Los Lirios del Campo y los Pájaros del Cielo, Soren Aabye Kierkegaard

[Linien paa Marken og Fuglen under Himlen]. Obra filosófica del escritor danés Soren Aabye Kierkegaard (1813-1855), publicada en 1849.

Constituida en lo, exterior por tres «Discursos» de edi­ficación religiosa, se dirige a los afligidos invitándolos a la contemplación de los lirios del campo y de los pájaros del cielo, los divinos ejemplos designados por el Evange­lio de San Mateo. El afligido rechaza el con­suelo humano, que le atormenta, le humilla y le inclina a la «comparación»: sólo en medio de la naturaleza se libera del ansia de comparaciones, porque los seres de la naturaleza son diferentes de él y no pueden despertar su envidia. La vista del lirio y del pájaro lo distrae de su pena, le infunde calma y le enseña a «contentarse con su condición de hombre». Los lirios son ma­ravillosamente perfectos en su sencillez; ¡cuánto más perfecto no será el hombre, por el simple hecho de ser una criatura humana, esto es, la obra maestra dé la creación! Pero el hombre se deja seducir por su pen­samiento descontento y caprichoso, que, en su manía de comparar, termina haciéndole olvidar su propia cualidad de hombre, in­duciéndole sólo a recriminar las diferencias entre hombre y hombre. Empujado así a irrealizables quimeras, el hombre termina por naufragar en el desánimo. La enseñanza del lirio, que desconoce el tormento de la envidia y de la comparación, libera al hom­bre de las preocupaciones mundanas.

De las materiales le libera la enseñanza del pájaro, que vive al día sin que le turbe la preocupación del mañana. ¿Quién, sino Dios, le nutre? De él debe aprender el hombre, pues también a él le sostiene el Padre Ce­lestial: aun cuando cultiva y recoge, y tiene llenos los graneros, no debe pensar que se procura por sí mismo el sustento. Todas las preocupaciones nacen de la manía de querer comparar: el hombre se compara a sus semejantes, y compara entre sí los días de su propia vida. Pero los lirios y los pájaros nos enseñan a ser, siemple y alegre­mente, nosotros mismos. Ellos son las dis­tracciones divinas de la aflicción, pues la naturaleza posee una capacidad de persua­sión infinita. Los lirios y los pájaros inducen al hombre a considerar «la magnificencia de la condición humana». Un pensador pagano habló ya de la dignidad superior del hombre, de la distinción que le da la posición erecta, al conferirle una actitud de mando; pero aquel sabio no tenía en cuenta a Dios. El hombre no tiene ningún mérito por la pro­pia dignidad humana. Dios lo ha creado; es semejante a Dios no por la frágil forma sensible, sino por la gloria invisible del es­píritu: él hombre puede conocer al Creador y adorarlo, lo que la naturaleza no podrá hacer nunca, porque está privada de con­ciencia.

Privado de conciencia está el pá­jaro, que no piensa en el mañana porque no tiene el sentido del tiempo ni de la eter­nidad, sentido privativo de la conciencia humana: por eso su influencia es benéfica, pero inconsciente. Por el hecho de poder trabajar, sufrir, adorar, el hombre es infini­tamente superior a los lirios y a los pájaros. Éstos terminan por inducir a compasión al afligido qué se dirige a ellos en busca de consuelo. Pues la vida de la naturaleza es espléndida, pero efímera, y su belleza en­cierra un inexpresado sentido de tristeza. Ella sirve a la gloria de Dios, pero sin proponérselo, ya que la naturaleza no conoce la libertad. Sólo al hombre le está reser­vada la facultad de elegir, sólo el hombre puede elegir entre Dios y el demonio; en esto consiste su gloria, ésta es su condición magnífica, si bien extraordinariamente pe­ligrosa. Por tanto, el hombre libre, que por su propia elección puede elevarse al reino de Dios, es infinitamente más magnífico que la naturaleza; los lirios del campo y los pájaros del cielo le han enseñado «la felicidad reservada a la condición humana». Esta obra, espléndida de sencillez y de fuerza persuasiva, se propone determinar la condición de «persona» o «individuo» («den Enkelte») qué es fundamental en el pensamiento — religioso pero antieclesiásti­co, idealista pero antihegeliano — de Kierkegaard. Para él, el hombre auténtico, el hombre puro y simple, no alcanza su propio «ser» sino comparándose con lo eterno, fuera de las falaces relaciones de la vida social. Trad. italiana de Eugenio Augusto Rossi (Milán, 1945).

G. Alliney