Drama del noruego Henrik Ibsen (1828-1906), escrito entre Roma y Campania en 1867. La figura del protagonista está tomada de una leyenda popular noruega, que Ibsen probablemente leyó en la colección de Absjørnsen.
En las primeras escenas del drama Peer es exactamente el fanfarrón de la fábula. Pero no se contenta sólo con narrar historias, y nada menos que rapta en plena fiesta nupcial a una joven desposada a la que luego abandona y huye de su pueblo natal. Le traslada al mundo de los duentes la hija del Viejo de Dovre, rey de estos seres, cuya divisa — en oposición al humano «sé siempre tú mismo» — es: «Bástete con ser como seas». Para poderse casar con la princesa de este reino, y poseer en él bienes y honores, Peer renuncia a sus atributos de hombre, llegando hasta hacer que le coloquen la cola que llevan los duendes; pero en el fondo sólo desea lograr la consecución de su deseo y logra luego huir. Vagabundea por los bosques con el decidido propósito de llevar a cabo maravillosas empresas.
Después de un fugaz encuentro con Solveig, la muchacha a quien enamoró durante la fiesta nupcial y que le será devota durante toda su vida, Peer vuelve a ver a su madre, la áspera pero tierna madre que terminaba siempre dando crédito a sus bravuconadas. La vieja está moribunda y se siente feliz de que su Peer, convirtiendo la muerte en una gran galopada, la transporte hasta el umbral del Paraíso, entregándola personalmente a San Pedro. Después de muchos años encontramos a Peer en África, comerciante de esclavos y enriquecido, que moraliza sobre su propia vida ofreciéndola como ejemplo de actividad moralísima, porque ha sido obediente a la consigna «Sé siempre tú mismo». Tiene planes grandiosos, pero le roban el barco donde tiene acumuladas sus riquezas, y se ve obligado, por tanto, a continuar su vagabundeo.
Lo hallamos en revuelta lucha con fieras y monos, después se convierte en profeta de una tribu salvaje, y por fin es proclamado emperador de los locos en un manicomio egipcio. En el último acto lo hallamos, por fin, a bordo de una nave que lo lleva a la patria, peleando con un misterioso viajero que le anuncia su próximo fin. Encuentra en los montes de su país a un personaje todavía más misterioso, transparente por el símbolo: es el fundidor de botones, que debe llevar su alma al Maestro porque, no siendo Peer Gynt más que un pecador ‘en el sentido trascendente de la palabra, debe volver a la caldera donde se funden de nuevo los botones defectuosos. Peer no admite que pueda ser un imperfecto botón del vestido maravilloso con que se viste el universo.
Está seguro de poder demostrar su perfección de botón, es decir, seguro de demostrar que durante toda su vida ha sido siempre él mismo. Pero el Viejo de Dovre le quita las ilusiones: «Secretamente tú has vivido siempre como duende. La divisa que yo te di es la que te ha hecho recorrer tu camino. Tú le debes honores y opulencia. ¡Y ahora querrías renegar de mí y de mi bienhechora divisa!» Peer ha vivido como duende, creyendo haber vivido como hombre. Para él, pues, no hay más salvación que los brazos de Solveig, que ha envejecido esperando su regreso y que ahora lo bendice por haber hecho de su vida un canto de amor. Peer Gynt ha sido juzgado de diversas maneras desde su aparición.
Bjørson, entusiasta, dijo que sólo un noruego puede comprender toda su belleza; por el contrario, un crítico noruego aseguró, indignado, que no era cuestión de hablar de obra de arte, sino de política periodística de bajo desahogo. Todavía hoy los juicios se muestran discordes. Pero la frescura del drama, la belleza de algunas de sus escenas y su sabor singular, han sido reconocidos hasta por aquellos que se niegan a considerarlo como la obra maestra de Ibsen. En realidad no es su obra maestra. Un poeta, especialmente un poeta como Ibsen, no compone su obra maestra representando satíricamente un tipo de hombre contrario al que representa su propio ideal. Peer es, ciertamente, opuesto a los personajes en los que Ibsen representa sus ideas.
La sátira se hace de propósito caricatura en las escenas en que en Peer se representa al hombre duende, es decir, el hombre falto de fermento ético, en el acto de engañarse a sí mismo y a los demás afirmando que su modo de obrar obedece al imperativo de «Sé siempre tú mismo». El que ama a Ibsen en su verdadera naturaleza no logra olvidar este carácter esencial de la figura del protagonista y no se conmueve demasiado con las notas patéticas. [La primera versión castellana es la de F. Torres y Ferrer y Antonio de Vilasalba, pseudónimo de Antonio Palau Dulcet (Barcelona, 1906). Posteriormente la de J. Pérez Bances en Dramas, tomo V (Madrid, 1917); la de Pedro Pellicena Camacho en Teatro completo, tomo V (Madrid, 1917) y la de E. Wasteson y M. C. Wirth en Teatro completo (Madrid)].
G. Lanza
Todos los héroes y heroínas de Ibsen están tensos en la exasperación, devorados por el anhelo de lo extraordinario, por el intento de lo sublime, de lo inconseguible; desdeñosos de la felicidad idílica en cualquier forma y grado, y de la virtud modesta y resignada ante sus propias imperfecciones. (Croce)

