Herodas (grafía preferible a la de Herodes) era poeta conocido sólo por sus escasísimos fragmentos cuando, en un papiro egipcio en 1891, se hallaron ocho de sus Mimiambos. Se trata de breves escenas dialogadas en versos hiponacteos o escazontes (trímetros yámbicos con un espondeo en lugar del último yambo), metro que él mismo se alaba de haber introducido en el mimo, elevándolo a una forma artística nueva e insuperada. Por algunas vagas alusiones de sus poesías parece deducirse que Herodas nació, o a lo menos vivió largo tiempo, en Cos; se le supone contemporáneo de Teócrito y Calímaco, es decir, que vivió en la primera mitad del tercer siglo antes de Jesucristo.
En los Mimambos están representadas con gran vigor y con ingenio lleno de gracia y de humorismo, breves escenas de la vida familiar o provinciana, cuadros de género que con tanta delicadeza y realismo hallamos reproducidos, además de por los poetas, por los pintores y los escultores helenísticos. Estos mimiambos tienen todos forma dramática, fuera del octavo que es narrativo. El primero de ellos, que con el tercero y el quinto tiene una acción más viva e intensa, y parece casi una escena de comedia, nos presenta a una vieja intrigante que prueba a tentar a una joven esposa cuyo marido está ausente desde hace diez meses; el segundo reproduce una cruda discusión sostenida delante del juez entre un violento joven y un alcahuete; en el tercero, una madre, que ha acompañado a la escuela a su díscolo hijo, se desahoga contando al maestro sus travesuras, y el maestro lo azota hasta sacarle sangre al muchacho, el cual, a pesar de ello, y acto seguido, demuestra no haberse corregido en nada; el cuarto, que relata la visita de dos mujeres al templo de Asclepio en Cos, tiene una argumento análogo al de las «Siracusanas» (v. Idilios de Teócrito) y muestra lo diversos que son los dos poetas, más lírico e idílico Teócrito, más finamente humorista y dramático Herodas. En el quinto, una señora celosa castiga gravemente a un criado suyo, amante infiel, y acaba por perdonarlo después; en el sexto, dos amigos se cuentan confidencias íntimas; en el séptimo, un zapatero pone en movimiento toda su galantería para vender dos pares de zapatos a dos astutas muchachas; en el octavo, fragmentario y obscuro, de forma narrativa, el peta defiende su obra y ataca, en forma alegórica, a sus enemigos y denigradores.
De otros tres mimos conocemos el título y escasos fragmentos. Los mimos de Herodas no están compuestos para el teatro; lo demuestra su misma brevedad de esbozo; con todo, la acción no pierde nada de su vitalidad y de su brío, y puede, como la del séptimo mimo, ser verdadera para todos los tiempos. El lenguaje de Herodas es predominantemente jónico, porque él no ha querido tomarlo del creador del género literario, el dórico Sofrón, sino del creador y más importante divulgador de su verso, Hiponactes. Usa también, aunque con mayor moderación que Calimaco y Leónidas de Tarento, términos técnicos y dialectales que, con los frecuentes proverbios, sentencias, imprecaciones y juramentos, dan al lenguaje un colorido netamente popular, adaptado al carácter de cada escena y acción.
C. Schick
* Los Mimiambos de Herodas fueron imitados por el poeta latino Gneo Macio (primera mitad del siglo I a. de C.) en sus composiciones homónimas, que han llegado hasta nosotros en estado muy fragmentario. El poeta, que, con evidentes finalidades escolares, había dado a los romanos la traducción de la Ilíada (v.), la primera de todas las que se conocen en lengua latina, era persona demasiado avanzada y dotada de una sensibilidad en exceso avezada a las argucias para no cultivar, junto a la docta y extensa obra de traducción homérica, el género ligero y original del diálogo poético. Resultaron de ello, si no traducciones de los Mimiambos de Herodas, breves apuntes de una vida alegre y sin preocupaciones, pequeñas máximas de felicidad dictadas con refinado espíritu hedonista, encerradas en el angosto espacio de pocos versos, de metro también bufonesco y desenfadado, con fragancia de tomillo ático, como si el autor, abeja diligente, hubiese libado de los poetas líricos y de los filósofos epicúreos nacidos o residentes en Atenas la miel de su poesía.
F. Della Corte

