Pequeñas Almas, Matilde Serao

[Piccole anime]. En­tre las obras de juventud de la novelista italiana Matilde Serao (1856-1927), ésta es la más apreciada; en ella el realismo, des­pués incrementado con abundante uso del color y del cuadro social, permanece toda­vía en estado ingenuo, y el sentimiento está frenado y la emoción es breve y fugitiva.

Este librito, publicado en 1883, comprende cuentos, bocetos, perfiles; el primero y más popular, «Una florista», tiene la andadura lenta y minuciosamente realista, que es, en la Serao adulta, el estilo de su novela; las demás recuerdan los ejemplos de Verga, quien precisamente por aquellos años pu­blicaba sus obras maestras naturalistas. «Una florista» presenta a la pequeña vendedora atraída en un día de Carnaval fuera de los barrios pobres hacia la grande y luminosa vida de las calles principales; hasta que distraída e inexperta, es arrollada por un coche.

Otros episodios patéticos se hallan en «Canituccia», en que la pobre pequeña guardiana de un cerdito toma tanto cariño al animal que se niega ella, aun hambrienta, a aceptar una pequeña porción del animal cuando lo matan; o en «Nebulone», el bo­ceto de la melancólica modistilla, la cual por el camino se enamora de un muchacho guapo y orgulloso, y sólo cuando éste, fas­tidiado por aquella amorosa persecución, le pega, ella experimenta un momento de alegría. Se trata de pequeños estudios de almas, finos, equilibrados, esenciales, los cuales en los últimos párrafos adquieren una palpitación más viva de humanidad que presta profundidad a la sencilla histo­ria. Otras composiciones ponen en escena situaciones más complicadas, casi esbozos de novelas, con introducción de cónyuges infieles, de amantes que se han convertido ya en extraños uno para otro y en cuyo ánimo la presencia imprevista de un niño suscita crisis saludables y arrepentimientos o hace sentir más aguda su pena (como en «Perdición» y en «Salvación», esta últi­ma la mejor en su género).

Dice la escri­tora en su dedicatoria: «Los niños valen, para el arte, tanto como el hombre en la plenitud de su virilidad, como la mujer en la flor de su belleza», y estas páginas hubie­ran podido servir de útil ejercicio para introducir figuras de niños en sus novelas grandes, de las cuales, en cambio, queda­ron casi siempre excluidos (excepto en ¡Centinela alerta!, v.), cuando el placer de la pasión fuerte y dramática indujo a la escritora a levantar el tono y el calor de su arte. Pero entonces las figuras de los adul­tos, cuando sólo habla el corazón, adquie­ren un candor de niñez, la fuerza ingenua de «pequeñas almas».

G. Marzot