UN BILDUNGSROMAN A LA ALTURA DE LOS TIEMPOS

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Christoph Hein
Willenbrock
Traducción de Daniel Najmías
Anagrama, Barcelona, 2002, 324 pp.

por Anna Rossell
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No es de extrañar que Willenbrock, la novela del alemán Christoph Hein publicada en el 2000 por la editorial Suhrkamp, tuviera la controvertida acogida que le dispensó la crítica del país al que iba destinada en primera línea. Era de esperar. No resultaba fácil escribir una historia sobre la alemania unificada, y mucho menos aún procediendo de la pluma de Hein. Porque en este caso las expectativas debían de ser muy altas, sin duda muy difíciles de satisfacer: ¿qué visión de la nueva alemania ofrecería este autor de la antigua RDA?
Conocido como uno de los detractores activos de la censura en su país y luchador por las libertades sin caer por ello en la crítica fácil y generalizada del modelo socialista, Christoph Hein (1944, Heinzendorf / Silesia) se había ganado, a uno y otro lado del Muro, la reputación de intelectual lúcido y honrado que, como Heinrich Böll o Günter Grass en la parte occidental, servía de referente moral más allá del área de influencia de sus fieles lectores. Su elección en octubre de 1998 como presidente del PEN alemán unificado confirmaría esta merecida fama. ¿Cuál sería el balance literario que este escritor haría de la unificación transcurridos once años desde la caída del Muro?

El libro no podía ser más esperado. Ciertamente, el lugar que Hein elige para ubicar la acción de su novela –el centro de Berlín y, más concretamente, el negocio de compra-venta de coches usados con el que ahora se gana la vida el protagonista- es ideal para armar una trama realista y creíble donde confluyan los síntomas más característicos y representativos de una sociedad que, tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, parece haber perdido el norte de manera desenfrenada. No es casualidad, sino una significativa metáfora, que el terreno que Willenbrock usa como aparcamiento de sus coches y donde ha instalado la caravana que le sirve de despacho hubiera sido en tiempos de la RDA un vivero. Sin embargo el acierto de esta elección inicial no se mantiene en el desarrollo de la trama. Si el lector espera encontrar en esta novela un retrato de la nueva capital que, a la manera del Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin a finales de los años 20 del pasado siglo, le permita tomar el pulso a esta gran ciudad setenta años después y asistir a sus transformaciones a partir de la unificación de las dos alemanias, se verá defraudado.

Lejos de dar una visión de conjunto, Hein se limita a narrar la trayectoria de un único individuo, el nuevo ciudadano Willenbrock, antes alemán oriental y ahora alemán a secas, cuando ya ha conseguido medrar en la sociedad capitalista con su negocio de coches usados. La probable intención del autor de presentar las andanzas de su héroe como una historia prototípica es palpable y la tesis que desarrolla Hein no está del todo exenta de realismo, pero la novela queda muy lejos de conducir al lector en su esperado recorrido por el nuevo tejido ciudadano. Para ello habría sido necesario seguir del principio al fin el hilo de los episodios de robo con violencia que sufre el protagonista, mostrar los móviles y sus conexiones.

En lugar de ello Christoph Hein prefiere poner el amenazador incremento de la inseguridad ciudadana -que se nos presenta como una consecuencia de la nueva situación a partir del hundimiento del socialismo- al servicio de la evolución psicológica de su personaje. Esta decisión no hubiera resultado tan sorprendente y frustrante si el protagonista hubiese sido un antiguo ciudadano del Berlín occidental. En este caso la trayectoria que Hein elige hubiera sido más creíble: el mundo del berlinés occidental no se hundió con la caída del muro, aquél únicamente vio cómo se abrían de un día para otro las posibilidades de expansión de los mercados en un sistema que ya conocía y que ahora, dada rienda suelta a la ambición a ritmo trepidante, iba a potenciar al máximo sus peores cualidades con el consiguiente aumento de las mafias y la violencia. Pero ésta era una opción que, como autor de la antigua República Democrática Alemana, Christoph Hein no podía plantearse. Así el lector espera mucho más de Willenbrock, espera adentrarse en el pasado del protagonista, seguirle en el derrumbamiento de su mundo en aquella alemania radicalmente distinta, conocer las dificultades y los avatares de su adaptación a la sociedad capitalista, sus pensamientos más íntimos con respecto a los grandes cambios que se han ido produciendo a su alrededor. Nada de esto se cumple.

Willenbrock es más bien un ejercicio de diversión del autor, que se entrega a la creación de un protagonista con quien simpatiza profundamente, aunque en más de una ocasión se ría de él y lo contemple en la distancia con una nada despreciable dosis de humor. Es en el trabajo con su personaje donde Hein se siente a gusto, un placer que el lector comparte.
Christoph Hein no escatima la ironía hacia el protagonista en las situaciones que considera más oportunas y que constituyen a mi entender algunos de los momentos más logrados de su novela. El autor aplica la ironía también con éxito a la hora de plasmar el imaginario de tópicos generalizados de los que se han nutrido durante años las atormentadas relaciones entre el este y el oeste. Y es que la ironía es probablemente una de las herramientas que Hein maneja con mayor agilidad, acostumbrado como está a recorrer y agotar las sutilezas del lenguaje a las que le obligó durante años la censura de su país.
Así, la fuerza de la novela recae hasta tal punto sobre el protagonista, que lamentablemente su creador descuida el entorno, de modo que el marco de la historia que nos narra hubiera podido ser Berlín o cualquier ciudad de provincias.

Pero Hein, eso sí, crea un personaje cercano, un hombre sin grandes ambiciones cuya única aspiración es sobrevivir cómodamente en la nueva sociedad capitalista en la que, de la noche a la mañana, tiene que buscarse la vida. Willenbrock es un hombre casado, un ingeniero de mediana edad que, con la unificación de alemania, ha perdido su trabajo en la antigua empresa de máquinas calculadoras en la RDA. Su carácter corresponde al de un individuo común, sencillo y pragmático, que no se calienta la cabeza por nada, vive al día y aprovecha sin complicaciones la oportunidad que le brinda su negocio de conocer a las clientas atractivas más allá de lo estrictamente necesario.

El matrimonio Willenbrock lleva una vida tranquila y holgadamente acomodada. La compra-venta de automóviles va viento en popa y produce beneficios suficientes para mantener además a flote la deficitaria tienda de moda femenina, propiedad de su mujer, de la que ella se promete independencia económica en el futuro. Los Willenbrock son ya dueños de una vivienda confortable en una zona residencial de nueva construcción en el norte de Berlín y disfrutan del tiempo de ocio en su casa de campo de Antepomerania.
Pero esta tranquilidad empieza a verse amenazada a partir del momento en que se produce la primera irrupción violenta en el terreno vallado del negocio de Willenbrock. Lejos de recibir la denodada protección que uno espera de la sociedad capitalista ante los ataques contra la propiedad privada, la policía y la compañía de seguros le consideran precisamente a él sospechoso de haber fingido el asalto para poder cobrar la indemnización. Superada la perplejidad y la indignación que ello le produce y considerando el elevado costo que le supone la póliza del seguro, Willenbrock empieza a plantearse alternativas: contrata a un vigilante nocturno que habrá de producir un efecto intimidatorio ante futuros ataques. Una segunda irrupción, esta vez con resultado añadido del robo de un número de coches nada despreciable, se encarga de demostrar que el remedio elegido dista mucho de ejercer el efecto deseado. Para los asaltantes parece haberse tratado de un juego de niños: han agredido y maniatado al vigilante y han matado a su perro. Pero el creciente sentimiento de inseguridad se convierte en total indefensión cuando, además, los Willenbrock sufren un ataque en su casa de campo del que él sale considerablemente contusionado y ambos psicológicamente traumatizados. Los indicios conducen sobre la pista de dos hombres rusos a los que la policía detiene y se limita a devolver a su país con el argumento de que la justicia no ha conseguido reunir pruebas concluyentes.

Los episodios de violencia que sufre nuestro héroe y la reacción de las instituciones públicas y privadas responsables de su defensa y protección vienen a resultar una especie de silogismo cuya conclusión no puede ser otra que defiéndete a ti mismo, lo cual se acerca peligrosamente a tómate la justicia por tu mano. Willenbrock, de quien Hein se esfuerza por resaltar el talante tranquilo y pacífico, acaba por aceptar, tras larga lucha interior y muchas reticencias, una pistola nueva de trinca que le ofrece su buen cliente y amigo, el Dr. Krylow, un antiguo funcionario soviético, ahora reciclado a mafioso, a quien, a juzgar por el apelativo de doctor y la sensibilidad cultural y humana de que hace gala, imaginamos frecuentando ambientes oficialmente muy diferentes en la Rusia soviética. Los sistemas de seguridad que Willenbrock hace instalar en su casa de campo, así como su gradual aceptación del arma de fuego con la que va familiarizándose paulatinamente parecen señalar la insostenible y peligrosa dirección en la que va evolucionando la convivencia humana a pasos agitantados a partir de los acontecimientos iniciados en 1989. Tanto más cuanto que Willenbrock acaba usando la pistola y Hein se encarga de subrayar la creciente generalización de la violencia al hacernos saber que la tienda de armas y artilugios defensivos que Willenbrock visita para proteger su casa tiene cada vez más clientes y que el comentario del médico que lo reconoce tras la brutal agresión no es más alentador.

Sin embargo Hein no hace un tratamiento maniqueo del tema. Cierto que el Dr. Krylow es ruso y que rusos son también los sospechosos del ataque a la casa de campo, pero el honrado y diligente Jurek, el mecánico que trabaja como empleado en el negocio de coches de Willenbrock, es polaco y leemos sobre algunos de los agresores que se sospecha que son alemanes. Por otro lado, Christoph Hein esboza también momentos y situaciones no relacionados directamente con la violencia, sino con la maquinaria subyacente a ella, cuyos protagonistas son alemanes de uno y otro ex lado. Por ejemplo la clara insinuación de que el cuñado de Willenbrock -potentado empresario, que convierte sospechosamente en oro todo lo que toca, y alcalde honorario de su pueblo- es un hipócrita arribista para quien todo gira alrededor de hacer negocio: un grosero machista cuando lo exigen las conveniencias (cuenta chistes de mal gusto sobre mujeres en la reunión social por el entierro de su madre para ganarse la simpatía de los ricachos patanes que lo escuchan) y un experto en escatimar el pago de impuestos a hacienda. O cuando el narrador nos describe un mitin político de un nuevo partido del que no se revela el nombre, pero que el lector avezado reconoce como el PDS, antiguo SED ahora rebautizado, cuyos líderes -antiguos colegas de Willenbrock- son ridiculizados hasta el límite de lo grotesco.
Es una lástima que el autor no desarrolle estas situaciones que se quedan en un mero apunte y que hubieran podido construir un potente tejido para novelar el entramado de un espectro social de mucho mayor alcance. Así casi se tiene la sospecha que los personajes secundarios existen prácticamente sólo en función del protagonista con quien se nos invita a compararlos.

Y desde luego Willenbrock sale más que airoso de la comparación. En su relación con todos y cada uno de ellos él es indudablemente el vencedor. No es que el antiguo ingeniero sea un dechado de virtudes ni tenga modales precisamente refinados: aprovecha la ocasión de ahorrarse un buen dinero comprando por vía ilegal algún material de construcción para la nave industrial que habrá de albergar pronto su negocio, busca placentera distracción en revistas pornográficas, aprovecha la primera ocasión que se le presenta para descargar su líbido con alguna de sus amigas y no se anda con chiquitas cuando trata con alguien que no le cae bien.
Pero lo que a primera vista parecen defectos no son sino, en realidad, las mayores cualidades. Pues todos estos aspectos de su carácter son sólo debilidades en la medida en que hacen a Willenbrock mucho más humano y entrañable que la mayoría de los personajes que conviven con él en la novela. Porque, a pesar de su aparente rudeza, Willenbrock es sensible, legal, honrado y sentimental: no explota las relaciones mafiosas que le proporciona la compra-venta de coches de las que fácilmente podría sacar partido, es responsable y con frecuencia tierno y detallista con sus dos empleados y establece un trato casi de amistad con ellos; se siente manifiestamente mal en situaciones que le producen rechazo por la hipocresía o el oportunismo dominantes, como cuando se le ve en compañía de su cuñado o cuando acude al mitin político de sus antiguos compañeros de trabajo; nunca es grosero con las mujeres a pesar de lo que al principio podríamos esperar de él, sino directo y transparente, y se muestra tierno y detallista con su esposa con quien mantiene una sana relación matrimonial y desarrolla un trato de encomiable compañerismo que no empañan en nada aquellos regulares amoríos. En definitiva, Willenbrock resulta simpático, demasiado simpático y buena persona en el ambiente en que está inmerso para que resulte completamente creíble. En la vena sensible de Willenbrock (y también de Krylow) la novela no logra el realismo al que probablemente apunta. Su personaje principal, en el rechazo y desprecio que muestra hacia determinados comportamientos reprobables que parecen extenderse ahora como la pólvora, tiene bastante en común con los protagonistas masculinos de las novelas de Böll de los años cincuenta, sólo que éstos eran completamente coherentes, personajes positivos, moralmente insobornables, que preferían automarginarse y mantener la mirada limpia y crítica a adaptarse a los nuevos tiempos de la posguerra y la reconstrucción.

La violencia indiscriminada que amenaza cada vez más al hombre de la calle es, en definitiva, el hilo conductor de esta novela de Christoph Hein que nos lleva a la conclusión (ésta sí parece bastante más realista) de que, más que una amenaza, es ya un hecho que las mafias se han enseñoreado de las grandes urbes y que el comportamiento mafioso es hoy en día la única defensa, una defensa individual en un mundo sin ley. Con todo, Willenbrock es en su conjunto una novela sin complicaciones, de lectura fluida a la que mucho contribuye el registro coloquial que predomina y que la traducción de Daniel Najmías sabe trasladar con lograda naturalidad al español.

© Anna Rossell
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NINGÚN LUGAR EN EL MUNDO

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Anna Seghers

Tránsito

Traducción de Carlos Fortea

RBA, Barcelona, 2005, 239 pp.

por Anna Rossell
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Sabido es que el paso del tiempo contribuye de modo decisivo a situar una obra en el lugar que justamente le corresponde en la historia de la literatura. La distancia asegura mayor objetividad en el juicio crítico y es la única garante de que un texto merezca o no la categoría de clásico. Si fue La séptima cruz (Das siebte Kreuz, 1939) la novela que dio a Anna Seghers fama internacional y que ensombreció en su momento su otra gran obra, Tránsito (Transit, 1944), los años permiten una valoración más ajustada de ambos textos y hacen necesaria una corrección. Porque aunque sigue siendo unánime entre los estudiosos la opinión de que son estas dos novelas las más logradas de su autora, bien puede afirmarse que es Tránsito, y no tanto La séptima cruz, la que en primera línea debe prevalecer por encima de todo en el canon literario occidental, por más que Marcel Reich-Ranicki incorpore esta última, y no la primera, a su canon de la literatura alemana (Der Kanon, Insel, 2002). Por esto debemos congratularnos de que Tránsito haya sido recuperada ahora en lengua española, la lengua en que fue publicada por primera vez, en México –país que acogió a Seghers en su forzado exilio-, antes incluso que en la versión original alemana, que no pudo ver la luz hasta 1946.

Efectivamente Tránsito reúne con creces los ingrediente necesarios de un clásico de la literatura, en tanto que aborda un tema universal en el tiempo y en el espacio y lo hace con exquisita sensibilidad lingüística y gran madurez estructural.
Netty Reiling (1900-1983) –que a partir de 1929 adoptó el pseudónimo de Anna Seghers- consigue novelar con extraordinaria objetividad unos meses de la dramática vida de los exiliados alemanes a su paso por Francia en espera de una tierra de acogida en ultramar. Objetividad muy difícil de lograr, sobre todo si consideramos que tanto el tema como la situación personal de la autora en el momento de la gestación y escritura del texto la hacían prácticamente imposible. Porque Seghers concibe y escribe esta novela, que glosa la triste y trágica situación del exilio alemán huido del nacionalsocialismo, en los años 1940-1941, los mismos años en que la autora sitúa los hechos novelados, y narra sucesos que la afectan a ella y a su familia de manera absolutamente directa y personal.

Seghers, de ascendencia judía y miembro activo del KPD -el partido comunista de la alemania de entonces- desde 1928, se encuentra en París cuando el ejército nazi ocupa la capital francesa en 1940 y los exiliados alemanes se ven de nuevo obligados a huir hacia el sur en busca de refugio en la zona francesa no ocupada. Marsella, el último puerto europeo hacia la libertad, “el único puerto del país en el que aún ondeaban banderas francesas”, será la ciudad de su angustiosa espera y el escenario donde transcurre el grueso de los sucesos de la novela. Así las páginas de Tránsito dan cuenta de un momento histórico que, aun siendo estrictamente autobiográfico, dista mucho de ser parte de una autobiografía. A través de un vasto abanico de historias individuales la autora despliega un calidoscopio de personajes que configuran la diversa y amplia palestra de biografías que forman el conjunto del grupo de los exiliados. Sin faltar a la especificidad de cada una de ellas, todas están marcadas sin embargo por el denominador común de su situación de tránsito, que convierte la esperanza de una nueva patria y de una plaza en un barco en un infierno burocrático que traduce a dramática realidad la metáfora kafkiana y la devuelve a la fuente de inspiración “natural” del autor checo. Con absoluto realismo Seghers narra las vicisitudes del día a día de la vida de una serie de personajes a quienes el exilio ha abocado a un terrible destino común, “todos huyendo de la muerte, hacia la muerte”: los campos de concentración (en alemania y en Francia), el miedo permanente, el abandono forzoso de su país, la pérdida de la lengua y, en definitiva, de la identidad, la profunda soledad por la impuesta carencia de nexos emocionales, el doloroso desarraigo de quienes se encuentran entre un pasado perdido y un futuro incierto que quizá nunca tendrán, un lugar en suspenso, un limbo donde el tiempo se ha detenido.

La autora, que se sirve de un joven personaje masculino y apolítico, pero sensible y humanamente comprometido, para ganar la necesaria distancia hacia unos hechos de vivencia personal tan inmediata, consigue de este modo una objetividad histórica que hace de esta novela un documento, una crónica que, sin embargo, reduce al mínimo absoluto los elementos que remiten a lo que tradicionalmente entendemos por Historia. No es ésta la que a Seghers le interesa aquí; no es de fechas señaladas ni de logros militares, ni siquiera de actuaciones políticas de uno u otro signo de lo que quiere dejar constancia, sino de los terribles efectos de la Historia de éste momento, y de todos los momentos, sobre la vida de los exiliados.

Porque el acusado realismo del estilo de Seghers, que no sólo se debe a la autenticidad con que describe los hechos, sino también al minucioso detalle, casi fotográfico, con que retrata las calles, los consulados y los cafés de la Marsella de la época, no está reñido en absoluto con la universalidad de lo narrado. A pesar de la concreción del marco histórico, Seghers se esfuerza por subrayar que la maldición que persigue al exiliado es siempre la misma, o muy parecida, desde los tiempos más remotos y lo hace a través de reflexiones de su protagonista sobre épocas pasadas demasiado iguales o echando mano de referencias o evocaciones mitológicas, un recurso que caracteriza su obra en general. Y es precisamente esta atípica combinación entre realismo y mitología -tanto griega como cristiana-, así como el hecho de que las alusiones a la Segunda Guerra Mundial y a las cuestiones ideológicas estén calculada y estratégicamente reducidas al mínimo, lo que convierte esta novela en un texto universal y le confiere la actualidad más absoluta. Así el drama de los exiliados alemanes perseguidos por el nacionalsocialismo -que coinciden con los españoles republicanos en idéntico calvario, arrastrados por acontecimientos de la misma naturaleza- se lee como el drama de cualquier exiliado, de cualquier desplazado forzoso, sea por razones político-ideológicas, económicas o de cualquier otra naturaleza, que acostumbra a no ser tan otra. Y es ésta la razón por la que este texto supera en madurez a su rival autógrafo, Das siebte Kreuz –también publicado en español por Akal y Alfaguara, bajo el título La séptima cruz, en diversas ediciones y traducciones distintas-, que no consigue ser leído fuera del concreto contexto de los años en que se ubica, o lo consigue mucho menos.

Desde luego esta novela constituye una pieza fundamental del género llamado del exilio, en tanto que proporciona material esencial para el estudio de la literatura producida en esta época. Pero su importancia trasciende con creces ese marco: la modernidad que en su momento suponía la técnica narrativa del montaje y del monólogo interior utilizado por la autora -en la línea de uno de sus admirados maestros, el norteamericano John Dos Passos-, la hacen merecedora de consideración también desde este punto de vista. Ello nos invita a recordar la importante contribución de Anna Seghers a la polémica que sostuvieron autores del exilio en torno al concepto de realismo literario en lo que se conoce como Realismusdebatte (Debate sobre el realismo), protagonizado sobre todo por Bertolt Brecht y György Lukács, en un intenso intercambio epistolar que la autora alemana contribuyó a enriquecer. La obra de Anna Seghers, comunista convencida y presidenta de la Asociación de Escritores de la República Democrática Alemana desde su fundación en el año 1952 hasta 1978, ha dejado traslucir su militancia ciega más a menudo de lo deseable, pero su autora siempre se desmarcó del concepto de realismo y de las consignas estéticas del teórico húngaro que el socialismo ortodoxo pretendió imponer a la escritura literaria. Esta novela, en fluida traducción de Carlos Fortea y publicada recientemente también por La Magrana, en versión catalana de Joan Fontcuberta, nos brinda lo mejor de su producción.

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NUEVA PICARESCA ALEMANA

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Sasa Stanisic, Com el soldat repara el gramòfon
Trad. de Jordi Jané-Lligé,
Proa, Barcelona, 2008, 280 págs.,

por Anna Rossell
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Ambiciosa y memorable esta primera novela en lengua alemana del joven escritor bosnio Sasa Stanisic (*Visegrad –Bosnia oriental-1978), nominada al Deutscher Buchpreis 2006. En un ejercicio de catarsis el autor reescribe la propia historia y la de su familia en clave de ficción, liberándose así del trauma de la guerra civil de su país (1992-1995), al tiempo que recupera los recuerdos de su infancia y de su tierra natal, bruscamente truncados por la huida de la familia a alemania en 1992. Con el protagonista Aleksandar Krsmanovic, un joven en la primera adolescencia que crece en la ciudad de Visegrad, Stanisic se construye un alter ego que cuenta, en primera persona y desde la perspectiva del niño adolescente, las vivencias y los juegos de la infancia, la personal percepción de familiares y vecinos, el primer amor, la terrible experiencia de la guerra, la emigración, el olvido y la memoria. Aleksandar, que mantiene con su abuelo Slavko una entrañable relación emocional y hereda de éste el arte de hacer magia y de contar historias, se erige así en precoz observador y narrador de una biografía convulsa que comienza poco antes de la desmembración de Yugoslavia y termina diez años después con el regreso del joven Aleksandar a un país dividido, en busca de los recuerdos que tuvo que dejar atrás de la noche a la mañana, cuando despertaba al primer amor. Por la variación de ingredientes que reúne pudiera decirse que éste es un libro que trata del poder redentor de la imaginación y la fabulación y de sus límites, un libro sobre la pérdida y sobre el amor, un libro sobre la guerra y sus consecuencias. Sin embargo la empresa que el autor aborda en primera línea no es tanto de carácter temático como formal.
Sobre la base de la perspectiva infantil y de la imaginación fabuladora, Stanisic desarrolla un ambicioso y peculiar estilo en el que convive la narración más o menos convencional con textos de otros registros, como cartas, notas informativas y algún que otro poema. Entre el realismo y la sátira, la novela es heredera de la picaresca de Grimmelshausen –a su vez conocedor de la española y de quien adopta, además, el estilo sintético de los títulos- y de Günter Grass. Como la de Oskar Matzerath en El tambor de hojalata, la de Aleksandar es una voz ingenua, pero al tiempo perspicaz, que impregna el flujo textual de un tono ligero, a menudo humorístico y en ocasiones grotesco. El autor logra un mosaico narrativo a caballo entre la voz omnisciente y el monólogo interior, a la vez que, como Döblin en Berlin Alexanderplatz, hace uso frecuente de la parataxis eliminando a menudo al narrador o anulando la transición entre su voz y la de otros personajes. En este sentido formal la de Stanisic es una novela ambiciosa, que, a pesar de la complejidad de la composición lingüística que se propone, consigue escenas magistrales. Sin embargo el eco de la ingenuidad y el liviano pero constante tono humorístico que transporta la voz del protagonista, desde el principio hasta el final, predominan incluso sobre las escenas dramáticas y poéticas, también cuando Aleksandar ha dejado de ser un niño o cuando intervienen otros personajes. Así contaminado, el texto adquiere una uniformidad que acompaña machaconamente al lector, hasta en los momentos en que el autor depone el gesto satírico. Es, con todo, una novela muy recomendable y el de su joven autor, un nombre que probablemente dará mucho que hablar en el mundo de las letras alemanas. Los lectores disponen ahora de la versión española (Alfaguara), en traducción de Richard Gross, y de la catalana (Proa), en versión de Jordi Jané. Ambos, traductores garantizados, tanto por su buen conocimiento de la lengua alemana, como por su sensibilidad y buen gusto en español y en catalán.

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VIENA, 1900, UN RETRATO SOCIAL

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EL TENIENTE GUSTL
Arthur Schnitzler
Trad. Juan Villoro. El Acantilado, Barcelona, 2006, 60 págs.

por Anna Rossell
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Más allá del interés que pueda suscitar el tema al que dedica un escritor una pieza literaria, una de las características de la buena literatura es el sensible y original uso de la lengua, que, en manos de su autor, adquiere una fecundidad inusitada, una sorprendente capacidad de crear sentido por vías novedosas e inesperadas. Ello puede suceder, en lo formal, en todos los niveles: desde lo estructural en la morfología del léxico y en la sintaxis hasta el montaje o macroarquitectura del texto.
Hay a menudo en lo genial un ademán iconoclasta, la osadía de abandonar veredas conocidas para aventurarse por terrenos menos firmes, por incógnitos, pero retadores, en tanto que suponen la exploración fructífera de territorios vírgenes. Sobre todo desde el cambio de siglo a los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial, el siglo XX ha dado en este sentido grandes exploradores literarios que renovaron las técnicas de la escritura, incorporando a la literatura los conocimientos más vanguardistas sobre el alma humana. Joyce, Dos Passos, Faulkner, Woolf, Kafka, Döblin o Schnitzler, por mencionar sólo algunos de los más destacados de nuestro ámbito cultural, han sido innovadores en este sentido y como tales constan en la historia de la gran literatura universal. Innovación en aquellos años, cuya actualidad subraya la reedición de sus obras, que siguen despertando el interés del lector de hoy.

En el ámbito literario en alemán, la editorial El Acantilado muestra especial sensibilidad y buen tino al ofrecer un buen puñado de obras de este calibre en lengua española. La reciente publicación de El teniente Gustl constituye otro auténtico regalo.
Este relato o novela corta del austriaco Arthur Schnitzler (1862-1931) es uno de esos textos exquisitos. Publicada por primera vez en el diario vienés Neue Freie Presse en 1990 y como libro por S. Fischer, Berlín, un año más tarde, este breve pero intensísimo texto, pionero en alemán como puro monólogo interior, supone un hito en la historia de la literatura alemana. Schnitzler, cuya formación de médico le hacía especialmente permeable a los incipientes descubrimientos de la psicología, incorporó a la literatura los conocimientos de William James, quien ya en 1890 -The principles of Psychology- había definido la estructura de la mente humana como un monólogo interno, y los estudios de su coetáneo y conciudadano Sigmund Freud. Sin duda conocía bien los Studien über die Hysterie que éste había publicado, con Josef Breuer, en 1895. El escritor vienés, haciéndose eco de la tesis de la libre asociación como base del funcionamiento del subconsciente del individuo, vierte en sesenta páginas, que constituyen las escasas horas del tiempo narrado, el flujo de conciencia de su protagonista Gustl, un joven teniente del prestigioso ejército de la monarquía austro-húngara. No es de extrañar que el relato fuera en su momento motivo de escándalo y le costara a su autor su puesto de médico militar en la institución que retrataba, ya que Schnitzler no hace sino airear a los cuatro vientos los entresijos más recónditos del alma de un representante del ejército monárquico, que no sale precisamente bien parado. El continuo fluir de la conciencia del teniente Gustl nos permite conocer de primera mano y sin el camuflaje que imponen los formalismos sociales el verdadero fondo del protagonista. Éste, ajeno por completo a la música del concierto, al que asiste por puro compromiso y que le aburre soberanamente, da rienda suelta a sus pensamientos, que van fluyendo inconexos de acá para allá en función de donde se va posando caprichosamente su mirada o de un gesto que capta casualmente su atención. Contemplamos así la radiografía de su alma, la de un petimetre, cuya vida transcurre insulsa entre el servicio al ejército, los duelos de honor, el juego y los amoríos. El desagradable episodio que protagoniza a la salida del concierto un panadero conocido y que resulta altamente humillante para él supone un golpe de timón en el rumbo de esa voz interior, que ahora dejará oír su cólera y se ocupará sobre todo de organizar el suicidio al que se ve abocado y que nos llega sencillamente como uno más. El clímax que en el relato supone este episodio no hace sino acentuar la superficialidad en la que se sustenta la existencia del teniente y de toda una sociedad que se refleja en su mismo espejo: el hecho no añade la intensidad dramática que esperamos ante la inmediatez de una muerte inevitable, ni siquiera impulsa una reflexión, es, sencillamente, una anécdota sobre la que decide la pura casualidad.

© Anna Rossell
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NARRATIVA UNIVERSAL CENTROEUROPEA

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Joseph Roth, Job
Trad. de Berta Vias Mahou. Acantilado. Barcelona, 2007. 218 págs.

Joseph Roth, La rebelión
Trad. de Feliu Formosa. Acantilado. Barcelona, 2008. 148 págs.

por Anna Rossell
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Los grandes acontecimientos históricos han sido siempre fuente de inspiración para la literatura. Hay en ellos material épico abundante para fabular e inmortalizar hechos y ambientes que mantienen vivo su recuerdo. Sin embargo no abundan los autores capaces de captar sus entresijos, de leer en los repliegues de la historia y plasmarlos con la sensibilidad necesaria para que resulten cercanos. Son escasos los que logran no simplemente hacerlos entender, sino comprender. Únicamente lo consiguen quienes, más allá de la mera descripción de los hechos, encuentran el lenguaje para describir con sutileza y profundidad sus consecuencias para los seres humanos involucrados en ellos. Joseph Roth pertenece a este linaje. El es uno de los más grandes representantes de la literatura centroeuropea en lengua alemana de principios del siglo XX. El supo retratar como ningún otro el desmoronamiento del imperio austro-húngaro. Nacido en 1894 en Brody -Galicia del este, centro-Europa-, austriaco de ascendencia judía, fue uno de los autores de la llamada generación perdida europea. Coetáneo de Stefan Zweig y como él, y a diferencia de tantos otros, nada entusiasta de la Gran Guerra, participó finalmente en ella y después de la contienda se vio obligado a interrumpir sus estudios para sobrevivir. Puede decirse que fue escritor en el más amplio sentido de la palabra, pues se dedicó tanto al periodismo, en el que cultivó toda clase de géneros (reportaje, glosa, crítica teatral, cinematográfica y literaria), como a las bellas letras, y muchos valoran tanto la alta calidad de sus trabajos periodísticos como su obra más estrictamente literaria. Es magistral su dominio de la pluma y poseía un desarrollado sentido del olfato para anticiparse a los acontecimientos: su novela La tela de araña (1923) es una detallada descripción del advenimiento y la intrincada construcción del nacionalsocialismo diez años antes de la subida de Hitler al poder. A estas cualidades hay que añadir su sagacidad y la precisión de su escritura periodística, que lo sitúan a la altura de contemporáneos suyos de tanto renombre como Egon Erwin Kisch y Kurt Tucholsky. Roth, que trabajó para los periódicos más importantes de la época y firmaba sus colaboraciones para el diario socialista Vorwärts con el sobrenombre de Joseph el rojo, ejerció la crítica político-social y arremetió contra los políticos reaccionarios de su tiempo.
Autor de cuantiosas novelas, la mayoría de ellas traducidas al español, su fama comenzó a extenderse sobre todo a partir de La marcha de Radezky (1932). A través del devenir de varias generaciones de la familia Trotta, Roth transmite en ella una visión panorámica del canto del cisne de la monarquía de los Habsburgo, saga cuyos avatares retomó en La cripta de los capuchinos (1938). El tono especialmente melancólico de su escritura a partir de 1926 -año en que viajó a la URSS como corresponsal- da idea del cambio de rumbo que, por desencanto, sufrió su ideología de tendencia socialista, que se tornó en nostalgia de la época monárquica. Como su coetáneo Zweig, veía en aquel pasado un tiempo glorioso que había sabido unir nacionalidades y culturas diversas, un momento álgido de cosmopolitismo cultural perdido para siempre.
Pero Roth conservó la mirada lúcida y penetrante que ve en la humildad y el sufrimiento del menos favorecido un reflejo de las condiciones sociales y políticas que rigen su destino. La andadura de sus personajes es la que habla de la verdadera historia, no hay otra. El realismo de su prosa se nutre de su capacidad para la observación y la descripción sensible de lo minucioso. El universo que sale de su pluma es el de las personas de carne y hueso que transportan al lector al ambiente que las envuelve y le sumergen irrefrenablemente en él. En La rebelión (1924) viajamos al escenario vienés de la primera posguerra mundial y acompañamos a Andreas Pum en sus esfuerzos cotidianos por rehacer su vida. Pum es un ex combatiente inválido que ha visto recompensados sus servicios a la causa con una condecoración y una licencia para tocar el organillo por las calles. Todo en la novela gira en torno a este personaje. El constituye el eje a partir del cual Roth desgrana el desencanto sufrido por tantos otros como él, gente sencilla, ávida de calidez humana. Su ingenua naturaleza le permite creer firmemente en el orden del mundo y en Dios, en el gobierno y en las leyes, y a despreciar a quienes se desmarcan de su manto supuestamente protector. Su condecoración y su licencia le llenan del inocente orgullo que sustenta su fe en los hombres y el futuro. Pero la insensible frialdad de aquellos que han rehecho su vida como si la guerra no hubiera significado más que un breve e incómodo paréntesis, la crueldad de quienes se arriman al sol que más calienta a costa de lo que sea y de quien sea y sobre todo la sinrazón de los mecanismos de una burocracia que no sirve al individuo sino que lo pone absurdamente a su servicio, le irán convirtiendo en un opositor, un rebelde como los que él antes despreciaba. Aunque en un registro narrativo muy distinto del de Kafka, Roth, como el escritor de Praga, retrata un mundo en el que la burocracia y la corrupción determinan el destino del individuo como antes lo hiciera Dios. La vida de Andreas Pum, como la de K. en El Proceso, transcurrirá y se apagará, víctima de este omnipotente desatino.
Roth es el escritor de los más desfavorecidos, el narrador de mundos que se vienen abajo. También en Job (1930) describe una biografía triste. También Job es la historia de un desencanto. La novela narra la andadura de una humilde familia judía de Zuchnow, una pequeña localidad por aquel entonces rusa. En el protagonista Mendel Singer el autor recrea la historia de Job. Como el personaje bíblico, también Mendel Singer es un hombre piadoso y recto, que confía plenamente en el Dios bondadoso y cree ciegamente en el sentido oculto de los designios divinos. La modesta vida que le permite llevar su sueldo de maestro, con el que debe alimentar a su mujer Deborah y a su descendencia, transcurre con cierta tranquilidad hasta el nacimiento de su cuarto y último hijo, Menuchim. El benjamín de la familia es un niño tullido, que con su enfermedad sumirá a los padres en la tristeza más profunda. El infortunio de los Singer va en aumento al ser llamados a filas sus otros dos hijos varones y acaba de colmarse cuando su hija se entrega a sus amoríos con cosacos, amoríos que el padre desea cortar de raíz. La carta de uno de los hijos, que les informa de su deserción y de su nueva vida en los EEUU y les invita a seguirle llega en el momento justo. La familia emigra a América y deja atrás a Menuchim, al cuidado de una joven pareja. Estalla la guerra y las desgracias se suceden cayendo como una plaga sobre ellos: el hijo americano se alista voluntario y pierde la vida en la contienda, el otro sirve al zar y se da por desaparecido, la madre muere como consecuencia de la noticia y la hija enloquece. Como Andreas Pum contra el Estado y el gobierno, también Mendel Singer se rebela contra Dios. Le declara la guerra a un Dios desconsiderado e injusto al que acusa de cruel y de cebarse en los más débiles. Mendel Singer pierde su fe, deja de rezar, destierra a Dios de su corazón y abomina de Él. Su mundo interior se ha desmoronado. El final, feliz a pesar de todo, casi de cuento de hadas, no resta calidad al genio narrativo de Roth, cuya selecta pluma moldea al personaje con magistral sutileza y sabe hacer del lenguaje literario una exquisita herramienta. Salpicando el texto con notas de finísimo humor -evitando en todo momento el melodrama-, da vida a las emociones más inasequibles. Roth pone de manifiesto los recovecos más recónditos del alma de sus criaturas con la mera insinuación de un gesto, sabe captar y transmitir como nadie lo etéreo, lo sublime, lo inmaterial. Es el maestro de lo intangible.

© Anna Rossell
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