EL PODER NARRATIVO DEL MONTAJE

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Parte de guerra
Edlef Köppen
Traducción de Rosa Pilar Blanco
Sajalín editores, Barcelona, 2012, 499 págs.

por Anna Rossell
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Del sinfín de novelas bélicas que autores alemanes escribieron tras las dos Guerras Mundiales pocas han pasado a la historia de la literatura. En relación con la primera se recuerdan, contrapuestos, Ernst Jünger, Tempestades de acero (1920) y Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente (1929). De la segunda, además de ellos -Radiaciones (1949) y Tiempo de vivir, tiempo de morir (1954) respectivamente-, han trascendido: Theodor Plievier, Stalingrado (1945); Walter Kolbenhoff, De nuestra carne y sangre (1946), Hans Erich Nossack, Entrevista con la muerte (1948); Heinrich Böll, El tren llegó puntual (1949) y ¿Dónde estabas, Adán? (1951), Hans Werner Richter, Los vencidos (1949), Alfred Andersch Las cerezas de la libertad (1952), Peter Bamm, La bandera invisible (1952), Gerd Gaiser, Die sterbende Jagd (1953), por mencionar sólo algunos más o menos conocidos. A estos hay que añadir, a partir de que en 1993 W. G. Sebald abriera la caja de Pandora sacando a colación el tema tabú de los bombardeos aliados de ciudades alemanas -Sobre la historia natural de la destrucción (1999)-, a los que en los últimos años han saltado a la palestra: Gerd Ledig, Represalia (1956, reeditado en alemania en 1999), que junto a Hans Erich Nossack, El hundimiento (1943) y Alexander Kluge El ataque aéreo de Halberstadt el 8. Abril de 1945 (1977), actualmente se considera la trilogía de una temática largamente reprimida en el país germano.

Ambas contiendas arrojaron numerosas historias triviales que presentaban la guerra como una aventura heroica o sirvieron al desahogo de quienes vieron en el género una posibilidad de justificar su propia actuación o de hacer apología del militarismo para preparar el terreno hacia el rearme. Pero incluso cuando es el realismo lo que conduce la intención del autor, como en Sin novedad en el frente, las novelas de tema bélico han suscitado en alemania una encendida polémica ideológica más que literaria. Seguramente sea ésta la causa de que Parte de guerra, de Edlef Köppen (Genthin 1893-Gießen 1939), publicada en 1930, cuando la de Remarque aún seguía levantando ampollas, cayera injustamente en el olvido. Porque sin duda la de Köppen es desde el punto de vista formal la más destacable; el autor es, junto a Alfred Döblin, Berlín Alexanderplatz, pionero en su país en utilizar el montaje en la narrativa. Siguiendo una técnica que en alemania se había ido abriendo camino en los años veinte en los escenarios de la mano de Erwin Piscator, con quien se formó Brecht -el teatro documental-, Köppen, profesionalmente dedicado al radioteatro y buen conocedor de la escena y el cine de su tiempo, se sirve del documento para conseguir efectos entonces novedosos: comunicados del Departamento de Censura de la Oficina de Prensa de la Guerra, extractos de juicios militares, declaraciones de ministros, del Papa o del Káiser, anuncios publicitarios, noticias de periódicos, entre otros, se alternan con el parco lenguaje de la voz narradora para denunciar, contrastar o desenmascarar, evitándole una toma directa de partido. El laconismo expresivo y el frecuente uso del presente subrayan más aún el dramatismo creciente de las escenas de muerte y mutilación de la guerra de trincheras, presentadas con escueta contundencia, y sólo hacia el final se produce la manifestación decidida del autor a través del protagonista Reisiger, que acaba encerrado en un psiquiátrico militar por declarar “La guerra es el mayor crimen que conozco […] Y no he estado más lúcido en toda mi vida: es un delito participar ni siquiera un segundo más en el asesinato”. A la novela, encuadrada en la Nueva Objetividad, le viene como anillo al dedo el reproche que Max Horkheimer hiciera en 1934 desde su exilio suizo a esta corriente literaria de que no bastaba presentar lo escandaloso sin comentarios, confiando en la fuerza expresiva de los meros hechos. El libro refleja la misma ambivalencia que la propia biografía de su autor: Köppen, que fue cesado de su puesto radiofónico bajo la acusación de pacifismo, trabajó hasta su muerte como dramaturgo jefe en Tobis -junto con la Ufa la mayor empresa cinematográfica de los años treinta en alemania-, que desde 1937 dependía del Ministerio de Propaganda nazi, donde se negó a incorporar en el programa películas antisemitas o propagandísticas.

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EL VALOR DE LO IRREVERENTE

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Elfriede Jelinek, Bambilandia
Trad. de Claudia Baricco. Destino, Barcelona, 2006, 218 págs.

por Anna Rossell
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Desde luego Elfriede Jelinek (Mürzzuschlag, Austria, 1946) ha aprovechado bien la tradición filosófica y literaria de calibre universal de su entorno inmediato. Wittgestein y Kraus impulsan una reflexión sobre el lenguaje que los autores de la Escuela de Viena en los años cincuenta y sesenta del siglo XX se encargan de llevar a la práctica con finalidades muy concretas: provocar con la innovación formal para cuestionar la cultura establecida, evitar la habituación y acabar con la receptividad inconsciente del lector u oyente. Ya en sus inicios como escritora, Jelinek manifiesta claramente su adscripción y nunca abandonará la tendencia iconoclasta de aquellas vanguardias literarias, su gusto por el montaje, por lo grotesco y lo macabro, su gesto irreverente y transgresor. Los primeros textos de Jelinek se forjaron en esta fragua y en su andadura ha desarrollado estas consignas estéticas hasta darles el sello personal que la hizo merecedora del Nobel de Literatura 2004 “por el flujo musical de voces y contravoces en sus novelas y obras de teatro”. Y es que la autora pone al servicio de su escritura su formación musical, trabaja con los ritmos, la cacofonía, la aliteración, el retruécano y la paronimia, y provoca con las palabras asociaciones inmediatas sorprendentes que producen un efecto similar al distanciamiento de Brecht. Todo podría quedar en un mero entretenimiento para virtuosos si no fuera porque Jelinek busca sus temas en lo injusto, lo ingrato, lo hipócrita y lo obsceno y le llama al pan pan y al vino vino. Es una pluma independiente, por más que muchos pretendan lo contrario, y apunta con su artillería formal al día a día de la obscenidad social y política, al tiempo que pone de manifiesto el poder manipulador del lenguaje y, en la obra que nos ocupa, no sólo del lenguaje de las palabras, sino también de las imágenes. Bambilandia. Babel reúne en un volumen dos textos de corte teatral, dedicados sin ningún pudor a los hechos más impúdicos del momento: la segunda guerra de Irak, que el intrincado trabajo literario de Jelinek trasciende y convierte en un alegato universal contra la guerra. La autora parte de la profunda convicción de que existe una íntima conexión entre cultura patriarcal y violencia y que de este mal básico se deriva casi todo lo demás. Pero la autora no cae en el maniqueísmo de presentar al género femenino como víctima y eximirlo de culpa, ahí está la vida para demostrar que también la tiene. El texto de Jelinek incorpora y reelabora muchos ingredientes esenciales de nuestra cultura: episodios de la mitología clásica, cristiana, judía y musulmana; lo que a primera vista -por el registro cotidiano del lenguaje y la acumulación atropellada de frases- pudiera parecer producto de la improvisación es en realidad un trabajo muy elaborado de verdadera intertextualidad e interculturalidad, en el que Nietzsche convive con Jörg Heider y Matthias Claudius. Partiendo de Los Persas de Esquilo y haciéndose eco del patetismo del autor griego Jelinek conecta las guerras Médicas con la de Irak, desenmascara los sucios intereses que la impulsaron, desmonta los argumentos de Bush, Rumsfeld y Cheney y subraya su conexión con la empresa Global Crossing o el consorcio Halliburton, arremete contra la tortura y afirma que los medios de comunicación hacen del mundo un circo, también de la guerra, de la tortura y del sufrimiento, y contribuyen a una educación sentimental kitsch e inmoral, que conduce nuestro pensamiento y nuestros deseos más íntimos. Ella lo demuestra continuamente con su trabajo lingüístico de libre asociación, que es la prueba más fehaciente de que la asociación no es libre. Jelinek levanta ampollas, y es que “se limita” a sostener un espejo delante del monstruo. Lo dice ella en la introducción: “Vaya mi agradecimiento a Esquilo y a Los Persas […]. Si es por mí también pueden agregar una pizca de Nietzsche. Pero el resto tampoco es mío. Es de los malos padres. Es de los medios.” Una pluma de las que hacen falta, que a mi modo de ver peca sólo de iteración. Habida cuenta la dificultad que la traducción entraña es de lamentar que la editorial haya “corregido”, por cacofonía, el ingente esfuerzo de la traductora argentina, cuya versión a pesar de ello sigue siendo encomiable, fiel sobre todo al espíritu de Jelinek, que ha estudiado a profundidad, enriquecida además por un utilísimo aparato crítico.

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HERMANN BROCH: UN ESPÍRITU ROMÁNTICO EN TIEMPOS DEL HOLOCAUSTO

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Hermann Broch, En la mitad de la vida. Poesía Completa
Prólogo de Clara Janés. Traducción y epílogo de Montserrat Armas y Rafael-José Díaz. Editorial Igitur. Barcelona, 2007. 135 págs.

por Anna Rossell
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Cumple felicitar a la editorial Igitur por la apuesta filológica, filosófica y humanística que supone la publicación de la poesía completa de uno de los autores en lengua alemana del siglo XX que forman parte del canon literario occidental. El hecho de que estemos ante la primera traducción, a cualquier lengua, de los poemas que Hermann Broch (Viena 1886- New Haven –Connecticut-, 1951) escribió a lo largo de su vida –entre 1913 y 1949- infunde respeto y llama al propio tiempo la atención. Que el autor nunca concibiera estas composiciones como un conjunto destinado a formar una antología probablemente pueda servir de alguna explicación -los poemas fueron viendo la luz de manera esporádica en revistas de la época y sólo se publicaron después de la muerte de Broch en forma de libro dentro de su obra completa-. Sean cuales fueran las razones, lo cierto es que se trata de una verdadera primicia.
Quien aún no conozca a Hermann Broch y espere encontrar en este poemario una introducción al autor y a su obra probablemente sufra una decepción. La visión que ganamos de Broch a través de estos textos poéticos es en realidad parcial y puede llevar a engaño, pues lo esencial, que sí contienen, no da idea cabal de lo polifacético del autor. Si algo caracteriza la obra de Broch es su naturaleza críptica, la densidad y la dificultad, por lo que tiene de cifrada. Pero justamente por ello se hace más difícil de comprender y evaluar, si no es en su conjunto, la obra y el hombre. Por ello los estudiosos de Broch, que ya se hayan adentrado antes en las oscuras cifras de su literatura y conozcan las claves esenciales de su pensamiento encontrarán en este poemario un complemento enriquecedor. Nada define mejor a este autor judío vienés, matemático, psicólogo y filósofo de formación, que la idea de la totalidad y, en rigor, también ésta debe ser el criterio que se aplique al conocimiento de su obra. Él, que, heredero del más puro espíritu del primer romanticismo alemán -el de Friedrich Schlegel y Novalis-, creía que sólo el arte capaz de reproducir la totalidad del mundo es verdadero arte, convencido como los románticos de la capacidad del mito para condensar y representar esta totalidad y admirado precisamente por eso nada menos que por Hannah Arendt, ilustre pensadora de totalitarismos, apostó con su obra por lograr este objetivo. Ésta es la razón de que sus textos escapen a una definición genérica tradicional; lo que llamamos sus novelas, son en realidad un compendio de prosa poética, poesía, ensayo y filosofía; lo que llamamos sus ensayos, un ejercicio de profundo calado filosófico al tiempo que periodístico y sus poemas, composiciones metafísico-literarias, pura filosofía poética. Broch bebió directamente de la teoría de Schlegel que declara el arte como la forma más absoluta de la manifestación de lo espiritual, que identifica la tendencia a la metafísica con el impulso de la creación artística y apunta a lo infinito como la meta común que persiguen el arte y la filosofía. Al igual que Schlegel, también Broch reclamaba para su tiempo la recuperación del mito, cuya pérdida lamentaba como signo de la decadencia cultural de su tiempo y su obra refleja el empeño que puso en su recuperación, recogiendo en la práctica literaria el más genuino testigo de Novalis. De modo parecido a lo que evoca la obra del consagrado autor romántico, también la novela más emblemática de Broch, La muerte de Virgilio, que el autor empezó a escribir en el campo de concentración a donde le llevó la persecución nazi, es un conglomerado de prosa y poesía, a caballo entre la realidad y la alucinación, un texto denso y lingüísticamente complejo, de difícil lectura. Con todo, su tendencia a la metafísica no fue nunca una máscara para el escapismo; entre 1937 y 1938 abandonó sus proyectos literarios y trabajó activamente para frenar el auge del nazismo. En sus ensayos y novelas trató el tema del totalitarismo (La muerte de Virgilio), la decadencia de los valores culturales en alemania (Los sonámbulos; Espíritu y espíritu del tiempo), el ascenso del nazismo y la apatía política (Los inocentes) y el fenómeno de la sicología de masas relacionado con él (Sicología de masas; El hechizo, esta última inconclusa).

Los poemas que nos ocupan son el fiel reflejo de este espíritu que emana de toda su obra. Es mayoritariamente una poesía en la línea de la Naturlyrik, heredera también ella del espíritu romántico, que ya cultivaron incluso antes Goethe y Klopstock. Sus motivos se inspiran en los fenómenos naturales –paisajes, ambientes atmosféricos, el mundo animal y vegetal-, devienen cifras de altísima densidad metafórica. El volumen reúne, ordenados cronológicamente, los cincuenta y tres poemas que Broch escribió por sí mismos, que no forman parte de ninguna de sus obras. Esta ordenación facilita el seguimiento de la evolución del autor desde el punto de vista formal-literario y anímico-intelectual.
Emana de estas composiciones la firme convicción de aquella idea del verdadero arte como expresión de la totalidad del mundo, una fuerte pulsión hacia la unidad de todo con todo, la férrea voluntad de conciliar ciencia y metafísica, una obsesión romántica por la superación de la dualidad y el convencimiento de que la naturaleza es, en sí y por excelencia, la fuente de imágenes con mayor potencial simbólico, casi mítico. Se desprende de muchos de sus títulos: Misterio matemático, Sobre la peña escarpada, Tormenta nocturna, En el rostro ardiente de la Tierra, Paisaje, Prado de verano… O bien los más decididamente filosóficos: Cuatro sonetos sobre el problema metafísico del conocimiento de la realidad, De lo creativo, Ya que volvemos a encontrar el ayer…
Los poemas de Broch transportan una obsesión por superar la limitación del Yo, un ansia de aprehender lo absoluto en lo divino. Así en Maldición de lo relativo (Cuatro sonetos…): ¿Siento asombro? ¿Se asombra mi yo? / ¿De qué frontera vienes tú, / Pensamiento, ¡profundísima casualidad! / Me balanceo en el espacio de la muerte. O en el segundo soneto, Eros triste: De la dualidad de nuestra vida cotidiana ha de surgir / La unidad del todo, los esfuerzos más humanos / Y la espera sosegada en las jerarquías de Dios, / Que en el sentimiento quiere mostrarse presintiendo. La voz poética nos revela una tormentosa tensión entre el Yo y el Todo, su profunda inquietud por encontrarse a sí mismo para inmediatamente diluirse y fundirse en algo así como un magma universal: Y conociendo buscamos un Yo, siempre oculto, / Que sólo tiene el poder de borrar fronteras, […] // En él la unidad puede desplegarse en el todo / Y una dualidad formar el mundo de Dios… […] (Niveles del éxtasis). Se observa en el transcurso cronológico de los versos brochianos una especial sensibilidad por el paso del tiempo, la viva conciencia de la cualidad perecedera del ser humano, que infunde temor, en una variada y matizada palestra de registros: Paisaje que jamás encuentro / hasta que una última tarde arda / y la muerte, igual que un niño, / me lleve en su alma (Antes de que yo despertara). O bien: y ese miedo que invade al hombre cuando descubre / que grito y eco […] / es como algo regalado para siempre que de repente puede / extinguirse, y que él está solo (En la mitad de la vida). Y cada uno de ellos es una ponderada reflexión sobre lo esencial de la naturaleza humana: el amor, la creatividad, la fantasía, la vida. La edición tiene además el acierto, tan recomendable en poesía, de ser bilingüe, lo cual permite al lector no perder de vista el original. Tratándose de poemas tan crípticos como los de Broch no cabe duda de que la traducción representa un esfuerzo de titanes y valientes, y el resultado arroja, no tanto en el fondo como en la forma, un producto algo desigual.

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LAS ESTACIONES DEL HORROR

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Saul Friedländer, El Tercer Reich y los judíos. Los años de persecución (1933-1939).
Traducción de Ana Herrera,
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2009, 609 págs.

Saul Friedländer, El Tercer Reich y los judíos. Los años de exterminio (1939-1945).
Traducción de Ana Herrera,
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2009, 1136 págs.

por Anna Rossell
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Lejos de proponerse lo imposible: encontrar explicación racional a la fobia obsesiva de los nazis hacia los judíos, que condujo a su progresivo acorralamiento hasta la asfixia y culminó en los campos de exterminio, Saul Friedländer (Praga, 1932) plantea su estudio con la intención lúcida y realista de acercarse a la mecánica de su funcionamiento y a las razones –ahora sí- que determinaron las decisiones políticas en cada momento. El reconocido historiador y ensayista de ascendencia judía, especialista en la historia del nacionalsocialismo y del Holocausto, aborda en estos dos volúmenes la que es probablemente su obra magna y, a pesar de su extensión, el compendio de su legado: una visión panorámica de los acontecimientos de 1933 a 1945. Con exhaustiva prolijidad de notas –las del primer volumen abarcan de la página 453 a la 609; las del segundo, de la 861 a la 1136-, que sin embargo no entorpecen la lectura y remiten a la ingente documentación y bibliografía manejadas, Friedländer desgrana en el primer volumen, Los años de persecución (1933-1939), las etapas del acoso a los judíos desde los inicios de su gestación como eje primordial del ideario nacionalsocialista, mucho antes de la ascensión de los nazis al poder. Atento a la objetividad que exige la buena investigación histórica y con la intención de subrayar la materia humana de que está hecha, el autor combina la descripción general y distante de los hechos con la más concreta y cercana de episodios biográficos individuales, que sirven de ilustración a sus conclusiones, con nombres y apellidos. En su recorrido Friedländer coloca el énfasis en las relaciones entre nazis y conservadores, en la toma de decisiones de Hitler, la política de emigración forzosa, las expropiaciones, las leyes de Núremberg de 1935, la oleada de agresiones de la Noche de los cristales rotos, la eutanasia por ley de los enfermos con malformaciones o impedimentos hereditarios, el comportamiento del pueblo alemán ante la violencia ejercida, la participación de los intelectuales y el papel de las Iglesias católica y evangélica. El historiador ilumina especialmente los momentos en que, por razones de estrategia política interior o exterior y para evitar represalias económicas, Hitler dosificaba escrupulosamente las medidas contra los judíos. Este rasgo sumado al planteamiento de su paranoia como cruzada contra la amenaza universal judeo-bolchevique, su implicación directa en las decisiones -cuyo peso el autor considera mayor del que en ocasiones se le ha otorgado-, el cariz pseudoreligioso que adoptó su fobia a los judíos -cuya necesaria desaparición planteó como una alternativa radical de supervivencia para la nación germana y la raza aria, que califica de “antisemitismo redentor”, así como su muy temprana alusión a la utilización de términos como “eliminación” o “exterminio”-, dibujan un personaje que combinaba su obcecado odio con la lucidez del cálculo estrictamente planificado. El autor hace especial hincapié en la responsabilidad de las Iglesias cristianas, de las Universidades y del pueblo llano. Después de recorrer casos aislados de valentía, Friedländer se detiene en la resistencia ofrecida por la Liga de Emergencia de Pastores que derivó en la Iglesia de la Confesión, subrayando sin embargo la ambivalencia de su posición, que hacía hincapié en la defensa exclusiva de los judíos conversos, posición que adoptó también la Iglesia católica, fiel a su antijudaísmo tradicional. Insiste Friedländer en distinguir entre las salvajes agresiones de las SS y el comportamiento de la gente común, de quien afirma que, aunque pasiva en su mayoría, no manifestaba especial rechazo hacia los judíos, aportando numerosos ejemplos de quejas de amplios grupos de comerciantes contra la prohibición de negociar con ellos. Peor paradas salen las Universidades, que sorprendentemente cerraron filas casi sin fisuras para secundar la política nacionalsocialista hasta con iniciativas propias.
Un lugar destacado ocupa la política de emigración forzosa, su negociación con las potencias occidentales, así como la conformidad de los sionistas y ortodoxos judíos con la política de pureza racial, que ellos mismos defendían para sí. Muy acertado y esclarecedor resulta el extenso capítulo que el autor dedica a estudiar la situación de los judíos y el antijudaísmo en la misma época en los países europeos vecinos de gobiernos democráticos, así como en los años de la República de Weimar en la propia alemania, lo cual pone de manifiesto el caldo de cultivo común más allá de las fronteras alemanas. Esta tesis de un antisemitismo cultural arraigado en Europa mucho antes del nacionalsocialismo va tomando cuerpo frente a la de la razón económica, que Friedländer apenas considera, y se confirma en el segundo volumen, Los años de exterminio (1939-1945), en el que el autor estudia, país por país, la fácil implantación de las políticas nazis en los territorios ocupados gracias al colaboracionismo local, a veces más obcecadamente antijudío aun. Subrayando los momentos de inflexión del holocausto el libro se divide en tres partes: desde principios de la guerra en otoño de 1939 hasta el ataque a la Unión Soviética en verano de 1941, los asesinatos sistemáticos masivos a partir del verano de 1941, sobre todo en los países del este, y la shoah a partir del verano de 1942 hasta la primavera de 1945. Sin olvidar los casos individuales o de grupos minoritarios de oposición a las medidas nazis contra los judíos, Friedländer muestra la diversidad de fuerzas que acabaron haciendo posible el horror como una obra coral que, si bien dirigida por los nazis alemanes, no se explica por su única actuación. Como hiciera ya en el primer volumen, también en el segundo el autor hace hincapié en la culpable actitud de los mandatarios de las Iglesias cristianas como líderes de la actuación de sus fieles, incluido Pío XII. Fiel en todo momento a la objetividad, Friedländer no excluye de su estudio la reacción de los propios judíos, que, sobre todo en Francia reivindicaron sus derechos como autóctonos ante los recién llegados, el papel en ocasiones ambiguo de los consejos judíos y el desarrollo de una economía y de relaciones cómplices en los guetos. No queda exenta de culpa la gente común, que según muestra el autor sabía de los hechos más de lo que a menudo se ha pretendido.
Friedländer sitúa la toma de decisión de la Solución Final en el último trimestre de 1941 coincidiendo con la marcha negativa de la guerra y la entrada de los EEUU en ella, momento en que los judíos habrían perdido la función de rehenes para evitar la intervención norteamericana. A partir de aquí dos acontecimientos pudieron haber contribuido a acelerarla: el atentado contra la exposición antisoviética el 18 de mayo de 1942 por parte del grupo procomunista “Herbert Baum” –en el imaginario de Hitler la eliminación de los judíos aseguraría que no se repitiesen las actividades revolucionarias de 1917-1918- y el atentado contra Heydrich con resultado de muerte por parte de comandos checos, que derivó en la destrucción de la población de Lidice junto a Praga al sospechar que ocultaba a sus autores.
También aquí Friedländer conjuga la abstracción de los fríos datos históricos con el acercamiento a las vivencias personales de individuos concretos otorgando así el lugar de preferencia a los verdaderos protagonistas. A través de las citas que adecuadamente va intercalando de diarios y cartas de una amplia gama de víctimas de diferente edad y condición, el autor consigue una obra que, siendo altamente especializada, mantiene constantemente viva la conciencia del verdadero horror.
Del mismo autor se han publicado en España: ¿Por qué el Holocausto? Historia de una psicosis colectiva, Barcelona, Gedisa, 2004 y Pío XII y el Tercer Reich, Barcelona, Península, 2007.

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MATERNIDADES FRUSTRADAS

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Julia Franck, La mujer del mediodía.
Traducción de Belén Santana,
Tusquets, Barcelona, 2009, 432 págs.

por Anna Rossell
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Inspirándose en una leyenda de Lausitz (al sur de Brandeburgo), cuya protagonista es una misteriosa figura femenina armada de una guadaña, Julia Franck (Berlín, 1970) da título a su última novela, La mujer del mediodía, con el que pretende remitir al maleficio que aquella fábula contiene: la mujer, que se aparece al mediodía, amenaza con condenar a la gente a la locura y a la muerte si no es capaz de contar, durante una hora, historias sobre el trabajo del lino. El libro de Franck, como sucede con casi toda la narrativa alemana del pasado siglo y hasta hoy, da cuenta de la historia de alemania. Si bien basada en la biografía del padre de la autora, a través de la biografía ficticia de corte realista de Martha y Helene, hijas de padre alemán y madre judía, en la pequeña localidad de Bautzen (noreste de Sajonia), la autora traza un amplio recorrido que abarca desde poco antes de la Primera Guerra Mundial hasta los años cincuenta. Acompañando a las dos hermanas desde su desgraciada infancia en su ciudad natal de provincias hasta su juventud en Berlín y la edad madura en Stettin, asistimos a los avatares históricos del país germano: la hostilidad hacia los judíos, la grave crisis económica consecuencia de la Gran Guerra y el crac del veintinueve, el esnobismo y la decadencia de ciertos ambientes berlineses, el renovado acoso y la persecución -ahora nacionalsocialista- de los judíos, los delirios de grandeza imperialista nazi, las penalidades de la gente sencilla en la guerra y las violaciones del ejército soviético a su entrada en la capital del país ya derrotado. Sin embargo no es la historia el tema sobre el que trabaja Franck en primera línea. Siguiendo una ancestral tradición literaria ya iniciada en la misma Biblia con Moisés y continuada en la literatura alemana en el siglo XIX, a la autora le interesa indagar sobre las causas que pueden llevar a una mujer sensible a abandonar a su hijo. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Helene, la protagonista, con el pretexto de mudanza, se deshace de su hijo en la estación de Scheune, cerca de Stettin. Así comienza la novela en el prólogo introductorio, que presenta los hechos, y se adentra a continuación en la explicación de las causas –a modo de justificación- dando marcha atrás en el tiempo. Helene, una niña intelectualmente inquieta que sueña con estudiar medicina, ve frustrado su anhelo, víctima de la época en que le ha tocado en suerte vivir. A Helene le ha faltado el amor de una madre, que desatiende a sus hijas, sumida en un delirio rayano en la locura a causa de la muerte de sus dos hijos varones al nacer y del rechazo social al que se ve sometida. Muy pronto huérfana de padre, que regresa lisiado a casa de la Primera Guerra Mundial sólo para morir, ella y su hermana dejan a la madre al cargo de una sirvienta y marchan a Berlín donde se prometen mayores oportunidades. Allí Helene conocerá a Carl a quien amará profundamente y con quien se promete. El accidente mortal que sufre su prometido es el desencadenante de un cambio radical en la vida de Helene, que a partir de este momento sólo vive ausente, como una autómata. Un nuevo pretendiente, Wilhelm, ingeniero en la construcción de las autopistas hitlerianas y fanático del Tercer Reich, lleva a Helene a un matrimonio de inercia, que fracasa ya la misma noche de bodas. Franck dibuja el eje temático de su novela a partir del leitmotiv del abandono madre-hijo y el desamor, que no se agota en la acción de su protagonista hacia su hijo, sino que ya comienza en la carencia de amor hacia ella por parte de su propia madre y que acaba en el desentendimiento de Peter, el hijo de Helene, hacia ella al terminar la historia. La autora insinúa una cadena de causas y efectos derivados de situaciones extremas, que conducen a comportamientos supuestamente execrables. La temática parece responder a la intención de reaccionar a la marea de noticias de maltrato infantil por parte de sus madres que invaden desde hace tiempo los periódicos alemanes, o al menos de suscitar una polémica a fondo sobre el tema. La novela, Premio de los Libreros Alemanes 2007, pierde el norte narrativo en la primera parte, gana sin embargo mucho en calidad en la segunda, gracias a la minuciosa y lograda descripción del matrimonio Wilhelm-Helene, una pintura precisa y llena de matices de un prepotente nazi y una mujer de voluntad debilitada. Las irregularidades estilísticas, también de la primera parte, de que se ha hecho eco un amplio sector de la crítica alemana, pasan desapercibidas en la traducción de Belén Santana, que sabe trasladar el texto con acierto literario y fluidez. De la misma autora se han traducido a las lenguas de nuestro país Lagerfeuer (Zona de tránsito –2007-) y La mujer del mediodía, esta última también en catalán.

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