[Mishlé]. Libro del Antiguo Testamento (v. Biblia) atribuido a Salomón (siglo X a. de C.). El título hebreo, Mishlé, significa sobre todo «comparación», esto es, sentencia expresiva y breve puesta en forma de comparación.
Pero casi siempre su fin consiste en dar normas morales para la vida práctica: esencialmente una instrucción, una enseñanza, una lección o un ejemplo de inspiración divina encerrados en una imagen, una comparación expresa o latente que exija al oyente o al lector un esfuerzo de penetración, pero que encierre una verdad absoluta, fija, en el tiempo y en las personas. El libro de los Proverbios no es, pues, una recopilación de sentencias o dichos populares, impersonales y anónimos, que sólo tienden a un utilitarismo vulgar. Este libro no procede exclusivamente de la sabiduría popular, sino que tiene como base fundamental y como tono informativo la sabiduría divina. Por otra parte, la palabra sabiduría no debe hacernos pensar que se trate de pura filosofía.
Se trata de un conjunto de enseñanzas referentes a la vida cotidiana con una riqueza y una verdad ciertamente admirables. Bien se puede decir que toda la vida de la antigua sociedad israelita es recorrida, analizada, juzgada con la norma de una moral hecha de cordura y sentido práctico. En los Proverbios se describen agudamente tipos y caracteres: el perezoso; la mujer disoluta que, al oscurecer, se pone al acecho en la esquina de las calles, con sus halagos; el joven infatuado e inexperto que anda tras ella, «como una ternera que se dirige al matadero; como un corderillo que va sin saberlo, al suplicio, hasta que el cuchillo le traspase el corazón». El libro de los Proverbios, a pesar de no ser una construcción orgánica, sino más bien una admirable variedad de muchos elementos diversos en su forma y en su contenido, puede sin embargo ser fácilmente dividido en grupos: Dios y culto, vida moral, advertencias diversas.
El temor de Dios y la confianza completa en su bondad son el fundamento de la religión y de la moral de los Proverbios. Unas pocas citas darán prueba de ello: «El temor de Dios es el principio de la sabiduría», Prov. 1, 7; «Es verdaderamente sabio quien confía en Dios», Prov. 3, 5-7; «La confianza en Dios es fuente de felicidad y de bienestar, y preserva de las desventuras», Prov. 16, 20; «Dios lo ve todo, hasta los deseos más íntimos del hombre», Prov. 5, 21. Así, Dios es concebido como el creador, el supremo rector del universo, Providencia universal, que castiga a los malévolos y a los culpables, pero que también está dispuesta a ayudar a sus criaturas y dar sus bendiciones a quien lo teme. Las consideraciones de orden moral propiamente dicho hallan un desarrollo muy extenso en los Proverbios.
Toda forma de pecado, toda obra de injusticia halla su condena despiadada y tajante. Especialmente la injusticia es estigmatizada en todas sus manifestaciones, injusticia en el comercio, injusticia en los tribunales, injusticia en los límites entre esferas de acción. La mentira y el falso testimonio son igualmente reprobados. «La mentira oculta el odio», Prov. 21, 6; «El testigo falso podrá burlarse de la justicia, pero no podrá escapar a la muerte», Prov. 19, 5 a. Ocupan un lugar importante los numerosos consejos de frenar la lengua, de ser moderados en las expresiones, de no precipitarse en las respuestas; al paso que, por otra parte, se alaba la bondad, de una palabra dicha a tiempo y en su lugar, y se insiste en afirmar que la verdadera sabiduría consiste en el uso parco de la lengua. El libro de los Proverbios no sólo es precioso por su contenido riquísimo en enseñanzas, sino también por la forma con que está en él presentada toda la materia. Nos hallamos ante un lirismo elemental, pero vivaz y a menudo poderoso.
Falta en él, es verdad, aquel espíritu de alta poesía propio de los Salmos (v.); pero en su forma más familiar y más rústica, esta poesía es pura, eficaz, llena de moderación, toda armonía. Es bellísima la semblanza del dulce idilio en que viven los dos esposos que Dios ha unido desde su juventud. «Sea ella cariñosísima como una corza y agradecida como un cervatillo: te alegre el amor de ella en toda estación y en el afecto de ella pon siempre tu contentamiento». El autor, habituado a la vida del campo, sabe sacar enseñanza hasta de la pequeña hormiga. «Mira, perezoso, a la hormiga, y considera lo que hace, y aprende a ser juicioso: ella sin tener amo, ni preceptor ni príncipe, prepara en verano su manutención». De las humildes consideraciones del orden natural el autor sabe elevarse a las altas consideraciones de la filosofía: «Antorcha divina es el espíritu del hombre, el cual penetra todos los escondrijos de sus entrañas».
Pero si la carne domina, entonces: «Tú serás como uno que duerme en medio del mar, y como un piloto, abandonado al sueño, que ha perdido el timón». Además, a veces en los sencillos versos se revela una psicología profunda como en el pesimista: «Es mejor una franca reprensión que un amor que se oculta», o en estos versos tajantes: «Son mejores las heridas que vienen de quien ama, que los falsos besos del que odia». Según testimonio de toda la tradición, la cual, según Eusebio, procedía de la enseñanza escrita de los judíos, el autor principal de los Proverbios es Salomón. Pero toda la compilación que ahora tenemos de los Proverbios ¿fue hecha por su mano? Ciertamente no, porque varios autores más debieron de añadir su obra a la de él, la cual, sin embargo, sigue siendo principal. Por otra parte, no tiene, mucha importancia saberlo. Lo demostrado es que sustancialmente los Proverbios actuales son salomónicos.
G. Boson

