Poesías, César Vallejo

La obra poética del autor peruano César Vallejo (1893- 1938) comprende los siguientes libros: Los heraldos negros (1918), Trilce (1922), Poe­mas humanos (1923-1938) y España, aparta de mí este cáliz (1937-1938). (Hay edición conjunta en un volumen, Ed. Losada, Bue­nos Aires, 1949, con prólogo de César Miró).

En Los heraldos negros, la voz original del poeta asoma a trechos por entre una poesía que conserva el tono decorativo del «modernismo» de Rubén Darío, Santos Chocano, etc. Pero hay ya composiciones enteras que responden a un sentido real­mente nuevo, en que el lirismo del senti­miento se manifiesta en un lenguaje puro, naciente, sin relación apenas con las for­mas vigentes en la literatura, es más, cam­biando de sentido y volviendo del revés los ecos de sus lecturas. Ya la poesía que da título al libro y lo abre, aunque man­tiene el aspecto clásico en sus correctos alejandrinos, es una simple queja, rota y suspensa, en la ignorancia del dolor: «Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!».

En este primer libro podemos elegir un manojo de poesías — «Ágape», «La de a mil», rápido bosquejo de un vendedor de lotería, «El pan nuestro», «La cena mise­rable», «Los arrieros», «A mi hermano Mi­guel», «Enereida» — que evidencian lo que desde entonces será la potencia mágica de la poesía vallejiana: su arranque de len­guaje coloquial, que parte de los acentos infantiles, familiares e íntimos de la voz humana, para dejarse llevar por la fanta­sía de las asociaciones y evocaciones de las palabras, en su sonido y su imagen, hasta lograr un mundo insospechado de alucinación sentimental. Esto ocurre del todo, extremando por separado el aspecto de reelaboración verbal y el de choque emotivo, en Trilce — el título es una crea­ción arbitraria, o tal vez porque el libro «costaba tres soles». Publicado en 1922 en Lima, fue reeditado en Madrid en 1930, al comenzar Vallejo sus años españoles, con prólogo de José Bergamín y con un poema preliminar de Gerardo Diego — con el cual y con el chileno Vicente Huidobro, había participado Vallejo en París en la funda­ción del «creacionismo» y de la revista «Favorables París Poema».

En Trilce la mayoría de las poesías son experimentos de lenguaje, a menudo poco inteligibles, pero que permiten, de vez en cuando, al servir ocasionalmente de vehículo a un recuerdo infantil o a un sentir amoroso, el logro de algunas de las más altas cimas de la lírica vallejiana. Entre las estampas de niñez, dichas no como pasadas, sino como si el poeta las viviera al escribirlas, recordemos, por ejemplo, las que comienzan «Las personas mayores…», «Tahona estuo­sa ‘de aquéllos mis bizcochos», «Mentira. Si lo hacía de engaños», «Y nos levantare­mos cuando se nos dé»; entre los exabruptos de cariño, que parecen vencer la distan­cia de la ausencia con la alucinación de la fantasía, mencionemos «El traje que vestí mañana», «En el rincón aquel…», «El encuentro con la amada». Pero hay tam­bién otras vetas de emoción: la pasión erótica, «Quemadura del segundo»; la an­gustia de la cárcel, «Oh las cuatro paredes de la celda» y «El cancerbero cuatro ve­ces»; o la opresión del paso del tiempo, y la muerte: «Me da miedo ese chorro», «He almorzado polo ahora…» y «Esta noche desciendo del caballo».

En cambio, en el libro publicado póstumamente en París en 1939 y titulado por su viuda Poemas hu­manos, César Vallejo trasciende lo perso­nal para cantar temas generales, colectivos, alternando — o mejor dicho, reuniendo — la intimidad lírica con la capacidad de conciencia común, incluso para el poema de motivación ajena, descriptivo. Sin en­tregarse ahora a tan radicales experimen­taciones lingüísticas, Vallejo, no obstante, crea una tonalidad extrañamente original en su estilo, casi tocada de humorismo: sus poemas se hacen más largos, más ricos en visualidad, y con una amplitud casi re­tórica— una retórica irónica, por supuesto, como se advierte claramente en la poesía «Considerando en frío, imparcialmente», que parodia el desarrollo de un informe judi­cial. Ahora Vallejo, cuando habla desde su sentir en general, sin contenidos, revela una actitud de unión con el resto de los hombres y el mundo: al lado de poemas puramente personales como «Ello es que el lugar donde me pongo/el pantalón…», apare­cen otros como «Hoy me gusta la vida mu­cho menos» y, sobre todo, «Quisiera hoy ser feliz de buena gana» y el jeremíaco «Tras­pié entre dos estrellas», al mismo tiempo que poemas con valor de retrato de grupo: «Los mineros salieron de la mina» y «Gle­ba».

Por último, España, aparta de mí este cáliz, es una visión de la guerra es­pañola, en que la ideología política desaparece tras la inmediatez del sentir, no carente de ciertos momentos de profetismo cósmico, whitmaniano. Pero aun esta gran­deza de voz vaticinadora cede a la habi­tual preponderancia de la pura experiencia inmediata, como ante la visión del muerto, el Pedro Rojas, a quien le encontraron «en la chaqueta una cuchara muerta».

J. M.a Valverde