Recuerdo muy bien la impresión que me causó este libro de Wyndham cuando lo leí a los trece años. El héroe se despierta en un hospital, con los ojos vendados, después de una pequeña operación. Sabe que es miércoles, pero, extrañamente, faltan los ruidos propios de un día laborable; no oye el tránsito habitual, sino sólo un extraño arrastrar de pies y un ocasional grito humano. Finalmente, se arranca el vendaje para descubrir que casi todo el mundo, excepto él, se ha vuelto ciego. Es un comienzo brillante, uno de los mejores ganchos de la ficción popular. El estilo carece de pretensiones, es muy inglés, muy de clase media, algo frívolo, un poco indiferente. Pero la historia es tremendamente cautivante. Bill se pasea por las calles de Londres, evitando a la gente, presa de pánico. Pronto se encuentra con una atractiva joven que también conserva la vista. Son los elegidos, realmente. Entonces llegan los trífidos, grandes plantas ambulatorias, posiblemente de origen extraterrestre, que han sido cultivadas por su valioso aceite. En un mundo repentinamente ciego, las plantas se han hecho dueñas de la situación, deambulando por las calles de la ciudad y atacando con sus picaduras fatales. Así, resumido, parece absurdo, pero Wyndham consigue transmitir una sorprendente verosimilitud. Juega con los temores colectivos de posguerra sugiriendo que la ceguera universal ha sido provocada por la puesta en marcha prematura de un dispositivo militar secreto en la órbita de la Tierra. Da a entender que los trífidos son la venganza de la naturaleza sobre una raza humana arrogante. Pero sería un error insistir en el aspecto «moral» de lo que es ante todo un excitante juego de evasión.
El autor, cuyo nombre completo es John Wyndham Parkes Lucas Beynon Harris (1903–1969), hizo un largo aprendizaje en revistas populares británicas y norteamericanas, aunque no permitió que ese dato se conociera. Para la mayoría de los lectores, «John Wyndham» era en 1951 un escritor novel (gran parte de su obra previa había aparecido firmada por «John Beynon Harris» o «John Beynon»). Se convirtió en un bestseller en Gran Bretaña, y los críticos suelen compararlo con H. G. Wells. En realidad, su agudeza y su originalidad eran mucho menores que las de Wells. Sus novelas posteriores, Kraken acecha (1953) y Las crisálidas (1955), tuvieron también mucho éxito y muchos inspirados imitadores. Son la quintaesencia de las «novelas de desastre» británicas, consideradas hoy una subcategoría de la moderna ciencia ficción. En cada una de ellas, algún cataclismo domina la Tierra, y unos pocos y valientes individuos luchan por sobrevivir, normalmente sin demasiada dificultad. En realidad, se trata de libros bastante afables, relatos de cataclismos domesticados.
El día de los trífidos (The Day of the Triffids) describe una catástrofe muy amena. Mueren millones de personas, pero el lector no se entristece. Bill y su puñado de bien disciplinados amigos tienen muchas oportunidades para probar su humanidad. Hay también muchas oportunidades sexuales. En determinado momento, se exhorta al héroe a que tome varias «esposas», pues no hay suficiente cantidad de hombres. Él permanece fiel a la monogamia, pero, ¡vaya situación difícil! No hay en el libro sexualidad manifiesta, aunque el lector es dueño de dejar volar su imaginación…
El relato termina con el héroe y la heroína viviendo una vida feliz en la isla de Wight, y no hay duda de que sus hijos se convertirán en robustos modelos ingleses. Este final contrasta con la dolorosa sensación de pérdida que se experimenta en los últimos capítulos de La Tierra permanece, de George Stewart. La novela de Wyndham carece de la profundidad del libro de Stewart, pero, de todos modos, es una pieza efectiva de la moderna fabricación de mitos. En cierto sentido, está cargada de nostalgia por el Frente Interno de la segunda guerra mundial, al proyectar, como lo hace, un espíritu de Dunquerque más bien alegre, una visión disciplinada de las cosas.
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Si Un mundo feliz y 1984 son las dos grandes visiones «distópicas» de la ficción británica moderna, Limbo, de Bernard Wolfe, tiene derecho a considerarse su más próximo equivalente norte-americano. Sin embargo, es curioso que no haya ejercido ese derecho, ni en la opinión pública ni en la crítica literaria. Creo que es una obra maestra, aunque debo admitir que es una obra maestra lamentablemente olvidada. Tal vez su tema central –una sociedad en la que los hombres se amputan las extremidades para no ir a la guerra– sea demasiado perturbador, demasiado extravagante para que se lo acepte sin resistencias. Es más fácil imaginarnos sucumbiendo a la pasión y a las enfermedades, o a la esclavitud, que proyectarnos en el mundo sin extremidades y lobotomizado de 1990 que nos presenta Wolfe.
La revista de ciencia ficción más influyente durante la década del cuarenta fue Astounding S–F, de John W. Campbell, cuyo principal colaborador e inspirador fue Robert Anson Heinlein (nacido en 1907). Era un hombre de carácter severo, ex miembro de la Armada y con formación de ingeniero, a quien le gustaba compararse con Stevenson, Kipling y Wells en tanto hombre «realmente» de acción y de negocios, forzado a abrazar la decadente profesión de escritor debido a problemas de salud. Empezó a escribir a los treinta y dos años, cuando contaba ya con una variada experiencia en los negocios, la
«La locura, la licantropía y los monstruos, seres no humanos que nacían en el útero, eran todos atribuidos a la luna. Hécate, diosa de las brujas, había sido originalmente una diosa de la luna con tres cabezas, y era acompañada por una jauría de perros infernales …» Y aún hoy la luna puede engendrar monstruos blancos, como babosas, capaces de hacer cundir el pánico en una comunidad entera. Luna sangrienta (The Hungry Moon), una historia lunar de terror si las ha habido, es una novela reciente del «equivalente británico de Stephen King», John Ramsey Campbell (nacido en 1946). La primera novela del autor, La muñeca que se comió a su madre (1976), era un espe-luznante relato de horror psicológico, y desde entonces Camp-bell ha publicado una serie de excelentes novelas de terror. En verdad, estaba lejos de ser un escritor novel a mediados de los años setenta, pues publicó su primer libro (una colección de
Como 1984, tampoco este libro se publicó con el rótulo de «ciencia ficción», pese a lo cual ha llegado a considerárselo como una de las grandes novelas norteamericanas del género. Y no cabe duda de que es ciencia ficción. En este caso, la ciencia que tan eficazmente sostiene la narración es la ecología (que en 1949 distaba mucho de ser una palabra de moda). George Rippey Stewart (1895–1980) enseñó inglés en la Universidad de California y escribió más de treinta libros, desde novelas históricas hasta estudios eruditos de toponimia. Tenía un inagotable interés por la historia y la geografía de los Estados Unidos, así como una profunda comprensión de las maneras en que el medio ha moldeado la actividad humana. Sus novelas Storm (1941) y Fire (1948) tratan de los esfuerzos de los norteamericanos para enfrentar las catástrofes naturales. En la mejor de sus obras, La Tierra permanece (Earth Abides), describe con todo detalle el tiempo posterior a un desastre inusual: una misteriosa plaga mata a la inmensa mayoría de la raza humana.