DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Alejandra Correa)

""Donde olvido mi nombre", es el título del tercer libro de poesía de la escritora argentina Alejandra Correa interpela ciertas certezas del lector. Porque ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción?

El título resulta perturbador, desapacible, y, a la vez, depara algo parecido al consuelo. Hay allí algo que, por fuera de la primera persona, interpela ciertas certezas del lector. Muchos de ustedes recordarán que la inteligencia alucinada de Georg Christoph Lichtenberg propuso el problema existencial de un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. En la misma línea, podríamos preguntar, con menos autoridad pero igual absurdo: ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien, para matizar: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción? La materia prima de la literatura  (esto es algo que Roland Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. No se trata entonces, como podría pretender un romanticismo desvelado, de exhibir el blasón de una palabra conquistada al silencio. Por el contrario, el modesto triunfo del poeta consiste acaso en restituirle a la palabra su fondo de silencio en la estridencia de las cosas. ¿Cómo articular una voz audible en la selva espesa de una lengua corroída? 
El método que elige Alejandra Correa se inscribe en el más puro arte de la crítica. “Es éste/ mi trabajo/ en el río:/ separo/ las piedras/ del oro”, se lee en “Lenguaje”, la segunda parte del libro. No es casual que las otras dos partes se llamen “Huesos” y “Mundo”. Entre los huesos y el mundo está el lenguaje, “la tumba/ del lenguaje”, para ser más exactos. Los huesos, la insistencia en ese resto reverberante, en ese vestigio que ha perdido la carne, que está más allá de la carroña, y que, sin embargo, pervive, no es nueva en los poemas de Alejandra Correa. Pero aquí los huesos devienen casi una opción, la opción por la renuncia al nombre como contracara de la sobrenominación.    
         Donde olvido mi nombre enuncia y postula la existencia de un lugar, una topografía en la cual, justamente, se olvida un nombre, el propio. Nada que ver con los éxtasis místicos. Lejos de cualquier excepcionalidad, casi podría decirse, como dijo alguien, que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. ¿Pero qué pasa cuando la obra propone olvidar el nombre que sostiene esa biografía? Si la identidad vacila es porque se mira en el retrato adulterado por la corrupción del lenguaje. “Perdí mis rasgos/ y toda cortesía/ desde que habito/ en las sobras/ del lenguaje”. Porque, esto no es ninguna novedad, el lenguaje está muerto. En un ensayito de 1969, el poeta cubano Virgilio Piñera hablaba ya con alarma del enorme número de palabras muertas; denunciaba allí la inoperancia literaria de palabras tan sencillas como salón, tetera, frazada o escoba. Así las cosas, no queda más que la ilusión adánica de inventar una lengua nueva, o bien, como aquí, “reparar las sílabas/ deshechas por la duda”. Con esas “sílabas que ya nada nombran”, Alejandra crea, y se crea, en “una lengua de retazos”. La novedad ocurre cuando, en la intemperie de la hoja, esos retazos se iluminan con la incandescencia de la epifanía.  
Esa epifanía irradia aquí su propia fragmentación. Los poemas estallan en la página como apariciones de un presente detenido que, sin embargo, condensan un pasado que los antecede y un futuro que los prolonga. Pero nada sabemos de esas temporalidades tácitas. Esos tiempos son el enigma. Y el poema, la respuesta a una pregunta que se desconoce. O, más lógicamente, la pregunta por una respuesta que se ignora. Por ejemplo, la pregunta por lo que fue. Los versos de Alejandra son tímidas miniaturas verbales rodeadas de silencio, se reconocen y se reflejan en “el espejo del silencio”. Pero ese silencio no es la simple ausencia de palabras y de sonidos. Es más bien el espacio que se abre alrededor de las palabras, la inminencia de la palabra que va llegar y el eco de la palabra que, ya dicha, se repliega. Es de ahí, de esa zona ciega, de donde procede el sentido. Se trata de una zona de tensión que antes pudo resolverse en el grito, pero que adopta ahora la forma de una música discontinua, una secuencia de acordes en tono menor que registran un drama asordinado.   
Sugerí hace un momento que los versos eran tímidos. Quisiera agregar ahora que, como pasa siempre con los tímidos, estos versos son también capaces de la mayor dureza e impiedad. Las líneas que, a modo de pórtico, arrancan al libro de la nada conducen a uno de los núcleos dramáticos de la poesía de Alejandra: el dolor de lo que se pierde, “ese fragmento de la ciudad que fuimos”. El desamparo del que se habla no es ya solamente histórico –como en Río partido, su primer libro– sino sobre todo, si se me permite la grosería, cósmico: “Lo trae el invierno, y también la luz que traviesa una madeja de ramas”. Pero esta poética es dura también por su resistencia a ciertas estéticas dominantes en el colorido panorama de la poesía argentina actual. Secados ya los barros más oscuros del neobarroco (para el que, sin más, estaba bien todo aquello que menos se entendiera), algunos poetas catódicos atendieron el canto de sirena del tecno-populismo; otros, en cambio, creyeron que para hablar de poesía era necesario cultivar la reacción. La poética de Alejandra no es en absoluto aquiescente o claudicante frente a este dilema circunstancial. Antes que nada, elude dos peligros: la palabra ungida y las cómodas luminarias del vale todo. Con Donde olvido mi nombre, Alejandra le da continuidad a la voz reconocible de sus libros anteriores, atados a éste por el hilo frágil de la intimidad. Porque creo que de eso se trata: de la escritura de una épica de la intimidad. Lo hace, además, sin caer en las convenciones de la vieja lírica sentimental. Vuelve a mostrar que es capaz de unir la claridad con el misterio, capaz de exhibir una pericia prosódica que, de tan delicada, se percibe con la misma felicidad de algunos sueños, y de permitirse aun el uso imprevisto, prehistórico, de la palabra “crústula”. Y, lo más importante, confía en que esa palabra, y todas las demás que hacen sus poemas, tiene, todavía, sentido, y que ese sentido puede, también todavía, transmitirse. Si no fuera así, no se explicarían estos versos, posiblemente los más hermosos del libro, que me gustaría citar: “si dedicara/ mi tiempo errante/ a estas sobras/ extraería al fin/ las latas con anzuelos/ el paraguas anaranjado/ las letras caligráficas”. A propósito, una duda: ¿hará juego ese paraguas con el vestido anaranjado del poema “Marinamente” de Río Partido? 
“Si digo agua, ¿beberé?”, preguntó una vez otra Alejandra. Y esta Alejandra le contesta: “La palabra/ fuego/ me abriga”. La pausa del corte de verso introduce una indecisión. ¿Es la palabra “fuego” la que abriga? ¿O la palabra es fuego y por eso abriga? Queda en los lectores la respuesta. En cualquier caso, permanece la demanda  de volver al grado cero y construir de nuevo “casas de palabras en medio de la nada”. Alejandra Correa constata aquí que el verdadero olvido de sí consiste, paradojalmente, en el acto valiente de seguir nombrando. Tal vez sea ésa la guerra que no termina. " PABLO GIANERA

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Las amantes (Elfriede Jelinek)

Paula y Briggitte son dos chicas cuyo único objetivo en la vida es casarse con su hombre y dedicarse a él. Las dos se quedan embarazadas y las dos se casan, aunque para una de ellas la "felicidad" y su "sueño conyugal" desaparecerá de la manera más tonta, y por su culpa.

Se trata de la novela de Elfriede Jelinek, de las que yo conozco, más flojita y más fácil de leer. En la contraportada se dice que es una parodia de la novela romántica, pero yo eso no lo he visto mucho. Como en otras obras, Elfriede demuestra un desmesurado odio o rechazo al sexo masculino, o al sexo en general, que puede "hacer gracia" al principio pero que a estas alturas ya resulta cargante y molesto.

Tratemos de pensar que lo que critica es la actitud de esas mujeres sumisas que "viven por y para el amor", y cuya meta en la vida es dejar el trabajo para ocuparse de su casa y de su familia, cuyo horizonte vital es meramente la satisfacción de su "hombre". Parece una crítica de la idealización del "amor" (en este caso dudo de que lo sea, se habla mucho de él, pero los personajes no demuestran nada más allá del deseo de hacerse con un cónyuge o compañero que las "proteja")

Elfriede pinta a esas mujeres con las peores tintas, aunque con cierta dosis de compasión; cifran su salvación, la salvación de una vida vulgar y de trabajo, en un marido; no así, cuando habla de los hombres, que son siempre brutos, zafios, maltratadores, vulgares, borrachos y solo piensan en el sexo.

"heinz se comporta como si no tuviera cerebro, sino solamente rabo"

"dar palizas es divertido, pero Erich aún no lo sabe"

"el cuñado de paula, algo que reparte palizas y se emborracha"

"si erich tuviera que escoger entre paula y una motocicleta, escogería la motocicleta"

Como se puede observar, la visión de Elfriede Jelinek acerca de los hombres no puede ser peor jaja.

Esta novela al parecer fue escrita en el año 1975, con lo cual no sé hasta qué punto estas situaciones que se nos narran son posibles en su país, Austria, hoy en día. Desde luego, parecen propias de otra época.

La novela cuenta de forma paralela las aventuras de las dos chicas, Paula y Briggitte, y sus deseos de cazar a los respectivos Heinz y Erich, el rechazo de los padres de alguno de ellos por la "pretendienta", la irrupción de una chica llamada Susi mucho menos vulgar, de las que se "reservan" y por tanto "tienen más valor en el mercado", las reacciones de las familias cuando las chicas quedan embarazadas (con las típicas dudas de la madre de él: "a saber si es hijo de mi hijo, que la que se va con uno se va con todos, etc, etc"). Como en el resto de la producción de la autora se observa una acusada misantropía, un odio o repugnancia a todo lo que son las relaciones humanas, familiares, de pareja, etc… Sin embargo, esta es, repito, de las que he leído, su novela más "amable". No hay casi descripciones desagradables o fuertes, e incluso las típicas escenas de sexo son contadas con cierto humor, usando expresiones vulgares en ocasiones.
Véase una muestra:

"heinz quiere salir rápidamente antes de que sea demasiado tarde y esté todavía en el interior de briggitte, pero briggitte se cierra, su cabeza está todavía con las pobres pastas de avellana, sí, y con el bolso nuevo espachurrado por el suelo, pero las fuerzas de su cuerpo están completa y automáticamente concentradas en heinz.

heinz siente un gran placer y grita muy fuerte.

briggitte con gusto le metería en el morro toda la pelusa acumulada debajo del sofá, hasta que se le saliese por las orejas.
heinz vuelve a gritar ruidosamente para que se vea lo bien que lo pasa con el trato y el teatro.

briggitte gruñe atormentada, sus globos oculares siguen el camino de las pastas de avellana por medio de la suciedad del suelo. qué guarra qué es la madre, que no barre, aunque ni siquiera tiene que atender a un hombre.

heinz vuelve a gritar ruidosamente, muy rápido, cada vez en espacios de tiempo más cortos. cómo le gusta eso al pedazo de animal.

briggitte estamparía con gusto su cabeza berreante contra la pared. si tiene que hacerlo, ¿no puede por lo menos hacerlo bajito? el niñito saldrá igualmente disparado de su interior, grite más o grite menos.

(…)

briggitte no se mueve, pero está llena de moco. llena de moco pestilente…"

Una curiosidad de la novela es que está escrita sin mayúsculas, como se puede apreciar en este párrafo que he transcrito. Hay puntos y comas, y todo eso pero incluso los nombres propios y las palabras de inicio de frase están en minúscula. No alcanzo a entender las razones de esta curiosa puntuación, a no ser que se trate solamente de llamar la atención.

El humor (negro) que tiñe toda la novela queda de manifiesto también en los títulos de los capítulos, que a veces son de partirse, ejem: "briggitte odia a heinz", "¡qué bonita cópula de nuevo!", "sobre la matriz de briggitte", "¡a briggitte también le da asco heinz!", etc, etc… El estilo es el de siempre, un poco telegráfico y aforístico.

En resumen, una obra que no aporta mucho a la producción de la Premio Nobel austriaca, que no conmueve ni afecta a las vísceras, como sí hacen otras de sus novelas.

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La feria del progreso (Gabriel Zaid)

La feria del progreso es un libro que recoge el trabajo ensayístico del intelectual mexicano Gabriel Zaid. Como buen intelectual a la antigua usanza, Zaíd asiste a todos los palos y habla de muchos temas muy diferentes. Eso sí, siempre emitiendo opiniones argumentadas, contrastadas y basadas en datos. Bueno, muchas veces, las páginas de este libro son también terreno expedito para la ironía y la sana sonrisa para con el género humano.

El libro está dividido en seis partes. Casi todas ellas están dedicadas a la literatura, al arte de leer, a la corrupción editorial o a la ágrafa sociedad actual. Pero también dedica una parte a ensayos variados y otra llamada “El progreso improductivo”, a hablar de economía. No voy a hacer un análisis pormenorizado de esta parte porque me resultó bastante densa y farragosa. En parte debido a mi ignorancia, en parte a que las circunstancias descritas en el libro ya son pasto del pasado en México y en parte a que el propio Zaíd no supo hacerme entender sus ideas. (No iba a tener yo toda la culpa, oigan). De todas formas, es una parte pequeñita del libro que no hace desmerecer al conjunto.

Ya los títulos de las distintas secciones son bonitos, sugerentes, evocadores e incluso misteriosos: “La máquina de cantar”, “Los demasiados libros” o “Cómo leer en bicicleta”. Estos títulos revelan algo acerca del conjunto de artículos o ensayitos que acogen: y es la capacidad que éstos tienen para iluminar partes ocultas de temas manidos, para hacernos adoptar nuevas perspectivas sobre temas que, de tan sobados, ya teníamos arrinconados en la carpeta de lo asumido. Gabriel Zaid plantea, a cada página, un reto al lector, un desafío a romper con lo convencional, con las firmes asideras del pensamiento común; Zaid nos pide que caminemos solos y para ello, nos muestra cuántas de nuestras ideas son lo que los franceses llaman “idées reçues” (ideas recibidas) y a lo que nosotros decimos prejuicios.

“La máquina de cantar” aborda los temas de la escritura automática, la posibilidad de crear máquinas capaces de mezclar palabras que constituyan canciones; la posibilidad de conseguir una máquina que fabrique sonetos. Esto ya lo planteó el sabio Juan de Mairena y aún así se hizo realidad. Zaid plantea un sistema lógico que será capaz de escribir y ordenar todos los sonetos del mundo, por ejemplo, al mendeveliano modo. De las distintas aberraciones que surgen de las máquinas fabricadas y concebidas por distintos gurús de la literatura, Zaid pasa a hacer una defensa de la lectura personal, de lo que él llama una “lectura concreta”, que obedece a ciertas necesidades y es capaz de dar significados no mecánicos a lo escrito. “La literatura, dice Zaid, es el medio abstracto de alcanzarse a uno mismo como concreto”. Esto, parece lo mismo que “lo universal concreto” hegeliano, ¿verdad? Zaid une los actos de escritura y lectura y no los quiere disociar. Y es que, efectivamente, fundirse en lo literario, hallarse a uno mismo en lo concreto no es más que verse maravillosamente bien expresado en una obra de otro. Por eso las obras literarias son antorchas que nos iluminan el camino y también las causas de que caminemos. Nos hacen conocernos mejor y nos aportan la reconfortante sensación de que no estamos solos, puesto que hay quien es capaz de expresar lo que yo siento tal y como yo lo siento. Así, dice Zaid, “una de las más válidas razones para escribir es poder leer algo que uno necesitaba leer”. La verdad es que me parece una idea bastante cierta: escribimos para expresarnos porque no hemos encontrado la expresión exacta de lo que nos sucede en otros. (Y a veces, dice Zaid, se escriben cosas anodinas, poco interesantes y poco literarias, precisamente porque se ha leído poco y no se sabe que lo nuestro, lo que nos abre las carnes ya está expresado excelsamente en Dostoievski o en Flaubert).

Otra de las grandes ideas de Zaid en esta primera parte del libro habla de la naturaleza creadora de la literatura. Y es que cuando dudamos desesperadamente, ¿no pensamos siempre en Hamlet? Cuando acometemos hazañas en pos de un sentimiento anacrónico, ¿no nos acordamos de Alonso Quijano? Dice Zaid que la duda hamletiana o la noche oscura del alma son cosas que cobraron existencia con su verbalización, que fueron creadas e incorporadas a la naturaleza y por lo tanto, han pasado a formar parte del acervo humano.

En “Leer poesía”, Zaid aborda aspectos de eso tan controvertido que es “la lectura de poemas”. Y es que… ¿cuánta gente dice que no lee poesía porque no la entiende o porque no le transmite nada o porque le aburre? Para Zaid sólo hay una solución: la única manera de leer poesía es embarcándose. En esta parte del libro, el autor no se adentra sesudamente en los recovecos de lo que significa o deja de significar tener una experiencia poética al timón de un poema, sino que coge tres o cuatro versos que a él le encantan y nos los lee y nos enseña lo que ha encontrado en ellos, y se deja llevar por la corriente de belleza, y simplemente, al final, grita: ¡qué hermoso! Y a uno le quedan ganas de saber leer como él.

Resulta curioso el artículo “Un gato cruza el puente de la luna”, en el que se ofrecen diversas interpretaciones de distintos lectores sobre este verso de Octavio Paz. En el ensayo “Dicho sea con temor”, Zaid parte de la perogrullada: “Los textos de poesía… son más breves que los de prosa”, para demostrarnos que ni siquiera obviedades como ésta están exploradas a fondo y que, alguien como él, es capaz de decir muchas cosas nuevas acerca de la poesía partiendo de esta frase. Y efectivamente, la narrativa se mueve en espacios más amplios, abarca más, la poesía (e incluso el poema en prosa) ha de ser capaz de soltar el resplandor en un espacio más acotado, en un texto más breve, en definitiva, en un número muchísimo menor de sílabas. “La riqueza del poema es como la riqueza del dibujo: dibujar es omitir”. ¿Se puede prosificar un poema? Sí, claro, cómo no, se puede contar en prosa lo que viene dado en un poema. Imaginemos que en vez de “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/que al cielo acongojas con tu lanza” alguien dice: en el centro de un claustro de piedra surge un ciprés tan natural y tan alto que parece que está pinchando el cielo. Pero no es la misma verdad la que opera en ambos casos. Los versos de Gerardo Diego son una verdad que depende del número de palabras que la expresan. Y ahí está la magia de la poesía. Parece casi un misterio pitagórico. Los siguientes ensayos de esta parte son lecturas de Zaid, desde “los azules que se caen de morados” hasta un soneto de Manuel Ponce. En este sentido, Zaid nos aporta su maleta llena de libros y nos deja conocer nuevos autores, pero además, nos da las claves para aprender a leer como él.

“Los demasiados libros” se mete con los libros en tanto objetos físicos. El primer ensayo de este grupito se llama “La superación tecnológica del libro” y es una defensa absoluta de la superioridad tecnológica del libro frente a otros soportes. Aporta los siguientes argumentos: 1. Los libros pueden ser hojeados. 2. Un libro se lee al paso que marca el lector. 3. Los libros son portátiles. 4. Los libros no requieren cita previa (lo abres cuando quieres). 5. Los libros son baratos. 6. Los libros permiten mayor variedad (a diferencia de los programas de televisión). Son todas ellas razones, que de tan obvias, quizás ni siquiera habíamos pensado. En otro ensayo aborda los porqués de que se lea tan poco, preocupación anual de nuestros ministerios.

En este grupo de artículos, Zaid también hace reflexiones muy certeras sobre la infinitud de libros editados, sobre las bibliotecas personales como “proyectos de lectura” y sobre el ansia de escribir pero no de leer. El artículo “La oferta y la demanda de la poesía” me llamó mucho la atención porque pone ejemplos de revistas que tienen la oferta de publicar poemas de un suscriptor que compre cuando menos cinco libros al año (por ejemplo). Dice, por ejemplo, que Plougshares “recibe 16.000 textos al año de unas 6.000 personas, de las cuales ni 200 están suscritas a la revista”. Por lo visto, si todos los que quieren escribir en la revista mencionada comprasen la revista, ésta triplicaría sus ventas. Es decir, que hay mucha gente que lo que quiere es escribir, no leer. Pero si todos queremos escribir y no leer, entonces, ¿quién leerá lo que escribimos? “Si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto”. La solución que da Zaid para evitar esta proliferación de autores que no leen (que como hemos visto antes, hace que se escriba mucho texto inválido), es que el que quiera escribir demuestre que ha leído: por cada 1000 libros leídos, te daremos un cupón que vale por la publicación de un poema tuyo. O algo así. La solución que la sociedad moderna ha encontrado es otra. Seguro que sabéis cuál es… (hay premio, un cupón en blogs.ya.com, por ejemplo jeje).

Otra cosa que molesta a Zaid del mundo de los “demasiados libros” es la absurda necesidad que sienten algunos del show off, de presumir, de fardar de lector, de ir por ahí presumiendo de lo mucho que se lee: ”Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África”. En realidad, esto no tiene ningún sentido, dice Zaid, dada la inmensa cantidad de libros que existen y que se publican cada año, no importa si uno ha leído todos los libros. Lo que importa es otra cosa:

”Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calla y la nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente más reales”.

La última parte dedicada al viaje de la literatura es “Cómo leer en bicicleta”, un batiburrillo de artículos más socarrones, más cínicos, destinados a destapar algunos convencionalismos que están asentados como matronas en nuestro pensamiento acerca de las letras. Se ríe de los críticos literarios, de los premios, de las ansias de publicación, del malditismo afectado de los poetas de ahora y de tantas otra dolencias de nuestros (i)letrados corazoncitos.

Personalmente, leo ese anuncio de “País sumamente importante de ejemplar y brillante subdesarrollo con una literatura en plena expansión al mercado internacional solicita crítico literario ideal” y, qué quieren, me ruborizo toda y me arrepiento de haber estado profanando y lapidando las ideas de Zaid con este texto…

PD. Esta reseñita también va con dedicatoria: para Seven, Don Mario y Oscar Cid, que para mí, le ponen la letra al México de Zaíd y que yo no conozco. Y, sin lugar a dudas, mis tres mexicanos favoritos 🙂

Cristina Núñez Pereira

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Guía del autoestopista galáctico (Douglas Adams)

Toca un libro curioso. Y es que, originariamente, este libro fue en realidad una novela radiofónica. Fue tras el éxito de la radionovela que el autor decidió pasarla a libro convencional. Por lo visto, existen también series televisivas y teatrales en las que ha colaborado el autor, un juego de ordenador, cómics y una toalla de baño.

La edición que tengo entre mis manos es un regalo y venía con lector por un periodo de tres días. Es la “Edición Definitiva” de la editorial Anagrama. ¿Y por qué definitiva? Et bien, porque además del texto de la Guía, incluye un epílogo de Robbie Stamp, uno de los productores ejecutivos de la película; una serie de entrevistas que este mismo autor ha hecho a los actores, así como la primera hoja de rodaje, del día 19 de abril de 2004 (para cinéfilos o maníacos) y una magnífica autoentrevista con Karey Kirkpatrick, guionista de la película.

¿Qué es la Guía del autoestopista galáctico? Pues bien:

  • "No se trata de un libro terrestre, pues nunca se publicó en la Tierra y, hasta que ocurrió la terrible catástrofe, ningún terrícola lo vio ni oyó hablar de él"
  • Probablemente, se trate del libro más notable que jamás publicaran las grandes compañías editoras de la Osa Menor, de las cuales tampoco ha oído hablar terrícola alguno."
  • Y además, en muchas civilizaciones, esta Guía ya ha sustituido a la gran Enciclopedia Galáctica como "la fuente de todo el conocimiento y la sabiduría", por dos razones: a) es un poco más barata y b)porque ostenta la simpática leyenda: NO SE ASUSTE. (Y aquí es cuando todos los lectores aspiran hacia dentro y dicen: OH!).

    Y ya aquí empieza la parodia, pues la Enciclopedia Galáctica es una creación de Isaac Asimov que aparece en su "Trilogía de la Fundación". ¿Quieren aún más parodia? Pues bien, la Guía del autoestopista galáctico pertenece a una "trilogía en cinco partes". Douglas Adams no pudo evitar añadir los libros 4 y 5, de ahí su nombre.

    Yo no sé mucho de Ciencia Ficción. La verdad es que nunca me han llamado la atención los planetas imaginarios, los monstruos de múltiples cabezas, las princesas peinas al ilicitano modo, las espadas láser o las transgresiones temporales que no se puedan hacer en un DeLorean. Así pues, tampoco puedo decir hasta qué punto es paródica la Guía del Autoestopista Galáctico. Pero no deja descanso a la mandíbula. Lo que me ha encantado de este libro (aparte de que me lo leyeran en voz alta en el Parque de San Francisco) es que, más que una parodia de la desbordante imaginación de los autores de ciencia ficción, parece una parodia del propio género humano.

    Adams utiliza todo tipo de monstruos y galaxias para reírse de los humanos. El método es sencillo, pero desternillante: ¿qué hay que hacer para reírse de algo? Apreciarlo con suficiente distancia, deshacerse de las categorías, romper las etiquetas, atreverse a mirar las cosas por primera vez. Adams no deja títere ni terrícola con cabeza: se ríe de la burocracia:

    ”- Pero los planos estaban a la vista…
    – ¿A la vista? Si incluso tuve que bajar al sótano para verlos.
    – Ahí está el departamento de exposición pública.
    – Con una linterna.”

    Se ríe de las máquinas ultraperfectas que somos capaces de construir mediante dos personajes metálicamente entrañables: Eddie, un ordenador de pareado perfecto: tan inteligente como insolente; y Marvin, un robot deprimidísimo que deprime a quien lo tenga al lado. Se ríe de la política y de las parafernalias de los gobiernos:

    ”Sólo seis personas en toda la Galaxia sabían que la función del Presidente galáctico no consistía en ejercer el poder, sino en desviar la atención de él.”

    Se ríe de todo y de todos a la vez; de la onomastia alucinante de los libros de Ciencia Ficción utilizando nombres como Prostetnic Vogon Jeltz, (monstruo monstruoso capaz de hacer monstruosa poesía pero dispuesto a escuchar críticas metafísicas acerca de ella), la Voraz Bestia Bugblatter de Traal, o Slartibartfast; de los mundos posibles mediante la creación de un planeta cuya principal fuente de ingresos es precisamente, la construcción de planetas; se ríe de los humanos haciendo que los ratones se rían de ellos; se ríe consigo mismo utilizando absurdos y lógicas ilógicas, así por ejemplo , se dice de un anciano solitario que “declaró repetidas veces que nada era verdad, aunque más tarde se averiguó que mentía”. También se ríe de los delirios enrevesados de la Biblia y de las exégesis grotescas que todo hijo de vecino está dispuesto a acometer antes o después. De hecho, aporta un argumento para demostrar la no existencia de Dios que haría reventar de risa a San Anselmo: “Me niego a demostrar que existo”, dice Dios, “porque la demostración anula la fe y sin fe no soy nada”.

    Por eso me gusta, porque utiliza el mundo de la ciencia ficción para reírse un poquito de ella. Y también para reírse sanamente de nosotros mismos. Además, gracias al distanciamiento que surge de contemplarnos a nosotros mismos a través de los ojos (acuosos, verdosos, sanguinolentos, sopocientos, digitales…) de los monstruos de la galaxia, Adams ilumina las regiones más asumidas del comportamiento humano, esas que nunca se someten a crítica, de tan interiorizadas como las tenemos. De hecho, creo que todas las citas que hasta ahora he utilizado no tienen por qué atribuirse única y exclusivamente a un libro de ciencia ficción…

    ¿La trama? La trama es bien sencilla. La tierra es destruida y Arthur Dent, un humano humanísimo, con preocupaciones humanísimas se encuentra fuera de la esfera del humano y se ve obligado a sentir como ajeno todo lo humano (por hacerle un esguince a Terencio). Consigue salvarse gracias a Ford Prefect (sic), con el que se ve arrojado al espacio exterior. Allí, primero sufre una serie de peripecias de la mano (no recuerdo exactamente si tienen este tipo de extremidades) de los vogones, raza extraterrestre contra la que conviene precaverse. Finalmente son recogidos por la nave robada por Zaphod Beeblebrox y sus dos cabezas, que utiliza la energía de la improbabilidad para funcionar (¿qué esto es altamente improbable? Claro, pues por eso). Se dirigen a Magrathea, a buscar un tesoro (no podía faltar). No os cuento lo que sucede al final por no estropearlo; eso sí: es digno de Ingmar Bergmann…

    Un viaje definitivamente alucinante, divertidísimo, pero muy sabio; para amantes y no amantes de la Ciencia Ficción, para amantes del humor absurdo, de los juegos de palabras y de los disparates… ¿Se animan? Pues cojan la toalla… y cuidado con los hooloovoos…, que en vez de ser a whiter shade of pale son a smart shade of blue 😉

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    Historia abreviada de la literatura portátil (Enrique Vila-Matas)

    Os dejo aquí mi reseña del intercambio de reseñas por si no habéis podido "disfrutar" de ella (jejeje…) Otis, deberías hacer lo mismo con la tuya, no se le haya traspapelado a algún(alguna) fan!

    ¿Estás soltero? ¿Tienes un espíritu innovador y una sexualidad extrema? ¿Careces de grandes propósitos? ¿Eres un nómada infatigable? ¿Convives de manera tensa con tu doble? ¿Eres un artista de la insolencia? ¿Sientes simpatía por la negritud? ¿Tu obra artística es ligera y puede transportarse fácilmente? Bienvenido entonces, a la historia de la literatura portátil: eres un shandy.

    La conspiración shandy o sociedad secreta de la literatura portátil se fundó en 1924 y se disolvió tres años después. Agrupó a artistas de lo más variado: César Vallejo, Rita Malú, Berta Bocado, Georgia O\’Keefe, Scott Fitzgerald, Marcel Duchamp, Alberto Picabia o Alistair Crowley. Todos cumplían los requisitos expuestos más arriba. ¿A qué se dedicaban? La nada era su objetivo, el camino era la meta, el esfuerzo, inútil. Así es eran estos artistas “amantes de la escritura cuando ésta se convierte en la experiencia más divertida y también la más radical.”

    Con todos los visos formales de verdad que ha sido capaz de reunir, nos presenta Vila-Matas en historia abreviada de la literatura portátil este movimiento literario de principios del siglo XX. Nos aporta incluso, el dato exactísimo de su fundación y de su disolución: el 27 de julio de 1924 en Port Actif (en francés, muy semejante a portatif: portátil ) y 1927, en el Ateneo de Sevilla, respectivamente. Con esto ya comienzan los guiños al lector: las intertextualidades (va por ti, Joe Kozinski), el dialogismo exquisito: Vila-Matas pone a charlar a toda una panoplia de literatos de países, intereses y técnicas diferentes en ambientes totalmente surrealistas y ficticios. Luego veremos, además, cómo consigue él inmiscuirse en esta conversación ajena.

    Otro de los recursos que utiliza Vila-Matas en este libro es explotar la capacidad simbólica del hombre: la suya propia, al atribuir los significados que a él le interesan para su construcción a multitud de textos; por otra parte, explota la de los shandys, dejándoles que unos y otros se atribuyan significados en una suerte de doble conversación: la real y la interpretada. Por otra parte, apela a nuestra propia capacidad de atribuir significados para multiplicar aún más el sentido del texto. Lo que resulta es, pues, un delirante espectáculo formado por la yuxtaposición de textos, metatextos e interpretaciones.

    Quiero leer también en este libro una crítica ironiquísima a la hermenéutica y las interpretaciones “ad hoc”, a la necesidad de interpretar, de atribuir sentido. Es lo mismo que critica Susan Sontag en Contra la Interpretación, pero Vila-Matas se sirve de la propia literatura. Vila-Matas viene a decir (calladamente, porque esto no nos lo cuenta, sino que lo viene a dar a entender) que el trabajo sistematizador de la crítica literaria es inútil o es absurdo. Y es que no se imaginan ustedes cómo nació la literatura portátil:

    “gracias a la definición de la sexualidad extrema por parte de una mujer fatal se hizo realidad el movimiento del mundo de los portátiles: un universo que fue hijo del equívoco y de la casualidad”.

    Leer el equívoco merece la pena.

    El libro comienza con la gestación del movimiento shandy, gracias a confusiones, interpretaciones erróneas y casualidades (¡¿cómo se puede sistematizar esto?!); luego continúa trazando una breve cronología de este movimiento. En esta historia mezcla determinados lugares típicamente “literarios”, por ejemplo, Praga; con algunas características que se asocian al prototipo del escritor extremo, por ejemplo, el suicidio; a esto añade hechos típicamente shandys, minimalistas: una fiesta en Viena en casa de un shandy, Littbarski, que fingía continuamente estar celebrando fiestas; las apariciones sucesivas de “odradeks” o dobles oscuros de los escritores, shandys; las reuniones en el submarino del príncipe Mdivani o el fin del shandysmo en Sevilla, que tiene lugar, precisamente, cuando Aleister Crowley desenmascaró la sociedad, haciéndola pública y por lo tanto, destruyéndola.

    El texto es delirante. Vila-Matas deja hablar a los personajes a través de sus textos, interpreta textos como le conviene, sistematiza acciones absurdas o irremediables para poder configurar el movimiento haciendo que las acciones se adapten a las características que él mismo ha decidido atribuirles… pero además, Vila-Matas ha conseguido construir una novela divertidísima, surrealista casi, en la que hechos absolutamente imposibles, inverosímiles, tienen perfecta cabida, y se convierten casi en totalmente necesarios para el desarrollo de la historia. La historia de cuatro locos que llevan sus obras de arte en una maleta y viajan sin rumbo por el placer de viajar, de portar su obra. El encuentro de Berta Bocado con Andrei Biely está lleno de emoción, así como los encuentros y desencuentros de Jacques Rigaut con la muerte o el desenlace en Sevilla…

    Esta novela-ensayo ficticio constituye un texto muy típico de su autor, que siempre se ha interesado por las muñecas rusas: la capacidad de encajar textos en textos, historias en historias, personajes dentro de personajes. Vila-Matas busca la manera de extender su novela más allá de las 122 páginas que él ha escrito: con ella nos regala también las llaves al mundo shandy y no shandy al mundo de la crítica literaria y de la espontaneidad lectora, al mundo de la percepción y de la interpretación y nos deja libres para leer en esta novela cuantas novelas queramos.

    ¿Y cómo se cuela Vila-Matas en toda esta historia? ¿Quién nos cuenta la historia de la literatura portátil cuando todos sus miembros ya han iniciado una diáspora y han decidido cambiar de vida y de estilo, alejándose física y espiritualmente del movimiento portátil, fingiendo haber participado de él jamás? Siempre tiene que haber un “último shandy”, alguien “para quien su libro es otro espacio donde pasear”… Y ese puede ser el propio Enrique Vila-Matas. O puedes ser tú.

    Cristina Núñez Pereira 

    Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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