LA COHERENCIA DE UNA VIDA

LUDWIG HOHL, LA COHERENCIA DE UNA VIDA

Camino nocturno
Ludwig Hohl
Traducción de Rosa Pilar Blanco
Minúscula, Barcelona, 2010, 124 págs.

por Anna Rossell

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«[…] la obra –como quiera que la definamos- no puede entenderse si no se entiende como un todo unitario. No es una colección de aforismos.“ Esta afirmación de Ludwig Hohl, referida al conjunto de textos de cualquier autor, resume su modo de concebir no sólo la literatura, sino cualquier producción artística, y tanto su vertiente creativa como hermenéutica. Conviene así leer estas palabras del escritor suizo también como una recomendación al lector.
Acercarse a Ludwig Hohl (Netstal –cantón suizo de Glarus-,1904; Ginebra, 1980), gran desconocido aún de la literatura suiza, a pesar de ser considerado por algunos junto a Robert Walser y Friedrich Dürrenmatt como uno de los grandes, supone conocer su mundo, su vida, su método de trabajo, su filosofía. Fiel al principio neorromántico de que el verdadero conocimiento y el utilitarismo se excluyen, seguro de que la fama es inversamente proporcional a la calidad del artista, conformó toda su existencia en función de esta convicción. Autoexiliado, primero en Francia, luego en Austria y Holanda, regresó a su país en 1937 y se instaló en un sótano de la periferia -en Ginebra-, donde desarrolló su filosofía De los márgenes infiltrados, como reza uno de sus títulos -el “brillo irrumpe y aflora del detalle, no del conjunto”, afirma en sus Apuntes-. Allí vivió hasta su muerte y llevó una vida ascética y marginal. Hohl, para quien “todo es obra” -vida, trabajo y creación son sinónimos-, niega que una obra esté concluida. Su método, laboriosamente calvinista, es un larguísimo proceso de depuración –de ahí su hábito de destacar algunas palabras con cursiva-. Así va elaborando a lo largo de cincuenta años su obra axial, Los apuntes o De la reconciliación irreflexiva (1943). Hohl entiende la creación como una negación de la muerte, se desvive en su celoso afán por encontrar la palabra exacta, y con el mismo celo reordena constantemente sus notas, escritas en toda suerte de papeles, que cuelga con pinzas de la ropa en el taller donde escribe y filosofa, su sótano-habitáculo. Hohl es un escritor de lo marginal, del detalle, del que extrae todo su poder simbólico –titula una de sus obras Matices y detalles (1939)-. Concibe su quehacer como una pugna por objetivar lo subjetivo. Sus textos, que se resisten a la clasificación genérica –también esta antología de nueve cuentos, Camino nocturno (1943)- incitan a la reflexión filosófica, y su lectura no puede ser convencional. Las historias que nos ofrece son a veces parábolas de la talla de las de Kafka (La hoja, El erizo, El buscador, Boceto de un boceto del mundo); otras, carentes de hilo narrativo, semejan meras observaciones aparentemente inconexas acerca del brumoso y monótono paisaje holandés, que compara con la nitidez de los escarpados perfiles de los Alpes (Paisajes); o bien son minuciosas descripciones de un atento observador de su entorno que fija su mirada en personajes, actuaciones u objetos, a primera vista intrascendentes (Tres viejas de un pueblo de montaña), algunos textos parecen inconclusos (La borracha), de acuerdo con el concepto productivo del autor, cercano a la estética romántica del fragmento. La importancia narrativa reside tanto en la historia en su conjunto como en las frases que la componen, susceptibles a menudo de ser ordenadas de otro modo sin perder sentido, significativas por sí mismas por lo escueto, sentencioso y contundente de la verdad que encierran: “[…] porque la niebla misma es sólo una figura dentro del día, no impide el día”, “[…] la llegada de la desgracia no dependía de él”, “Para encontrar son necesarias dos cosas: primero, perder; segundo haber encontrado”, o bien “Yo no puedo reconciliarme con usted, pues así lo negaría a usted”. Hohl, que mereció la atención de escritores como Jürg Federspiel, Adolf Muschg, Johannes Beringer –su más profundo conocedor-, Christoph Geiser, Kurt Marti y Friedrich Dürrenmatt, de artistas como Rolf Looser o Hans Aeschbacher y filósofos como Hans F. Rütter o Hans Saner, encarnó la otra Suiza y se perfila como icono de la literatura suiza de rango internacional. Del autor se han publicado, además, en España Escalada y Matices y detalles (Minúscula y Dvd, 2008, respectivamente).

© Anna Rossell

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LITERATURA DE INTROSPECCIÓN

LITERATURA DE INTROSPECCIÓN

La muerte del adversario
Hans Keilson

Traducción de Carles Andreu,
Editorial Minúscula, Barcelona, 2010, 301 págs.

por Anna Rossell

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Pionera esta novela de Hans Keilson (Bad Freienwalde –alemania-, 1909), la mejor de las tres que escribió y, aunque controvertida, la mejor acogida. Pionero su enfoque en el momento de su gestación, pues si bien no vio la luz hasta 1959, en alemania, el autor había empezado a escribirla en los años 30, coincidiendo con el ascenso de Hitler al poder. Estos años –los del terror nacionalsocialista- sirven de marco histórico al tema que el autor propone: el de la relación entre víctima y verdugo, entre amigo y enemigo, una experiencia que sirve a Keilson para proyectar, a partir de su vivencia personal y de sus conocimientos profesionales, una parábola universal sobre aquella relación. El autor, judío alemán que estudió psiquiatría y educación física en Berlín, emigrado a Holanda en 1936, donde trabajó con el movimiento de la resistencia, ejerció como psicoterapeuta en Ámsterdam en el tratamiento del trauma de supervivientes del nacionalsocialismo. Su mirada hacia el objeto de su análisis no es cualquier mirada.

Keilson, autor también de poemas y ensayos en los que predomina esta temática, construye una novela analítica y reflexiva de ademán teórico con vocación universal –a este fin, la novela no menciona años ni nombres, a pesar de dejar muy clara la situación histórica-, al proponer una tesis general aplicable en cualquier contexto. A los iniciados en el tema su tesis no ha de resultarles nueva; hace mucho es sabida la interpretación del genocidio nazi por parte de algunos sectores judíos como una especie de destino, un castigo divino del que se habrían hecho merecedores -una culpa que había que purgar-. También se ha tratado literariamente (Imre Kertesz, Sin destino; Fiasco; Kaddish para un hijo no nacido; Friedrich Dürrenmatt, El juez y su verdugo; Edgar Hilsenrath, El nazi y el peluquero; entre otros muchos) y filosóficamente -incluso antes del fin de Hitler (Hannah Arendt, Culpa organizada)- la cuestión de la fina línea que separa la víctima del verdugo sugiriendo la intercambiabilidad de los papeles. Sí era novedosa sin embargo en los años treinta. De ahí su originalidad.

La de Keilson es una historia de base autobiográfica y el marco en el que se encuadran los hechos –una historia dentro de otra historia- apunta deliberadamente en esta dirección. Narrada en primera persona, la voz del protagonista es un claro trasunto del autor, como él exiliado por la misma razón en Holanda y como él en los mismos años escritor de las reflexiones más tarde susceptibles de convertirse en novela.
La cuestión de fondo es la del engaño, concretamente el autoengaño, que impregnaría los sentimientos y los actos humanos. En diferentes variantes – las múltiples y dilatadas consideraciones introspectivas a que se entrega el narrador acerca del carácter ilusorio de las razones de la actuación del enemigo y de las del grupo por él amenazado, la falsificación en general: de sellos, fotografías o documentos oficiales-, todo conduce a la tesis de que, como sostiene el psicoanálisis, nada a nuestro alrededor y en la actuación humana es en realidad lo que parece. En coherencia con la voluntad ensayístico-filosófica del texto, la voz narradora es ecuánime, nada da entender sufrimiento alguno. El narrador es el observador distante –lo cual da literariamente unos pasajes muy logrados- que, incapaz para la empatía con quienes corren su misma suerte, se autoexcluye para mantenerse fiel a la intuición en la que basa su tesis: que entre víctima y verdugo hay una relación dialéctica de amor-odio -en el caso de la víctima de tintes masoquistas-, que radica en las propias frustraciones. La existencia del enemigo serviría para el conocimiento de sí mismo; la muerte del enemigo equivaldría a la propia muerte. Consecuencia congruente es entender la ira del enemigo como un destino inevitable. De ahí que la novela levantara ampollas en su momento, a pesar de la clamorosa acogida que ha tenido por parte de la crítica en los Estados Unidos, donde ésta y otra de sus novelas, Komödie in Moll (Comedia en clave menor) han sido reeditadas recientemente con motivo del centenario del nacimiento del autor. En alemania la editorial Fischer publicó en 2005 sus obras completas. En España se edita por primera vez.

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APRENDER VIVIENDO

COMO AGUA ENTRE LOS DEDOS
Miguel F. Villegas
Ediciones Aljibe, Málaga, 2010, 302 págs.

por Anna Rossell

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Encantadora y principal esta nueva novela de Miguel F. Villegas. Encantadora en el sentido literal, pues atrapa al lector como por arte de encantamiento –aunque nada en ella sea sobrenatural, aunque todo se deba a las virtudes tangibles de la buena capacidad para la escritura y la fabulación de historias-. Principal, porque todo en ella es esencial para una cuestión fundamental en toda sociedad responsable y civilizada: la educación de sus jóvenes.

Miguel F. Villegas (Jerez de la Frontera –Cádiz-), maestro, licenciado en geografía e historia, músico y escritor, cuenta a sus espaldas con una larguísima experiencia como profesor de instituto en Sevilla. Su dedicación a la escritura se nutre de esta experiencia, que ha ido forjando su convicción y su fe en el ser humano y sabe de la trascendencia de la etapa adolescente para la vida de todo individuo. El autor reúne las cualidades de un verdadero maestro, el que sabe enseñar aprovechando las cualidades positivas de cada cual, en las que cree y por las que apuesta firmemente. Como agua entre los dedos destila este espíritu por los cuatro costados. La novela, cuyos protagonistas son chavales de instituto de quince años, apunta y ha de atraer a un público lector más amplio aún -aún más joven-, con lo cual asegura un mayor impacto educativo, objetivo que el libro se propone claramente. El autor sabe manejar a las mil maravillas todos los ingredientes que han de sazonar, en sus justas cantidades, un libro así para surtir el efecto deseado en sus lectores. Frescura, simpatía, suspense y tensión dramática son los aderezos para un texto que toca en mayor o menor medida los problemas más acuciantes de nuestra actualidad: la democracia, la homosexualidad, los fanatismos, la violencia gratuita –incluida la de género-, la ecología y las graves consecuencias de una conducción irresponsable. Y, aunque fácilmente pudiera haber caído en el tópico recetario maniqueo del clásico pedagogo teórico, Miguel F. Villegas sabe evitarlo. Si a veces tiende a tratar las situaciones con cierto esquematismo, lo hace en su justa medida como tributo al público al que se dirige en primera línea (aunque también es de interés para profesores), para captar su empatía, algo que a buen seguro logra. La historia de Como agua entre los dedos – aunque el nombre del centro, Mercadante de Bretaña, insinúe su ubicación en Sevilla, ciudad en cuya catedral trabajó el escultor bretón del siglo XV al que hace honor el título-, transcurre en un instituto de enseñanza secundaria que pudiera ser el de cualquier ciudad del mundo de nuestra órbita cultural. La iniciativa del profesor de filosofía, Samuel, un educador nato en buena sintonía con los chavales, juvenil, luchador, optimista y positivo, consigue poner en marcha en el instituto un proyecto de participación democrática e implicación de los alumnos que cambiará por completo sus vidas y los redimirá de su apatía. El texto da vida a una amplia palestra de caracteres que Villegas recrea con verosimilitud: la variopinta plantilla de profesores, la matizada idiosincrasia de los adolescentes, cuya psicología sabe pormenorizar hábilmente, sus enfrentamientos, su honradez, su agresividad, sus simpatías y sus odios, sus miedos y frustraciones… .La rutina del instituto se ve alterada por el revitalizador proyecto de Samuel y la historia axial de suspense detectivesco en que acaban envueltos los protagonistas, una historia genialmente pergeñada alrededor del intento de asesinato de un alumno homosexual a manos de ultras. Encomiable la maestría del autor en el manejo del argot juvenil, que sabe matizar a discreción según la psicología de cada personaje, encomiable también la genialidad de las imágenes -casi siempre simpáticas, a menudo poéticas- de que hace gala la voz narradora. Por su parte, la editorial acierta en la tipografía y en las ilustraciones, de estética cómic muy en consonancia con la frescura de la historia. Falla sólo un poco en la revisión del texto, que contiene algunos errores dactilográficos que habrá que corregir en la segunda edición.
De Villegas se han publicado, además, La isla de los espejos (6ª edición), El monasterio perdido (3ª edición), Tocata y fuga con Bach (agotada la 2ª edición). Es también autor de poemas, obras de teatro para jóvenes y relatos. Según el Barómetro de Hábitos de Lectura 2008, publicado por la Federación de Editores de España, es el segundo autor español más leído, entre lectores de 10 a 13 años.

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CUANDO EL DOLOR SE HACE POEMA

Cartografía de la materia,

Felipe Sérvulo

Diputación Provincial de Jaén, 2005, 108 págs.

por Anna Rossell

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“Poesía de la nostalgia” fuera acaso la fórmula más concisa y exacta para definir la poesía de Felipe Sérvulo. La melancolía es la esencia de su alma de poeta, ella es la premisa que condiciona la elección que sirve de marco a sus poemarios, es el eje en torno al cual giran sus temáticas, la materia prima indispensable, la espuela que estimula el poema. El autor participa así del mismo espíritu que inspirara a los románticos su ideal de vida y de belleza: el anhelo como objetivo en sí, el incumplimiento del deseo como meta que nos incita a seguir la eterna búsqueda. Sí, leer a Felipe Sérvulo es leer a un autor romántico.

Como hiciera Heinrich von Ofterdingen, el protagonista de la novela homónima de Novalis, para quien la poesía es la manifestación más sublime del arte y que emprende en su búsqueda un camino vital de aprendizaje que no ha de ver su final, también la voz poética de Felipe Sérvulo es un Yo eternamente errante, una voz desgarrada por la soledad, atormentada en lo más hondo por la constante compañía de la ausencia, el intenso dolor y el vivo anhelo, que le arrancan versos de inusitada y excepcional belleza.

He aquí el denominador común de estos dos poemarios, publicados en un único volumen por la Diputación Provincial de Jaén bajo el título de Cartografía de la materia. A pesar de la diferencia que constituye su punto de partida: la contemplación de los cuadros de una exposición de pintura sobre la Guerra de los treinta años, en el primero –La Ciudad de hielo-, y la visita del autor al Cortijo del Fraile (Almería), donde en 1928 sucedió un asesinato que frustró trágicamente el amor de dos amantes, en el segundo –De la pureza de la tierra-, el pulso que late en cada uno de sus versos es el mismo e impregna de estricta coherencia la doble publicación.

Los poemas de Felipe Sérvulo pudieran calificarse como poesía amorosa; lo son, y el poeta redime este maltratado género para devolverle la categoría de verdadera y alta poesía. Pero el epíteto, aunque acertado, no le hace completa justicia; Felipe Sérvulo trasciende los límites de lo estrictamente amoroso en el sentido habitual: para la voz poética de Sérvulo el sentimiento del amor ausente es un estado, puro estado existencial: […] / desde tu lejanía. // Cómo decirte que el tiempo / ya no es, o bien Al levantarme, / encendí tu nombre / y el candelabro de plata / para seguir viviendo (La ciudad de hielo). Este estado es definitorio de la esencia del yo poético, determinante para todos y cada uno de sus sentimientos, para su forma de mirar y de ver el paisaje, para percibir los objetos y el entorno: Después, la casa / me trae las huellas / de los que se fueron; / que no sabe de plazos / la melancolía (De la pureza de la tierra). Como el Werther de Goethe, el yo poético de Sérvulo percibe el paisaje a través del sentimiento que le imbuye el dolor de la separación de la amada: […] Ojalá lloviera ahora / que sangra el sol / y el abandono. // […]. // Al cabo de las casas, / ningún murmullo / y las corolas amarillas. // […] (De la pureza de la tierra). Fuera de este estado no hay nada, todo adquiere su sentido a través de este modo “natural” de estar y ser en el mundo. El amor ausente y el yo poético conforman un Todo único. De esta unidad emana el constante diálogo-monólogo de la voz poética con el ser amado eternamente ausente, los versos brotan de esta ausencia, no serían sin ella, son al propio tiempo fuente de dolor y de creación: Eres como los sueños: / estás, te veo, / hablo contigo, / nunca te alcanzo (De la pureza de la tierra). Esta necesaria unidad, de la que depende la vida del Yo, se percibe en las palabras: Te miro / y, cuando la mirada vuelve, / ya no es mía, pero también, estilísticamente, en la forma que adopta el principio absoluto de este diálogo interior e intimista, que se manifiesta perpetuo, ora callado, ora aflorando al exterior en forma de verso; el comienzo del poema no es el comienzo de la voz, ésta se hace audible de repente y prosigue lo que ha comenzado ya en silencio: Pero, dónde la fiesta. / Dónde la risa / de los hombres, / el pulso en las sienes, / el aliento encendido o bien: Cómo contártelo / sin naves de regreso. / Cómo explicarte / que la belleza es inútil. // Que la ciudad sin ti se muere, […] (ambas citas de De la pureza de la tierra), o este otro: Otras veces traspasábamos / los muros encalados/ de nuestra habitación / y revolábamos sobre la tierra / […] / como prodigio de invierno (La ciudad de hielo) –la negrita es mía-. Así la memoria del tiempo pasado es la fuente que alimenta la poesía, la herramienta que la cincela, los poemas del autor jienense están preñados de recuerdo, de pérdida, de soledad, de vivo anhelo sin visos de satisfacción. Éste conforma el equipaje que lleva consigo la voz poética en su errar eterno: […], / en el cofre dispuse algún recuerdo, […] // Al marchar candé la puerta, / no fuera que la soledad / quisiera acompañarme (La ciudad de hielo). La conciencia del fluir del tiempo, que ha perdido su razón de ser: […] // –Mi vida no es mi vida / sino tiempo que pasa- […] (La ciudad de hielo), la destrucción de un pasado feliz, a causa de la guerra: […] // -La recuerdo, / pero hace tanto tiempo…- // Ahora quedan / capiteles mutilados, / cal exhausta / y el aire que alberga / la descarga de los fusileros, en el primer poemario, o por el crimen vengativo: Ninguna vida / […], / junto al hogar helado. // Y el espesor del tiempo / en la sal de la tierra / y en la mentira, en el segundo. Como el panteísta, que ve por doquier la manifestación divina, así la persona amada de los versos de Sérvulo –otro rasgo en común con los románticos esta aspiración a la totalidad, a la unidad de naturaleza y ser humano- se hace ubicua en la naturaleza, el paisaje rural, que puebla los versos, siempre alejados de la gran urbe: […]. // Y marcas el sendero / donde corona el trigo / y el vino joven / que refugia la tiranía / de la tarde (La ciudad de hielo), o bien: […] El aire se hace / armonía pura, / casi vaho, trigo amor, / sementera de carey / y viña nueva, o en este otro: Percibo la quietud, / la opalina de las viejas casas, / mil historias y la ciudad / que se escucha lejana (ambas citas de De la pureza de la tierra). El poema deviene a menudo un canto a la sencillez de la vida campestre idealizada, de la que todos los sentidos participan: Espumeas el puchero / y amasas la esencia de la espiga / y las aceitunas. […]. // Hueles a brega, a leño, / a pan de gloria (De la pureza de la tierra). La intensidad del dolor subvierte la percepción para alimentar la herida; el silencio se hace atronador; la ausencia, presencia lacerante: Está vivo el silencio / sobre la tierra muerta. / Y la novia, la madre, el novio / y el amor, muertos / en silencio vivo. […] (De la pureza de la tierra).

Altamente recomendable este volumen, preclaro heredero de la mejor poesía española. Del autor, galardonado entre otros con los premios de poesía Blas Infante (1986, 1987, 1988), Sant Jordi (1986, 1987), Salvador Espriu (1992) y Ciudad de Ponferrada (1997) y finalista en otros tantos, se han publicado, además, Hasta el límite de las violetas (Ed. La Mano en el Cajón, 1995), Las noches del Sur (Diputación Provincial de Jaén, 1996), Casi la misma luz (Tágilis Ediciones, 1999). La niña de la colina, pendiente de publicación, del cual Alfonso Levi y Pepa Ortiz leyeron algunos poemas en la última tertulia de la Asociación Cultural El Laberinto de Ariadna (Ateneo barcelonés), promete incluso, si cabe, superar el presente.

© Anna Rossell

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NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE

NO HAY SILENCIO QUE NO TERMINE
Berta Lucía Estrada Estrada
Escritora y crítica literaria

“No hay silencio que no termine”, es un verso de Pablo Neruda, que pareciera que hubiese sido escrito para darle un título al libro de Ingrid Betancourt. Confieso que no he sentido ningún deseo de leer los testimonios que desde hace aproximadamente dos años están apareciendo en las librerías colombianas, supuestamente escritos por las personas que han sufrido el oprobio del secuestro. No obstante, la entrevista de Héctor Abad Faciolince a la autora, y su comentario lúcido, como todo lo que él dice o escribe, que se trata de una verdadera obra literaria, me sembró el interés por su lectura; el cual se incrementó con el artículo de Santiago Gamboa. Sin embargo, es sólo ahora que lo he leído. La razón de la espera es muy simple, deseaba hacerlo en la lengua en la que originalmente fue concebido, el francés; por lo que debía esperar para poder adquirirlo. Lo que fue posible ya que desde hace unas semanas estoy en Francia. Lo leí en un espacio de 7 días, no le dediqué las horas de lectura que normalmente hago cuando el libro me apasiona. Lo leí despacio, tratando de sumergirme en el horror descrito en las 689 páginas de “Même le silence a une fin”, Ediciones Gallimard, 2010.
Mi relación con Ingrid ha pasado por diferentes etapas, primero de una gran admiración por su valentía, me refiero a las huelgas de hambre que hizo en el Senado colombiano o como cuando se postuló como candidata a la Presidencia de la República. Seguí con mucho interés su campaña, en la que creo recordar que distribuía condones en la calle; uno de los aspectos que influyó en mi decisión de votar por ella, ya que apruebo las posturas contestarias. Pero cuando fue secuestrada, debo confesarlo, sentí cólera y rechazo, ya que creía que ella había buscado ser secuestrada, no para quedarse 6 ½ años de su vida pudriéndose en la selva, sino para ser liberada en 48 o 72 horas con un comunicado de las FARC, lo que en ese entonces sucedía con alguna frecuencia, y lo que habría aumentado su popularidad. Durante esos años de infortunio me llegó a desestabilizar que sólo preguntaran por ella; ya que era consciente que habían muchas otras personas que estaban sufriendo el mismo calvario. Pero luego hubo un cambio en mi actitud. Cuando viajé a Francia en 2005 y vi su rostro en las Alcaldías de ciudades y pueblos por los que pasaba, entendí que ella visibilizaba la infamia del secuestro. Poco tiempo después yo misma hacía parte de uno de los grupos de apoyo a Ingrid Betancourt. El día de su liberación lloré, sentí que el terror que había vivido, era el mismo que mi país ha experimentado en esta larga guerra fratricida en la que estamos inmersos hace ya más de cincuenta años.
“No hay silencio que no termine”, es un libro muy bien escrito, con una gran riqueza de lenguaje, que muestra el gran dominio que Ingrid tiene del francés. No obstante, no pude sumergirme en él como yo lo hubiese esperado. Creo que le falta “alma”, es posible que sea a causa de la lengua en el que originariamente fue escrito. Es como si la autora hubiese querido utilizar un filtro que la protegiese de los recuerdos del cautiverio. No hay que olvidar que la lengua materna de Ingrid Betancourt es el castellano. Y al filtrar las palabras en un idioma que es más lógico que el nuestro, aunque sea también de origen latino, permitió que el dolor se atenuara. Ese filtro, al llegar a mí, volvió a operar. Lo leí con sangre fría, antes de leerlo creí que iba a llorar, que me iba a estremecer pensando en la ignominia que le había tocado enfrentar y a la cual yo jamás podría sobrevivir. Pero no, no lloré, ni se me puso la carne de gallina. El velo que Ingrid utilizó para no exponer su dolor en una vitrina como si fuese una herida supurante, sino más bien como un velo de una textura fina, cuyo material es el pudor, le permitió mostrar la adversidad y el delirio humano. Pienso que esa es la gran estrategia literaria que hace que su libro no sea un simple testimonio de una víctima, sino un libro sobre la condición humana.
“No hay silencio que no termine”, nos muestra la vileza en toda su dimensión. Es un fresco de las bajezas y de la humillación, a las que somos capaces de llegar cuando la frontera entre la razón y la locura se hace tan tenue como una simple vara en la que caminamos como funámbulos. Pero también es el fresco del deseo de poder que puede apoderarse de nosotros cuando somos incapaces de ver en el otro a un ser humano con nuestras mismas debilidades, necesidades, angustias. Estoy convencida que para las FARC este libro es un golpe enorme, como si se tratase de un bombardeo de gran magnitud; puesto que nos muestra que todo el supuesto argumento “revolucionario” y “los deseos por una sociedad más justa y equitativa” son una gran falacia en el corazón de una guerrilla que hace tiempo está en los estertores de una enfermedad terminal, pero que por una u otra razón, se niega a morir. Aunque todos conocemos la verdadera razón. Sabemos que el narcotráfico, la guerra y las ganancias, con multitud de ceros a la derecha, evitan que haya una luz al final del túnel.

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