La obra poética del autor español Luis Carrillo y Sotomayor 1582/83-1610) fue justamente reivindicada por Dámaso Alonso, quien nos ha dado una edición titulada Poesías completas de don Luis Carrillo Sotomayor (Madrid, 1936) y ha hecho un estudio de la obra en Estudios Gongorinos (Madrid, 1S55).
La primera edición apareció póstuma: Obras de don Luis Carrillo y Sotomayor (Madrid, 1611, por Juan de la Cuesta), llena de errores, que obligó a una segunda en Madrid en 1613 a cargo de Luis Sánchez. Sobre esta segunda edición basó Dámaso Alonso la suya. La poesía de Carrillo está dentro de la línea del cultismo y a él llegan todavía delicadísimos ecos de Garcilaso. La obra literaria del autor se puede dividir en obras en prosa y obras en verso, y obras originales y de traducción. Aunque aquí no tengamos que ocuparnos de las obras en prosa, como el Libro de la erudición poética, y las traducciones, ya en prosa, ya en verso, ellas, especialmente la primera, donde desarrolla su doctrina poética, interesan primordialmente.
En primer lugar, el poeta, como señala Dámaso Alonso, se plantea el problema del estilo en el hermoso romance Coronaban bellas rosas, en que Venus le aconseja que escriba con palabras «hechas tiernamente y dichas». El problema adquiere otra dimensión: si el poeta escribe en estilo culto no será comprendido por la dama — actitud ésta que nos recuerda las palabras de Dante cuando afirma que el nacimiento de la poesía lírica en romance fue debido a que la dama no entendía latín. El poeta, bajo el nombre de Fabio amó a las inevitables Laura, Celia, Antandra y Lisi.
Los romances y redondillas de Carrillo tienen a menudo la soltura y fluidez de los de Lope, y llega a matizar finamente, así en el soneto en que el río Guadalete borra con su agua la huella de Lisi: «y, celoso de ver allí estampado/ la playa el pie pequeño, él, atrevido,/hurtósela, y confiesa haber corrido,/después del dulce robo, más salado», o cuando dice a una «fuente presurosa»: «a no ser natural tu son quejoso,/mereciera una ausencia tu recuerdo». Ejemplos que nos ofrecen las características de lo que son sus cincuenta sonetos. Dámaso Alonso dice que en su poesía hay «ternura, suavidad, agudeza, traviesa donosura, fuerza, gravedad sentenciosa, pompa, clásica elegancia, pasión, arrebato». Capítulo aparte merece su Fábula de Acis y Galatea, sobre el mismo tema y dedicado al mismo personaje, que el Polifemo (v.) de Góngora.
Ello ha dado lugar a suponer una influencia de Carrillo en Góngora, problema que ha sido puesto en claro por Dámaso Alonso en su trabajo La supuesta imitación por Góngora de la «Fábula de Acis y Galatea». Carrillo, como advierte José M.a de Cossío, trata la fábula „ más bien en forma preculterana e italianista, que en forma propiamente culterana. El carácter de su expresión y sus imágenes se puede relacionar mejor con los poemas mitológicos de Lope que con el Polifemo de Góngora e incluso, pueden apreciarse claras influencias de Garcilaso: «¡Ay yedra ingrata a muro ajeno asida,/ y ay paciencia, más larga que mi vida!» A menudo las situaciones líricas del poema son objeto de fácil resolución, de comparaciones diáfanas y elementales: «toda era, en fin, amor, que amor triunfaba/hasta en la yerba que en el prado estaba».
Carrillo es fiel a la doctrina expuesta en Libro de la erudición poética y su culteranismo, pretendido o exagerado por algunos, no es otro sino la fidelidad a su actitud de apartarse del vulgo, fiel a la consigna horaciana «Odi prophanum vulgum et arceo». La calidad de algunos de sus versos se une al recuerdo del poeta marinero que murió jovencísimo y a toda su poesía le faltó sólo, como advirtió ya Suárez de Figueroa, el punto de madurez. A la vida de Carrillo se le podría aplicar el verso de Garcilaso: «antes de tiempo y casi en flor cortada».

