Obra del escritor jansenista Pasquier Quesnel (Paschasius, 1634-1719), publicada en 1671 en un pequeño volumen en 12.° con el título Abrégé de la morale de l’Évangile ou Pensées chrétiennes sur le texte des IV Évangiles.
Era una traducción de los cuatro evangelios, con brevísimas reflexiones morales; pero el favor con que fue acogida indujo al autor a hacer más extenso su comentario; en 1679 salió un nuevo volumen que fue reimpreso en 1687 junto con el primero y el tercero; en 1695, Quesnel publicó la obra definitiva en cuatro gruesos volúmenes que en el lenguaje de los jansenistas fueron llamados «los cuatro grandes hermanos».
Recomendada primero por la Sorbona, además de por los obispos y cardenales franceses (el cardenal de Noailles cuidó de una edición en 1699 con el título Le Nouveau Testament en françois avec des réflexions morales sur chaqué verset), la obra inspiró pronto sospechas, y de las ediciones del 1692 y del 1694 pudieron ser extraídas 150 proposiciones contagiadas de jansenismo, y Clemente XI condenó el libro en un decreto en forma de breve en 1708; pero como las discusiones en torno al libro no cesaban y el autor, ya advertido en 1704 por una edición de las obras de San León el Grande, volvía a encender la polémica jansenista, en 1713 se promulgó contra el libro la bula Unigenitus Dei Filius que daba la lista de las proposiciones contrarias a la fe católica, a los dogmas y a la teología ortodoxa.
La versión de Quesnel es fidelísima al texto sagrado y sólo en pocos pasajes se aparta de la Vulgata, pero las reflexiones que la acompañan son un verdadero resumen de la doctrina de Port-Royal. Adoptando el principio de las dos delectaciones relativamente victoriosas que Jansenio (v. Augustinus) había tomado de una máxima del obispo de Hipona, «Quod enim amplius nos delectat, secundum id operemus necesse est», Quesnel reduce toda la esencia del hombre a dos amores exclusivos: el amor de Dios, que es caridad propiamente dicha y que todo lo refiere a Dios, y el amor terrestre, que es concupiscencia viciosa y todo lo refiere a la criatura como último fin, y no produce en consecuencia más que mal.
Adán, al pecar, nos convirtió en esclavos de la voluntad, que nos arrastra al mal o al bien según esté dominada por la gracia o por los sentidos. «¿Qué le queda a un alma que ha perdido a Dios, sino el pecado y sus consecuencias?», dice la primera proposición condenada. Toda libertad en el orden moral es negada, así como toda ley natural: la única vía de salvación es la gracia, pero Dios la concede sólo a los predestinados.
Con un rigor y una lógica que recuerdan a los antiguos apologistas, Quesnel extrae de estos principios sus conclusiones que renuevan las herejías de Bayo y de Jansenio acerca de la gracia, de la penitencia, de la moral, sobre la predestinación, la lectura de los textos sagrados. A la aceptación de la obra, que fue el centro en torno al cual se desarrolló la segunda fase de la polémica jansenista que suscitó precisamente Quesnel, sucesor de Arnauld en la dirección del movimiento, contribuyó en gran parte la escritura vigorosa y al mismo tiempo rica en movimiento que hace del Nuevo Testamento de Quesnel una obra maestra de estilo.
C. Capasso

