Poesías, Paul Valéry

[Poésies]. Título con el que Paul Valéry (1871-1945) recogió en volumen en 1930 toda su producción poética anterior, dividida en tres partes (publi­cadas ya por separado): Album de Vers anciens, La Jeune Parque y Cármenes (v.).

Algunas de las poesías de la primera colec­ción (escritas entre 1889 y 1900) muestran ya completa originalidad por parte del au­tor; en otras lo encontramos todavía vaci­lante y sujeto a diversas influencias: Bau­delaire, y en general, el Parnasianismo (v.). Pero el verdadero maestro del nuevo poeta es Mallarmé; de éste deriva claramente aquella manera de sugerir más que de des­cribir, de ordenar las imágenes según el dictamen de una lógica difícil y oscura, pero rigurosa, y el intenso esfuerzo por lograr, a través del juego mágico de las fugaces apariencias evocadas con sugestiva intensidad, rápidos atisbos de un mundo ideal, incognoscible e inalcanzable por otro camino que no sea el de la obra poética. Siguiendo esta línea, su originalidad se manifiesta en su renuncia a la discreción del maestro, aplicando casi al pie de la le­tra sus dictámenes y llevándolos a las extre­mas consecuencias, hasta hacer de la poesía una conquista difícil obtenida sólo a costa de un obstinado esfuerzo cerebral.

Las dos piezas más características y más exquisita­mente personales de esta primera colección son «Narcisse parle» y «Air de Sémiramis» (que se publicó aparte, con un comentario de Alain). La primera muestra la fascinación profunda y angustiosa del replegamiento absoluto sobre sí mismo, de una introspección a la que su misma fijeza da el carácter de pasión perversa: cuadro evo­cado con rasgos delicadísimos, en tono gra­ve y sumiso, con la sugestión de un pai­saje en el que: «…la lune perfide élève son miroir/jusque dans les secrets de la fon­taine éteinte». En la segunda, la mítica reina de Babilonia siente la íntima iden­tidad entre su decisión de hacer construir un templo y el acto con el que, al des­pertar, toma conciencia de la existencia de su cuerpo: peligrosa y gloriosa aventura, en la que el espíritu sale de la indetermi­nación del ser para arriesgarse en el mundo necesariamente imperfecto de las cosas, li­mitándose y precisándose en los actos y las obras.

Hay aquí la clara ambición de una poesía «filosófica», que está en el ori­gen de toda la obra de Válery y que se manifiesta plenamente en el poema La Jeu­ne Parque. Fue este sorprendente poema el que, en 1917, rompió el silencio en el que el autor se había encerrado tras la publicación de Monsieur Teste (v.). Interesa recor­dar las circunstancias que empujaron al poeta a retornar al campo de la vida lite­raria, pues ellas ayudan a comprender el estado de ánimo en que este poema fue escrito. Instado por sus amigos André Gide, Pierre Louys y Jacques Rivière a que reco­pilase y publicara en un volumen los poe­mas dispersos que ya había dado a conocer en las revistas de su juventud, Valéry em­prendió su tarea, corrigiendo aquí y allá alguno de ellos. Ayudado por esa práctica, Valéry se dispuso a escribir un poema del que nació La Jeune Parque.

La dedicato­ria a André Gide no deja ninguna duda respecto a este punto: «Después de los años, había abandonado el arte de los ver­sos; intentando todavía corregirme, he rea­lizado este ejercicio que te dedico». Tan pronto como se publicó, el poema fue aco­gido como uno de los más bellos de la len­gua francesa: los seiscientos ejemplares de la primera edición se agotaron rápidamente, y, cuatro años más tarde, habiendo orga­nizado una encuesta la revista «La Connais­sance» para proclamar al mejor de los poetas vivientes, Valéry recogió el mayor número de votos. Se planteó entonces una cuestión que debía ser discutida durante mucho tiempo, la cuestión de «la poesía pura». Después los comentarios al poema se multiplican, y de ellos debe recordarse como uno de los más interesantes el de Alain. Ciertamente, la oscuridad de muchos pasa­jes persiste y no se atenderá aquí sino a la directriz general de la obra, a su significa­ción de conjunto.

La intención del autor, reafirmada a menudo (cf. Variété, vol. V), no debe ser olvidada: «Puesto que he querido volver a la poesía, he querido realizar una obra de la voluntad… combinar en una obra las ideas que he adquirido sobre el ser vivo, y el funcionamiento mismo de ese ser, en tanto que piensa y siente; luego… no caer en la abstracción, sino al contrario, encarnar en una lengua tan llena de imá­genes y tan musical como sea posible el personaje ficticio que he creado». El per­sonaje puesto en escena es un mortal, una mujer joven que se interroga y se sabe vi­viente, objeto de deseos y de codicia, cuer­po sinuoso al borde de la sombra, hecho de simiente, de leche y sangre. En la noche que la envuelve — ¿sueña o vela?—, se interroga al recuerdo de la violación que acaba de vivir… o quizá de soñar.

Pero no tarda en aparecer en la superficie el tema concreto, y a las interrogaciones primeras se suceden otras nuevas: lo sensible cede paso a lo abstracto, un drama nuevo se ela­bora en las profundidades de una carne que se rebela y vuelve sobre su recuerdo. Y este drama es el de la conciencia en lucha consigo misma. Vista bajo este aspecto, La Jeune Parque no es más que la «pintura de una serie de sustituciones psicológicas y, en suma, el cambio de una conciencia durante el transcurso de una noche». Otro mérito del autor fue el haber asimilado estas delicadas e inaprensibles «transicio­nes» de las que está hecha la vida mental. Tras las sorpresas e interrogaciones, he aquí las certezas pasajeras nacidas de la embriaguez de ser lúcido. «Salut! Divini­tés par la rose et le sel/et les premiers jouets de la jeune lumière».

Pero del mis­mo modo que el reflejo supone el espejo que lo ha creado, he aquí la noche y su imperio, las tenebrosas profundidades del cuerpo, los abismos del sueño frente a los que es preciso abdicar: «Je me remets entière au bonheur de descendre, /ouverte aux noirs témoins, les bras suppliciés, / entre des mots sans fin, sans moi, balbutiés». Se ha cerrado el ciclo: ¿qué es lo que queda de este juego inexorable del pensamiento que se crea y destruye a sí mismo? Sin duda, un áspero gusto de ceniza en la boca; pero la aurora está allí, y enteramente como en aquel otro poema de la conciencia que es el «Cimetière marin»; puesto que es pre­ciso «intentar vivir», es bajo la invocación al sol, el azul y el mar, que concluye La Jeune Parque.

La poética de este cerebral autor se mueve entre dos polos extremos : la aspiración a una poesía que al mismo tiem­po sea conocimiento, una especie de lúcido éxtasis en el que coincidan poesía y ciencia — ideal expresado por el propio Valéry en Eupalinos (v.) y declarado por él inalcan­zable — y el esfuerzo más modesto hacia una poesía filosófica, anhelada por él desde la adolescencia ( «Las letras de su canto me habían escandalizado a menudo, porque falta en ellas el vigor, la continuidad y la necesidad de las ideas… Nuestra poesía ignora o teme todo lo épico y lo patético del intelecto… Lucrecio y Dante no son franceses. No tenemos poetas del conoci­miento»). Ante este programa, hay que notar que Valéry es un poeta auténtico, pero de grácil e intermitente inspiración. Sin embargo, es innegable que en su obra ha logrado dar un imperecedero reflejo de su pensamiento, con páginas de autén­tica belleza. En La Jeune Parque ha que­rido intentar «la pintura de una serie de sustituciones psicológicas, y la mutación de la conciencia en la duración de una no­che».

La Parca, reina de un cielo terrestre, ha soñado que la mordió la serpiente de la concupiscencia; de ella ha nacido una Parca nueva, que vive la efímera vida de los seres, está destinada a la destrucción, pero recuerda su vida anterior, que ella busca en la soledad, y cuyo secreto reco­brará seguramente en el sueño, abando­nándose sobre el lecho «semejante a una tumba». Es fácil ver en esta figura a una hermana de Hérodiade (v. Herodios): estamos en el mundo de Mallarmé, y el estilo conserva todavía un poco de las blan­duras simbolistas. Una manera más firme, un rigor más continuo, una nitidez que puede ser calificada de clásica aparecen en los más bellos poemas de Charmes, el libro más importante del autor.

Valéry es uno de aquellos sin los cuales uno de los cinco o seis puntos extremos del verso francés no existiría… Es la fusión de la poesía con la técnica pura. (Thibaudet)

Valéry es de los que quieren perderse en la verdad. Narciso iluminado por la ra­zón, no quiere alcanzar su propia imagen y perderse en ella. (Fernandez)

La cosa más maravillosa es que su espíritu, sin perder nada de su rigor, ha sabido con­servar todo su valor poético; ha sabido conferir a su creación poética el rigor que habríamos podido creer hostil al arte, y que por el contrario hace del arte de Va­léry una maravilla tan perfecta. Admiro la rectitud infalible y la constancia triunfante de su esfuerzo. (Gide)

Es curioso ver cómo este puro esteticismo de Valéry, que rigurosamente se opone al intelectualismo, ignorando la experiencia tanto como la lógica, para no reconocer más que la belleza, sea proclamado intelectua­lismo no sólo por profanos, sino también por los filósofos a los que habríamos creído más expertos en el significado de las pala­bras. (J. Benda)