (“sequía del corazón disimulada detrás de un estilo desbordante de sentimientos” según el propio Kafka).

Los nuevos caminos romperán definitivamente el esquema de la novela del siglo XIX. Autores de una tradición distinta a la occidental contribuirán a dar un nuevo tono a la novela (Kundera habla de la tropicalización de la novela para describir cómo autores de América Latina introducen nuevamente aspectos mágicos, irracionales, barrocos, en sus obras o subraya las bondades similares de obras como Los versos satánicos de Rushdie, criticando que el enfoque mediático sobre la misma nos ha privado de los aspectos literarios sobresalientes que atesora).

Kundera también aplica su teoría de los tres tiempos de la novela a la música. Así, el primer tiempo caracterizado por la invención y la destreza, la improvisación y la armonización tiene en Bach y las fugas su más alto exponente. Posteriormente se abandona el bajo continuo o los juegos de instrumentos para centrarse en la melodía. Todo se supedita a la melodía y el fin de ésta no es otro sino el evocar sentimientos en el oyente. ¿Cómo definir la música sino es como sentimiento puro, hecho ondas? Pero el modelo se agota y se debe volver al pasado, a la sencillez y a la invención, al gozo en definitiva de crear. Stravinski retoma a los clásicos renacentistas, Janáceck recorre las calles de Praga con un cuaderno y un lápiz anotando las melodías de sus vecinos en sus conversaciones diarias.

Cientos de ideas sobre música, sobre literatura, sobre el arte en general. Riqueza de ejemplos y anécdotas, pero sin perder de vista una visión más global. Todo ello con la vehemencia propia de Kundera, con bastantes (quizá excesivas) referencias a sus obras y un estilo ameno que ayuda a asimilar sus teorías (no necesariamente a compartirlas) y que enriquece a todo aquel que se acerque a las páginas de este libro. Kundera ofrece una visión coherente de la evolución de la novela, de las razones por las que su fin no se adivina próximo (pese a otras voces en sentido contrario) pero dibuja un horizonte inquietante en la medida en que la importancia nominal del creador se pone en tela de juicio por la vía de los hechos día a día, sin disimulo, en el convencimiento de que su obra no le pertenece.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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