Poesías, Ralph Waldo Emerson

[Poems]. Obra del escritor norteamericano Ralph Waldo Emerson (1803-1882), publicada en Boston y Lon­dres en 1847. Algunas de estas poesías vol­vieron a publicarse en las colecciones si­guientes: Día de mayo y otras composicio­nes [May Day and Others Poems, 1868], Poesías escogidas [Selected Poems], que es el volumen IX de la edición de las obras completas de 1876, en tanto que las poesías excluidas de esta colección fueron publi­cadas en 1912 por Charles C. Bigelow.

En una carta a su mujer, en 1835, Emerson dice: «Yo nací poeta, sin duda un poeta de segundo orden, pero poeta, de todos modos. Ésta es mi naturaleza y mi vocación. Mi canto es ciertamente áspero, y la mayor parte en prosa. Sin embargo, soy un poeta por cuanto percibo y amo las armonías que existen en la materia y en el espíritu, y especialmente las correspondencias entre éste y aquélla». Ésta es sin duda la mejor definición de la personalidad de Emerson, nebuloso filósofo y sobre todo poeta: poe­ta de un modo esencialmente ético y reli­gioso, que se sentía destinado a dar voz a la verdad de la naturaleza y del espíritu y a convertirse en maestro del mundo; ión transcendentalista y bostoniana del Romanticismo inglés de Wordsworth y de Shelley.

Emerson escribió ver­sos durante toda su vida; muchas poesías aparecieron en el «Dial»; muchas otras fue­ron compuestas como lema de sus confe­rencias. «Día de mayo», poema de unos quinientos versos, es la identificación ro­mántica naturaleza-belleza-elevación moral del hombre. Después de una inspirada des­cripción inicial, a través, de altibajos de lírico abandono y de voluntaria y prosaica frialdad, desemboca en unas consideraciones de carácter reflexivo y didáctico; se invoca a la primavera como brazo y arquitecto de Dios, destinada a corregir defectos y a reconstruir sobre las ruinas la naturaleza y el espíritu humano.

El mismo esquema siguen casi todas las poesías de Emerson; a veces, prevalece la reflexión; a veces, el momento descriptivo es el que tiene particular relieve, como por ejemplo en «Rhodora», considera­da como una de sus poesías mejor logradas, cuyo sustrato lírico es el mismo del «Daffodils» de Wordsworth. En mayo, cuando los vientos marinos invaden las soledades nórdicas de Nueva Inglaterra, el poeta encuentra la fresca rhodora en los bosques, reavivando con su belleza el agua de los estanques; si alguien pregunta por qué la gracia de esta flor es tan poco apreciada, desconocida por todos, excepto el bosque y el cielo, la respuesta será ésta, dice el poeta: que la belleza tiene en sí su razón de existir; él no sabe por qué las flores se abren en aquel lugar, pero en su ingenua ignorancia, supone que el mismo Poder divino proyectó aquel encuentro entre la flor y el poeta.

Es notable la concreción de todos los detalles, la extrema sobriedad de la parte reflexiva y el vivo color local. Esta breve poesía — dice Matthiessen — po­dría ser una ilustración del capítulo «Be­lleza» en el ensayo «Naturaleza» (v. Ensayos), donde comienza afirmando que «la mera percepción de las formas naturales es un goce». El mismo concepto típicamente romántico forma la base de «Nevisca» [«Snow-Storm»], cuya imperfecta objetiva­ción aparece a veces en expresiones abs­tractas tales como «la alegre arquitectura de la nieve» y «el tumultuoso aislamiento [privacy] de la tormenta». En otras compo­siciones, la reflexión se convierte ella mis­ma en tema de poesía.

Un ejemplo perfec­tamente logrado es «Brahma», en la que la eterna idea de la presencia de Dios en la naturaleza y en las acciones de los hombres, alterna con el concepto de irrealidad de la experiencia puntual, por la cual no hay dis­tinción entre pasado y presente; sombra y luz son una misma cosa, retornan los dioses de las religiones muertas, y la gloria y la deshonra son una sola realidad; de aquí el valor nulo del conocimiento y la solución del problema humano en el plano ético. Tan simbólica e intensamente poética es «Los días» [«Days»], resuelta en imágenes visua­les; hijos del tiempo, los hipócritas días, como derviches cansados, mudos y absortos, marchando sin fin en fila india, a cada uno le ofrecen el don que desea, pan, cielo, es­trellas, reinos. El poeta los ve pasar desde su cerrado jardín, olvida los deseos de la mañana, de prisa toma unas pocas manzanas y hierbas, y en tanto el día llega a su fin y se va en silencio; demasiado tarde ve el escarnio bajo su velo.

El sentido de la vida desperdiciada es un viejo concepto emersoniano; la vida sólo es preparación para vi­vir, porque cuando se está en condiciones de poder vivir plenamente, llega su fin. Es el pensamiento del ensayo «Las obras y los días» [«Works and Days»], días que desapa­recen sin concretarse en obras. Estos versos, que surgieron en la mente del poeta junto a la visión de la procesión oriental, se les podría aplicar la definición que da Emerson de la poesía: «Fines involuntarios alcanza­dos con medios involuntarios». [Trad. par­cial de Alfredo Casey en Dos siglos de poesía norteamericana (Buenos Aires, 1947).]

L. Fessia

Considerad el estilo de Emerson: aquel extraño y fino ventrílocuo, la tenue voz que viene de lejos. Si resulta irritante, como muchos lo encuentran, es porque Emerson es abstracto donde debiera ser concreto y viceversa; tan débil es en él el sentido de la relación entre lo abstracto y lo concreto. (Van Wyck Brooks)

La escoria de sus versos, así como de su prosa, es su vago misticismo, el optimismo débil y obstinado, la frecuente falta de agudeza y de fuego intelectual. Pero una vez dejadas de lado estas escorias, y olvi­dadas, quedan algunos versos, que desde luego no han sido igualados por ningún otro poeta en América. (Lewishon)

Por inciertas y pobres que sean sus ca­dencias, sus poemas metafísicos tienen un aroma propio y sabroso. (R. Michaud)