Los Mártires, François-René de Chateaubriand

[Les Martyrs]. Obra de François-René de Chateaubriand (1768-1848)   , publicada en 1809, y que tiende a demostrar, más con calor poético que por vía de razonamiento, la superioridad de lo maravilloso cristiano sobre lo pagano, en cuanto la nueva religión de Jesús es más favorable para el «desarrollo de los carac­teres y el juego dé las pasiones en la epo­peya».

El fondo de la obra es la sociedad del siglo III en tiempo de la persecución de Diocleciano. Un joven cristiano, el griego Eudore, conduce a su casa a la extraviada Cymodocée, hija del sacerdote pagano Démodocus, que se había perdido en un bos­que. A Démodocus y a su hija les cuenta el joven su vida: mandado en rehén a Roma, había olvidado su religión; herido en una batalla contra los francos, hecho prisionero y después puesto en libertad, llegó a ser gobernador de la Armórica, y había sido amado por Velleda, sacerdotisa de la religión celta de los druidas: ahora, vuelto a su fe, vive con su padre. Cymo­docée obtiene el consentimiento para con­vertirse y casarse con el joven a quien admira; pero ella es amada por Hiérocles, favorito del César Galerio y poderoso go­bernador griego; Eudore la salva de su rapto, y ella parte a Jerusalén, para conver­tirse a la verdadera religión. Promulgado el último edicto de persecución, Dioclecia­no abdica; y Hiérocles, que ha llegado a ser primer ministro del nuevo Augusto, Ga­lerio, manda detener a Eudore. Cymodocée, bautizada en el Jordán, vuelve a Grecia; una tempestad la arroja por voluntad divi­na a Italia.

Por obra de la persecución, par­ticipa junto a su amado en la gloria de la muerte en la arena del circo de Roma. En tanto, la religión de Cristo triunfa; Constantino es elevado al Imperio, y la proclama religión oficial. La obra, tan favorablemen­te acogida al publicarse, también por la razón de que se refería estrechamente al programa ideal de la obra maestra del au­tor, el Genio del Cristianismo (v.), revela su debilidad de inspiración precisamente en lo «maravilloso»: las intervenciones mate­riales de Dios y de Satanás están demasia­do sujetas a la imitación literaria de los poemas clásicos y muy raramente la verdad de una visión interior anima el drama de los diversos personajes. Con todo, son fa­mosas algunas páginas, ricas en emotividad y en finura . descriptiva, especialmente en los paisajes exóticos, que pueden compa­rarse a lo mejor de Chateaubriand. Son interesantes las alusiones a Napoleón en el retrato de Galerio y en la pintura de la corte de Diocleciano. Se relacionan con el ideario artístico de los Mártires los Estudios históricos (v.) del mismo autor, y también, por la investigación acerca de los lugares de la acción, el Itinerario de París a Jerusalén (v.). Aún reconociendo en esta obra un corolario artístico de los argumentos sostenidos con tanto énfasis en el Genio, no se puede ocultar que mani­fiesta claramente alguno de los más graves defectos del escritor: el esfuerzo de la pre­paración histórica y el evidente derroche de habilidad técnica.

De los personajes ninguno ha quedado vivo, ni en su drama ni en su figura. Sólo la sacerdotisa Velleda, en la atmósfera de los ritos druidas dentro de los ilimitados bosques, permane­ce para atestiguar la potencia artística del escritor, que no olvida el mundo que cantó tan apasionadamente en Atala (v.). Con todo, el éxito de la obra en Francia y en Italia fue grande: los Mártires contenían en sí, sobre todo, el clima de la época, y con alguna razón se ha podido afirmar que, en cierto modo, eran en literatura la más notable expresión de aquel «estilo Impe­rio» que inspiraba, en la escultura, el arte de Cano va. [Existen varias traducciones castellanas; la primera, la de D. L. G. P., fue publicada en Madrid el 1816].

C. Cordié

Chateaubriand pecó de gravísimo anacro­nismo en Los mártires, poniendo las opiniones religiosas y la religiosidad y las supersticiones de los tiempos de Homero, en los tiempos de Luciano. (Leopardi) Un himno augusto nacido de la sereni­dad, de la imaginación, del estudio, y que consagra un pasado consumado para siempre. (Sainte-Beuve)

Un mosaico en que cada una de las pie­dras está sacada de un monumento an­tiguo. (De Vigny)