Los Jueces, Stanislaw Wyspianski

[Sedziowie]. Drama en un acto del autor polaco Stanislaw Wyspianski (1869-1907), publicado póstumo en 1907, es­trenado en versión francesa en 1921 en el «Vieux Colombier».

Estamos en una sos­pechosa fonda judía de la Galitzia: Samuel ha llegado a ser su propietario, después de arruinar al dueño, un cristiano que, deses­perado, intentó matarle y por esto fue con­denado a la cárcel. La hija del preso, Jewdocha, tenida por los judíos como criada, ha llegado a ser la amante de Natán, el hijo mayor de Samuel que la ha instigado a matar al niño que ha nacido de su unión. El drama se abre con la llegada a la fonda del hermano de Jewdocha, que ha regresado a su pueblo para hacer venganza, y que ha denunciado a Natán por trata de blan­cas; con él llega un anciano mendigo en el que Samuel reconoce al antiguo dueño que ha salido de la cárcel. Entonces Natán y su padre deciden suprimir a Jewdocha, que sabe demasiadas cosas, pero no pueden im­pedir al anciano que se haga reconocer por ella, y que ésta le» descubra la infinita mise­ria de su vida en la que ha brillado como única luz, por un instante, el amor hacia el malvado Natán. Aprovechando una disputa, Natán mata a la mujer y huye, mientras Samuel inculpa el delito al hermano de ella. Pero Joas, el hijo menor de Samuel, alma bondadosa y romántica, que ha asistido ho­rrorizado a la escena, acusa a su padre y a su hermano, y muere. El drama termina con un largo lamento de bíblica fuerza de Samuel, que, sacudido por la muerte del hijo en su único sentimiento honrado, con­fiesa; sus últimas palabras, sin embargo, no son las desesperadas invocaciones a Jehová del judío, sino la afirmación de esperanza del mendigo: «Me devolverás, Señor, lo que me has quitado, ya que está dicho: Tú eres El que fue y que será».

Los Jueces nos reve­lan mejor que cualquier otra composición el gran sentido del teatro de Wyspianski, su arte en perfilar con pocos rasgos a los per­sonajes, su habilidad en los diálogos breves y dramáticos, casi de pantomima. El colo­quio de Jewdocha con el mendicante, su muerte, la invocación final de Samuel tie­nen una clásica potencia.

M. B. Begéy