La leyenda inspiró la ópera del mismo nombre en tres actos, de Alfredo Catalani (1854-1893), sobre libreto de D’Ormeville y Zanardini, representada en Turín en 1890. Es una refundición de una ópera anterior, Elda, publicada en 1880.
Walter, prometido de Anna, se enamora perdidamente de la bella Loreley, pero la palabra empeñada le obliga a dejar a ésta, que, desesperada, acude a fuerzas ocultas y se ofrece al rey del Rin a cambio de venganza. El numen la escucha: Loreley, transformada en una hermosa maga de dorada cabellera, acude a las bodas de Walter y Anna y, prometiéndoles una infinita voluptuosidad, arranca a su amante de los vínculos nupciales. Loreley es ahora la esposa del Rin y, sujeta a sus fuerzas maléficas, atrae con sus encantos a los navegantes desde lo alto de un escollo, mientras Walter, después de la muerte de la dulce Anna, que sucumbió al dolor de su traición, es rechazado por todos. Solo y presa del remordimiento y de alucinantes visiones, el joven decide morir, pero las ondinas se lo impiden, mientras desde lo alto de la roca se ve a Loreley, iluminada por una luz fantástica. A las súplicas del desdichado, al recuerdo de sus días de amor, Loreley se conmueve y baja para abandonarse entre sus brazos. Pero los espíritus del aire le recuerdan sus deberes de esposa del Rin, y Loreley vuelve a subir al escollo, que ahora es su trono, mientras Walter se arroja al río.
La inspiración de Catalani, con un fondo constante de sensualidad, encuentra fáciles y amplias frases cantables en una noble y nueva forma armónica. Es manifiesta la influencia wagneriana, pero no faltan tampoco aportaciones francesas que aproximan esta obra a la persuasiva dulzura del canto de Massenet. En conjunto, por la acción, romántica y llena de humanidad, estrechamente compenetrada con la música, Loreley obtuvo un considerable éxito. La parte de Loreley es especialmente feliz por el aria del primer acto y la pasional «Vieni, deh, vieni», que constituye el motivo típico de la ópera. También es famosa la «danza de las ondinas».
E. M. Dufflocq

