El legado poético del neogriego Demetrio Paparrigópulo (1843-1873) está sobre todo representado por las dos colecciones líricas Suspiros ( 1866) y Golondrinas (1867), reunidas después con el título de Poesías. La enfermedad del siglo, el pesimismo romántico de Byron, de Musset, de Leopardi, estaba también de moda en Atenas entre 1860 y 1880.
Espíritu meditativo y filosófico, naturalmente inclinado a la melancolía, a la ironía, a la sátira, aparece el escritor en lo que queda de su obra y particularmente en los Caracteres (1870), especie de diálogos en prosa en los que es evidente el influjo de los Opúsculos morales (v.) de Leopardi. Pero son las composiciones líricas las que destilan sobre todo la desconsolada negación del joven poeta. Proclama que ha buscado por todas partes la felicidad y que no ha encontrado sino suspiros, dolores y amarguras («Momentos de melancolía»).
La más notable de sus poesías, «La linterna del cementerio de Atenas», es una larga alocución romántica a las «luces de los muertos». Solo, como esta luz, él también «iluminando las tumbas de los deseos y los cadáveres de los sueños, presa de un desconocido dolor», va a través del mundo, arrastrando los jirones de su propia vida, su propio pasado..: El tono desconsolado del Eclesiastés (v.) resuena casi por todas partes, como un estribillo monótono, aunque también en algunos momentos brilla para el poeta la idea de que no todo es vanidad, de que la alegría y la voluptuosidad son realmente ciertas («Vanitas vanitatum»).
No todo es, sin embargo, amanerado en esta poesía, que toma su luz del intelecto y brilla en imágenes punzantes y en insospechadas comparaciones. El olvido es una segunda muerte que espera a los difuntos, un «cementerio en el alma de los vivos»; el hielo, un «fúnebre paño mortuorio» que envuelve a la naturaleza en invierno; los astros que brillan tristes, parecen «lágrimas cristalizadas»; la memoria es ‘«un puente misterioso» tendido sobre el abismo de los años. La lengua, que es la de los puristas y de la tradición bizantina, no desdice de esta lírica agitada por ritmos dialécticos y animada por tonos oratorios, sino que secunda con su nítida y fría elegancia el hielo fúnebre del intelectualismo razonador.
B. Lavagnini

