Mis Prisiones, Silvio Pellico

[Le mié prigioni]. Obra autobiográfica de Silvio Pellico (1789-1854), publicada en 1832. En 1843 la traducción francesa de De Latour apareció con 12 «ca­pítulos añadidos», cuyo texto original italiano fue encontrado hace pocos años en la Biblioteca Nacional de París.

El libro narra el período más agitado y dramático de la vida del autor, desde el momento de su detención en Milán (13 de octubre de 1820), sospechoso de tomar parte en la conspira­ción carbonaria contra la Monarquía aus­tríaca, al de su condena (en Venecia, 23 de febrero de 1822), y el largo período de re­clusión en la sombría cárcel del castillo de Spielberg, en Moravia (1822-1830). El libro fue concebido, como el autor declara explícitamente, con ánimo totalmente ajeno a la política, para la cual Pellico no había poseído nunca las cualidades necesarias. Con todo, no pudo impedir que su obra fuese empleada por los patriotas italianos como arma de propaganda contra la dominación austríaca. La expectación de éstos, sin embargo, quedó defraudada. Ellos esperaban un libro de batalla y encontraron un libro de mansedumbre y resignación. Hubo quien le acusó de gazmoñería, mien­tras en el campo contrario no desaparecie­ron las sospechas contra él, y hubo quien le llamó «jacobino disfrazado». Todo esto, sin embargo, era algo completamente ajeno a la verdadera sustancia del libro, que no quería ser de recuerdos políticos, sino ex­clusivamente de edificación religiosa.

Mis prisiones son la historia de una crisis espi­ritual, como muchas otras en aquel tiempo (basta el pensar en Manzoni). Pellico, hasta su detención, participó en las ideas racionalistas e incrédulas tan comunes a fi­nes del siglo XVIII, y salió de Spielberg no solamente reconciliado con la religión católica, sino extraño a todo pensamiento mundano. El retorno a Dios, la paz interior lograda con el abandono de sí mismo en los brazos de la Iglesia es el motivo domi­nante del libro. En esta atmósfera de con­trición interior y de caridad hacia el pró­jimo se comprende por qué desaparecen las contiendas políticas, de las que Dios es único juez; y así el prisionero puede sentirse hermano, no solamente de su amigo y compañero de cautiverio, Maroncelli, sino también de la humilde Zanze, la hija del carcelero de los Piombi de Venecia, y del mismo carcelero del castillo de Spielberg, Schiller, en el que supo descubrir tesoros de ternura bajo la rudeza de sus modales.

En la piedad de Pellico, de todos modos, hay más abandono que iniciativa: una con­templación estática y algo fatalista de la Providencia. De ello proceden sin duda los defectos literarios del libro, en que la pa­labra, más de una vez, es inadecuada, ge­nérica y casi estancada, premiosa y avergonzada de revelar la plenitud de sus sen­timientos. Pero cuando el escritor consigue superar esta timidez pietista, entonces la escena se anima con fragmentos de inusi­tado donaire, como en el primer encuentro con Schiller, en la narración de su muerte, en el famoso episodio del cirujano de Ma­roncelli y la rosa. Mis prisiones tuvieron una extraordinaria difusión; dieron, al pie de la letra, la vuelta al mundo.

M. Vinciguerra