DESENMASCARAR LA CONSCIENCIA

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Ödön von Horváth, El eterno pequeñoburgués. Novela edificante en tres partes.
Trad. de Isabel García Adánez,
Marbot Ediciones, Barcelona, 2012, 218 págs.
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por Anna Rossell

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Un acierto la publicación de esta novela de Ödön von Horváth (Fiume –hoy Rijeka-, 1901/París, 1938), autor austrohúngaro de expresión alemana. Sobre todo porque es la pieza que le faltaba al lector español para disponer al completo de lo que nació como una trilogía, de la que El eterno pequeñoburgués, que vio la luz en 1930, es el primer volumen –el sello Espasa había publicado en 2001 y 2002 los otros dos: Juventud sin Dios y Un hijo de nuestro tiempo-. Horváth, que se dio a conocer en los años veinte del siglo pasado como prolífico dramaturgo, dejó sólo cuatro novelas, escritas en los últimos años de su vida, y nos legó con ellas en clave de ficción un documento del ascenso del nacionalsocialismo al poder.

Horváth nunca se afilió a ningún partido político, pero simpatizaba con la izquierda y supo reconocer como pocos los síntomas sociales que propiciaron el caldo de cultivo en el que iba fraguando el nazismo. Él, que había cursado en Múnich estudios en sicología, literatura, teatro y arte, supo captar la sicología de la desclasada clase media emergente, que con su actitud haría posible el proyecto de Hitler. La obra de Horváth, en su conjunto, es una afilada crítica político-social de su tiempo a través de un amplísimo abanico de representantes de la pequeña burguesía. Sus personajes son individuos alienados, casi siempre pobres diablos sin conciencia ellos y seres indefensos ellas, atrapados bajo la opresora mano patriarcal a la que no consiguen sustraerse y a la que a menudo hacen el juego. Horváth, que conocía la obra Die Angestellten –Los asalariados-, del sociólogo Siegfried Kracauer, se propuso retratar a través de sus protagonistas con ojo experto y aguda observación sicológica una sociedad en la que podía medrar y medró cualquier política. A este fin adaptó un subgénero teatral ya existente, especialmente útil a su intención, el Volksstück –pieza de tendencia trivial y gusto popular con protagonistas de raigambre popular-, que él subvirtió, poniendo en boca de sus figuras lo que denominó el Bildungsjargon, una jerga pseudocultivada para desenmascarar la verdadera conciencia de los personajes. Nada de esto se echa en falta en El eterno pequeñoburgués. Ya el título es programático en su intención caracterizadora de un prototipo y el subtítulo, Novela edificante en tres partes, anuncia el registro irónicamente punzante y caricaturesco. Las que en principio estaban concebidas como tres historias independientes –la del señor Kobler, la de la señorita Pollinger y la del señor Reithofer- se nos presentan unidas en una para ofrecer al lector un espectro matizado de caracteres y subrayar el ademán generalizador. Se pierden en la traducción -como bien señala Isabel García en la introducción- las connotaciones que sugiere el sociolecto en que Horváth hacía hablar a sus personajes –elemento también esencial del Volksstück- y la que contiene la palabra alemana Spießer del título original –Der ewige Spießer-, que alude a una actitud más que a una clase social y que en español pudiera recoger mejor el término filisteo, pero la novela sigue conservando su fuerza y su voluntad de ácida delación. Horváth construye su crónica, que transcurre en 1929, principalmente sobre estos tres caracteres: el bobo y egoísta Kobler, vendedor de coches usados, estafador nato y arribista, que viaja a la exposición universal de Barcelona a la caza de alguna millonaria que lo mantenga, su amiga Pollinger, modista, que siguiendo su consejo se vuelve práctica y se hace prostituta, y el señor Reithofer, quien en un arranque de filantropía la devuelve a la vida honrada consiguiéndole por amiguismo un trabajo de costurera. La novela está escrita en un registro extremadamente hilarante de denuncia, los personajes, de trazo caricaturesco, son con todo a buen seguro más realistas de lo que a primera vista pudieran parecer. Del teatro del autor, que en España llegó a algunos escenarios en los ochenta, se han traducido Historias de los bosques de Viena. El divorcio de Fígaro (Cátedra, 2008), en español, y, en catalán, Amor, fe, esperança (Arola, 2007).

© Anna Rossell

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La ceremonia del adiós, de Simone de Beauvoir

La real, la dura y misma vida real. Ese es el argumento único del escrito que se inicia allá por 1970 y finaliza a la muerte del filósofo Jean Paul Sartre.

En primera persona, Simone de Beauvoir nos cuenta una etapa de su vida, salpicada de anécdotas, viajes y entrevelados amores a dos e, incluso, tres bandas.

El hilo conductor del texto es el declive físico e intelectual de Sartre, su gran amante, amor y amigo; declive vivido con rabia, con desesperación y, finalmente con lo único que cabe, con cierta resignación.

Mientras se desgrana el lento avance de la enfermedad y sus secuelas, ella nos habla de la relación que existe entre ellos, esa comunión íntima que comienza cuando se conocen en La Sorbona en 1929, y cómo esa relación determina la que tienen con los demás; la devoción absoluta de Simone hacia ese hombre poco agraciado, pero tremendamente atractivo para ella.

Sentimos el espíritu luchador de un hombre que trabajó en sus proyectos hasta sus últimos días, que no se resignó a dejarse morir; y sentimos cómo una mujer, de una altura intelectual similar, luchó con toda su alma por hacerle más fácil el último tramo del camino.

El existencialismo descarnado de su obra, llevado a la única máxima real que conocemos: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es: ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo”.

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Los perros de Riga_Henning Mankell

Dos cadáveres dentro de un bote salvavidas – curiosa ironía -, aparecen frente a la costa de Estocolmo.

Así da comienzo la historia que narra esta novela, en la que se verán envueltos el Comisario Kurt Wallander y el Mayor Karlis Liepa.

A partir de este hallazgo, el Comisario Wallander, de nacionalidad sueca, será el encargado del caso y se verá arrastrado por una serie de acontecimientos que van más allá de sus fronteras. En el desarrollo de sus investigaciones coincidirá con el Mayor Liepa, con el que traba una breve pero profunda amistad. De vuelta a Letonia, país de origen del Mayor Liepa, este es asesinado.

Wallander se desplaza, entonces, a Riga, donde se desarrolla la mayor parte de la trama. Será allí donde se descubra en su propia soledad, donde se cuestione el sentido de la vida, donde reconozca los síntomas de un nuevo enamoramiento y donde sus convicciones y principios comenzarán a tambalearse.

Paralela a la trama policíaca, sin grandes logros literarios, se esconde el planteamiento de cuestiones político-sociales. El autor busca apuntar, que no profundizar, sobre temas tan espinosos como el control del Estado o la conculcación de los derechos civiles en las antiguas repúblicas soviéticas.

Entretenido y de fácil lectura.

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El Golem (Gustav Meyrink). Literatura alemana de ambiente checo

El Golem, de Gustav Meyrink

Una de las grandes novelas del género, obra de un autor checo que escribe a medio camino entre el terror, la metafísica, la filosofía y el costumbrismo de lo marginal en la Praga judía del siglo XIX. El resultado parece un poco confuso, pero si se acerca uno a este libro con espíritu abierto se convierte en una obra inolvidable en la que siempore se puede encontrar un nuevo punto de vistano observado antes.

 

Me siento raro después de leer este libro. En parte porqué he estado renegando de él durante buena parte de su lectura., creyendo que estaba perdiendo el tiempo. Ahora que lo he finalizado, creo que no es un gran libro, pero tiene algo extraño, algo turbio, algo de mágico que me hace replantear esta valoración inicial.

 

Parte de esta culpa es debido a la pésima contraportada de la edición que he leído donde te propone una novela de terror que se basa en los mitos judíos sobre la creación de un hombre de barro en la praga de comienzos del siglo XX. Esto es falso: la novela es más sugerente que eso, más metafísica y espiritual que una serie de aventuras con un hombre de barro que recorre las calles de Praga (cosa que no sucede en ningún momento). Nos hallamos ante una novela que te estimula, que te da ideas, que te sugiere pero que deja el resto para tu imaginación.

 

Me gusta el lenguaje que utiliza el autor pero no su capacidad organizativa: la novela es un caos donde se mezclan desde discusiones de alto nivel sobre filosofía hasta tramas amorosas que solo hacen que lastrar la comprensión de esta. La obra es confusa y desestructurada, a menudo no sabes exáctamente qué está pasando, pero pese a ello… sigues leyendo.

 

Meyrink se saca personajes de la manga de sopetón, sin ser presentados, sin que sepas de donde han salido y a menudo son personajes que no aportan nada especial a la novela, trata temas dispersos y no se centra en los aspectos importantes. Pero pese a ello, notas que alguna cosa importante se te escapa…

 

Hay que decir, pero, que la obra está avanzada a su tiempo, con ideas innovadoras pero mal ubicadas, con pasajes magníficos pero que desembocan en confusión. Y también hay que añadir que me he encontrado con la sorpresa de que «El Golem» es una obra abierta, una obra que da pie a comentarios halagosos y a críticas despiadadas, una obra que no te deja indiferente pero que tampoco te llena, precisamente por la confusión y por la caótica propuesta argumental: Un hombre sin memoria pasada se ve afectado por una serie de fenómenos de carácter paranormal en el barrio judío de Praga, mientras otros sucesos muchos más físicos le van complicando la vida por momentos.

 

Se que es una presentación muy pobre, pero descifrar el argumento principal no es tan facil… hay que quedarse solo con la idea. Y la idea es el Golem como metáfora, no como monstruo físico.

 

Seguro que habría que leerla otra vez parta entender todo lo que nos propone el autor, quizás algun dia lo haré… por el momento necesito más tiempo para digerirla porqué puede que la próxima vez que lea esta obra, la acabe metiendo en lo más hondo de una oscura estantería donde quede olvidada… o la coloque en un sitio de honor entre mis libros preferidos.
Por lo pronto, y como lo gótico está más en la ambientación que en la historia en sí, me parece imprescindible para quien guste de frecuentar estos ambientes, tan querido a los románticos oscuros.

 

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UNA POESÍA CARGADA DE FUTURO

Sobras en una servilleta

Pepa Ortiz Moreno

Ed. Emboscall, Vic, 2008, 71 pp.
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La infantil metralla de tu lengua. Treinta y siete de-presiones menores

Pepa Ortiz

Ed. La Cabuda Cartonera, El Salvador, 64 pp.

Por Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com/

Para quien no haya leído sus poemarios diré que en la contraportada de sus dos libros de poemas, editados en papel, ella misma se presenta como sigue:

«pedagoga y poeta, las dos personalidades al mismo tiempo pero predomina más la de poeta. Tengo dos libros publicados Sobras en una servilleta (Editorial Emboscall, 2008) y La infantil metralla de tu lengua (Editorial la Cabuda Cartonera de El Salvador, 2010) y en ebook (Emooby, 2011). ‘Existe en la obra de esta poeta una clara intención comunicativa y de ahí los temas que aborda: el erotismo, la justicia social y la urbanidad’, afirma Eleazar Rivera, poeta salvadoreño. Durante 14 años trabajé en Salud Mental y recuerdo con ternura el taller de Escritura Creativa que llevé a cabo en el Hospital de Poble Sec. En la actualidad trabajo de maestra interina y el curso pasado llevé a cabo un taller de poesía para alumnos de tercero y cuarto de Primaria”.
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La poesía de Pepa Ortiz (Barcelona, 1972) no es una poesía más, ni es sencillamente buena poesía, la suya es una poesía extraordinaria, que permite intuir que detrás hay una personalidad humana extraordinaria. Y esto en el sentido más literal y etimológico de la palabra.

Porque las temáticas y el lenguaje poético que gasta Pepa son, a pesar de la juventud de la autora, lacerante testimonio de una existencia intensa, vivida a fondo y rastreada a fondo, una vida que no se lo pone fácil y que ella mira de cara, directamente a los ojos, recogiendo el guante del desafío que le propone. De la vida ella asume con valentía cualquier reto. Su poesía documenta su actitud firma ante cualquier situación -no rehúye ningún tema; todo la afecta, responde a todo, le importa todo, no pasa indiferente ante nada ni nada pasa que la deje a ella indiferente-. La temática de su poesía abarca la vida en todas sus facetas, como ella misma subraya dividiendo significativamente sus poemarios en tres partes: Sobras de amor, Sobras del yo y Sobras en sociedad (Sobras en una servilleta) y Primer acto –nosotros, ese barranco colectivo-, Segundo acto –los trámites de la ausencia- y Tercer acto –abriendo la imagen de la sima- (La infantil metralla de tu lengua. Treinta y siete de-presiones menores).

No, Pepa no es poeta de un solo aspecto de la vida; su poesía es sinónimo de la vida misma con toda su riqueza, con toda su crudeza. Sus poemas tratan -como algunos títulos avanzan claramente- desde aspectos familiares, íntimos y personales –Lucha, Mi padre, El devenir de un ronroneo (del poemario Sobras en una servilleta)-a temes socials de caire reivindicatiu o acusador –Armando una educación para la ciudadanía, Escuela cadàver, De pateras a las puertas de palacio, De tipos de rencor, Para zares de puño y letra de los cronopios, El General Mutilado, Oración del ateo… (del poemario Sobras en una servilleta)-, pasando por aquellos en que la atención del yo poético se dirije hacia las relaciones amorosas, eróticas o sexuales –Lo que supe de ti, Fuga de amor, En la cabaña, Tu ya no (del poemario La infantil metralla de tu lengua)- o nos ofrece a golpe de verso, como si disparara metralla, la radiogradfía de una sociedad deshumanizada donde el amor y la familia son valores en extinción y la solidad, las tarjetas de crédito y los centros comerciales valores al alza –Privatización del amor, Homo modernus (del poemario Sobras en una servilleta)-.

No es sencillo definir el lenguaje poético que emplea Pepa Ortiz, porque Pepa crea una lengua propia, inusitada, extraordinariamente original; su poesía irradia -como la propia autora- una personalidad imponente, lleva sello propio con mayúsculas.

Cada frase suena como una sentencia y -paradógicamente- no tiene nada de sentencioso, no tiene nada de pedante. La contundencia de sus aseveraciones emana de la convicción que otorga la experiencia vivida a fondo y por la piel, una piel extraordinariamente sensible a la percepción por minúsculo que sea el estímulo. Pero a pesar de la profunda subjetividad de la vivencia, Pepa tiene la cualidad de objetivar lo vivido y hacerlo universal. Sus vivencias le sirven para analizar, para diseccionar el mundo. Y lo hace a corte afilado de bisturí, de manera directa y sin ambages ni amortiguadores. Su mirada -vuelta objetiva- es crudamente analíotica, dice las cosas por su nombre y tal cual las percibe; la realidad es la que es, y habitualmente es dura. La voz poética es alérgica a los subterfugios y a las palabras dulces: salvo raras excepciones, de lo que habla no es de su deseo sino que habla de lo que ve y es. Y lo que ve y es es el mundo del siglo XXI, que no promete precisamente ser mejor que el del XX ni da señales de haber aprendido de la historia. Yo diría que la poesía de Pepa Ortiz sabe captar lo más esencial de la tendencia del siglo XXI para avanzarnos lo que nos espera, pero que ya es un poco o bastante nuestra actualidad. Con la generalización de un estilo de vida y de unas situaciones que ya son una realidad cada vez más frecuente en nuestro presente, yo diría que la poesía de Pepa es de cariz futurista, de modo comparable a como lo es el cómic moderno (tanto por las imágenes gráficas como por la lengua que emplea), al que tanto me recuerda la poesía de Pepa:

Hay un hombre que bebe solo / en el bar de un lujoso hotel / no es verdad que una nave nodriza lo salve / de la mirada viciosa de la camarera mona / ni que se vea obligado a esquivar / una charla con los que fueron amigos // Hay un hombre que duerme solo en la habitación 666 de un hotel / con vistas al Big Ben / no es verdad que se duerma / con la mano en la polla / mientras Peter Pan ondea la ciudad // Y es que no es verdad que se busque la eternidad […] (Homo modernus, del poemario Sobras en una servilleta).

A veces son realidades condenables que arrastra el mundo desde que es mundo, como por ejemplo el lastre de las actitudes patriarcales, de tan arraigadas incluso interiorizadas por la propia mujer: Sara no está desnuda tal cual es / Sara está desnuda cuando tú la ves. / Sara que sea la última vez que te bañes desnuda / Sara tapa tus vergüenzas con una hoja de palma / Machete pene / Sara voluntaria carne del diablo / Machete pene / machete pene / […] (Sara al desnudo, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

El mundo que reconocemos en la poesía de Pepa como si nos mirásemos en un espejo sólo es soportable con la coraza del sarcasmo, y la ironía del sarcasmo sirve al propio tiempo opara señalar el lugar exacto donde radica el mal, como un dedo que apunta, acusador: Padre nuestro que estás en algunos pueblos / […] / líbranos del mal de pensar / concédenos un abogado / para acogernos al paraíso eterno / y prométenos 100 vírgenes y dinero a raudales / para fabricar en cadena los sueños / y no nos dejes caer en la tentación de luchar / líbranos de actuar / y por los siglos y los siglos de ignorancia / y porque la oscuridad no nos deje ver más muertes / Así sea. (Oración del ateo, del poemario Sobras en una servilleta).

Este mundo cuyo paradigma es la gran ciudad: ¿Y ella me vería si no caminara como ida guardando sus puños / en los bolsillos al transitar por los pasillos del metro? / ¿Y qué me diría cuando comemos juntas si no fuera por la tele? / […] / Soy amante y mi barco flota a la deriva, hacia muertes / prefabricadas, hacia laberintos con fauces cíclicas. / Todo se me desordena en la gran ciudad donde los clones de / ella me atraviesan y me hace sentir desnuda al no formar parte / de ese gigantesco puzle de la nada. / ¿Y por que no se pueden hacer preguntas? / […] // ¿Y si ella me viera amanecer en los contáineres de basura ante / la mirada de tanto ciego? / El Sistema le abre las puertas para robarle el tiempo, robarnos / el tiempo de hacernos preguntas. / […] / Y sé que no me ves porque soy yo quien me ahogo en / preguntas y me pierdo entre tanto decorado y la tele vuelve a salvarnos del llanto de los gemelos del piso de arriba y / una mueca se dibuja en tu cara cuando ves a una pedagoga / televisiva que enseña a jugar a una madre con sus hijos. (Alma de ciudad, del poemario Sobras en una servilleta).

O describe sin piedad una manera de vivir despiadada, un ritmo trepidante y robótico que el ser humano se autoimpone y que a pesar de su cualidad de racional, supuestamente liberadora, lo hace equiparable a los animales salvaje: […] / Y todo es prisa / organizas tu agenda / como un campo de exterminio / tienes citas a ciegas con corredores de bolsa / […]. Te lleva días maquillarte / para tapar las arrugas / y que no se le vea el culo a tu sensibilidad. / Y todo es prisa / le pones trampas al tiempo / […] / después sales a la calle / a hacerle cortes al territorio / y a emborracharte con los de la propia manada. / […] / bailas con el silbido / y a veces vives / y a veces mueres / y a veces vives. (El silbido, del poemario La infantil metralla de tu lengua)

Pero, como he dicho, Pepa Ortiz no se limita a un solo aspecto de la vida, no hace sólo denuncia social con la intención de describir y diagnosticar la enfermedad, también tratya, con el mismo interés e intensidad, temas de la esfera privada como una herramienta para digerir relaciones de tipo personal o no tan personal, relaciones interpersonales, en cualquier caso en clave universal. El poema Mi padre (de Sobras en una servilleta) le sirve para describir la historia de toda una generación: Tu morada linda los pies de tu infancia de monaguillo / beso a la fuga entre los raíles de una carretera repleta de emigrantes / tu morada eligió campo a colegio / padre a maestro, esposa a madre, ciudad a campo […].

O bien se recrea en el recuerdo de un pasado cargado de historia emocional: Le abro el párpado al pasado / y mi abuela aparece en mi cocina / del brazo de sus migajas de hambre / y de una fruta que le robó a hurtadillas / al tendero de la esquina. / […] / Y el tiempo se insinúa / en cada detalle adormecido / de la culpa heredada / como se desparrama también en la caza / del bocado de fruta fresca de pecar gozando. (El detalle adormecido, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

O nos hace la radiografía de una manera deshumanizada de vivir al tiempo que hace crítica lingüística: Y dime / ¿qué cura el tiempo? / tal vez esperes que su mero transcurrir / le quite el polvo a tus días / y ya del todo limpios de pelusa en las esquinas / te otorgue el derecho divino de la suerte // un boleto azaroso / que te salve de vivir de tus tripas / un boleto azaroso / que levante a tu pie izquierdo silbando para ir al trabajo / un boleto azaroso / que libre tus batallas en la calle / con tus amigos y que no te deje / mirarte en el espejo la barba de tantos días. / Y dime / ¿qué cura el tiempo? / […] / Pero dime / ¿de qué tiempo hablabas, cuando decías que el tiempo lo cura todo? (El tiempo lo cura todo, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

El laconismo cortante de aristas afiladas y angulosas que caracteriza la lengua de Pepa Ortiz se hace patente incluso cuando, excepcionalmente, no nos habla de realidades, sino del deseo de la voz poética. Incluso cuando nos habla de amor no se permite licencias azucaradas, no hay engaño, no hay trampa: […] / La noche que yo amo / tiene tu boca / porque cuando besa tiemblo / le gusta travestirse / antes que ponerse / el mismo traje en los entierros / corretea descalza / en las iglesias / antes que masturbarse en el metro / […] / tiene tu mirada risueña / se precipita en mis ingles / no sabe de juez ni de cura / ni espera cadalsos / ni pone grilletes / a mis gemidos / ni me roba / los meses del calendario / ni sabe qué pasará mañana (Canción de noche, del poemario Sobras en una servilleta).

O cuando describe una relación amorosa: […] gruñe ella / cuando le huele el miedo / ante el abismo / de sus piernas abiertas / gimen / por no lisiarse más allá / de lo que son / […] / él entra en ella / […] / y le baila al oído / las cenizas del miedo / se rozan / se tocan / se lamen / y hacen / salir al instinto / de la cueva […] (Ni tú ni yo… nosotros, del poemario Sobras en una servilleta).

O bien una relación de desamor: ¿Cómo pudimos dejar que un perro se llevara el deseo por el que tanto peleamos? / Dime / ¿fue el día que sólo puso un huevo? / Hoy me agarro el ombligo / para dar sepultura a mi caricatura / […] / Hoy guardo la noche agujereada como un colador en una caja de zapatos (Y si te dijera, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

Pero hay aún aspectos del lenguaje poético de Pepa que son cruciales para caracterizar su poesía. Son los que hacen referencia a su cualidad iconoclasta en todos los niveles imaginables: tanto en el más formal como el que afecta a las imágenes que crea la inusual combinación de léxico e incluso la sintaxis, nada ortodoxa:

Comenzando por el aspecto más formal vemos que Pepa Ortiz casi nunca emplea puntos ni comas. Tan extraña es la presencia de estos signos de puntuación que, en algunas ocasiones, he pensado que se trata de errores de imprenta que, si es el caso, deberían corregirse con urgencia, siendo como es en su poesía un recurso estilístico esencial. Porque Pepa juega con la ambigüidad que sugiere la vecindad de las palabras sin comas, cuando es el propio lector por sí mismo quien debe decidír donde colocaría este signo de puntuación. En el caso del punto el margen de juego no es tan amplio, porque la poesta nos marca con letra mayúscula la presencia elíptica del punto. En cualquier caso, el hecho de prescindir de signos de puntuación otorga un ritmo específico al poema, que se ajusta perfectamente al contenido habitualmente crudo, sobrio, seco y flagrantemente actual: un sugerente staccato, que imaginamos a menudo recitado a golpe de hip hop.

También el hecho de alinear los versos a la derecha, al contrario de lo que es habitual, como hace en su segundo poemario, La infantil metralla de tu lengua.

Y siguiendo con las imágenes me gustaría mencionar algunas como ejemplo: el tu, que interpela la voz poética, le cortó los dedos a la noche, o le dice resbalaste en el torso de la duda, o también que un gato mojado se coló por tu escote, o te creció una lombriz; la voz poética afirma: vi a un cangrejo llevarse el mensaje de amor del metafísico o bien Vi como maniobraba la sangre / y los besos de arena correr por tus fotos. (Cautiverio, del poemario La infantil metralla de tu lengua). Las imágenes y el estilo poético beben de las fuentes de las vanguardias más productivas del siglo XX: el existencialismo, el hiperrealismo, la intertextualidad, incluso del erotismo -como ella misma afirma- y el surrealismo, una de las corrientes artísticas que han dado en todos los ámbitos de la creación humana -no sólo el literario- los mejores productos del pasado siglo XX, tanto en cine como en pintura o en poesía.

Y aún otra imagenn donde una pecera puede ser una república: […] / Sabes, negro / tiene el amor basura / un arlequín recitando poesía por las calles / la polla en el estómago / cuando una turista se pare frente al boulevard / ¿es que tú negro puedes ser rosa? […] / Negro / […] / rema en el hormigón / ciertos capitalistas llevan sotana […] (Extravío en la ciudad, del poemario La infantil metralla de tu lengua).

En conjunto -creo interpretar-, signo sintomático de la rebeldía de una poeta que dice no a lo que quiere decir no con todos los recursos de que se puede valer. Y que es sensiblemente consciente del potencial significativo de estos recursos. En este sentido su poesía tiene ecos y el gesto de Charles Bukowski, pero es mucho mejor que la de Bukowski, a mi criterio.

© Anna Rossell
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