Lun Yü, Confucio

[Los diálogos]. Es la obra más importante del pensamiento de Confucio (551-479 a. de C.), en la que han sido reco­piladas por sus discípulos las conversaciones con el maestro, repartidas en veinte capí­tulos; trata fundamentalmente problemas de moral, de política y de método. El «Yen», o sea el concepto de humanidad, para Con­fucio deriva del concepto tradicional del «T’ien» (cielo), que es el gobernante bueno y justo del universo.

La humanidad en gene­ral abraza todos los fenómenos posibles: la política, la religión, etc., no pueden existir sin ella. Pero en los Diálogos no se encuen­tra una concepción única de la humanidad, pues Confucio habla de diversos modos según los varios discípulos que recogieron su pen­samiento. Para Yen Yüan, el discípulo que más desarrolló la especulación moral, la humanidad ha de mortificarse y volver a la naturaleza (ritos); se expresa así: «…no mirar lo que es contrario a la naturaleza; no escuchar lo que es contrario a la natu­raleza; no hablar de lo que es contrario a la naturaleza; no moverse hacia lo que es contrario a la naturaleza» (Diálogo XII). Para Tzu Kung, el discípulo más dialéctico, la humanidad radica en establecerse uno mismo antes que establecer a los demás, ser comprensivos a los demás (Diálogo VI). Para ejercitar esta humanidad es necesario tener el valor de la buena voluntad y el buen juicio de la inteligencia. Para reali­zar un gobierno como el de los primeros tiempos de los Chou (hacia 1122 a. de C.), que para Confucio es el modelo digno de imitar, se precisa un regente juicioso que gobierne sobre todo con la virtud.

Tres son los elementos que constituyen un buen go­bierno: suficiencia de armas, suficiencia de alimentos y la confianza del pueblo en su regente. Cuando es preciso abandonar uno o dos de los tres elementos, se eliminan primero las armas y luego los alimentos, pero nunca la confianza, porque «la muerte existe desde la antigüedad, pero no existe ningún pueblo sin confianza en su regente». De la confianza se sigue el respeto a la ley; se mantiene con toda claridad la distinción entre inferiores y superiores, puesto que, si todos permanecen en su sitio y cumplen sus deberes, reinarán el orden y la feli­cidad. Como los psicólogos y pedagogos mo­dernos, Confucio practicó su enseñanza adaptándola a la naturaleza de sus discípu­los y desarrollando las aptitudes específicas de cada uno. Consiguió ser un gran maestro con una constante buena voluntad: «A los quince años me dedicaba al estudio; a los treinta me había formado establemente; a los cuarenta no tenía dudas; a los cincuenta conocía el decreto celestial; a los sesenta mis oídos eran obedientes (a recibir la ver­dad); a los setenta podía seguir los deseos de mi corazón sin violar lo que es justo»… Y con gran celo consiguió inducir a sus discípulos hacia el camino de la verdad y la virtud; Yen Yüan dijo una vez: «…el Maestro, con método sistemático, me guía acertadamente.

Amplía mi mente con el estudio, regula mi conducta con la natu­raleza. Cuando quiero dejarlo (el estudio), no consigo hacerlo, agota toda mi habilidad, me parece que algo está delante de mí y, aunque quiera seguirlo (y agarrarlo), no en­cuentro manera (de hacerlo)». En los Diá­logos, Confucio se nos aparece como el mayor maestro de moral de Oriente. Cfr. D. Collie, The Four Books (Malaca, 1828); P. Intorcetta, Confucius Sinarum Philosophus… (París, 1687); R. Wilhelm, Kung Futse Gespráche (Jena, 1910). El Lun Yü ha sido traducido varias veces: al italiano, excelentemente, por A. Castellani (I dialoghi di Confucio, Florencia, 1924); al francés por F. S. Couvreur (Les Quatres Livres, Ho Kien Fu, 1920); al inglés por J. Legge (The Chínese Classics, vol. I, Oxford, 1893).

P. Siao Sci-yi