[Ein deutsches Requiera]. Composición para solistas (soprano, contralto y barítono), coro y orquesta, op. 45, de Johannes Brahms (1833-1897), ejecutada por vez primera en Zurich y en Brema el año 1868.
Se trata de la más vasta composición de Brahms y la que durante su vida y después de muerto ha cimentado más su fama. El Requiem alemán viene a ser, más que una misa de réquiem con sus cinco partes ya clásicas (Introito, Kyrie, Dies irae y Ofertorio con el Sanctus y el Agnus Dei), meditaciones libremente elegidas sobre el tema de la muerte y la vida futura. Según los biógrafos, esta obra la escribió Brahms en memoria de su madre. La elección y el orden de las partes significan algo así como: «consolaos, la muerte es nuestro destino común, pero, en modo alguno un mal, puesto que ella nos lleva a Dios y nos abre las puertas de la vida eterna; no lloremos, pues, a los muertos, ya que son los auténticos vivos».
Se trata del tema clásico de la oración fúnebre en el culto protestante, como también, aunque menos sistemáticamente, en el católico. La obra se compone de siete fragmentos incluido el n.° 4, que no figuraba en la primera edición, todos corales; en tres de ellos se insertan también pasajes en solo. El conjunto de la composición podemos dividirlo en dos partes; por un lado, los tres primeros fragmentos que expresan la lamentación y, por otro, los cuatro últimos que nos hablan del consuelo.
El primero («Bienaventurados los que lloran») hace de introducción y termina gozosamente, desarrollando la idea de que quien siembre lágrimas cosechará alegrías y transportará cantando las gavillas de trigo.
El segundo y el tercero (los mejores de la obra) terminan, el primero de un modo suave y el otro con una fuga que, mientras dura, se apoya sobre la nota pedal de «re», como un símbolo de la eternidad del reinado de Dios («Las almas de los justos están en las manos de Dios y nada puede dañarlas ya»).
Con el cuarto fragmento se inicia la parte del consuelo. El quinto renueva una tradición alemana: el difunto, que encarna un cantor, se declara reconfortado y promete consolar a los supervivientes «como sabe hacerlo una madre». En el sexto, el barítono anuncia la buena nueva de la resurrección final y el coro se exalta, plenamente confiado en la victoria sobre la muerte («Oh muerte, ¿dónde está tu dardo? Oh infierno, ¿dónde está tu victoria?»).
Después, entona alabanzas que no se alejan mucho de las dedicadas por San Francisco a las criaturas del Señor, en una gran fuga en cuyos diversos episodios discurren expresiones de intensa y sencilla piedad. El último fragmento enlaza con el primero y, con las palabras «Bienaventurados los muertos porque ellos duermen en el Señor», recoge las melodías que ilustran las de «Bienaventurados los que lloran». Tras una postrera e intensa expresión de dolor, termina este Requiem alemán, mientras desarrolla una delicada idea de reposo en un ambiente saturado de mística serenidad.
E. M. Dufflocq

