El argentino Pedro Bonifacio (o Benjamín) Palacios (1854- 1917), que utilizó el pseudónimo de Alma- fuerte, publicó en vida algunas poesías sueltas en periódicos y revistas; sólo coleccionó unas pocas en el volumen que tituló Lamentaciones (La Plata, 1906) : «Confiteor Deo» (1895-1904); «El misionero» (1904); «Gimió cien veces» (1904); «Vencidos»; «Mancha de tinta» (1905), y «Llagas proféticas», volumen primero de las obras completas que proyectaba entonces.
Esas y las restantes composiciones se conservan en versiones diversas, a menudo sin fecha, desorden que han intentado remediar vanamente las ediciones posteriores. De la suma de fracasos sucesivos ante la vida fue afirmándose en el hombre la convicción de que le correspondía una providencial misión de intérprete de los humildes y de los vencidos. «Yo no soy un literato: soy un predicador». Cultivó temas románticos, extremando hasta sus últimas consecuencias las concepciones originarias. El poeta es para él «profeta mayor, augur, oráculo griego»; es una fuerza ciega que alumbra, busca la verdad y el bien por impulso ciego; no puede gobernar la emoción y sufre por el dolor de la chusma.
Cantó a Jesús como la más pura encarnación del amor, porque abrazó en la muerte al criminal y dignificó la infamia y la vergüenza («Jesús», 1869); pero en s*. rabioso debatirse ante la sociedad, maldijo a la Providencia, que marca el destino ineluctable y divide a los hombres en justos y pecadores («Gimió cien veces»), y bendijo al predestinado al dolor y al crimen («Dios te salve»). Su poesía de amor es casi siempre retórica y fría («Cantar de los cantares», 1900); por excepción, acierta con la nota justa («Serenata»). En la de los afectos domésticos impresiona la patética imprecación ante la tumba de la madre muerta («Madre»). De sus varias autobiografías poéticas ninguna es más expresiva que «La canción de un hombre». Una vez usó eficazmente la poesía para arengar a la juventud y lanzarla a la acción cívica: «La sombra de la patria» (1877-1893), que es probablemente su obra maestra.
J. Caillet-Bois

