Obra sujeta a diversas redacciones y que no alcanzó la realización del fin estético perseguido por su autor es el drama Los Macabeos [Die Makkabaer] de Otto Ludwig (1813-1865), representado en 1852 y publicado en 1854.
Su personaje principal es Lea, esposa de Matatías, gran sacerdote de la estirpe de los Macabeos. Ella ama ardientemente a su patria y a sus hijos que serán, según lo espera, los futuros liberadores de ésta; pero el amor y la esperanza están en ella divididos e inciertos, entre sus hijos Eleazar y Judas, hasta que el odio que tiene a la mujer del segundo la induce a poner en el primero todas sus esperanzas. Pero él, celoso y envidioso, se vuelve poco a poco traidor a su país y la hora propicia de Judas surge cuando éste mata al falso Simeí, que se arrodillaba ante, las imágenes de los paganos, e incitando al pueblo a rebelarse contra los extranjeros se erige en su jefe y vuela de victoria en victoria, hasta que se pierde todo cuando sus guerreros se niegan a entablar batalla en sábado. Judas se ve obligado a huir y a vivir errante y también Lea pasa por una serie de humillaciones y desventuras; finalmente, se presenta en el campamento de Antíoco para pedirle sus hijos prisioneros, tomando sobre sí toda la responsabilidad de lo ocurrido. Pero se niega a ver liberados a sus hijos ante la condición de que se conviertan a los dioses extranjeros y prefiere entregarlos a la muerte del cuerpo antes que salvar su vida al precio de la muerte del alma.
Los prisioneros son muertos, pero los soldados extranjeros, admirados por aquella fortaleza de ánimo, obligan a Antíoco’ a dejar aquel país. Judas reaparece vencedor; para obedecer a su madre moribunda, renuncia a perseguir al enemigo, pero también renuncia, contra el deseo de ella, a ser rey; el único rey es Dios y él será un sacerdote suyo. Como en su obra precedente, Guardabosque (v.), así también en esta tragedia, que es la última que Ludwig escribió, falta, a pesar de eficaces escenas y personajes, vivazmente caracterizados, una firme unidad que no puede ser dada sino por un problema, por una lucha verdaderamente dramática. Bien es verdad que en esta tragedia la lucha la lleva en el pecho uno de los personajes, y Judas combate sus propias pasiones y se vence a sí mismo, pero este contraste íntimo no se eleva a drama real; por otra parte, la antítesis entre judaismo y paganismo, a pesar de ocupar todo el drama, no se configura en la lucha entre los dos príncipes personificados en fuertes caracteres. Desde el punto de vista de la historia de la literatura alemana, esta tragedia conserva importancia en cuanto tentativa de abordar los problemas originados por la entonces naciente tendencia hacia el realismo, a pesar de determinados elementos dispersos, evidentes residuos o ecos vagos de la tradición romántica que en aquellos días iniciaba ya su decadencia.
M. Merlini

