LA MADRE DE LOLITA. Un análisis de los Nabokov.

lolita

Fotograma de la película

Vladimir Nabokov fue famoso en Cornell, donde enseñó entre 1948 y 1959. Lo fue por varias razones, pero ninguna de ellas tuvo que ver con la literatura. Poca gente conocía lo que había escrito y muy pocos habían leído su obra. Destrozar a Dostoievski frente a doscientos estudiantes universitarios causó una enorme impresión, como también la aserción de que los buenos libros no deben hacernos pensar sino estremecernos. La fama se derivaba, también, del hecho de que el profesor nunca llegaba solo a la sala. Llegaba al campus conducido por la señora Nabokov, lo cruzaba con ella, y de vez en cuando llegaba a clases del brazo de ella, que le llevaba los libros. De hecho, el hombre que habló tan frecuentemente de su aislamiento, fue uno de los hombres más acompañados de la historia: especialmente en Cornell, donde se le vio siempre en compañía de su esposa. Y eso lo hizo legendario. La señora Nabokov se sentaba en la primera fila de la sala o, más a menudo, en el estrado, a la izquierda de su marido. Rara vez perdía una clase, y llegó hasta a ocupar el lugar de su marido frente a los estudiantes cuando Nabokov enfermaba. A menudo corregía ella misma los exámenes. Pero no hablaba cuando su marido estaba en la sala. Poca gente sabía algo de ella. Cuando Nabokov se refería a ella, lo hacía maliciosamente, llamándola su asistente. Solía decir entonces: «Ahora mi asistente moverá la pizarra al otro lado de la sala», «Mi asistente les entregará las tarjetas de examen», «Quizás mi asistente encuentre la página que busco», «Mi asistente dibujará un rostro ovalado [Emma Bovary] en la pizarra». Y la señora Nabokov lo hacía. Las acotaciones no aparecen en las lecturas publicadas.

Vera Nabokov era una mujer sorprendente, de pelo blanco y piel de porcelana, de figura fina y delgada. La discrepancia entre el pelo y el joven rostro era particularmente dramática. Era «mnemónica», como escribió Nabokov sobre Clare en ‘The Real Life of Sebastian Knight’, «dotada sutilmente del don de ser recordada». Y es aquí donde comienza el problema. De acuerdo a sus colegas de la facultad y a los estudiantes de Cornell, ella era luminosa, principesca, la elegancia personificada, «la mujer adulta más bella que mis ojos han visto»; o bien, una mujer patética, sin gracia, famélica, la Bruja Más Malvada del Occidente. A esos estudiantes y eméritos les hice la pregunta obvia: ¨Qué hacía, sesión tras sesión, la señora Nabokov en las clases de su marido? Las respuestas debían ser introducidas recordando que fue Nabokov mismo quien llamó al rumor la poesía de la verdad.
*La señora Nabokov estaba ahí para recordarnos que estábamos en presencia de la grandeza, y que no debíamos abusar de ese privilegio con nuestra falta de atención.
*Porque Nabokov tenía problemas del corazón. Ella lo acompañaba siempre con una ampolla de medicinas, dispuesta a intervenir en el momento oportuno.
*Esa no era su esposa, sino su madre.
*Porque Nabokov era alérgico a la tiza y porque no le gustaba su propia letra.
*Para ahuyentar a las alumnas. [Esto fue antes de la publicación de ‘Lolita’].
*Porque ella era su enciclopedia, en caso de que él olvidara algo.
*Porque él no tenía idea de lo que diría y, como no tenía memoria, ella tenía que escribir todo para que él recordara qué preguntar en los exámenes.
*El era ciego, y ella un lazarillo, lo que explica por qué llegaban a veces del brazo.
*Ella era ventrílocua.
*Ella llevaba una pistola en el bolso, y lo acompañaba para defenderlo.
Nadie está seguro sobre quién ponía las notas a los exámenes, y algunos ex estudiantes admitieron haber llegado a dominar el hábito de sonreír a la señora Nabokov, en la presunción de que su genialidad se dejaría ver en las notas. A menudo fue ella misma quien puso las notas, aunque esto no explica qué hacía en clases.
En la sala, era una presencia misteriosa y amenazante; era terriblemente rigurosa, pero estaba lejos de ser un ogro cuando se trataba de poner notas. Después de todo, Nabokov tenía sus propios asistentes, uno de los cuales recuerda haber leído y evaluado, aplicando una rigurosa escala de notas, ciento cincuenta exámenes.
Después de leer un examen dos o tres veces, llevaba la pila de tarjetas al despacho del profesor Nabokov, con la esperanza de poder conversar con el gran hombre. La señora Nabokov recibía los exámenes en la puerta, como si fuese un centinela entre el asistente y su marido. Los tomaba, subía inmediatamente todas las notas, y despachaba al asistente.

VERA NABOKOV CONOCIO A SU MARIDO en Berlín, en 1923. Tenía entonces 21 años. Había nacido en San Petersburgo como la segunda hija de un rico industrial judío que estaba a punto – cuando su hija vio por primera vez a su futuro marido – de perder lo que quedaba de su fortuna. Su familia dejó Rusia probablemente en 1921. Cuando la pareja se conoció, Nabokov tenía 24 años, era poeta y escribía en ruso; Vera Slonim conocía y admiraba su obra antes de conocerlo. Tenía sus propias aspiraciones literarias, que dejó rápidamente de lado, a menos que casarse con Nabokov en 1925 también cuente. Los dos sobrevivieron feliz aunque pobremente, con el dinero que ganaba ella trabajando como secretaria y con sus traducciones comerciales. Nabokov, por su parte, era, como dijo de sí mismo, «una escuela para señoritas», instructor de tenis y figurante de películas. Hacia mediados de los años treinta, estaba claro que los Nabokov (1) no volverían a Rusia en nada que se pareciera a un futuro cercano y (2) debían dejar alemania. Pasaron tres meses extremadamente difíciles en Francia, la mayor parte del tiempo en el sur, y se embarcaron hacia América. Para cuando embarcaron, como se lee al final de ‘Speak, Memory’, se habían derrumbado detrás de los Nabokovs tres mundos míticos y florecientes. Se habían aventurado ya tres veces a través del espejo.
Cuando llegaron a los Estados Unidos, Vera Nabokov tenía 33 años, un hijo de seis, un dominio deficiente del inglés, y un marido sin esperanza de obtener un trabajo fijo. De acuerdo a la leyenda, los Nabokov tenían sólo un billete de cien dólares en el bolsillo, que la señora Nabokov casi regala en su primer taxi en Nueva York, cuando creyó que debía al taxista 99 dólares en lugar de 99 centavos. Pero el taxista era un hombre honesto. Los padres de Vera habían muerto en Berlín; los otros parientes y amigos se encontraban en Europa, en estados diversos de peligro. Su alemán era excelente, su francés casi perfecto – fue probablemente su primera lengua – pero en su diario de vida admite que no le era fácil seguir en inglés cualquier tipo de conversación. El apartamento de los Nabokovs – en un edificio de piedra rojiza en la calle West Eighty-seventh – fue recordado por ella como «atroz de chico». Siempre leemos con fruición estos detalles familiares a la luz de Vladimir Nabokov y su obra, que para la señora Nabokov se traducen de otra manera, ya que nunca dejó de maravillarse con la laboriosidad del ama de casa norteamericana. Le escribió a su cuñada, exagerando, que como ama de casa no era mala, sino simplemente horrenda.
En los ocho años que tomó a los Nabokovs inmigrantes transformarse en norteamericanos, y a Vladimir en llegar a ser miembro de la facultad de Cornell, continuaron sobreviviendo casi de la misma manera que en Berlín. La señora Nabokov daba lecciones privadas de francés a algunas víctimas involuntarias que eran enviadas por sus padres, gente dispuesta a hacer cuanto pudieran por ayudar a los Nabokovs pero que sabían que ellos no aceptarían caridad. Ella trabajó como secretaria de varios profesores de lenguas de Harvard. Ayudaba a su marido a reescribir sus lecturas sobre literatura rusa, de modo que pudiera leerlas tres veces a la semana en Wellesley. Y se ocupaba, como lo había hecho desde los días en que eran novietes, como Clare lo hace en ‘Sebastian Knight’, de los asuntos literarios de Nabokov. Era la que primero leía todo lo que escribía Nabokov; ella suavizaba la prosa – cuando aún «estaba tibia y húmeda» -, aunque más tarde, cuando los estudiosos cuestionaron esto, ella negó todo tipo de injerencia.
Sin embargo, su letra se encuentra ahí, y es difícil no imaginar que Vera era en realidad la ficticia Clare, levantando una página de la máquina de escribir y declarando, «No, mi amor, no puedes decirlo así en inglés… Sí, por ejemplo», diría, y propondría una sugerencia precisa. (Veintiséis años más tarde, su marido describiría el papel de Vera en su vida literaria con palabras casi idénticas, como si estuviese citando su propia novela). Se ocupaba de ofrecer el trabajo de su marido a los editores, pasaba a máquina sus lecturas, e investigaba para él. Una vez llegó a ser la conservadora de facto de los lepidópteros en el Museo de Zoología Comparativa de Harvard. Meses después de su llegada al país, después de haber publicado su primer poema en ‘The New Yorker’, Nabokov se quejó de sus «horribles dificultades y problemas en manejar una lengua nueva». Al mismo tiempo, el inglés de la señora Nabokov se hacía más firme, más fluido, aunque sonaría siempre algo tieso. Ella decía que era el lenguaje que ella escribía con más facilidad y la lengua en la que respondía a sus correspondientes rusos.
A los pocos años de su llegada a los Estados Unidos, ella se ocupaba sin ayuda de nadie de las relaciones con los editores. Se debía esto en parte a que Nabokov se pasaba el tiempo mostrando mariposas en el museo o enseñando en Wellesley. Pero en realidad era lo que quería hacer. (En una lista de las cosas que Nabokov se jactaba de no haber aprendido nunca, se encuentran: escribir a máquina, conducir, hablar alemán, encontrar un objeto perdido, responder al teléfono, doblar planos, abrir paraguas, darle la hora a un filisteo. Es fácil imaginar en qué gastaba su tiempo la señora Nabokov). Muchas de sus cartas comenzaban así: «Vladimir comenzó esta carta pero tuvo que dedicarse apresuradamente a otra cosa y me pidió que siguiera yo». Hacía todo lo que podía para que su marido no existiera en el tiempo sino sólo en el arte, y así le evitó el destino de tantos de sus propios personajes, encarcelados en sus varias pasiones. Su genialidad estaba destinada al trabajo, no a la vida (algo que la señora Nabokov tenía que explicar regularmente a los parientes de su marido, cuyas cartas se las pasaba a ella para que se ocupase de responderlas). Esto condujo a una comprensible confusión acerca de la autoría, una confusión que se hizo peor con los años.
De una manera perfectamente nabokoviana, las dos identidades comenzaron a confundirse en el papel. Las cartas llegaban dirigidas a toda suerte de entidades: «Queridos VV», «Querida VerVolodya», «Querido Autor y Señora Nabokov». Muchas de los personajes distintivos de la narrativa de Nabokov – los dobles, los imitadores, los gemelos siameses, las imágenes del espejo, las imágenes distorsionadas del espejo, los reflejos en el cristal de la ventana, las parodias de sí mismo – se manifestaban ya en el esquema ideado por los Nabokovs para vérselas con el mundo, un esquema que podía dejar a un correspondiente sintiéndose como un libro: apabullado por una enredada y espléndida broma confidencial.
En los años cincuenta, Vera le escribió a un amigo de Wellesley:
«A V. le pidieron que sugiriera un candidato para la Guggenheim y creo que hice una carta muy adecuada, mencionando tus altas calificaciones. Por supuesto, V. la firmó, y la respuesta fue entusiasta». Este tango de pronombres fue usado con muy buenos resultados. Con dos voces a su disposición, los Nabokovs podían suavizar una observación o hacerla dos veces más cortante. La señora Nabokov le podía escribir a un editor que su marido pensaba que ella podía insinuar que ellos pusieran algunos anuncios – anuncios grandes, montones de anuncios. Y al mismo tiempo podía transformarlo en alguien distante y hacer sus juicios más divinos:
«Mi marido me pide que le diga que él piensa que ‘Ulises’ es, de lejos, la novela inglesa más grande del siglo, pero que detesta ‘Finnegans Wake'». Cuando ella necesitaba una voz más neutral, escribía como J.G. Smith, una secretaria ficticia de Cornell, que compartía la letra con la señora Nabokov.
A menudo escribía y firmaba las cartas de su marido, pero por lo general estaba claro que ella las había escrito. Pero también Nabokov se hacía pasar por Vera: muchas de sus cartas fueron escritas por él usando la tercera persona, en el tono más seco de su esposa, y dejaba que la señora Nabokov las pasara a máquina y firmara. Usaba su identidad, aunque ella nunca intentó utilizar la de él. Como su esposa estaba siempre a su lado, podía hablar en la primera persona del plural. Y, como a menudo la correspondencia no era con Nabokov sino sobre él, se creó un ser totalmente nuevo: un monumento llamado VN, alguien que ni siquiera era Nabokov. A él le gustaba explicar que el Nabokov vivo, el Nabokov que respiraba y que tomaba desayuno, era un pariente pobre del autor, y le encantaba referirse a sí mismo como «la persona que habitualmente personifico en Montreux». Este distante e inabordable VN fue, de muchas maneras, una construcción de Vera Nabokov. ¨De qué otro modo habría podido Nabokov fundar este estatuesco otro yo? Con la ayuda de Vera, el Vladimir Nabokov real desaparecía. Este juego de manos culminó en otro truco ilusorio del espejo, uno merecedor de ‘Despair’: se decía en Montreux que Vera era el negro de su marido, porque era a ella a quien se veía en el escritorio.
Vladimir escribía sólo cuando estaba en cama, o parado frente a su atril, o en la bañera.

¿DONDE APARECE VERA NABOKOV EN LA LITERATURA? En todas partes y en ninguna. Ella fue claramente más una musa que un modelo: es más su influencia que su imagen la que se cierne sobre las páginas. Ella queda menos manifiesta como autor que como inspiración e instigación. Es mencionada en el título original de ‘Speak, Memory’, ‘Conclusive Evidence’, con las dos V que a Nabokov le gustaban tanto, y, por cierto, en la página dedicatoria de casi todos sus libros. Es más fácil documentarla como la mano que guía que como musa, aunque Nabokov le reconoció este último papel en algunas entrevistas, y Brian Boyd habla de esto extensamente en su maravillosa biografía. ‘Speak, Memory’ ha sido interpretado como un homenaje a Vera; ‘Look at the Harlequins!’, escrito muchos años más tarde, exige ser leído de la misma manera.
Ciertamente, algunos de los años más productivos en la vida de Nabokov fueron aquellos inmediatamente posteriores al matrimonio.
Entre 1925 y 1935, escribió como si estuviese afiebrado. Cuando Vera Slonim conoció a Vladimir Nabokov, este era poeta; terminó su primera novela a los meses del matrimonio, y su octava ocho años después, antes del fin de la década. Nabokov recordaba un sueño que había tenido en 1924 en que se veía sentado al piano junto a Vera, pasando las páginas de una partitura. Cuarenta años después tuvo un sueño similar, en el que se ve dictando una novela a Vera, tan consciente de que lo hace «para agradarla y sorprenderla» que es repentinamente capaz de hablar en voz alta y con gran elocuencia. De todas formas, la podemos ver más claramente guiando la obra de su marido si la imaginamos en Cornell tal como se decía, llevándolo del brazo para animarlo a entrar en clase. En 1944, cuando mucha de la energía de Nabokov se invertía más en su trabajo lepidóptero que en sus escritos literarios, Nabokov le escribió a Edmund Wilson: «Vera ha tenido una seria conversación conmigo a propósito de la novela. Después de haberla sacado, de mala gana, de debajo de mis manuscritos sobre mariposas, he descubierto dos cosas: la primera, que la novela está bien, y la segunda, que las primeras veinte páginas deben ser pasadas a máquina otra vez, lo que haré con la mayor rapidez». (La novela se tituló ‘Bend Sinister’. Wilson comentó, luego de leerla: «Mi única posible objeción sería que tú, a veces, escribes frases ligeramente enredadas»). Sabemos que la señora Nabokov se impuso cuando su marido le anunció que planeaba escribir una novela sobre unos gemelos siameses; en lugar de ella, tenemos el cuento ‘Scenes from the Life of a Double Monster’. Sabemos que para ‘Speak, Memory’, ella escribió sus propios recuerdos de los primeros días de su hijo Dmitri, a petición de Nabokov. El ambicioso proyecto de traducir a Pushkin comenzó a insistencia de Vera. Nabokov se había quejado amargamente acerca de las traducciones existentes; y ella, inocentemente, sugirió que lo intentase él mismo. Aquí casi destronó a la esposa de Tolstoy. Puede que no haya transcrito innumerables veces ‘La guerra y la paz’, pero sí pasó a máquina las trescientas páginas del manuscrito de ‘Onegin’, y se pasó horas investigando para las notas.
¨Le gustaba a ella lo que hacía? Debe de haber tenido sus dudas.
En 1959, después de que Nabokov hubiese terminado una modesta traducción en la que ella había colaborado, le escribió a un amigo: «Juro que esta será la última traducción que le dejo hacer en mi vida». Trabajarían aún cinco años más antes de terminar ‘Onegin’.
La famosa ‘Lolita’ no habría sido concebida jamás sin la señora Nabokov: si ella no hubiese existido en la época de su publicación americana, su marido habría tenido que inventarla, tanto identificaba la gente a Vladimir Nabokov con Humbert Humbert. En los ágapes en torno a la publicación, los admiradores le dijeron al matrimonio Nabokov que ellos no habían esperado exactamente que el autor se apareciese con una esposa de treinta y tres años y de pelo blanco. «Sí», respondería ella, sonriendo, imperturbable:
«Por eso estoy aquí». Por lo menos dos veces, Nabokov se propuso echar su novela al incinerador de Ithaca, tal como John Shade con sus manuscritos en ‘Pale Fire’. Su mujer lo detuvo. Ella era la mujer que conducía el Oldsmobile donde, en el asiento trasero, él escribió la novela; ella fue la mujer que durmió en todos los cuartos en que lo hizo Humbert Humbert. Ella hizo todos los arreglos para su publicación. Una vez, ella recorrió Nueva York con una bolsa de papel marrón en la mano en la que se encontraba el manuscrito que su marido había descrito a su editor como una «bomba de tiempo». ¨Hay algún rastro de la señora Nabokov en la novela? No, pero sus huellas se encuentran en todas partes.
(Algunas personas han insistido en buscarlas. Después de que Lionel Trilling conoció a los Nabokovs, en Ithaca, le dijo a su esposa que tenía el vago presentimiento de que Vera Nabokov era Lolita).
Cuando la señora Nabokov aparece en la narrativa, lo hace más a menudo como su anti-yo que como ella misma. Las esposas que aparecen en la obra de Nabokov son mujeres que ya se han ido o que están prontas a hacerlo: son esposas muertas, caprichosas, extraviadas, idiotas, vulgares, abandonadas, inútiles, intrigantes. En comparación, Clare, en ‘Sebastian Knight’, parece ser una reencarnación tardía de un personaje que aparece en la obra de Nabokov después de que Vera y Vladimir se conocieran. En ‘Sounds’, una corta historia de septiembre de 1953, Nabokov introduce a una mujer radiante, delicada, de manos delgadas, de ojos claros y mirada evasiva, con una cabellera que se confunde con la luz del sol. Esa descripción física se aplica igualmente bien a Zina, de ‘The Gift’, la primera novela que cualquiera que haya conocido a los Nabokovs en Berlín mencionará cuando se hable de Vera. Las voces narrativas de Nabokov pueden ser apasionados admiradores de secretarias inteligentes, entre las cuales la descripción de Clare corresponde más estrechamente a la de la señora Nabokov.
«Pero lo mejor de todo era que ella era una de esas raras mujeres que no dan las cosas por sentadas y que ven las cosas cotidianas no solamente como espejos familiares de su propia femineidad. Tenía imaginación – el vigor del alma – y esta tenía una cualidad particularmente fuerte, casi masculina. Poseía, también, ese sentido real de la belleza que tiene menos que ver con el arte que con la constante agilidad para discernir la aureola alrededor de una sartén o la similaridad entre un sauce llorón y un terrier Skye. Y, finalmente, estaba dotada de un fino sentido del humor.
No sorprendía que ella calzara tan bien en su mundo».
Sibyl Shade se parece a la señora Nabokov de manera superficial; una doble de Vera hace una corta aparición del brazo de un escritor en ‘King, Queen, Knave’. Pero solamente el ‘Tú’ de ‘Speak, Memory’ y de ‘Look at the Harlequins!’ – el ‘Tú’ sobre el cual Nabokov rehusó rotundamente responder – reflejan verdaderamente a su mujer.
Mientras que Nabokov mismo admitía que a menudo aparecía, en los espejos de su obra, una especie de imagen reflejada de Vera, la señora Nabokov negaba categóricamente cualquier semejanza. Por supuesto, yo no soy Zina, protestaría ella: Zina es solamente mitad-judía, y yo lo soy enteramente. De la misma manera, a Nabokov le gustaba negar cualquier semejanza entre sus personajes y él: ­Pero él identificó mal a una mariposa! A mí no me ocurriría jamás. ­Pero él habla mejor alemán que francés!, por lo tanto yo no soy ese personaje. Para complicar las cosas, la señora Nabokov, tan puntillosa en todo lo que concernía a su marido, hacía lo posible por ser vaga, evasiva o directamente imprecisa. Cuando le preguntaban cómo había conocido a su marido, no titubeaba en responder, incluso a un buen amigo: «No me acuerdo». En una ocasión, cuando Nabokov comenzó a revelarle a un estudioso americano cómo se habían conocido, Vera interrumpió la historia de su marido con una virulenta pregunta: «¨De dónde es usted, de la KGB?» Otras esposas han sido exiliadas de los libros de historia; esta se exilió enérgicamente a sí misma.
No hay necesidad de elaborar sobre los correlatos ficticios porque, primero, mientras nos ocupamos activamente de encontrar a Vera en las novelas, tenemos la impresionante versión de él en sus cartas. Y en la vida misma, Nabokov era de muchas maneras su propia contraparte fictiva. Como advirtió uno de sus editores favoritos: «Es una idea falsa imaginar que existe un Nabokov real». Se inventaba a sí mismo, estaba constantemente imitándose, era tanto en la vida como en el papel un actor actuando, un conspirador conspirando. Y el acto del mago, a medida que se desarrollaba con los años, necesitaba de una asistente.
El resentimiento hacia la señora Nabokov se acumuló en igual proporción que la mística. ¨Quién era esta Aguila Gris en la sala, se preguntaban los estudiantes, mientras que los miembros de la facultad – muy conscientes de que Nabokov no había sacado el doctorado, no tenía estudiantes graduados ni mechones y, hacia los años cincuenta, sí tenía matrículas altamente envidiables – se irritaban con la rutina del marido y su esposa. Cuando Nabokov fue considerado para una ocupación en otro lugar – y él buscó otra colocación durante un año después de llegar a Cornell -, un ex colega puso freno a la idea, diciendo: «No se preocupen de contratarlo; su esposa lo hace todo».
Nabokov no hizo nada para contener este tipo de insolencias. Le dijo a sus estudiantes que Ph.D. quería decir ‘Departamento de filisteos’. Pasaba sus horas de recibo a Vera. E incluso se tomaba sus propias y buenas actuaciones de manera displicente. Cuando un amigo insistió en asistir a una de sus lecturas, Nabokov concedió, diciendo: «Bien, si insistes en tu masoquismo». Sus colegas se sentían celosos de su cantidad de estudiantes, desconcertados por su cazamariposas, atónitos ante la lealtad de la esposa. En esto último se hacían eco de Edmund Wilson, que odiaba que ella se metiera en los exámenes y su devoción. En su diario, Wilson se quejó: «Vera está siempre de lado de Volodya y uno la siente erizarse de hostilidad si, en su presencia, uno está en desacuerdo con él». A las esposas de otros escritores se les ha preguntado a bocajarro porqué no podían parecerse más a Vera, que era considerada el patrón oro, la Campeona Internacional del Concurso Esposa-de-Escritor, como dijo el novelista Herbert Gold.

 

SE HA DICHO QUE LOS NABOKOVS HICIERON de su matrimonio una obra de arte. Más exactamente, su matrimonio fue refinado por el arte del trabajo. La correspondencia editorial comenzó a aumentar después de la aparición de ‘Lolita’, cuando la señora Nabokov debió escribir cuatro cartas diarias a un solo editor. «Le escribí hoy, pero Vladimir me pide que lo haga otra vez», comenzaba una nota dirigida a Putnam’s en 1958. Muchas de esas cartas estaban apiladas como un helado napolitano: en inglés, en francés, en ruso. La máquina de escribir iba a todas partes, no para él sino para ella. No hay ninguna evidencia de que hayan salido alguna vez de vacaciones. Dmitri Nabokov observó: «El tiempo de atención que podía dedicar a la entretención pura, era muy limitado». A mediados de los años sesenta, cuando los Nabokovs se encontraban viajando por Italia, ella negociaba una cláusula en el contrato con Putnam’s en cada ciudad. Después de ‘Lolita’, el Nabokov público, la voz de Nabokov era Vera Nabokov. El estudiante que mencionó que ella era ventrílocua no estaba muy lejos de la verdad.
Cuando Nabokov quiso tener información sobre la versión fílmica de ‘Lolita’, le escribió a Stanley Kubrick varias veces. Vera firmó una carta: «Vladimir me pide que le diga que le alegraría hablar con usted, provisto que no le moleste que él hable a través de mí». Por alguna razón, VN se sintió obligado a escribir él mismo, o como si fuese él mismo: «Me gustaría hablar con usted, pero odio las conversaciones por teléfono, especialmente si son de larga distancia. Si usted habla con mi esposa, yo estaré a su lado durante la conversación». Nabokov raramente atendía el teléfono.
Se rumoreaba que su esposa lo tenía como rehén.
¨Cómo se sentía ella en esta situación? Se excusaba ante los amigos por el retraso en responder, pero rara vez permitió que las disculpas se transformaran en un tema. Así se la ve en 1963, tan cerca del borde como parece haberse aventurado: «Estoy completamente agotada con las cartas de Vladimir (quiero decir, con las que recibe y yo debo responder) y no se trata solamente del trabajo físico sino también de que quiere que yo tome todas las decisiones, que me exigen más tiempo aún que el pasar a máquina. Incluso cuando Dmitri era un bebé aún, tenía más tiempo de ocio que ahora. No creas que me quejo, pero no quiero que pienses que soy descuidada». Ella habitualmente enfatizaba lo poco calificada que estaba para el trabajo. Justo después de la publicación de ‘Lolita’, le escribió a un amigo acerca de la insoportable presión del trabajo – especialmente, dijo, porque su marido se negaba a mostrar el menor interés en sus propios negocios. «Además, no soy de ninguna manera una madame Sevigné, y escribir diez a quince cartas al día me deja exhausta».
Veinticinco años más tarde, después de que no había cambiado nada excepto la cantidad de trabajo, le dijo al mismo amigo que ella era una muy mala escritora de cartas, lo había sido toda la vida, pero que sin embargo en los últimos treinta o cuarenta años de su vida no había hecho otra cosa. Con un poco de pena, reconoció en determinado momento que todos sus nietos eran de letras. Pero se dedicaba a ellos con meticulosa atención. Pasaban los años y ella cada vez trabajaba más duramente. Corrigió la versión alemana de ‘Speak, Memory’, la francesa de ‘Strong Opinions’, la poesía de Nabokov en italiano, y comenzó a traducir ‘Pale Fire’ al ruso, después de la muerte de su marido. La última traducción fue difícil, le escribió a algunos amigos, pero a los ochenta años se sentía sola y mal de salud, y el trabajo la hacía feliz. Ese año, calculó ella para sus abogados, trabajó seis horas al día respondiendo la correspondencia, en negociaciones y en traducciones. Poca gente se ha dado cuenta de lo mucho que trabajó. A comienzos de los años setenta, el crítico literario Alfred Appel le dio un consejo: «No tienes que pedir excusas por atrasarte con la correspondencia de VN. Hay sólo una solución. Haz una huelga exigiendo mejores horarios y condiciones de trabajo.
Manifiéstate frente al Montreux Palace – el hotel que era su hogar en Suiza – con una pancarta, diciendo algo como ‘VN es injusto con los servicios auxiliares’. Seguro que surtirá algún efecto».
Por supuesto, ella no hizo nada de esto; las cartas personales están, en cambio, llenas de preocupación acerca de lo duro que está trabajando Nabokov, de lo difícil que es convencerlo de que descanse. Y ella estaba altamente calificada para el trabajo. Su ruso era, según su marido, «estupendo»; su memoria poética excepcional (entre otras muchas cosas, se sabía de memoria ‘Eugene Onegin’ y prácticamente toda la poesía de Nabokov); y era sumamente sensible a las frases bien hechas; parecía empecinada en vivir una vida fuera de la suya propia. Era el ayuda-de-campo ideal en la guerra contra el snobismo. Como Nabokov, era sinestésica, que en el caso de ambos quería decir la habilidad de ver y visualizar letras y sonidos en color. Fue una opción de esposa tan perfectamente lógica para Nabokov que el hecho de que se hubiera casado con ella por otra cosa que por razones prácticas era fácilmente pasado por alto. Compartía con su marido el cuidado por el detalle: en su diario de vida, Nabokov citaba frecuentemente sus oportunas y poéticas observaciones. Pocos vieron este lado de ella. Ella no mostraba su encanto en el papel; uno tenía que ganar primero su confianza antes de poder presenciar su humor, su ternura, sus ágiles giros lingüísticos. (Durante una visita que hicieron con unos amigos al Montreux Palace, Nabokov quiso poner azúcar a su café pero la volcó fuera de la taza. Vera le informó, con agudeza: «Querido, te acabas de azucarar los zapatos». Más a menudo, la gente sólo vio a la dura partidista, luchando por reconocimiento literario en un mundo de filisteos. No parece haberse dado cuenta de la mala voluntad de la gente, de su reputación matahari. Si sabía que una mujer vergonzosa, reservada hasta lo enfermizo y altamente honesta podía resultar irritable, distante e intransigente, no parece que le haya importado. La perfecta asistente del mago, podía ser aserruchada en dos sin perder ni la compostura ni la dignidad.
Su abogado se impresionó cuando – en el penumbroso bar del Pierre Hotel en 1967 – ella acosó al editor americano de su marido para que accediera a concesiones sin precedente. Lo hizo sin decir una palabra. El mismo abogado pensó que era casi una clarividente cuando ella insistió en aumentos por razón del costo de la vida en los contratos de su marido – aumentos que luego probaron ser altamente provechosos. El abogado no había estado en San Petersburgo ni en Berlín en los años veinte; la señora Nabokov sí.
Estaba acostumbrada a tocar fondo. En Nabokov marcó su obra; a ella le formó la personalidad.
Sus frustraciones eran las de vivir una vida metódica en un mundo desordenado, de producir textos perfectamente mecanografiados en un universo donde los tipógrafos son humanos. Juzgaba a la gente – y sobre todo a ella misma – de acuerdo a las normas de la literatura de su marido: normas que pocos de nosotros, y menos los editores, pueden satisfacer. Ella y Dmitri le dieron a Nabokov lo que el mundo había tratado de quitarle: estabilidad, privacidad y un ambiente de gusto europeo, de humor original, de opiniones fuertes y de un ruso exquisito e incorrompido. Durante muchos años, Nabokov fue un tesoro literario en busca de una nación; Vera fue algo así como el país en el cual él vivió. Juntos, ocuparon un reino aislado propio, el tipo de mundo de fuera de este mundo en el que los personajes de Nabokov a menudo encontraban solaz.
«Inseparables y autosuficientes, ellos dos forman una multitud», observó un antiguo estudiante de Cornell. ¨Qué podría haber sido más desorientador que esa larga serie de casas alquiladas en Ithaca, de gatos alquilados, de vajilla alquilada y fotos de familia alquiladas? No sorprende que Nabokov haya tratado todo esto como si no fuera real. Y lo era. Le gustaba insistir en su aislamiento, para probar que había sido la quimera de otro. Cuando un biógrafo le presentó una lista con la gente que esperaba entrevistar, Nabokov agregó algunas observaciones. Las notas dicen: «Le caigo mal / apenas lo conozco / un enemigo / lo conozco muy poco / desconocido / lo conozco apenas / no estoy seguro de conocerlo / nunca le vi / desconocido / un primo / un hombre con una gran imaginación, que me vio en 1916 la última vez / un producto de su imaginación».
Volvamos brevemente a la sala de clases de Cornell. Nunca sabremos exactamente qué estaba haciendo allí la señora Nabokov, tal como no sabremos nunca cuál era el papagayo de Flaubert. (Ella poseía un arma, pero no hay evidencias de que la haya portado consigo a clases; Nabokov gozaba en general de buena salud y no era alérgico a la tiza. Ella era una enciclopedia, pero también lo era él). Un indicio de una respuesta quizás se encuentre en ‘Bachmann’, un cuento de 1924. La estelar carrera del pianista Bachmann comienza el primer día en que su admiradora, la señora Perov, se sienta «muy recta y bien peinada» en la primera fila de uno de sus conciertos. Y termina la primera noche en que ella no aparece, cuando, después de sentarse al piano, él se da cuenta de que hay una butaca vacía en la primera fila. Un cornelliano parece apreciar el secreto de Bachmann al recordar las actuaciones del profesor Nabokov. «Era como si dictara la clase para ella», caviló el estudiante. Nabokov decía que la mejor audiencia que un artista puede imaginar es «un cuarto lleno de gente llevando la misma máscara que él». Refiriéndose a la señora Nabokov, le dijo a un entrevistador: «Ella y yo somos mi mejor audiencia. Debería decir, mi principal audiencia». ¨Para quién pudo haber estado escribiendo ese día en Cornell cuando apuntó en la pizarra los nombres de los cinco más grandes poetas rusos? Incluyó a alguien llamado Sirin, su propio pseudónimo de los años transcurridos en Berlín. «¨Quién es Sirin?», preguntó un estudiante intrépido. «Ah, Sirin. Voy a leer algo de él», dijo Nabokov, sin inmutarse y sin más explicación. Una mañana particularmente obscura en Ithaca, Nabokov comenzó a dictar clases en la obscuridad. A los pocos minutos, Vera se levantó de su silla en la primera fila para encender las luces del anfiteatro. Cuando lo estaba haciendo, una beatífica sonrisa apareció en el rostro de Nabokov. «Señoras y señores», dijo, gesticulando orgullosamente: «Mi asistente».
Probablemente la persona que más trataba de hacerse invisible – ante él – era la más visible. Seguramente ella lo sabía. Nadie parece haberse atrevido a preguntarle si se sentía oprimida, eclipsada o, igualmente, fundamental, indispensable, una compañera creativa. Ella estaba demasiado ocupada en desviar la atención de sí misma como para que alguien hubiese tenido oportunidad de preguntarle. Cuanto menos me menciones, le dijo a un biógrafo, más cerca estarás de la verdad. Elevó el Ser la Señora Nabokov a una ciencia y un arte, pero pretendía que esa persona no había existido nunca. Sentía claramente que estaba, no a la sombra de su marido, sino a su luz. Cuando lo vio la primera vez, pensaba que él era el más grande escritor de su generación; y a esa simple verdad se mantuvo leal por sesenta y seis años, como si quisiera compensar todas las pérdidas y agitación, los accidentes de la historia. Un colega de Cornell observó en un artículo que cuando la señora Nabokov se veía obligada a leer las conferencias de su marido, no modificaba ni una palabra. En los márgenes, sin embargo, la señora Nabokov lo reprendía. ­Por cierto, ella no había cambiado una sílaba! ¨No había comprendido aún que una conferencia era una obra de arte?
Un admirador americano encontró a los Nabokov en Italia, en 1967.
Estaban bajando por el sendero de una montaña, con cazamariposas en las manos. Nabokov estaba radiante; antes en ese mismo día había avistado un especimen raro, precisamente el que había estado buscando. Y había vuelto a casa a buscar a Vera. Quería que ella estuviera con él cuando lo capturara.

Stacy Schiff

Copyright ©The New Yorker/Traducción Claudio Lisperguer

UN EXPONENTE DEL REALISMO ALEMÁN

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por Anna Rossell
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Theodor Fontane, Jenny Treibel,
Traducción y notas de Constanza Pelechá Vela
Erasmus Ediciones, Barcelona, 2012, 198 págs.
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Fontane (Neuruppin –alemania-, 1819- Berlín, 1898), autor clásico del realismo alemán -comparable a nuestro Leopoldo Alas-, que concebía la novela como una forma de retratar su tiempo, nos ha legado con su vastísima obra narrativa un documento vivo y matizado de los ambientes que él frecuentó y conoció bien: los de la nobleza de Brandemburgo y la burguesía berlinesa. Agudo observador y magistral narrador, autor de numerosísimas novelas y relatos, libros de viaje, poesías, biografías y dramas, así como de artículos periodísticos, su mirada escrutadora sabe dibujar con precisión personajes bien diferenciados que cobran vida con todos los repliegues de su carácter. Pero el ojo penetrante de Fontane no se limita a la mera descripción aséptica. La voz narradora se manifiesta distante y crítica y esta actitud confiere a sus textos el carácter de afinado retrato social de su tiempo, de la ya decadente nobleza –en «Effi Briest» (1896), por ejemplo, la novela que en justicia le dio fama internacional- y la pujante burguesía, caracterizada por una ausencia absoluta de identidad. Así Fontane, que como buen representante del realismo tiende a la narración neutral y desapasionada, aprovecha conscientemente la clara imposibilidad de este supuesto teórico para colar su finísima ironía en los matices y dejar sutil constancia de su posicionamiento.

Publicada tres años antes que «Effi Briest», su más afamada novela, «Frau Jenny Treibel» (1893), como reza el título original y que como tantas otras de sus novelas lleva sintomáticamente un nombre de mujer – «Grete Minde», «L’Adultera», «Cécile», «Stine», «Frau Jenny Treibel», «Effi Briest», «Mathilde Möhring»-, se despacha a gusto con la burguesía berlinesa contemporánea. Jenny Treibel, en torno a la cual gira la acción, es una mujer arribista de origen humilde que contrae matrimonio con el rico propietario de una fábrica de pigmento, del significativamente llamado azul de Prusia –también conocido como berlinés). Su ambición la lleva a olvidar sus orígenes y a hacer lo necesario para casar a sus dos hijos con el fin de escalar socialmente. Este objetivo, que conduce toda su vida, la lleva a comportarse contradictoriamente hasta tal punto que a menudo raya en el ridículo con sus supuestas aspiraciones de teatral espiritualidad idealista y su prosaico y material pragmatismo. Si bien la protagonista representa claramente para el autor el paradigma de la clase burguesa, de sus dardos envenenados no se salva (casi) nadie: también el potentado marido de Jenny, que en un principio presenta una cara más humana y coherente, persigue a su vez el ascenso social buscando escalar a toda costa en la política y cediendo sin resistencia a los propósitos casamenteros de su esposa.

Fontane hace distinción entre la burguesía adinerada y la intelectual en cuanto a los campos de interés y el modo de actuar de cada cual, reflejados magistralmente en los diálogos, pero esta distinción no le sirve a esta última para salir mejor parada, lo cual se refleja en algunos de los apellidos que Fontane elije para ella, claramente satirizantes e hilarantes. Frecuentes expresiones francesas e inglesas en boca de los personajes subrayan la hipocresía de una falsa erudición y la falta de una identidad propia en aras de un supuesto refinamiento social. Si alguien se salva de la quema es el profesor Schmidt, quien, con todo, está también inmerso en el ambiente y frecuenta tertulias literarias con sus poco deseables compañeros de profesión. Pero sobre todo la Señora Schmolke, el ama de llaves de éste, una mujer llana, directa y de buen corazón, la única que manifiesta un sentido común sin complicaciones en claro contraste con la sociedad que la rodea, de la que ella no forma parte. Muy útiles son las notas aclaratorias incorporadas por la traductora a pie de página, claves para conducir al lector por la historia cultural alemana del siglo XIX. Del autor están traducidos en España, además, «La adúltera», «Effi Briest», «El Stechlin», «La mujer y el amor», «Errores y extravíos», «Cécile», «Bajo el peral», «Grete Minde», «Irreversible», «Mathilde Möhring» y «La elección del capitán von Schach».

© Anna Rossell

http://annarossell.blogspot.com.es/

Uso correcto del verbo «abochornar»

Causar bochorno el excesivo calor (trans.).

a ) «Y tratándome como á alma condenada me abochornaban los tuétanos y me escaldaban las pajarillas.»Esteb. Gonz. fol. 357 (Dicc. Autor.) «Convertiréme en ceniza, ½ Pues tus soles me abochornan.» Quev. Musa 6, rom. 2 (R. 69. 1541).

a ) Part. «Como el diablo, del cielo ½ Huyendo, á la tierra baja [el agua], ½ El invierno tiritando ½ Y el verano abuchornada.» Alarcón, El semejante á si mismo, 1. 1 (R. 20. 641). <a

«Una bermejuela abuchornada de rizos, y con más colores que barba teñida, dijo: Ya sé lo que es, venga el libro.» Quev. Perinola (R. 48. 4642).

met. Sonrojar (trans.).

— a ) Me abochornó con su indiscreción. «Mas conviene ½ Que el acreedor sea cócora,½ — Y que allí los acometa½ Donde más los abochorna.» Bretón, Me voy de Madrid, 3. 4 (2. 69).

a ) Part. «¡Con qué amor, con qué frescura ½ Que pone en el alameda ½ De la esperanza los pies½ Y el alma! Pero después, ½ ¡Qué abochornado se queda!» Lope, Los milagros del desprecio, 1. 4 (R. 34. 2362).

— b ) Refl. «Que yo también me atufo y me abochorno.» Rojas, Entre bobos anda el juego, 1 (R. 54. 213).

a ) Con de, para expresar el origen del sonrojo. «Tanto me abochorné de oírle semejante proposición, que se podían cocer dos panes en mis carrillos.» Pícara Justina, fol. 122 (Dicc. Autor.). «Me abochorno de pensar ½ Lo que él puede imaginar ½ Y lo que hablará la gente.» A Saav. Tanto vales cuanto tienes, 3. 8 (4. 84). <a

«Tu corazón afectuoso ½ Recompensa con usura½ Esos que yo me abochorno ½ De oírte llamar servicios.» Bretón, El amigo mártir (2. 114).

«Otorgó Alfonso el juramento con otros vasallos suyos, y repitióse otra vez; mudándosele en ambas el color al rey, ya abochornado de la sospecha, ya indignado del atrevimiento.» — b b ) Con por, para expresar la causa del sonrojo. «Abochornarse por algo.» Acad. Gram.

Compuesto de á y bochorno. Nótese en Alarcón y Quevedo la forma abuchornar, en que la u originaria subsiste gracias á la simpatía de las dos labiales b u.

Del diccionario Cuervo.

Cincuenta sombras de Grey_E. L. James

Revelada como best seller del momento, la trilogía de E. L James, se inicia con este libro. Vendida como estandarte de novela erótica y literatura destinada a mujeres, se ha hecho un hueco inmerecido, a mi parecer, en los estantes de librerías y hogares de medio  mundo.

Una joven universitaria se prenda de un apuesto y acaudalado empresario. Dadas las inclinaciones sado masoquistas del guaperas en cuestión, la muchacha, además de prendada, se ve prendida por el protagonista. Desde las primeras citas y encuentros donde se marca  la sumisión y el ansia de dominación de este caballero, se va avanzando a una parte más amable donde es el amor el que va surgiendo para suavizar tanto las prácticas sexuales, como el pensamiento del joven. Fin de la historia.

En definitiva, es un producto, un mal producto,  que se queda a medias entre un folletín amoroso de principios de siglo y un quiero y no puedo en el género erótico.

El contenido es simple y la forma lo es aún más. Sin embargo, millones de personas se han lanzado a la lectura no de uno, sino de tres libros, para conocer la historia completa. Algo debe de tener pues…, o bien el mérito lo obtiene íntegramente el marketing realizado.

A propósito del mismo, las dudas que me asaltan al proclamarlo como literatura para mujeres, son tan grandes que me han ocupado más tiempo que la lectura del propio libro. Al ser para mujeres, ¿dicen que lo nuestro es la literatura simple, sin forma ni contenido, y aquello de más enjundia se reserva para los varones, con más altas inclinaciones literarias e intelectuales, como de todos es sabido?, ¿acaso las mujeres sólo leemos literatura erótica descafeinada o nos escandalizaríamos y sólo los hombres pueden enfrentarse a un buena narrativa erótica?.

Perdón por las diatribas irónicas que me ha causado este libro, le dan más importancia de la que tiene y consiguen lo que se pretende, que se hable de él. La literatura, la buena literatura, es universal y no sexista, por lo tanto, la mala literatura también.

ENTRE LA NOVELA Y LA HISTORIA

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Stella Manaut, Enamorada de un cura comunista.
Desde Alfonso XIII al exilio mexicano,
pasando por la URSS y los Niños de la Guerra

Carena Editors S.L., Valencia, 2012, 214 págs.
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por Anna Rossell
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Siempre es un gozo contar con una obra de la que podemos decir que contribuye a mantener viva nuestra memoria histórica, pues los acontecimientos traumáticos de una sociedad exigen un proceso de duelo y de digestión que raras veces se hace como se debiera, precisamente cuando las partes implicadas o sus descendientes directos viven aún y remover el pasado supone para ellas enfrentarse a sentimientos de dolor o de culpa. Sin embargo enfrentarse a los hechos, conocerlos y, sobre todo, reconocerlos es un ejercicio conveniente de catarsis para los antiguos frentes, una necesidad que hace posible el análisis de los errores que condujeron a aquellas situaciones críticas y con ello hace también posible evitar caer de nuevo en ellos, hace posible la reconciliación, al tiempo que lega a las generaciones jóvenes el conocimiento más sereno y objetivo de los hechos.

Por este motivo cumple dar la bienvenida a un libro como el que hoy tengo el gusto de presentarles, la novela que Stella Manaut ha construido basada en hechos y personajes reales, como ella dice “un reconocimiento hacia aquellas mujeres luchadoras que, en una etapa tan difícil de la historia de España como es la de los primeros años del siglo XX, fueron capaces de defender sus derechos, estudiar y amar en libertad”.

Enamorada de un cura comunista. Desde Alfonso XIII al exilio mexicano, pasando por la URSS y los Niños de la Guerra, como reza el título, recoge la historia de España desde principios del siglo XX, aquellos años en que empezó a forjarse la España actual. El título y, sobre todo, el subtítulo anuncian ya los momentos en los que la autora hace hincapié. Así la novela nos ofrece una amplia panorámica de la convulsa historia española más reciente: con mirada retrospectiva hacia la Primera República, la Dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, el golpe franquista, la Guerra Civil, el envío de niños de familias republicanas a la Unión Soviética, el exilio de los vencidos, el regreso…

Como la propia autora nos informa en el epílogo, la mayor parte de los personajes de la novela son reales –llevan su propio nombre y apellido- y lo son también en lo esencial los hechos narrados. Stella Manaut los conoce bien, a unos y a otros. Porque Manaut glosa en la novela el devenir de una mujer de su familia, una tía suya, por la que la narradora profesa claramente una profunda admiración. Con empatía evidente y el conocimiento que su tía y su propia madre le dejaron de los acontecimientos Stella Manaut construye un edificio ficticio en el que hará encajar la realidad histórica:
Josefina Roca –que así se llama la protagonista-, interna en un geriátrico de un pueblo catalán que sabe su última morada, es consciente de que ha vivido cuanto hubiera de vivir y de que lo ha hecho intensamente. A su avanzada edad y en la soledad de su internamiento en hogar de ancianos lo único que la aferra aún a la vida son sus recuerdos, los sucesos que la marcaron y la sostienen, acontecimientos de unos tiempos difíciles y convulsos que reclamaban de sus protagonistas –mucho más aún si eran mujeres- un posicionamiento claro y exigían definición y madurez. Así Josefina deja de ser una única mujer para pasar a ser un prototipo determinado de mujer de su tiempo: aquella a la que tocó abrir el camino en la lucha de la mujer por sus derechos, unos derechos de los que ella sabía que conllevaban deberes y responsabilidades y que nunca los rehuyó. Por lo mismo esta novela no es únicamente un homenaje a una excepcional mujer, sino a todas las mujeres que, como ella y con ella, asumieron en España la ardua tarea de abordar su vida como ciudadanas de pleno derecho cuando la historia les ofreció un resquicio para intentarlo.

El armazón de la novela parte de esta situación en el geriátrico y de la soledad de Josefina Roca que la lleva a rememorar su vida. La motivación para ello se la brinda la idea de escribir sus recuerdos en una libreta de notas que más tarde alguien pueda encontrar y publicar. Éste es el marco ficticio de la narración.
Así la novela está escrita teniendo en cuenta a un supuesto futuro lector, al que Josefina se dirige de vez en cuando; todo ello condiciona y marca el estilo narrativo, que alterna diferentes registros: la descripción de los sucesos históricos con carácter de crónica “objetiva” con el relato de la vida personal de la protagonista en los momentos históricos concretos y con los comentarios y reflexiones que Josefina aporta desde la actualidad de su escritura, que la autora marca con letra cursiva para distinguir los dos tiempos: el pasado y el presente, y en los que se invoca y se involucra directamente al lector.

La autora opta con decisión por mantener estos registros bien separados probablemente porque su intención es también documental y quiere darle a su obra el sello inconfundible de documento: la novela no está escrita en un único registro en que los hechos históricos pudieran desprenderse indirectamente de la vida de los personajes, sino que Manaut decide describir, aparte, primero el marco histórico, como tal, antes de pasar a continuación a glosar cada momento concreto de la vida de la protagonista, como si necesitara de este marco aclaratorio para que se comprendan en toda su profunda dimensión los retazos vitales de los personajes que el lector habrá de situar mejor después, como si no quisiera perder nunca de vista la importancia que las situaciones socio-políticas tienen para la cotidianidad de los individuos, en su devenir y en su destino. Ello se hace patente a través de lo que se desprende de los títulos de los capítulos, que rezan, por ejemplo: Breve resumen de la Revolución Rusa. Primera parte, al que siguen los títulos Mi vida en la URSS, Breve resumen de la Revolución Rusa. Segunda parte y, a continuación, ¡Por fin llega el permiso para viajar! Me voy a la “Casa nº 5”. Llego a París. Y así sucesivamente.

Esta voluntad de cronista, la de escribir un documento histórico -dirigido tanto a quienes lo protagonizaron como a las generaciones futuras a las que la autora desea dejar un legado- queda subrayada también por el hecho de que Stella Manaut escribe un epílogo en el que nos aclara el cómo y el por qué de la novela y cuyos epígrafes evidencian esta intención. Estos epígrafes son: La verdad, solo la verdad y nada más que la verdad. Devenir de los principales personajes. Familia de Manaut en México y Hablemos, ahora de los demás personajes reales. A esto la autora añade alguna bibliografía –una página- de la que ella ha echado mano para documentarse. Sin embargo se echa en falta la inclusión de más obras de historia española que aborden las diferentes etapas que trata la novela. Y recomiendo mucho su inclusión en una futura segunda edición, pues quien lea esta novela de Stella Manaut habrá de interesarse no sólo por la literatura, sino por la historia de la España de este período. El libro capta al lector por los dos aspectos: el literario y el histórico y suscita avidez de saber más de esta etapa, de la que lamentablemente poco se enseña en nuestras escuelas y que es un deber rescatar del olvido.

© Anna Rossell