Nuevas Poesías, Endre Ady

[Uj versek]. Volu­men de poesías del escritor húngaro Endre Ady (1877-1919), publicado en 1906. La co­lección presentó al público húngaro a un nuevo poeta y una nueva poesía y sus­citó grandes polémicas, dividiendo en dos bandos a los literatos.

Solamente muchos años más tarde, la generación más antigua . dio muestras de estar dispuesta a acoger este nuevo género de poesía. Su manera de versificar era nueva e inimitable, nuevos los atributos y las imágenes, pero lo que era completamente nuevo y contrario a toda ley poética era la actitud del poeta, que bosquejaba en este volumen todos los temas profundizados más tarde.

General­mente se considera a «Soy hijo de Gog y Magog», poesía lírica con que se abre el volumen, como una presentación del autor. El poeta confiesa que es un hijo del pue­blo, cuyos antepasados entraron en el país con Árpád, mil años atrás, y que ahora se prepara para la reconquista de su Patria, partiendo de Occidente; trae nuevos cantos de tiempos nuevos y no hace caso de las acusaciones de los conservadores, procla­mando que su poesía es poesía húngara. Este pensamiento vuelve a menudo en sus versos: «No seré el cantor de los grises», declara, «no me dirigiré a gentes mezqui­nas».

Su fe en el porvenir es absoluta, es el héroe del mañana que desprecia la poesía habitual y los «sueños ya soñados»; su amor a la mujer es lucha, «batalla de be­sos» («Noches de la llanura»), amor carnal con una eterna nostalgia de ideal: «Quiero retenerte; he aquí por qué he elegido para ti, como guardián, la lejanía que embe­llece».

Su actitud hacia la patria es al principio el sentimiento de que Hungría es el país de la muerte: el célebre «Alfold» de Petófi huele a cadáver, ya que desde hace siglos este pueblo no puede vivir una vida propia; todo lo que es grande y no­ble, aquí ha de morir («El poeta de Hortobágy», «En las guerras de Hungría»). Sin embargo, no puede desarraigarse de esta tierra («Piedra lanzada, y lanzada de nue­vo») por más que en él sea muy fuerte el sentido de la vida europea y especialmente de la parisiense.

Se pone de manifiesto, así, la doble actitud de Ady, que tiende a Occi­dente y no es capaz de apartarse de Orien­te. Lleva dentro de sí las culpas y las vir­tudes de su raza, pero quisiera morir en Occidente, ocultándose a sus enemigos en el bosque de las casas de piedra, como los antiguos bandoleros húngaros, víctimas de la sociedad, se escondían en el bosque Baconio.

El poeta reclama para sí la totalidad de la vida y llega a una concepción dionisíaca que parece acercarle a Nietzsche, tema desarrollado más tarde en Sangre y oro. Pero el dios del vino y de la embria­guez no es Baco, el dios griego, sino su forma húngara, padre y emperador de la antigua embriaguez y de toda poesía.

Y, como todo sentimiento de Ady, incluso sus relaciones con esta divinidad se manifiestan bajo forma de lucha, y lucha es su actitud hacia Dios. Frente a unas expresiones tan extremas, Hungría no reconoció en ellas, al principio, su misma alma; no encontró su idealismo en este grito de rebelión, tuvo miedo de esta fe arrogante e imperiosa que Ady imponía.

En realidad, la poesía de Ady se inserta en la historia del espíritu hún­garo aún más inmediatamente que la obra nietzscheana en la de su pueblo: expresa su reacción violenta, su desesperada ten­sión hacia el futuro, la continua necesidad de superarse a sí mismo y redimirse, y nos parece la mejor expresión del alma de la Hungría moderna y de su secular tragedia.

M. Benedek