[Sauvageonne]. Novela del francés André Theuriet (1833-1907), publicada en 1881. Un joven empleado en la oficina de los servicios forestales, Francisco Pommeret, llega a Auberive para dirigir el servicio local de vigilancia, y bien pronto se da cuenta de haber caído en una región llena de rencores y de comadrerías.
Su amistad con una joven viuda, diez años mayor que él, Adriana Lebreton, se resuelve en boda, a fin de evitar las habladurías de la gente. Adriana es muy rica y posee gran número de propiedades. Ambos esposos van a vivir a un castillo de los alrededores, y pronto llega a la casa una hija adoptiva, Dionisia. Llamada «pequeña salvaje» por sus travesuras, vive recluida en un pensionado, del que ahora ha salido para participar en la vida de su nueva familia. La muchacha, que tiene dieciséis años, se enamora de su padrastro, que tiene poco más de veinte, y no le oculta su afecto, aunque con las maneras extrañas e instintivas de una persona que se rebela contra todas las convenciones. En ausencia de Adriana, que ha ido a Plombières a realizar una cura de aguas, Francisco, ya cansado de su mujer, se deja impresionar por la vivacidad seductora de la muchacha.
Florece el idilio, pero en vano Dionisia, después de su entrega, piensa en huir con él para no manchar la casa de su bienhechora. Huye entonces sola, y al encontrarla desvanecida por la calle, su misma madre adoptiva la conduce al castillo- De este modo conoce Adriana la verdad; pero imponiéndose con tenaz voluntad por el honor de la familia, se lleva a la «pequeña salvaje» a un lugar solitario de la montaña, y hace luego creer que es suyo el niño que de ella nace. La vida de Francisco se hace cada vez más difícil, entre el odio de la seducida y el desprecio de su mujer traicionada, que, en el conflicto de su amor por el niño, termina enloqueciendo. En la novela se describe con precisión de caricatura la vida de la comarca, llena de habladurías y rencores de todas clases; sobre todo la juventud de la «pequeña salvaje» está dada con un garbo muy de la época por la nitidez de sus rebeldes sentimientos y el cálido abandono de su amor.
C. Cordié

