La obra de Jules Laforgue (1860-1887), muerto tempranamente, pone sin embargo de manifiesto una personalidad rica y fecunda.
Marcado por todas las tendencias del movimiento simbolista, del cual viene a ser uno de los principales representantes, Laforgue se encaminaba a la conquista de un arte personal. La serie cronológica de sus producciones nos señala, sin duda, este progreso, puesto en evidencia desde Sollozos de la Tierra (1883), cuya forma — no la inspiración — revela predominio de influencias exteriores, pasando por las canciones populares y burlescas de los Romances (v.) (1885) y la Imitación de Nuestra Señora la Luna (v.) (1885), hasta las Flores de buena voluntad (1887) y los últimos versos (v.) (1890).
Con gran riqueza inventiva aliada a menudo a una auténtica magia verbal, Laforgue agota los tenues temas predilectos de la poesía decadente. Jamás cesa de verse perseguido por un hastío indefinible, un sentimiento, a veces exacerbado, de la vanidad de la vida, del amor y del pensamiento; rasgo genuino en él que viene a subrayar su gusto por la filosofía germánica, especialmente Schopenhauer. Nada le es más familiar que el malsano sabor de las calles ciudadanas, el «gas moribundo y amarillento de los brumosos bulevares»; los rincones callejeros donde pululan «las mujeres de los senos fríos», «husmeando con los ojos a los hombres que pasan».
Él ha llevado a la poesía otoñal los recursos de su minucioso arte de observador que no deja escapar ningún detalle susceptible de hacer más acre todavía su experiencia de la corrupción de la vida, de las doncellas prematuramente marchitas y de los males que envenenan a la juventud. ¡Qué placer destila, en extraña atmósfera de laboratorio, cuando evoca «la tos en los institutos, la tisis en los cuarteles, la tisana en los hogares» o el «pudridero de hojas muertas» del bosque bajo! Y ¡con qué complacencia entona su himno a la enfermedad y a la muerte: «Arsenal de anemia/Pudridero otoñal»! Amargura auténtica, cierto, pero también preconcebida la de este poeta envenenado por los recuerdos de una infancia tímida, encerrada en sí misma, de la que jamás consiguió desligarse.
Esperanzas desmesuradas y ardorosas languideces de una prolongada pubertad, cada vez más insoportable con el tiempo, impregnan las numerosas piezas dedicadas a la muchacha y a la mujer, soñadas más que poseídas, y a las que Laforgue, ardiente de deseos y al margen del lenitivo de los amores venales, continúa viendo con ojos de adolescente. Nadie mejor que él ha sabido evocar en tono tan desesperante las ardientes turbaciones de las noches de julio, los vagos deseos de la sangre juvenil que despierta: «¡Ah, spleen de las noches de estío! Universal suspiro,/Miserere de los vientos, ocasos mortales del otoño;/Desde la eternidad mi lamento monótono/Canta a la Bien-Ama da que no quiere venir…» Carente de amor, Laforgue no cesa de pensar en él, meditando sobre su imposibilidad en términos de la más confusa filosofía, que no vacila en infiltrar en sus poemas.
Aquí, Laforgue aún era colegial y, no obstante, su juventud no se deja traslucir con demasiada claridad. En una época tan impregnada de kantismo, el poeta nos muestra al Tiempo y a su aliado el Espacio preguntándose si no serán ellos los fundamentos del Conocimiento. Esta pseudofilosofía que desvaloriza algunas de sus composiciones, revela, por otra parte, una prodigiosa facultad para pasar del plano real al del pensamiento y nos señala al espíritu analítico que habría podido afirmarse con la madurez. Por algo el propio Laforgue escribía: «Yo; yo soy el Gran Canciller del Análisis». Este análisis que persigue infatigablemente con medios impropios, le desespera hasta el fondo del alma. Mas para llegar a ser un auténtico «poeta maldito», a Laforgue le faltaba la rebeldía de un Rimbaud o del Tristan Corbière de los Amores amarillos (v.). No era un rebelde y sí sólo un decadente, que arrastraba con sus furores la blandura de los salones literarios de la época, y, así, en sus apostrofes dirigidos al mundo, al amor y a Dios, nada original encontraremos fuera de un extraño tono de piedad, de nostalgia sensual por esta vida, que condena al sentirla escapársele de las manos.
Cuando, impregnado de la’ filosofía del Inconsciente, se esfuerza en atacar y hacer pedazos al mundo objetivo, muy pronto sobreviene el agotamiento; su voz no es lo bastante poderosa para dejarnos oír, como había pretendido, el «sollozo de la tierra». Por otra parte, a su enfurruñado pesimismo le va mejor la descripción de ciertos objetos repelentes, como los paños mancillados de un hospital que compara blasfematoriamente con los de la iglesia. No obstante — y ésta es una de sus cualidades positivas — no siempre pulsa la nota seria y gracias a la ironía — último recurso en su desesperación — logra a menudo cerrar sus graves meditaciones filosóficas con algunas piruetas como ésta : «Fumo finos cigarrillos en las barbas de los dioses». La ironía, como la tristeza o la rebeldía, juega un papel defensivo, revelándonos aquí su poesía un rasgo acentuado de su carácter: de hecho, Laforgue era víctima de un exagerado temor de verse blanco del engaño o de la burla.
También es fácil darse cuenta de que en ningún registro destacaba tanto como en sus canciones populares, burlescas y entreveradas a menudo de lamentos sencillos y auténticos. En los Lamentos, Laforgue logra triunfar de sus manías metafísicas, y se abandona al desorden de su inspiración, consiguiendo cazar al vuelo los componentes de un cuadro pleno de finura y dinamismo. Y, entonces, expresa su tristeza mucho mejor; melancolía ligada menos a cualquier meditación cósmica que a las trivialidades de una existencia mediocre: «¡Ah, qué rutinaria es la vida!» He aquí el fondo de su desesperanza: «¡Oh ricas noches!, me muero/¡En el corazón, el pueblo !/Y la luna lleva, pobre vieja,/algodón en las orejas». Sus ansias carnales: «Diez céntimos de miradas y todo lo que sigue». Finalmente, deseos de ser amado y pena de no serlo: «Yo tengo corazón mucho más que cabeza./¡Oh! Por doquier, nada más que risas burlonas».
Laforgue, en estos momentos, sólo es un estudiante sentimental que adopta aires, de cínico y que no rehúye las chocarrerías y las bufonadas. En semejantes casos se nos muestra más auténtico, como en el célebre poema: «No soy más que un calavera lunar…». Indudablemente, puede dudarse del futuro destino de la obra de Laforgue, cuyos poemas ocupan, sin embargo, un lugar destacado en la literatura contemporánea: nadie como él ha usado y abusado de cuantos recursos brinda el verso libre. Bastaría, por otra parte, que haya influido en Apollinaire, para que no se pierda de vista a este excepcional testigo de los medios «decadentes».

